Capítulo 3
El secuestro de las raíces
Bilbao, País Vasco
El invierno castigaba Bilbao con un cielo de plomo macizo.
La villa industrial estaba sumergida en una penumbra perpetua de hollín, carbón y niebla densa, sin el menor rastro de sol.
El aire traía consigo el estruendo salvaje del Cantábrico y un sirimiri pertinaz que calaba hasta los tuétanos, convirtiendo el empedrado de las calles en un lodazal grisáceo.
En el invierno vasco, el menor descuido se pagaba con la muerte.
En lo alto de la ladera, alejado del bullicio de los astilleros, Ur dormía entre muros gruesos de piedra y cal.
Su propio cuerpo parecía una extensión natural de la roca.
El granizo invernal golpeaba las tejas de arcilla como metralla, pero él seguía hundido bajo mantas de lana pesada, aferrándose al último calor moribundo de las brasas.
Un golpe seco, metálico y rotundo rajó el silencio de la madrugada. No era el viento del norte. Alguien martilleaba el portalón de madera con un ritmo frenético de combate.
Ur abrió los ojos de golpe. Sus pies descalzos impactaron contra el suelo de piedra helada. Se levantó sin emitir el menor ruido, con la alerta encendida por años de puro instinto. Los golpes en la entrada se volvieron imperiosos, exigentes; una llamada nocturna que no admitía la más mínima demora.
Bajó a tropezones a la planta baja. Al descorrer el pesado cerrojo de hierro forjado, el frío de la noche entró como un hachazo directo al rostro.
En el umbral apareció Barri, con los hombros cubiertos de escarcha y los ojos inyectados en sangre.
Parecía un espectro violento expulsado por la propia tormenta.
—¡Lo han secuestrado! —soltó Barri sin preámbulos. Su voz era un rugido roto que heló el ambiente más que el propio invierno.
La adrenalina barrió de golpe el sopor del sueño en el cuerpo de Ur. Los demonios que ocultaba con recelo en la montaña despertaron con un hambre vieja.
—¡Cagüen la puta! —bramó, y el juramento retumbó con furia en las vigas de roble del techo—. ¡Me cago en el copón sagrado!
Cerró la puerta de un portazo, provocando un estruendo de fundición. Aquellas sabandijas de los Tumal habían jurado por su honor no tocar jamás a Len; la mentira y la traición eran, después de todo, el sello inconfundible de su estirpe.
Subió las escaleras a grandes zancadas. Dos semanas atrás, desde el 28 de diciembre de 1903, ante la primera sospecha de una traición inminente, ambos habían fijado con precisión los puntos de reunión de emergencia.
Ya no quedaba espacio para las dudas; ahora solo imperaba el lenguaje crudo del metal.
—Vístete —ordenó Barri, sacudiendo con violencia la humedad de su capote de lana gruesa—. Tenemos que bajar de inmediato a la ría.
Pocos minutos después, los cascos herrados golpeaban las losas del camino con una furia desatada.
Ur montaba su semental negro y Barri su yegua blanca; eran bestias de puro músculo, criadas en la dureza del monte para no retroceder jamás ante el lobo ni el trueno.
No hicieron falta órdenes ni espuelas; los animales sentían la tensión y la sangre en el aire.
Galoparon cuesta abajo bajo una lluvia de granizo que golpeaba sus rostros como perdigones de plomo, mientras el viento aullaba enfurecido entre los desfiladeros de roca.
Ur ya no sentía el impacto del frío; sus ojos eran dos pozos de rabia concentrada que quemaban con más fuerza que el aguardiente.
Cuando el semental negro llegó al límite de sus fuerzas, con los flancos batidos en espuma y el aliento convertido en un vapor espeso y rítmico, el puerto de Santurtzi apareció por fin entre la niebla.
Las farolas de gas de los muelles proyectaban una luz amarillenta y sucia sobre el hollín acumulado en las dársenas.
Ur saltó del lomo antes de que el animal frenara por completo.
Impactó sobre los adoquines con un estruendo pesado, pero se recuperó y se movió con la agilidad felina de un depredador en caza.
Se parapetó de inmediato tras una imponente grúa de hierro remachado, escrutando el embarcadero con los ojos entrecerrados bajo el granizo.
A pocos metros de su posición, un grupo selecto de pasajeros subía a la cubierta del vapor entre risas apagadas y despedidas ceremoniosas de pañuelo.
La escena ostentaba una cotidianeidad obscena.
Ur analizó minuciosamente cada rostro, cada abrigo de pieles costosas, cada gesto impostado.
Buscaba con desespero la grieta en el decorado, la señal inequívoca de que bajo esa seda fina y esos modales refinados latía el vacío estéril de la estirpe.
Se separó finalmente de la sombra del armatoste metalúrgico y comenzó a caminar a paso firme por el muelle.
Sus pisadas, pesadas y rítmicas, resonaban con fuerza contra el adoquín mojado, manteniendo el cuerpo en una tensión absoluta, listo para estallar al menor estímulo.
Avanzó entre las moles de hierro, esas estructuras portuarias que se alzaban como esqueletos de gigantes oxidados contra el cielo plomizo de Santurtzi.
Pasó junto a las pilas ordenadas de cajas de madera y los cabrestantes que aún humeaban por el esfuerzo.
Sus ojos, entrenados en las cumbres para distinguir el sutil movimiento de una rama a la distancia, barrían cada rincón muerto: los ojos de buey de los pesqueros, las sombras densas bajo las pasarelas de embarque, los pliegues húmedos de las lonas que cubrían la carga de cubierta.
—Nada —masculló para sí mismo, viendo cómo el vaho de su aliento se disipaba rápidamente en el aire gélido del puerto—. No veo ni una puta sombra fuera de su sitio.
Se detuvo en seco y apoyó la mano en el metal frío de una torre de carga.
El vapor continuaba con las maniobras de salida; los marineros soltaban las últimas amarras y los pasajeros persistían en su parloteo intrascendente.
Todo resultaba demasiado perfecto, demasiado ordenado.
El puerto funcionaba con la precisión milimétrica de un reloj suizo, y era precisamente esa normalidad artificial lo que le helaba la sangre.
Los Tumal no se habían escondido en los suburbios; se habían fundido orgánicamente con el paisaje industrial.
—Limpio —gruñó Ur, escupiendo una flema amarga al suelo—. Aquí no hay rastro de su peste. Si no han tomado el vapor, es que van por el camino del Nervión. Están buscando el abrigo de las fábricas.
Apretó los puños con tal violencia que los nudillos le crujieron como madera seca. Tenía el cuerpo pidiéndole guerra a gritos y los músculos tensos por el impacto físico que sabía inminente.
Mientras tanto, Barri operaba ya en el vientre mismo de la infamia.
Desmontó con cautela en las inmediaciones de la plaza de toros de Vista Alegre, donde los Tumal custodiaban un terreno baldío cercado por muros bajos de mampostería y espinos traicioneros.
Dos feroces perros de presa, Mugui y Dugui, patrullaban el lodo denso del patio.
Eran bestias de mandíbula ancha, pelaje oscuro y andar pesado, entrenadas exclusivamente para morder y no soltar; auténticas máquinas de matar que no malgastaban una brizna de aire en ladridos innecesarios.
Barri, con la frialdad de un cirujano, extrajo de su jubón dos gruesas bolas de carne rancia amasadas con adormidera concentrada.
Las lanzó por encima del cerco dibujando una parábola perfecta en la oscuridad.
En cuanto los canes cayeron en un sopor inmediato, con la lengua afuera y la pupila dilatada, Barri saltó la valla con la agilidad de un espectro, mimetizándose al instante con la penumbra de la finca.
Se arrastró cuerpo a tierra hasta alcanzar una ventana empañada por la combinación del vaho interior y el hollín de las chimeneas.
Dentro, la escoria de los Tumal celebraba el golpe.
El olor a licor barato de alambique y tabaco rancio se filtraba por las rendijas hasta el exterior, conformando una mezcla densa que ensuciaba el aire gélido de la noche bilbaína.
Cantaban con voces ásperas y destempladas, brindando con estrépito por el éxito absoluto del rapto.
De pronto, el chirrido agudo de una bisagra oxidada lo obligó a camuflarse tras un carro de bueyes abandonado.
Barri contuvo el aliento, transformando su cuerpo en madera muerta; ni un solo músculo vibró, ni una pestaña se movió en su rostro.
Un Tumal salió de la construcción tambaleándose, con la guerrera desabrochada y las facciones encendidas por el alcohol.
Escupió al barro con arrogancia y lanzó una carcajada seca al viento, ignorando por completo que la muerte lo vigilaba, inmóvil, a menos de tres metros de distancia.
Barri aguzó el oído al máximo. Entre risotadas brutales y balbuceos inconexos, logró desenterrar el núcleo del plan enemigo.
Estaban redactando un pasquín falso: una infamia con sello apócrifo de escribano para informar de que el puerto de Santurtzi permanecía bloqueado por una huelga general de estibadores.
Era la coartada perfecta, el ruido social necesario para ganar un par de días limpios mientras, en la seguridad de las sombras, preparaban el inicio de la inoculación de Len.
Se reían como hienas en la noche, celebrando la elegancia de su propia estafa.
A Barri le ardía la palma de la mano sobre el pomo de la daga; el acero templado le exigía el cuello de aquellos burlones, pero su mente estratégica se impuso con la contundencia de un bloque de hielo.
La desventaja numérica era de cinco a uno y Len, por desgracia, no estaba a la vista en esa estancia.
Atacar en ese momento habría sido un suicidio inútil; necesitaba averiguar primero en qué rincón de espinos tenían escondido al niño antes de que el primer pasquín maldito se enviara.