Capítulo 2 #9
—¡Maldito animal, Kimo! ¡Ahí estás! —exclamó de pronto una voz de mujer; un tono potente, firme y a la vez dulce que retumbó con autoridad en las paredes de piedra.
El mapachín saltó fuera del agua hacia la luz de las antorchas con una alegría doméstica que me desarmó por completo.
—¿Dónde lo has hallado? —preguntó la silueta recia de la mujer, que se recortaba contra la salida del túnel, tapando el paso con absoluta confianza.
—Él nos encontró a nosotros —respondí, saliendo del agua a gatas como un aparecido empapado en lodo.
—¡Lo sabía! —gritó ella. Por un momento temí que fuera una centinela oculta de los Tumal, hasta que soltó una carcajada limpia —. ¡Es broma, muchacho! No pongás esa cara de entierro. Vengan de prisa, antes de que el frío se les meta para siempre en los huesos.
Caminé a paso firme tras ella, sintiendo cómo los músculos del cuerpo se destensaban tras el tremendo sobresalto en la corriente. Al salir por fin de las fauces de la cueva, la vista del entorno simplemente me robó el aliento.
Estábamos en Benque Viejo. El pueblo no se veía al principio; se experimentaba más bien como un fogonazo de vida.
Se desplegaba frente a nuestros ojos en un estallido vibrante de turquesa, amarillo y rojo que desafiaba con orgullo la tristeza del cielo gris.
Situado justo en la raya fronteriza con la mística Tierra del Quetzal, Benque Viejo era un refugio de maderas finas y sonrisas anchas; un crisol donde la sangre garífuna y la maya se fundían para crear algo que los Tumal jamás lograrían comprender: un lugar que no necesita del sol para irradiar luz.
El mercado de Benque Viejo no se caminaba; se navegaba a pulso.
Era un mar denso de telas de colores donde el aire pesaba, cargado con la frescura del cilantro, la leche de coco rallado y el olor punzante del pescado seco.
Muma avanzaba entre los puestos de venta con una autoridad innata de reina, abriéndose paso con naturalidad entre mercaderes que ofrecían desde paños bordados con sueños mayas hasta amuletos rústicos tallados en hueso de manatí.
—Aquí los ojos ven mucho más de lo que las bocas hablan —susurró Muma mientras me entregaba un trozo caliente de yuca frita—. No te quedés quieto en el mismo sitio mucho tiempo, muchacho. El andar constante es tu mejor resguardo en estas tierras.
Caminé con Cuashpo pegada a mis talones, sorteando cestos rebosantes de chiles de colores imposibles y montañas de mangos maduros que goteaban miel.
Pitu, oculta bajo mi camisa, era un latido constante de luz; ella también sentía el pulso eléctrico del lugar.
Compré lo estrictamente necesario para la travesía: tabaco fuerte para ahuyentar a los zancudos del manglar y un par de panes de coco que aún guardaban el calor reconfortante del horno.
Pese a la alegría contagiosa del pueblo, mi instinto de cazador seguía tenso.
En cada esquina buscaba inconscientemente la rigidez artificial de los capotes grises, pero en Benque Viejo todo era bulla y algarabía.
La vida aquí era una muralla maciza de ruido que nos servía de escudo perfecto contra la persecución.
Muma nos guio con destreza hacia una choza levantada sobre recios horcones de caoba, justo a la orilla del río Mopán.
—Aquí nadie los ha de buscar —sentenció ella, abriendo la puerta chirriante de la entrada—. Descansen lo que puedan, que mañana tempranito deberán seguir su camino.
Al entrar, el olor a madera vieja y cera de abejas nos envolvió de inmediato como una cobija abrigadora.
Era una pieza pequeña y austera, pero para nosotros representaba un palacio.
Dejé el morral de lona en el suelo y, por primera vez en muchos días, sentí que los hombros me pesaban menos.
Cuashpo se desplomó al instante sobre un rincón cubierto de paja, completamente agotada por la caminata y el susto de la peña.
Pitu voló hacia una viga del techo y se posó allí, emitiendo un fulgor azulado y tenue que bañó la estancia en una paz de otro mundo.
Me senté en el suelo de tablas gastadas, apoyando la espalda contra la pared de madera.
Saqué la manta de la Güela de entre mis ropas.
En la penumbra de la choza, las quince estrellas de plata brillaron con una fuerza renovada.
El mapa de algodón seguía callado, pero el silencio sepulcral de la habitación me permitió escuchar algo mucho más hondo: mi propia respiración acoplándose al compás del río que corría libre afuera.
Cerré los ojos, dejándome llevar por el balanceo sutil de la casa sobre sus pilotes de caoba.
El rugido de la montaña y la rabia sorda de la pérdida se deshicieron por fin en el murmullo constante del agua.
Por una sola noche, no fui el hombre de los planes fríos y calculados; era simplemente un padre que soñaba despierto con el momento en que Len volvería a dormir bajo el amparo de un techo seguro.
El sueño me alcanzó antes de que pudiera apagar la última candela; una oscuridad profunda, bendita, que olía a caoba y a esperanza pura.
Pero yo sabía bien que aquel descanso traía consigo una nueva y necesaria forma de vigilancia.
02 de octubre de 1905
Bilbao, País Vasco
Len yacía inmóvil en una cama de hierro forjado y sábanas de lino blanco que crujían bajo su peso como papel seco.
La Madre se sentó a su lado, convertida en una silueta densa que tapaba por completo la luz de la luna filtrada por el ventanal.
Con movimientos rítmicos y pausados, comenzó a acariciarle las sienes con las yemas de los dedos, induciéndole un trance leve; un sopor artificial que no era paz, sino pura sumisión.
—Duerme, mi amor —susurró ella, y su aliento gélido rozó la oreja de Len—. Pero mantén siempre un oído atento. No permitas que el sueño te desarme por completo.
Len sentía que su cuerpo laxo se hundía en el colchón, pero su mente permanecía dolorosamente atada a la cadencia de aquella voz.
—Si lo oyes caminar por el pasillo, si escuchas alguna vez el crujir de las maderas nobles bajo sus botas, recuerda: él no viene a darte las buenas noches. No busca tu descanso. Viene únicamente a comprobar si todavía tienes miedo, a regodearse en tu debilidad.
La Madre se inclinó hacia delante hasta que su rostro de porcelana fue lo único que Len podía ver en la penumbra de la estancia.
—Su amor no es como el mío, Len. Su amor es un anzuelo de hierro oxidado; si dejas que su voz te convenza, te arrastrará sin remedio a su abismo, a esa vida miserable de fatiga y barro de la que yo te he rescatado.
Solo el vacío que yo te doy es limpio. Solo mi frialdad te hará verdaderamente invulnerable.
Len cerró los ojos, pero su pulso no bajó. El corazón le retumbaba en el pecho como un eco sordo.
—Duerme —repitió ella, deslizando una pequeña piedra de obsidiana afilada bajo su almohada de lino—. Y recuerda siempre que el amor es el arma exacta que él usará para destruirte.
El líquido negro de los Tumal invadía su sangre en aquella mañana gris del 02 de octubre de 1905.
Len apretó los párpados con fuerza. En el fondo más oculto de su mente, luchaba con desesperación por rescatar las historias que su padre le narraba antes de dormir en los cafetales, usándolas como un último refugio de fuego contra la marea de hielo que le inoculaba la Madre.
Hoy se cumplían exactamente seiscientos cuarenta y tres días desde su secuestro.