Capítulo 2 #8
Sentí el peso frío de las quince estrellas en mi bolsillo y el tacto de las agujas en mi cincho de cuero.
Mi pulso, que antes galopaba desbocado por el miedo, se asentó de golpe en una calma peligrosa.
La maña del frío no era una herramienta exclusiva para el otro lado del océano; mi propia transformación empezaba justo aquí.
—Pitu, apágate —ordené en un siseo. La luciérnaga obedeció al instante, volviéndose una cuenta negra e invisible en mi cuello.
Saqué la honda de cuero. No buscaba una pelea de frente contra la estirpe. Necesitaba que creyeran que la montaña misma me había tragado sin dejar rastro. Busqué una piedra lisa de malpaís en el suelo y apunté con precisión hacia una rama seca, a espaldas de los dos rastreadores.
El tiro partió con un silbido invisible. La rama lejana tronó con un crujido limpio. Los dos hombres de gris giraron al unísono, movidos exactamente por el mismo hilo invisible, y apuntaron sus flechas hacia la espesura opuesta del claro.
—Ahora —le hice la señal a Cuashpo.
Nos deslizamos como una exhalación de humo negro sobre el fango. Crucé la vereda expuesta en tres zancadas largas, potentes y mudas. Cuashpo iba pegada a mis talones, convertida en una sombra que no desplazaba ni una sola brizna de aire.
Sentí el frío metálico de su presencia a escasos metros de mi cuerpo; era un frío antinatural que no venía del clima de Guatemala, sino de ese vacío absoluto que habitaba en mitad de sus pechos.
Contuve el aire en los pulmones hasta que el pecho me suplicó piedad, negándome a soltar ni el más mínimo susurro frente a esos cazadores de gris.
Cuando logramos hundirnos de nuevo en la protección del follaje espeso, al otro lado del claro, no me detuve a celebrar.
Nos arrastramos entre los helechos gigantes, ganando distancia con la lentitud y el sigilo de una serpiente, mientras a nuestras espaldas el silencio denso de la selva volvía a cerrarse, sepulcral, sobre el rastro de los hombres sin alma.
A medida que avanzábamos por la espesura, el aire se puso pesado, denso, cargado de una fuerza extraña que me erizaba los vellos de los brazos.
La sensación claustrofóbica de ser vigilados se volvió por momentos insoportable, como si mil ojos invisibles se ocultaran tras el envés de las hojas.
Cuashpo avanzaba a paso lento, con el lomo completamente erizado, gruñendo en voz baja a las sombras que se proyectaban sobre el fango.
La selva cerrada ocultaba a nuestro perseguidor, hasta que un crujido seco y rotundo a mis espaldas me obligó a girar en redondo, con el cáñamo de la honda tirante y la mente lista para soltar el guijarro.
Frente a nosotros, emergiendo con parsimonia de un helecho gigante, una pequeña criatura de tonos grises y negros nos devolvió la mirada fija.
Era un mapachín. Su antifaz natural era impecable, dándole un aire simpático de bandido de leyenda, y sostenía una mueca tan extrañamente humana que detuvo mi brazo armado en el aire.
Cuashpo y yo nos miramos de reojo: aquel ser silvestre no traía consigo el tufo metálico e industrial de los Tumal; olía a musgo húmedo y a noche vieja.
La criatura se acercó con una curiosidad malcriada y sin pizca de temor; nos rodeó con movimientos sinuosos de danzante y olfateó con atención nuestros rastros en el lodo.
Cuando decidió por fin que no éramos un peligro, nos enseñó los dientes en una gracia que me arrancó una sonrisa espontánea, la primera que esbozaba en muchas leguas de marcha.
Reanudamos la caminata y él, como si fuera una escolta mística mandada por la propia selva, nos siguió de cerca.
La confianza, esa flaqueza humana que el dolor intentaba arrancarme del pecho, terminó ganándole la partida a la sospecha.
Un tramo más adelante, la vereda se abrió bruscamente en dos. El mapachín, sin dudarlo un segundo, tomó el desvío de la izquierda, el sendero más empinado y rocoso, aquel que se perdía directo en la neblina. Cuashpo, contagiada por su seguridad animal, lo siguió antes de que yo pudiera chistar.
—¡Cuashpo, venite! ¡No es por ahí! —exclamé en un susurro ahogado, pero fue en balde. Mis órdenes se disolvieron en la humedad ambiental. No tuve más remedio que apurar el paso e ir tras ellos, maldiciendo entre dientes mi falta de mando sobre aquella manada de animales tercos.
Al darles alcance, mi peor temor se hizo carne: la vereda se cortaba en seco frente a una pared de piedras gigantes, un muro vertical y grisáceo que parecía el mismísimo fin del mundo.
El mapachín se detuvo al pie de la estructura, me miró de frente y su mueca ya no me pareció de gracia, sino de pura burla.
Me sentí un tonto redomado: ¿cómo había sido capaz de confiar mi destino a un animal del monte?
Estábamos atrapados, bajo una lluvia rala que calaba el alma y con el estómago chillando de hambre.
Sin embargo, el pequeño animal no se detuvo ante el estorbo geológico.
Trepó con una agilidad de espanto, aprovechando grietas microscópicas e invisibles hasta alcanzar una roca plana que sobresalía como un balcón natural sobre el vacío.
Pitu voló de inmediato para tantear el terreno, volviéndose un rayo amarillo que desapareció tras el muro de piedra.
Regresó a los pocos segundos a mi hombro con un parpadeo rítmico y constante: el camino continuaba por arriba.
—Perdoname, Cuashpo —dije mirando con ternura a la perrita, que ya temblaba de miedo al pie de la mole de piedra—. Vas a tener que volar otra vez.
Recordé en ese instante su miedo viejo a las alturas.
De cachorra, Len, con su tremenda inocencia de niño, la había lanzado sin malicia al tejado de la cabaña en Apaneca, convencido de que los perros eran simplemente pájaros sin alas que aún no sabían usar el cielo.
La pobre chucha pasó dos días enteros tiesa allá arriba, llorándole al firmamento.
Pero aquí, frente a la pared de Naj Tunich, no había más remedio que desafiar la altura.
Con un movimiento certero y firme, ignorando sus lloriqueos agudos, la levanté por el lomo y la puse en lo alto de la roca saliente.
Quedó inmóvil, reviviendo el susto ciego del tejado de paja, pero a salvo.
Subí de inmediato tras ella, clavando los dedos con fuerza en la piedra mojada, sintiendo cómo el malpaís afilado me rajaba las yemas de las manos hasta que logré coronar la cima del muro.
Acaricié despacio a Cuashpo para sacarla de su trance de terror.
—Ya ves —susurré, contemplando el horizonte brumoso que se abría ante nosotros—. A veces no queda de otra que saltar al vacío para poder hallar la salida.
Allí, el mapachín, que a esas alturas ya parecía más un guía de ánimas del inframundo que un animal silvestre nos esperaba inmóvil frente a las fauces de una cueva profunda; un tajo negro en la roca que prometía un atajo providencial o una sepultura definitiva.
Cuashpo, confiando ciegamente en el rastro, entró de inmediato.
Encendí una vieja candela cuya llama vacilante apenas lograba herir las sombras circundantes, revelando un túnel húmedo donde el techo de piedra vibraba con el letargo palpitante de cientos de murciélagos que colgaban apiñados como frutas negras y peludas.
Pronto, el susurro lejano del agua se transformó en un rugido ensordecedor.
El río subterráneo subió de nivel con una rapidez de espanto.
Mis compañeras, guiadas por el puro instinto de supervivencia, se treparon a mis hombros a toda prisa, convirtiéndome en una balsa de carne y hueso.
El agua helada, cargada de tierra suelta y de un frío viejo, me llegó al pecho en pocos segundos, apretándome el resuello.
En mitad de esa oscuridad líquida y asfixiante, el frío actuó como un portal temporal.
Recordé con nitidez a Zul y a mi pequeño Len.
Vi sus rostros iluminados por una luz cálida que ya no existía en mi presente.
Reviví el viaje en el que exploramos juntos la selva maya y navegamos por un río igual a este, pero bajo el amparo de un sol tibio de mediodía.
Aquel día feliz había terminado con el aroma de la carne adobada y tortillas de colores sobre una mesa de madera que rebosaba de risas.
Por un segundo efímero, el peso en mi espalda no era el de un secuestro atroz, sino el de su cuerpo vivo, tierno y seguro, abrazado con fuerza a mi cuello.
—¡Guau, guau!
El ladrido agudo de Cuashpo rompió de golpe el cristal del sueño, devolviéndome a la realidad de la cueva.
El rugido del agua se volvió absoluto. Antes de que pudiera buscar un asidero en las paredes, el suelo desapareció bajo mis pies y la corriente nos reclamó por completo.
Ya no era un hombre caminando; era un náufrago desamparado a merced de una fuerza telúrica que no conocía la piedad.
El torrente me succionó hacia las profundidades del túnel, un tubo de piedra oscura donde el eco de mi propio grito fue devorado al instante por el estruendo del agua.
Apreté a mis aliadas contra el pecho con una fuerza desesperada, sintiendo los latidos frenéticos de Cuashpo retumbando contra mis propias costillas.
Golpeamos violentamente contra paredes invisibles y raíces sumergidas que se sentían en la oscuridad como dedos de esqueleto intentando retenernos en el fondo.
El aire se me acabó en los pulmones. El frío se volvió un dolor sólido que me entumeció los músculos, hasta que el túnel de piedra pareció cerrarse sobre nosotros en un último y asfixiante abrazo mortal.
De pronto, la presión brutal cedió. La cueva nos escupió hacia el exterior en una explosión de espuma, fango y estruendo.
Al flotar de espaldas, divisé a lo lejos dos antorchas que se dibujaban contra el agua como los ojos encendidos de un monstruo. El calor de la sangre me puso de inmediato en guardia; mi mano buscó a tientas la honda en el cincho, lista para la maña de combate.