Capítulo 3 #2
Esperó pacientemente a que la peste —el Tumal ebrio— volviera a meterse en la choza y se deslizó fuera de la parcela con la velocidad de un relámpago.
Tenía que localizar a Ur cuanto antes. El rastro real del secuestro no estaba en el puerto de Santurtzi ni en la plaza de toros; el torreón era, sin duda, el siguiente movimiento obligatorio en este tablero de sombras.
Ur, masticando la rabia negra de la frustración tras el fiasco del muelle, espoleó sin miramientos al semental hacia su última opción: un viejo torreón de piedra medieval que vigilaba una poza profunda en los límites difusos de la villa.
Era un lugar lúgubre, completamente olvidado por la ley, donde el aire pervertido olía a hierro oxidado, fango y agua estancada.
Al acercarse a las inmediaciones, divisó una luz tenue de vela en lo alto de la maciza construcción; una llama débil que tiritaba acorralada contra el cristal de la ventana, luchando con desespero contra la negrura absoluta de Bilbao.
Fue entonces cuando una sombra cruzó la habitación superior.
Ur tiró de las riendas y detuvo al caballo en seco.
El corazón le dio un vuelco violento en el pecho: aquel no era, ni de lejos, el movimiento pesado de un Tumal.
Se trataba de una silueta pequeña, frágil y reconocible. Era Len.
Necesitaba confirmar con absoluta certeza que el niño estaba allí.
Se palpó con frenesí los bolsillos del capote buscando algo que lanzar hacia la altura, pero solo encontró el vacío helado de la noche.
Maldijo entre dientes. Recordó entonces al viejo castañero que aguantaba el temporal de sirimiri en la esquina del callejón por el que acababa de pasar y, en un acto de fe desesperada, dio media vuelta para comprarle una docena de castañas, que recibió calientes como ascuas vivas entre sus manos entumecidas.
De regreso bajo la sombra cómplice frente al torreón, sentía el pulso totalmente acelerado; una sensación de descontrol que su mente detestaba profundamente.
Los primeros lanzamientos resultaron un fracaso absoluto.
Las castañas rebotaron contra la sillería centenaria con un ruido seco e inútil, perdiéndose sin remedio en el barro del suelo.
Ur, cuya puntería en las distancias cortas siempre había sido el hazmerreír de Barri, apretó la mandíbula con tal fuerza que le dolió la sien.
Cerró los ojos un instante en mitad de la lluvia, invocando la calma gélida de su hermano; esa sangre compartida que ahora intentaba dictarle desde la distancia el movimiento preciso y el ángulo exacto.
El séptimo intento golpeó el marco de madera de la ventana, pero lo hizo sin la fuerza necesaria.
El octavo hizo vibrar el vidrio con un gemido sordo que le encogió el estómago.
Finalmente, con el último proyectil que le quedaba, concentró toda su voluntad en las yemas de los dedos y lanzó la castaña con un golpe de muñeca seco, elástico y definitivo.
El cristal vibró limpiamente bajo el impacto del fruto protector.
Arriba, una mano pequeña pero robusta, con los nudillos marcados por el esfuerzo del encierro, abrió el pestillo de hierro con visible torpeza.
El rostro maltratado de Len apareció apenas un segundo, iluminado de soslayo por la luna de enero; una visión pálida y casi espectral antes de que el azote del frío le obligara a cerrar de nuevo la hoja de madera.
Era él. No cabía duda alguna. Ur lo había localizado en el corazón del nido enemigo.
Ur y Barri se reunieron poco después en la penumbra del caserío.
El aire del cobertizo apestaba a sudor de caballo exhausto y a la ceniza fría del hogar; un olor denso a derrota que, muy pronto, se transformaría en pólvora.
Sus rostros, curtidos por el azote del granizo y la falta absoluta de sueño, eran el mapa viviente de una rabia contenida que amenazaba con desbordarse al menor roce.
Barri, con los dedos todavía entumecidos por el frío de la ría, agarró un trozo de carboncillo y garabateó con trazos urgentes sobre un pedazo de papel basto:
«Lo tienen en el torreón. La estirpe ha anidado allí».
Entregó de inmediato el mensaje a un recadero de la máxima confianza en los muelles, con instrucciones estrictas de que embarcara en el primer navío que cruzara el océano Atlántico con destino a Apaneca.
Acto seguido, con el presentimiento royéndole las entrañas, se dirigió a las dependencias de la guardia civil.
Allí, la realidad institucional le golpeó con la fuerza de un mazo de fundición.
El agente de turno, tras consultar un legajo mugriento con un desprecio burocrático que apestaba a tinta rancia y desidia, le soltó el jarro de agua fría: la mujer de los Tumal se les había adelantado tres días completos.
Había llegado a la delegación envuelta en llantos teatrales, con el cabello estratégicamente desordenado y una actuación de víctima tan ensayada y perfecta que habría engañado al mismísimo verdugo.
Los había denunciado por acoso implacable.
Los dibujó ante la ley de la villa como dos animales violentos, dos sombras salvajes bajadas de la montaña que la perseguían con intenciones oscuras por los recovecos de la ría.
En un solo movimiento de lengua, aquella mujer había convertido la búsqueda legítima de un padre en un crimen federal, y su justicia en una cacería ilegal.
Barri tragó saliva en silencio, sintiendo cómo la hiel amarga le subía por la garganta hasta quemarle el aliento.
La manipulación de la madre había sido quirúrgica; había emponzoñado los engranajes del Estado con una eficacia aterradora.
Para los agentes del orden, ellos ya no eran hombres buscando a un niño secuestrado; eran perros rabiosos marcados formalmente para el sacrificio.
Regresó al caserío y soltó la novedad como quien deja caer una sentencia de muerte.
Ur no gritó. No hubo juramentos viscerales esta vez.
En su lugar, su cuerpo se tensó como un cable de acero trenzado sometido a una presión de toneladas, a un solo milímetro de reventar y arrasar con todo lo que hallara a su paso.
Estaban completamente solos. La farsa legal de los Tumal había echado el cerrojo a la justicia oficial.
El rescate ya no era un asunto de denuncias, legajos o despachos.
—Han usado la ley como un escudo —masculló Ur, golpeando la mesa de roble con un puño cerrado que hizo saltar el tintero por los aires, manchando la madera con una salpicadura negra como el alma de los Tumal—. Se ríen en nuestra puta cara.
—Para la villa, ahora los monstruos somos nosotros —asintió Barri, con la mirada extraviada en el ventanal donde la niebla sucia de Bilbao devoraba los últimos restos de la luz vespertina—.
Si asaltamos ese torreón, Ur, lo haremos con el estigma de criminales.
No habrá medallas ni restitución; solo grilletes y plomo si fallamos.
La noche se hizo eterna, pesada como una lápida de granito sobre el pecho.
El frío húmedo de la ría no era nada comparado con el vacío gélido de la traición institucional.
Pero bajo las costillas, en ese reducto ciego donde la sangre se niega a morir, el instinto primitivo de combate empezó a latir con un ritmo sordo, constante y letal.
El miedo se evaporó por completo, dejando atrás una claridad terrible: si el mundo los quería ver como bestias, les darían una cacería que nadie en ese maldito puerto lograría olvidar.
10 de junio de 1904
Bilbao, País Vasco
Ciento sesenta y cinco días de secuestro.
La primavera moría en Bizkaia antes de llegar a nacer.
No era un ciclo natural, sino una agonía de cielos sucios y plomizos que asfixiaba los brotes verdes antes de que pudieran respirar.
Las flores despertaban en los valles con un esfuerzo agónico, cubiertas por una fina y persistente capa de hollín industrial que parecía llover directamente desde los dominios de la estirpe.
El clima moral de la villa, sumido en una penumbra perpetua, había quebrado el equilibrio mismo de la tierra.
Los pastos históricos del territorio, otrora vibrantes, palidecían ahora bajo un manto de ceniza, convirtiendo los alrededores de Bilbao en un cementerio de barro y sospechas.
El verde esmeralda que siempre había definido a esta tierra vasca era sustituido por un gris de fundición que no solo manchaba las manos de los obreros, sino que infectaba el alma de quienes aún se atrevían a caminar bajo su sombra.
Ur y Barri descendían a paso largo por la ladera del monte Artxanda.
Sus hombros cargaban con una pesadez que no era física, sino el lastre invisible de la vigilancia y el sabotaje constante.
Mientras caminaban con la mirada alerta, hablaban en voz baja de la próxima Noche de San Juan, buscando un refugio mental en la esperanza de esas hogueras tradicionales que debían arder en apenas dos semanas; un fuego sagrado que, según los viejos ritos, purificaba todo lo podrido.
Añoraban con dolor Artziniega, su villa natal de casonas solariegas de piedra y escudos nobiliarios tallados que desafiaban el avance del tiempo.
Allí, el honor se heredaba con el apellido y ambos habían crecido bajo la mano firme, noble y justa de su padre.
En Artziniega, el bien y el mal estaban esculpidos en granito, inamovibles y claros; en Bilbao, por el contrario, las verdades se disolvían como azucarillos en el fango y el alquitrán de las fábricas.
La ciudad gris no solo consumía el aire de las rías, sino que devoraba la certeza de quiénes eran.
Al acercarse al caserío, ambos se tensaron en el acto como cuerdas de laúd: un cartero de la villa los esperaba apostado junto al porche de madera.
Tras el primer chispazo de paranoia —esa sombra de desconfianza que ya jamás los abandonaría—, recibieron el sobre de mano del emisario.
El sello de cera del remite era inconfundible, un relieve que les quemó los ojos al instante: Apaneca.