El Odio Inoculado Capítulo 2 #6
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Capítulo 2 #6

Cómo deseaba que él estuviera aquí ahora, ayudándome a estirar esta palma tejida que todavía guardaba el rastro invisible de sus pies pequeños.

La idea de que aquel rito sagrado se convirtiera en un recuerdo muerto era una sombra mucho más negra que la propia estirpe de los Tumal.

Pero en ese mismo instante, frente al vacío, juré que no me rendiría.

Extendí el petate en la soledad absoluta de la cumbre, justo al borde del abismo.

Con la piel empapada por el rocío de la sierra, ejecuté cada movimiento, cada estiramiento, cada esfuerzo físico.

Aquello ya no era un simple ejercicio de agilidad; era el reclamo rabioso de un padre exigiendo su derecho legítimo sobre la tierra.

Bilbao, País Vasco

Al otro lado del océano, para Len ya no había esteras de palma dispuestas al viento ni danzas sagradas bajo el cielo abierto.

Ahora, sus pies descalzos se posaban sobre una alfombra de lana gélida cuya rigidez artificial dictaba la simetría de cada paso.

En aquella torre no existía el sudor tras la caza ni corazones retumbando como tambores de guerra.

Bajo la estricta vigilancia de los Tumal, solo imperaba el ritmo plano de un pulso rígidamente controlado, monótono como el tictac de un reloj de pared inglés.

La Madre observaba la escena desde un diván de terciopelo negro, sosteniendo entre sus manos una taza de té que no desprendía el menor rastro de vapor.

Se levantó con la elegancia silenciosa de una pantera y caminó hacia él, deteniéndose justo cuando Len terminaba una serie de movimientos prefijado.

Le tomó la barbilla con sus dedos de porcelana, obligándolo a mirarla de frente.

—Él nunca quiso que fueras fuerte, Len —susurró ella, con una voz que destilaba un veneno dulce e hipnótico—.

Yo le supliqué de rodillas que te amara, que te cuidara con la misma entrega con la que lo hago yo, pero su corazón es una piedra moldeada por el desierto.

Te abandonó porque solo eras una carga para él, un recuerdo molesto y tosco de todo lo que perdió.

Len sintió cómo un nudo de hielo denso le cerraba la garganta. El recuerdo de su padre, que constituía su único refugio de fuego y ocote, comenzó a transformarse bajo el influjo de aquellas palabras en una nítida imagen de traición.

—Solo aquí estás a salvo —concluyó ella, acariciándole la mejilla con el dorso de la mano, una caricia fría como el basalto de la estirpe—. Solo mi amor por ti es verdadero, porque yo te acepto así, completamente vacío de él.

Cerro el brujo. El Salvador

Recogí mis pertenencias y descendí al trote por el sendero.

Me detuve cerca de una choza que humeaba con pereza entre árboles de guamo, cuyas ramas caídas y cargadas de musgo goteante señalaban el camino.

Al ver a mis dos compañeras de viaje aún profundamente dormidas —Cuashpo hecha un ovillo compacto y Pitu reducida a una brasa opaca y tibia entre el pelaje de la chucha—, la chispa de la vieja picardía se encendió en mí.

Era, quizás, el último rastro del hombre que solía bromear con Len en mitad de los cafetales.

«Se van a enojar», advirtió mi juicio.

«No seas así, que el camino por delante ya es bastante amargo», añadió de inmediato mi conciencia.

Pero los espíritus pícaros de Apaneca ganaron la partida en mi cabeza. Me convencí a mí mismo de que aquello era una prueba táctica e indispensable: un buen susto matutino las mantendría alerta para lo que venía. Allá abajo, hacia donde nos dirigíamos, el sueño iba a ser un lujo prohibido.

Inundado de una travesura propia de un cipote, concentré toda la fuerza de mis pulmones y solté un grito salvaje que hizo temblar la cáscara de los árboles:

—¡Arriba, que nos vamos!

El sonido les entró en los oídos como un rayo implacable.

Pitu y Cuashpo saltaron por el aire con la gracia desesperada de un pájaro sorprendido por la tormenta.

Mis labios ya celebraban la victoria, disfrutando del relajo y de la broma, pero cuando ambas alcanzaron el punto más alto de su salto, el pánico inicial de mi improvisado ejército se transformó en pura furia.

No eran dos animales asustados; eran un nudo de defensa letal reaccionando instintivamente a un ataque.

Un enjambre furioso de garras y colmillos me anunció que el cazador se había convertido en la presa.

Crucé los brazos a toda prisa para proteger mi rostro, pero ellas conocían a la perfección cada una de mis flaquezas físicas.

Las garras afiladas de Pitu se clavaron con saña en mi nuca, quemándome la piel como brasas encendidas, mientras los dientes de Cuashpo se hundían sin contemplaciones en la carne blanda tras mi rodilla izquierda.

Mi risa se transformó al instante en una dolorosa sinfonía de quejidos y maldiciones.

Para escapar del asedio de aquel dúo enfurecido, no tuve más remedio que rodar ladera abajo.

El mundo se volvió un torbellino violento de tierra suelta, hojas secas y aguijonazos constantes, hasta que el tronco robusto de un viejo limonero detuvo mi estrepitosa caída con un golpe seco y brutal en las costillas.

—Relajen la vena... —les dije, empleando una ironía que apenas lograba disimular el dolor sordo del impacto.

Me senté apoyado contra la corteza del árbol, sangrando levemente por la nuca y cojeando de forma ostensible.

Pitu flotaba a la altura de mis ojos, vibrando con un tono rojo de amenaza militar, y Cuashpo me miraba fija con las orejas gachas, pero con los ojos encendidos de juicio y reproche.

Mis explicaciones posteriores sobre la preparación para el combate y la alerta en el camino no les convencieron en lo más mínimo; para ellas, yo solo había sido un tonto rompiendo el pacto sagrado del descanso.

Me puse en pie con evidente dificultad; la rodilla me recordaría la gracia durante las próximas leguas de marcha. Para comprar de inmediato su perdón y restablecer la paz en la expedición, hice una oferta que sabía que no podrían rechazar:

—Está bien, ustedes ganan. Las llevaré cargadas las primeras tres leguas del camino.

Pitu se apagó al momento, regresando a su tono amarillo, y aterrizó con suavidad sobre mi hombro. Cuashpo soltó un suspiro largo, casi teatral, y se estiró con parsimonia antes de saltar directamente a mis brazos. Sus risas calladas, ocultas tras miradas de absoluto triunfo, sellaron el trato.

Avanzamos durante un par de horas cumbre abajo, conmigo cumpliendo a rajatabla el trato de cargar a mis dos detractoras.

El dolor latente en mi rodilla izquierda comenzaba a pasarme factura cuando divisamos una segunda choza que humeaba con pereza entre los guamos.

Al aproximarnos al umbral, el aroma espeso a café de leña me golpeó el estómago con el recuerdo vivo de todo lo que dejaba atrás en la montaña.

La vivienda, levantada con una mezcla ancestral de adobe y bahareque, resistía los embates del tiempo bajo un desgastado techo de tejas de barro.

—Buenos días —anuncié, sintiendo que mi voz pastosa rompía el silencio del paraje.

—Buenas... pase adelante, mijo, sin pena —respondió desde el fondo una voz que parecía cargar con siglos de paciencia.

Frente al fogón de piedra, envuelto en el vapor blanquecino de la masa de maíz, estaba Chamba.

Tenía la piel arrugada y curtida como la cáscara vieja de un amate y la espalda encorvada; no por la flaqueza de los años, sino por el peso acumulado de la tierra que había labrado con sus propias manos durante toda su vida.

—No quiero ser una molestia, don Chamba. Solo quería saber si de casualidad me vende unas tortillas para el viaje —dije, tanteando con timidez el bolsillo de mi pantalón.

—¡Nombre! ¿Por qué se las voy a vender, si el maíz es para compartir entre hermanos? —exclamó el viejo, volviéndose hacia mí con una chispa vivaz en los ojos—. Siéntese, muchacho. Hace ratos que no comparto el fuego con alguien que cargue tanto camino y tanto polvo en las botas.

Mientras aceptaba aquel banquete providencial de frijoles refritos con manteca, cuajada fresca y tortillas recién salidas del comal con sus respectivos «lunares» de fuego, Chamba se acomodó a mi lado y comenzó a desgranar su historia; una memoria colectiva que espejeaba, con dolorosa nitidez, las penas y las cicatrices de nuestra propia nación.

Chamba había nacido bajo el signo inequívoco de la fatiga, justo cuando la tierra dejó de pertenecer a quien la trabajaba para pasar a manos de quien empuñaba el fusil.

Su padre murió antes de verlo respirar por primera vez, abatido a balazos en las revueltas por la defensa de las tierras comunales, cuando los señores de traje negro decidieron que el campo solo serviría para sembrar el grano de oro.

Creció encadenado a las fincas, bajo el látigo invisible de las deudas en las tiendas de raya; esas cuentas sagradas que los patrones heredaban a los hijos como si fueran maldiciones de sangre.

En sus años de cipote, se refugiaba a escondidas en los trojes para descifrar papeles prohibidos que su tía le enseñaba en voz baja, como quien reparte dagas afiladas en mitad del silencio.

Me habló con dolor de las matanzas que desangraron los valles orientales cuando los pueblos reclamaron el derecho a sus ejidos.

Me contó cómo la supuesta paz siempre llegaba redactada en papel sellado, a través de leyes tramposas que terminaban favoreciendo a los mismos terratenientes de siempre, ignorando a propósito el hambre y el despojo del indio.

—A mis ochenta y un años —dijo Chamba, clavando su mirada cansada en la oscurana del horizonte de la montaña—, lo que más me preocupa es la mentira que camina erguida y esa maldad nueva que vuela más rápido que el zopilote.

El mundo está dando la vuelta, muchacho.

Vuelve con fuerza la sombra de los tiranos.

Ese aliento de bota militar es mucho más peligroso que un sismo; porque el sismo tira las casas de adobe, pero el despotismo pudre las almas desde adentro.