El Odio Inoculado Capítulo 2 #5
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Capítulo 2 #5

Pero la montaña no conoce la piedad. A medida que la cuesta se volvía más brava y vertical, la chucha comenzó a flaquear de nuevo.

El cansancio extremo la vencía; sus párpados caían pesados, entornados por el esfuerzo.

En un descuido, su cuerpo protestó y el alimento terminó sobre mi bota: una mancha caliente, ácida y amarga sobre el cuero crudo.

Me miró fijamente con un alivio casi humano y, sin pedir perdón, continuó caminando con un paso errático, tambaleante.

—¡Gran puta, Cuashpo! —exclamé, sintiendo que la impaciencia se me desbordaba por los poros.

Me detuve en seco, maldiciendo entre dientes mientras buscaba un poco de zacate seco para limpiar el calzado. La miré alejarse y la rabia se me transformó en un nudo ciego en la garganta. Sabía que ella no tenía la culpa de mis prisas, pero el miedo me nublaba el juicio.

Limpié el cuero con una furia sorda. Dominado por el orgullo, decidí castigarla con mi paso.

Aceleré el ritmo, estirando las zancadas y dejando que el calor de la rabia me empujara cerro arriba.

Mis pasos agigantados la dejaron atrás en pocos minutos, hundiéndola en la penumbra espesa de los cipreses.

Cuando alcancé la cumbre, el aire me faltó de golpe en los pulmones, pero me detuve a saborear mi mezquina victoria en el silencio absoluto de las alturas.

Fue entonces cuando el aire mismo se rasgó.

Un destello amarillo cruzó mi vista con la velocidad de un rayo. Antes de que pudiera reaccionar, unas garras diminutas se me prendieron del rostro, buscando los ojos con saña, recordándome a la fuerza que este cerro tiene dueños legítimos.

—¡Ya basta! ¡Pará! —supliqué, cubriéndome la cara con los antebrazos mientras intentaba defenderme del ataque frenético de Pitu, la luciérnaga guardiana de la Güela.

Al apartar las manos, vi que Pitu flotaba a escasos centímetros de mi nariz, vibrando con un fulgor malhumorado; un tono rojo encendido que jamás le había visto en la choza.

En mitad de ese resplandor escarlata lo comprendí todo en un fogonazo: Cuashpo no venía detrás.

El silencio de la cima ya no era un triunfo; era un vacío helado que me congeló la sangre.

El miedo más atroz sustituyó a la rabia. Bajé corriendo la vereda resbaladiza, ignorando el dolor punzante en las rodillas, gritando su nombre hacia los desfiladeros que se hundían en una mudez de piedra.

—¡Cuashpo! ¡¡Cuashpo!!

Finalmente, la luz intermitente de Pitu iluminó un bulto blanco a la orilla del camino.

Estaba allí, desmayada sobre un colchón de hojas podridas por la humedad.

Respiraba con fatiga, con un fuelle débil, pero no respondía a mis caricias.

En ese instante de terror comprendí que ella no era un estorbo en mi camino, sino mi propio espejo.

Si la perdía a ella en esta montaña, perdería el último hilo de sangre que me unía a mi hijo.

La cargué con cuidado sobre el hombro, sintiendo su peso pequeño, flácido y tibio contra mi espalda.

Retomamos el ascenso, pero esta vez con el paso humilde de quien pide permiso a la montaña para cruzar.

Pitu, satisfecha con la lección, cesó sus embestidas y se refugió en el hueco de mi cuello, justo al lado de una de las semillas de mi collar de copinol.

El calor que despedía el insecto era un recordatorio constante: en este viaje, la verdadera fuerza se mide por el cuidado que les brindamos a los que nos siguen.

Llegamos a la cumbre transformados en un solo cuerpo: la carne, el coraje y la luz. Abajo, el mundo entero dormía en la total ignorancia, pero nosotros en esa cima ya éramos otros.

Cerro el brujo, El Salvador

Estábamos en el umbral de la frontera invisible, justo donde el canto del torogoz se rinde al susurro místico del quetzal.

El paisaje a nuestro alrededor era una compleja arquitectura de sombras; los árboles de maquilishuat, despojados por completo de sus flores debido a la oscurana, servían de posada a aves de largas colas verdes que semejaban jirones de selva colgados directamente del cielo.

Encontramos refugio en una grieta profunda de malpaís, un nido de piedra oscura que nos protegió de la insistencia del viento. Exhaustos, nos abandonamos al fin al descanso.

Mientras Cuashpo dormía a mi lado, comprendí con total lucidez que este viaje no se mediría jamás en leguas ni en distancias cartográficas, sino en la maña pura de mantener encendida la llama interna cuando afuera, en la intemperie, el mundo entero se ha convertido en una hielera de muerte.

Bilbao, País Vasco

La Madre lo preparaba minuciosamente para la noche, en mitad de una estancia rodeada de frascos de botica con pesados tapones de plata.

Lo aseaba con agua gélida y restregaba su piel con una esponja de crin tan áspera que dejaba surcos rosáceos sobre la palidez extrema de Len.

A pesar del frío violento que hacía tiritar al niño, ella le sonreía con una devoción casi mística.

—Debemos quitarte de una vez ese olor a tierra roja...

ese olor a él —susurró, hundiendo la esponja con fuerza implacable sobre las coyunturas—.

Es el aroma de la fatiga, de la selva y del barro.

Es un olor que miente, amor mío; te envuelve con engaños para que no veas que, por dentro, ese hombre está seco como un pozo agotado.

Len permanecía inmóvil en la tina, con los ojos fijos en el vapor inexistente que apenas se elevaba del agua fría. El roce continuo de la crin le escocía la carne, pero su voluntad ya empezaba a fragmentarse bajo la cadencia hipnótica de esa voz.

—Quédate muy quieto —le ordenó ella, vertiendo sobre su cuello un aceite espeso de nardos que evocaba de inmediato a las flores de un mausoleo—.

Deja que mi aroma te limpie. Solo mi perfume es seguro en esta villa.

El mundo allá afuera está lleno de hollín y promesas rotas, pero aquí, bajo el amparo de mi mano, serás inmaculado como la plata.

La Madre dejó a un lado la esponja y le tomó la cara entre las manos. Sus dedos estaban tan sumamente fríos que Len dejó de sentir el escozor para experimentar únicamente un entumecimiento absoluto.

—Ahora sí —concluyó ella, besándole la frente con labios rígidos—. Ahora ya no hueles a nada que pueda herirte.

16 de septiembre de 1905

Cerro el brujo, El Salvador

Un parpadeo errático me sacó de golpe del sopor.

Pitu, que se había quedado profundamente dormida sobre una de las semillas de copinol, comenzó a pulsar con una luz nerviosa; un destello amarillo que se encendía y se apagaba igual que un corazón asustado.

Abrí un ojo, con la mano buscando instintivamente el mango del cuchillo, pero la montaña continuaba muda a nuestro alrededor.

Miré a la pequeña criatura. Sus alas vibraban en un zumbido sordo, casi imperceptible, enviando ráfagas intermitentes de claridad contra las paredes rugosas de la grieta.

No había peligro inmediato afuera, o al menos no uno que el acero de mi hoja pudiera detener; aquello era una alerta de otro tipo, un aviso urgente que venía de mucho más lejos.

—Todavía no —susurré, más para convencerme a mí mismo que a ella.

El cansancio físico pesaba en ese instante más que el propio miedo.

Acomodé de nuevo la cabeza sobre el morral de lona y cerré los ojos, dejando que el pulso intermitente de la luciérnaga bañara mis párpados.

Nos hundimos otra vez en el sueño, pero ya no fue un descanso tranquilo; era una espera en guardia, bajo la estricta vigilancia de una luz que desconfiaba por completo de la oscuridad.

La madrugada llegó envuelta en una neblina densa y espesa, un sudario gris que flotaba sobre nuestras cabezas.

Con movimientos sigilosos de cazador, comprobé que Pitu y Cuashpo aún dormían.

Enrollé el petate, tomé un puñado de semillas de marañón para el camino y me adentré en las entrañas mismas del cafetal.

Los arbustos, cargados de cerezas maduras que en la penumbra semejaban cuentas de sangre, aguardaban el alba en un letargo paciente.

Por más de cien años estas tierras nobles han gestado el aroma denso que despierta al mundo, pero hoy aquella fragancia campestre era solo para mí: un amargo necesario antes de la gran partida.

Al alcanzar la cumbre más alta, la niebla se retiró de golpe como una marea baja. En el horizonte, el cielo se abrió de par en par: la luna brillaba con una fatiga agónica y las estrellas palpitaban con una pureza mística que los Tumal jamás lograrían comprender.

En mitad de ese silencio sepulcral, el recuerdo de mi cipote regresó con la fuerza destructiva de un derrumbe.

En las madrugadas de Apaneca, mucho antes de que el primer rastro de humo saliera de los techos de paja, nosotros ya éramos los dueños absolutos de la montaña.

Incluso los gallos parecían sorprenderse al vernos iniciar el rito diario.

Caminábamos en silencio hacia nuestro lugar sagrado: El Cafetalón.

—Papá, ¿por qué no hay nadie más aquí? —preguntaba él, con su voz resonando como un fino hilo de luz en la madrugada.

—A esta hora, hijo, la gente prefiere soñar con la vida. Nosotros preferimos vivirla —le respondía yo, guiando sus pasos firmes sobre la hierba.

Recordé con nitidez la sincronía exacta de nuestros cuerpos: extendíamos el petate de palma, cada uno sujetando una esquina, elevándolo con fuerza como una vela dispuesta al viento para luego dejarlo caer con suavidad sobre el pasto.

Descalzos, iniciábamos la danza de entrenamiento, explorando las fuerzas de un cuerpo que se prepara para ser verdaderamente libre.

El sol siempre nos encontraba sudados, con el corazón retumbando en el pecho como un tambor de guerra.