El Odio Inoculado Capítulo 2 #4
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Capítulo 2 #4

Abrí de par en par. La luz de la tea iluminó su figura, pero Cuashpo no salió con timidez.

Sus ojos disparaban una indignación de guerrera que se siente profundamente insultada por la lástima de su dueño.

Me pasó de largo con la cola en alto, marcando el paso con firmeza hacia la oscuridad densa de los cafetales, sin volverse una sola vez.

—Pensé que te habías acobardado —le dije, empleando una ironía que apenas lograba ocultar mi asombro.

Ella se detuvo en mitad de la vereda, giró la cabeza y me dedicó una mirada de reproche tan honda que me hizo sentir pequeño.

Su silencio decía más que cualquier proclama: no iba al otro lado del mundo para escoltarme; iba a rescatar lo que era suyo por derecho.

Yo era, simplemente, el hombre que le abriría las puertas a lo largo del camino.

Enderecé la espalda. Si esa chucha poseía tal valor, yo no tenía el menor derecho a dudar. Echamos el cerrojo por segunda y definitiva vez. El hachazo del metal contra la madera sepultó el pasado. El viaje ya no tenía marcha atrás.

Los primeros pasos fueron una inmersión absoluta en la sombra.

La neblina de la cumbre, densa y blanca como la cal, se tragó la cabaña a nuestras espaldas, borrando el pasado en un solo parpadeo.

No se podía ver más allá del brazo extendido; tuve que confiar ciegamente en el tacto de las piedras y en el tiento de mis botas.

Descendimos por la vereda resbaladiza, donde el barro arcilloso parecía estirarse para retenernos, guiados únicamente por el rumor sordo del río.

El agua chocando con furia contra las rocas de malpaís nos condujo hasta un ojo de agua que brotaba, cristalino, entre las raíces expuestas de los amates.

Al intentar recoger un poco con la mano, el frío me caló hasta los huesos; fue una descarga violenta que me recordó que mi cuerpo ya no pertenecía al calor del fogón, sino a la más cruda intemperie.

—¡Juepu... está helada! —Retiré la mano de un salto, sintiendo el escozor del hielo vivo en las yemas de los dedos.

Llené el tecomate con movimientos rápidos, precisos.

En un impulso desesperado por sacudirme la tristeza del pecho, zambullí el rostro entero en el pozo.

Fue un bautismo amargo. Quería que ese hielo me congelara las penas de golpe y paralizara cualquier atisbo de duda.

Al levantar la cabeza, con el agua goteando por la espesura de mi barba, el mundo a mi alrededor se veía más nítido, pero también mucho más cruel.

—¡Vámonos, Cuashpo! —exclamé. El aire helado me cortaba los pulmones como si tragara cuchillos.

Dejamos el río atrás y enfilamos en dirección a la choza de la Güela.

Era impensable partir de la Montaña sin su bendición; su permiso ancestral era nuestro único amparo real contra los peligros de la noche.

Necesitaba su sermón, ese látigo de palabras duras que siempre lograba asentarme los pies en la tierra.

Mientras recorría la vereda que tantas veces caminé de la mano de mi hijo, el aire se calentaba en mi pecho, denso y cargado de recuerdos.

—¿Te acordás cómo corríamos por aquí, Cuashpo? —pregunté, buscando en la chucha un eco vivo de los días buenos.

Me detuve en seco al sentir que el silencio a mi espalda se estiraba demasiado. Ella ya no me seguía. Estaba unos pasos atrás, encogida, con el cuerpo sacudido por las ansias del esfuerzo. El descenso vertical y el implacable mal de montaña le estaban pasando una factura muy alta.

—Veo que esto va para largo —mascullé, regresando hacia ella—. No llevamos ni media legua y ya estás aventada. Este es un viaje largo Cuashpo. ¿Cómo pensás cruzar el océano si no me aguantás ni esta vereda?

Antes de que terminara mi regaño, el animal cumplió con su cometido.

Se sacudió el cuerpo entero, desde las orejas hasta la punta de la cola, levantó el hocico desafiante hacia la neblina y siguió caminando por delante de mí.

No dije nada más; el mensaje estaba claro en su paso firme: caer es de todos, pero levantarse rápido es solo de los que están destinados a llegar.

La senda de la Güela nos esperaba, un frondoso árbol de aguacate, con las ramas inclinadas bajo el peso de las orquídeas salvajes, nos anunció la llegada.

Toqué la puerta de madera con la fuerza de quien busca refugio en una fortaleza inexpugnable.

Antes de que el eco del primer golpe se apagara en el bosque, el aroma a café tostado, maíz tierno y leña de encino nos dio la bienvenida desde el interior.

—¡Apurate, que se enfría! —gritó la Güela, con esa voz áspera que parecía brotar de las entrañas mismas de la montaña.

La mesa estaba puesta con una precisión de rito litúrgico, como si ella hubiera leído en el vuelo nocturno de los pájaros que esa sería nuestra última comida de paz. Sostenía una taza de barro humeante en una mano y un frasco de miel de palo, espesa y oscura, en la otra.

—¡Sentate, hombre! No te podés ir al otro lado del mundo sin el calor del hogar en la panza —ordenó con esa autoridad indiscutible que no admite réplicas.

Me quité el capote de lana y me senté a su lado. Dejé que el vapor denso del café me descongelara los dedos, que todavía guardaban el escozor helado del ojo de agua.

—Hace un frío de muertos allá afuera —comentó ella, clavando sus ojos severos en mi rostro.

—Un poco, Güela —respondí, buscando refugio visual en el fondo de la taza de barro.

—Nunca te abrigás lo que se debe. Sos igualitico a tu bisabuelo: creés que con el fuego que llevás por dentro te basta y te sobra para aguantar los hielos del mundo.

—Mi cuerpo se calienta rápido, no me gusta cargar estorbos en la vereda —le reté con la mirada.

—Bueno, vos sabrás lo que hacés... o lo que creés que hacés —susurró, mientras yo bañaba las tortillas calientes en la miel de palo; una dulzura efímera para contrarrestar la amargura que me esperaba.

Comimos en un silencio pesado, denso, roto únicamente por sus quejas ancestrales sobre la oscuridad que se había tragado la cordillera.

—¿Cómo es posible que el sol no se digne a asomar desde hace seiscientos veintisiete días? —reclamó ella, lanzando una mirada de desprecio hacia el postigo de la ventana—. Esta falta de claridad no es castigo del cielo, es pura maldad de la gente.

—Así son los tiempos ahora, Güela —respondí, tragando el último bocado con esfuerzo—. La luz hay que ir a buscarla justo donde esos demonios la tienen escondida.

Se levantó con una agilidad felina que me asombró y caminó hacia el armario de cedro que siempre mantenía bajo llave. Tras una búsqueda apurada y varios susurros en una lengua antigua, que sonaba al choque de piedras de río y a viento atrapado entre los pinos, exclamó:

—¡Al fin!

Regresó a la mesa sosteniendo un pequeño retazo de manta blanca, bordada sutilmente con hilos de colores en las orillas.

Su sonrisa se borró de golpe. Extendió la tela, que no era más grande que la palma de mi mano, y cerró los ojos.

Deslizó sus dedos agrietados sobre el tejido en un ritual callado, como si cargara la manta con la memoria y el dolor de todas las abuelas que han parido en estas montañas.

Luego, estiró el brazo con firmeza hasta que la tela quedó a un suspiro de mi nariz.

—Este es el mapa que ha de alumbrar tu camino —sentenció. Su voz ya no era la de la anciana que tuesta café en el comal, sino la de una mujer que hablaba a través de los siglos.

Me fijé en la manta, pero estaba completamente limpia. Era un vacío nítido, un blanco sepulcral que solo me devolvía el reflejo de mi propia congoja. Pasaron los segundos y sentí que la oscurana de los Tumal empezaba a colarse en mis ojos, cegándome.

—¿Qué observás? —preguntó ella con tono retador.

—Nada... no veo nada, Güela. Es solo un retazo de manta común.

—Mirá con el corazón —susurró entonces, con un cariño profundo que me desarmó las defensas—. Dejá de buscar rutas de hombres y buscá los rastros de la sangre.

Dejé de analizar el entramado del tejido y concentré la atención en lo que me ardía por dentro: el amor feroz por el cipote, la rabia contenida, el frío de la injusticia.

El aire de la choza pareció volverse espeso.

Entonces, en mitad de aquel vacío blanco, brotó una estrella bordada; un punto de luz plateada que un segundo antes no estaba ahí.

Luego emergió otra, formando una constelación que solo yo podía entender.

—Veo una estrella —sonreí, sintiendo un alivio cálido que me recorrió el cuerpo entero.

—Cabal. Esto ha de guiar tus pasos cuando el hierro de la brújula te engañe en el camino.

—¿Juela... y cómo voy a leerlo en mitad de esta oscuridad?

—Eso —la Güela cerró mi mano con fuerza, sepultando la tela entre mis dedos— es tarea tuya. El mapa solo se muestra al que tiene el norte bien puesto en el alma.

Me puse en pie de inmediato y la abracé. Fue un abrazo telúrico que me traspasó su fuerza; una descarga de energía que me hizo sentir los pies pesados, hechos de piedra de volcán.

—Te quiero mucho, mijo —dijo con la voz quebrada por el llanto latente—. A mí ya me cumpliste al ser un hombre de provecho. Ahora cumplile a tu cipote. No dejes que esos demonios le borren de dónde viene su luz.

Salí de la choza con la manta resguardada en el bolsillo más seguro de mi camisa, justo al lado de las otras estrellas.

Cuashpo me esperaba afuera, inmóvil, con el hocico apuntando con fijeza hacia el norte.

Ya no solo llevaba provisiones en el morral; llevaba la visión que los Tumal jamás podrían arrebatarnos.

El mapa de la Güela ya ardía con fuerza en mi pecho.

Al salir, el frío de la madrugada me recibió como una bofetada. El aroma a café y miel de la choza se disipó en un segundo, sustituido por el olor penetrante a tierra mojada y ciprés.

—¡Vámonos! Tenemos que ganar la cumbre antes de que la luna nos deje desprotegidos —le ordené a Cuashpo, apurando la marcha.