El Odio Inoculado Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

Apreté el mango de la tea de pino. Aquellas víboras en la vereda solo habían sido el ensayo general. Las verdaderas, las que caminaban erguidas y robaban hijos, me esperaban más allá del océano.

—Vámonos, Cuashpo. Ya no queda nada aquí.

Regresé a la cabaña masticando mi propia amargura.

Al entrar, el silencio no supuso un alivio; nos envolvió a la chucha y a mí con el peso muerto de lo que ya no estaba.

Sostuve la tea con fuerza, con los sentidos alerta ante cualquier sombra, pero solo encontré el frío.

El rastro vivo que Len había dejado en aquellas maderas se disipaba por las rendijas.

La cabaña entera parecía encogerse, enfriándose con la crueldad de su ausencia.

Me preparé entonces con la parsimonia de quien se viste para una guerra silenciosa.

Me puse el capote de lana gruesa, indispensable para soportar los hielos del norte, y me calcé las botas de cuero crudo, firmes para encarar el lodo de los manglares.

Me ajusté el cinturón ancho de cuero, marcando los límites de mi propio cuerpo.

En el fogón acomodé un par de troncos de encino; un último tributo al hogar.

El olor del humo y los restos de la cena despertaron el eco de la voz de mi cipote, una resonancia tan clara que me caló hasta los huesos:

—¡Papá, qué buena quedó la carne! —Su voz rebotó con fuerza en las vigas de amate—. Deberíamos comer así todos los días, ¿verdad, pa?

Las lágrimas se perdieron sin freno en la espesura de mi barba. Añoraba con dolor la paz de las cenas frente al fuego, la simple y maravillosa dicha de ser padre. Me hundía en la ciénaga de ese recuerdo cuando un ladrido seco de Cuashpo me sacudió como un latigazo.

—¡Puta, Cuashpo! Me vas a matar de un susto —gruñí, más por el quiebre violento de la nostalgia que por el ruido del animal.

Me limpié con la manga el rastro del llanto y el sudor, y entré al cuarto con absoluto sigilo.

El pecho de mi mujer, hinchándose al ritmo del aire cálido del sueño, era la única música que sobrevivía en la montaña.

Me acerqué al baúl de madera vieja; su leve crujido sonó en la estancia como una confesión.

Tomé el collar de semillas de copinol. Mis dedos recorrieron las figuras que habíamos tallado juntos: nuestra historia familiar en miniatura.

Lo colgué de mi cuello, sintiendo un peso frío que pronto se calentaría al contacto con mi piel.

También tomé las agujas de defensa —mi aguijón secreto contra la estirpe— y una cruz de oro que brilló en la penumbra con un destello antiguo.

Finalmente, saqué las quince estrellas plateadas. Las guardé con cuidado en el bolsillo izquierdo de mi camisa, justo sobre el corazón, para que su filo constante me recordara a cada paso por qué debía seguir respirando.

Me incliné sobre ella y le besé la frente. Fue un beso cargado con el luto anticipado de la ausencia, una entrega silenciosa antes de dejarla bajo la custodia eterna de los volcanes.

«Hasta pronto, vida mía», susurró mi pensamiento. Mis labios apenas rozaron su piel, temerosos de romperle el que, sabía, sería su último sueño tranquilo.

Fui al cuarto de Len. El picaporte de latón, frío y ajeno, cedió bajo mi mano dando paso a un mundo que ya solo habitaba en mis pensamientos.

Me senté en su catre; la estera de palma no cedió bajo mi peso, endurecida por el olvido.

Me sentí como un guerrero que camina entre las ruinas, buscando una última señal antes de marchar a la batalla que se avecinaba.

Sobre el lecho descansaba todavía la tabla de roble donde nuestras manos se cruzaban entre trazos de carboncillo. Recordé sus preguntas de entonces, flechas inocentes que siempre daban en el blanco de mi impaciencia:

—¡Papá! ¿Y por qué la letra «A» es así? ¡Si yo la he visto de muchas formas!

—Es la que enseñan los maestros, cipote —le respondí aquella vez, con la voz tensa por las prisas de la jornada——. ¡Hacéla así ahora y después la dibujás como te dé la regalada gana!

Él había sonreído, aceptando mi torpe lección con una nobleza que ahora mismo me quemaba las entrañas.

Abracé la tabla de madera; olía a resina fresca y a una infancia interrumpida de golpe.

Antes de salir, registré el cajón de sus tesoros y rescaté dos guerreros de madera que yo mismo le había tallado.

Eran toscos, macizos, con la dignidad rústica del cedro.

Los guardé en el bolsillo de la camisa como centinelas; serían mis primeros aliados en esta expedición que olía a muerte.

Al abrir el ropero, su esencia me golpeó el rostro con la fuerza de un derrumbe.

El aroma a jabón de nance y a niño vivo me llenó los pulmones.

Me quedé completamente inmóvil, suspendido en el doloroso contraste entre ese olor a vida y el silencio sepulcral de la casa, hasta que mis ojos se fijaron en el petate tejido.

Aquel era nuestro campo de batalla, el territorio sagrado de nuestras luchas donde el suelo jamás era duro si caíamos juntos.

Lo enrollé despacio, sintiendo la aspereza de la palma seca contra mi piel, y lo acomodé bajo el brazo.

No era un simple petate; era un pedazo del suelo de mi patria que me llevaba al exilio.

Miré el cuarto por última vez. Los Tumal se habían llevado su cuerpo, pero habían olvidado por completo estas piezas de su alma. Salí de allí sin volver la vista atrás, echando el cerrojo con la misma firmeza de quien sella una tumba que está plenamente decidido a reabrir.

Regresé al fogón, donde el resplandor moribundo del fuego proyectaba sombras distorsionadas en las paredes de adobe.

Cuashpo se echó un instante sobre el petate recién enrollado, buscando algún rastro vivo en las fibras de palma, pero se levantó pronto y huyó hacia la penumbra del rincón como si la inminencia de la partida le quemara las patas.

Cuando finalmente ajusté las correas de mi morral de lona y abrí la puerta de la cabaña, un ladrido seco y rotundo me detuvo en seco sobre el umbral.

Giré sobre mis talones. Ahí estaba ella, recortada con nitidez contra la luz vacilante de la tea.

Ya no era la chucha indefensa que temblaba con los truenos; llevaba su collar puesto, firme, como un guerrero que se ajusta la armadura antes de iniciar la carga.

Ella, que apenas caminaba una legua por las veredas de la montaña sin que el cansancio la doblegara, pretendía ahora seguir mis pasos a través de desiertos, prisiones y la inmensidad del ancho océano.

—Veo que me acompañás —dije, y mi última duda se desmoronó por completo ante la fijeza implacable de sus ojos amarillos.

Su mirada era enérgica, poseída por una inteligencia vieja y mística.

Comprendí en ese instante que el afecto real, ese que los Tumal jamás serán capaces de sentir, es mucho más fuerte que cualquier flaqueza física.

Cuashpo no venía por simple inercia de seguir al amo; venía por pura lealtad de sangre.

—¿Estás lista? —le pregunté. Mi voz ya no arrastraba el tono de un dueño, sino la gravedad de un compañero de armas.

Sacudió la cola una sola vez, un golpe seco contra el suelo, y mostró los colmillos en un silencioso gesto de promesa.

Un gruñido sordo nació en lo profundo de su pecho, una vibración telúrica que parecía subir desde las raíces mismas de los volcanes, y terminó por romperse en un aullido largo que hizo vibrar las vigas de amate.

Era nuestra señal de guerra. El exorcismo contra la estirpe acababa de recibir su primera orden de marcha.

En el instante en que la puerta se cerró a nuestras espaldas, el golpe definitivo del cerrojo resonó en la madrugada como un hachazo en mitad del silencio.

Justo ahí, me invadió un mareo súbito que sabía a terror puro.

«¿Cómo te vas a defender de lo que no podés tocar?

», me repetía el pensamiento una y otra vez mientras contemplaba la madera sellada, esa última frontera entre mi vida pasada y mi destino.

«¿Para qué tanto afán con que el cipote aprendiera las letras, si no le enseñaste primero a sobrevivir a los demonios? ».

Respiré hondo, llenando mis pulmones con el aroma húmedo de los pinos por última vez, y le di la espalda al hogar.

El giro me sacudió el pecho con la violencia de una rama quebrada; sentí el crujido físico de los seiscientos veintisiete días de dolor rompiéndose en mis adentros.

La posibilidad de que mis manos jamás volvieran a abrir esa puerta junto a Len dejó de ser un temor lejano para convertirse en una certeza gélida.

La vida no sabe de justicias; a veces es solo un verdugo que te arrebata los sueños mientras dormís.

—¡Vámonos, Cuashpo! Ya es hora —dije, forzando una voz que se me atoraba sin remedio en la garganta.

Busqué su sombra sobre el pasto empapado del patio, pero la chucha no estaba. De pronto, un ladrido agudo, cargado de una urgencia casi humana, llegó desde el interior de la cabaña que acababa de abandonar.

—¡Gran puta! —bajé la cabeza, sintiendo el peso del morral sobre mis hombros como si fuera un yunque—. Esperame, ya te abro.

Me detuve de nuevo frente a la gruesa hoja de roble.

Dudé antes de apoyar la mano en el picaporte de latón.

Quizás era mejor que se quedara allí, al amparo del calor del hogar; el camino que me esperaba era una invitación abierta a la muerte, una ruta de hambre, fango y salitre demasiado cruda para un animal tan pequeño.

Cuashpo pareció leer mi duda a través de la madera.

Un gruñido sordo, casi endemoniado, retumbó contra los tablones.

No era el llanto sumiso de un animal que teme el abandono; era una advertencia en toda regla.

El sonido me erizó la piel por completo: era la vibración de algo salvaje que reclamaba con rabia su derecho a la pelea.