El Odio Inoculado Capítulo 2
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Capítulo 2

Seiscientos cuarenta y tres días

Apaneca, El Salvador

Oculté los remos entre las ninfas de la Laguna Verde y caminé hacia el mercado. Al entrar, el vapor denso de los comales y el bullicio matutino me recibieron como un abrazo conocido.

—¿Lo de siempre, joven? —La Niña Concha me saludó sin dejar de palmear la masa. Tenía los brazos recios y el rostro bañado en sudor por el calor del fuego.

—Lo de siempre —respondí, acomodándome en el gastado banco de madera que ocupaba cada mañana.

—Aquí tenés: cuatro revueltas y dos de frijol con queso. Ya te traigo el curtido.

Asentí en silencio; el hambre me afilaba los colmillos.

—Y un chocolate, por favor —añadí.

—Aquí está. Te puse ración doble, que traes cara de tragedia —sentenció ella, dejando la taza humeante sobre la mesa.

Solté una pequeña risa amarga. Ella aprovechó que el comal estaba lleno y se sentó frente a mí, apoyando los puños en las caderas.

—¿Mirá, y qué has hecho al muchacho? —preguntó, observando cómo devoraba las pupusas—. Ese niño comía con tus mismas ganas.

—Está con la madre, Niña Concha. Visitando a los abuelos; no los conocía —mentí.

Decirlo en voz alta era un mecanismo de defensa, un escudo burdo para proteger lo que no me atrevía a nombrar. Ella me clavó una mirada cargada de una duda tan honda que me caló los huesos.

—¿Pero lo has visto?

—Sí —mentí de nuevo, sosteniéndole la mirada a duras penas.

—¿Y qué tal está?

—Bien —respondí apenas.

La garganta se me cerró por completo. Usé el chocolate caliente como trinchera, pero el vapor no lograba ocultar el temblor de mis manos.

—Bueno, mijo... ya sabe que aquí siempre puede venir por sus pupusas.

Se levantó con pesadez y me guiñó un ojo. Antes de regresar al comal, su mano, endurecida por años de trabajo noble, me apretó el hombro con una fuerza que pretendía infundirme la vida que me faltaba.

—No te des por vencido —susurró al oído.

Salí del mercado y busqué de inmediato el amparo de la montaña; necesitaba con urgencia la soledad del cerro. Me adentré por veredas que conocía de memoria, senderos estrechos donde, en otros tiempos, ya había dejado demasiado pesar.

Bajé por una trocha empinada. El pueblo parecía dormir plácidamente bajo una sábana de neblina, y solo algún perro callejero salía a mi paso para olfatear la humedad de mis botas.

Sin detenerme, me interné por una vereda sinuosa, hundiéndome entre los cafetales cargados de lluvia y los arroyos menores que rompían el silencio de la madrugada con su siseo constante.

A lo lejos, el rugido ensordecedor de la cascada de Don Juan comenzó a devorar el sonido del bosque. Me acerqué a la orilla, justo donde el cauce se rompe contra el abismo y el aire se transforma en un rocío gélido que muerde las mejillas.

La bruma me envolvió por completo, uniendo el clima templado del cerro con el frío del torrente. Entré al agua con la solemnidad de un bautizo; pero no uno litúrgico, de iglesia, sino un ritual pagano oficiado en las venas mismas de la tierra.

El agua helada me cubrió la cintura. Sin pensarlo, me sumergí de golpe.

La oscuridad bajo la superficie fue absoluta y un silencio denso, pesado, me llenó los oídos.

Me desplacé a ciegas sobre las piedras pulidas por siglos de corriente, reconociendo con las palmas de las manos el tacto hostil de la roca viva.

Al emerger, el rugido del salto de agua me desorientó por completo.

El mundo a mi alrededor se redujo a estruendo y espuma.

Di un paso al frente, luchando contra la fuerza de la corriente, y abrí los ojos.

La ceguera era total; no por falta de luz, sino por la plenitud blanca de la cascada que lo borraba todo a mi alrededor.

Volví a sumergirme. Al salir de nuevo, la cascada parecía haberse quedado muda de pronto. El agua se mantenía en una calma tensa, como si el río entero estuviera aguantando el aliento. Me puse de puntillas para obligar a mis pulmones a reaccionar; el aire pesaba como el plomo.

Entre las sombras del pozo profundo, una silueta oscura comenzó a emerger, absorbiendo la poca luz que quedaba en el bosque.

Sentí un imán extraño en la sangre, una atracción ancestral que no podía dominar.

Una mano larga y de una palidez mineral brotó del fondo, arrastrando mi cuerpo hacia las profundidades de la cueva subacuática.

Dudé. Aquel era un rincón de la poza donde jamás llegaba el sol. Un escalofrío atroz me recorrió desde los tobillos hasta la nuca mientras buscaba, desesperado, un rastro de claridad en mitad del vacío.

—Caminá —escuché una voz a la espalda de la silueta, que seguía moviendo los dedos de forma rítmica. La duda se transformó en una precaución helada.

—Acércate —ordené yo, intentando recuperar el control.

El corazón me golpeó con violencia contra las costillas.

—¿Tenés miedo? —preguntó la aparición. Sus hombros emergían del agua quieta como rocas pulidas y oscuras.

—Acércate —repetí, estirando los brazos.

Mi mente ordenaba huir, pero mis músculos ignoraban por completo el mando, sometidos a una voluntad mucho más vieja que mi propio miedo.

—¿Tenés miedo? —insistió la voz.

El agua me bajó repentinamente hasta la cintura.

El impulso de salir corriendo vibraba bajo mi piel, pero mis pies seguían avanzando contra mi propio juicio.

La mano de la criatura se ocultó tras unos cabellos largos y empapados, y entonces las vi con nitidez: cinco garras de cristal.

Eran tan puras, tan translúcidas, que mi reflejo en ellas pareció devorar la luz del mundo entero.

Las garras danzaron en el aire y mi propio rostro en el cristal empezó a desfigurarse, retorciéndose en una mueca grotesca. Mis rodillas emergieron del agua. El silencio de la montaña desapareció, sustituido por un goteo rítmico y metálico que me golpeaba los tímpanos como puntas de acero.

—Acércate.

Uno de mis pies se despegó del lecho del río.

—¿Quién sos? ¿Qué querés? —Las palabras se me atoraban en la garganta, espesas, negándose a salir de mi pecho.

El agua quedó por debajo de mis pies; flotaba o caminaba sobre el aire denso. El goteo aceleró su ritmo, marcando los segundos de una sentencia inevitable. Mi rostro estaba ya a pocos centímetros de aquellas garras... y, para mi horror, mi reflejo sonreía.

—Papá...

—Papá... —Un susurro lejano, un eco atrapado en las grietas de la piedra, llegó hasta mí.

Emergí de golpe a la realidad, rompiendo el trance. La cascada descargaba de nuevo su furia sobre mi cabeza, golpeándome con un peso aplastante. Busqué aire con desesperación; el pecho me ardía, reclamando la vida que el agua intentaba quitarme.

Me sumergí una vez más, buscando recuperar la visión de forma voluntaria. Mi rostro se reflejaba en el fondo, pero ya no era el mío: sonreía con la mueca fija de una calavera, una máscara de hueso seco que se burlaba de mi dolor.

El goteo en mi mente se convirtió en un hilo de agua constante, afilado como un bisturí. Y entre el brillo del cristal y la penumbra del fondo, surgió por fin el rostro nítido de mi hijo.

—Papá... no me olvides.

—Es nuestro... —retumbó una tercera voz, una vibración telúrica que nacía de las mismas rocas de la cueva.

Salí del agua con un estallido, buscando el aire de la superficie. Nadé hacia la orilla con brazadas frenéticas, sintiendo que el corazón me golpeaba el esternón con una fuerza dispuesta a romperlo. Al alcanzar la ribera, mi cuerpo se agitó en espasmos violentos sobre la tierra húmeda.

Me arrastré por el lodo, con las manos hundidas en el fango, hasta quedar tendido bocarriba, con la mirada clavada en una luna que parecía observar mi desgracia con desapego. El frío del cerro se me metía en los huesos, pero el fuego que se encendió en mi vientre fue más poderoso que la hipotermia.

—¡Voy en camino! ¡Resistí! —grité con todo el aire que me quedaba en los pulmones.

Mi voz estalló en la oscuridad de la noche de Apaneca y rebotó en los desfiladeros de la montaña. Ya no era un ruego, ni una súplica al sistema o al destino; era un juramento de sangre.

Al volver a la cabaña, cerré la puerta tras de mí. El cerrojo de madera encajó con un sonido seco, definitivo. El interior olía a cera quemada y a tiempo acumulado; un aroma denso, como el de una espera que está a punto de arder.

—Ya casi, Cuashpo —susurré en mitad de la penumbra.

La perra levantó una oreja, clavando sus ojos amarillos en los míos. Parecía detectar cómo el olor a pena y abandono estaba siendo sustituido, segundo a segundo, por el rastro del acero y por una voluntad férrea que ya no conocía el perdón.

No me iba a despedir de nadie. En Apaneca, mañana simplemente habría un hombre menos. Dirían en el pueblo que el frío de la montaña se había llevado mi alma, o que la laguna se había cobrado una deuda vieja. Mejor así. La oscuridad es el primer escudo. Si no te ven venir, no preparan la ponzoña.

Me miré las manos: eran duras como la corteza del amate, con callos profundos que se habían convertido en mi verdadero mapa.

Ella estaba allí. La mujer que había sostenido mis pedazos rotos durante meses de sombra.

—¿Qué tal tu paseo? —preguntó con una sonrisa mansa.

—Todo bien. Un espanto... nada más —respondí, sin dar más explicaciones. Entre nosotros, las palabras siempre habían sobrado.

Cenamos con gestos lentos, casi coreográficos.

El crujido de la leña en el fogón era nuestra única música.

Cada bocado en el plato de barro funcionaba como un ancla; un intento desesperado por memorizar el sabor de la paz antes de enfrentarme al hierro y al salitre que me aguardaban al otro lado del océano.

—Mirá —dijo, señalando hacia el exterior.