Capítulo 1 #2
Permanecí inmóvil un largo rato, con la vista fija en el punto exacto donde su silueta se había desvanecido.
Comprendí que no había sido una aparición cualquiera; había sido un mensaje.
Una lección sobre la persistencia del afecto y sobre esos lazos que ni la muerte puede desnudar.
La montaña, en su infinita sabiduría, me había devuelto por un instante lo que una vez amé, transformado en visión.
El descenso me condujo por las laderas de Retes de Tudela, donde la tierra se vuelve más íntima y el aire se satura de musgo y piedra mojada.
Abandoné el sendero principal para buscar el cauce del río, moviéndome entre los alisos con una agilidad que parecía un regalo de la propia montaña.
Para mí, aquel río eran las venas abiertas de la tierra bombeando vida hacia el valle.
Caminé por la orilla, saltando sobre piedras vestidas de liquen que, bajo mis botas, parecían acomodarse para asegurar mi paso.
El murmullo del agua creció hasta convertirse en un rugido cristalino cuando me acerqué a la Cascada de La Teja.
Al llegar, el espectáculo era soberbio. El agua se despeñaba con una furia blanca y pura, rompiendo contra la poza en una danza de espuma que suspendía partículas de plata en el aire.
Me senté en una roca plana, una piedra que el tiempo había pulido con paciencia hasta dejarla suave como el terciopelo.
Desatando los cordones de mis botas, me despojé de los calcetines de lana.
Mis pies, un mapa de cicatrices y fatigas, se hundieron en la corriente.
El agua bajaba directamente de las entrañas de la roca; estaba tan helada que dolió, pero no retrocedí.
Al contacto con el frío abismal, sentí cómo la fatiga acumulada se desprendía de mí, arrastrada por el torrente.
Caminé de vuelta hacia el caserio con el cuerpo ligero, sintiendo que la montaña me había devuelto la fuerza necesaria para lo que estaba por venir.
A medida que avanzaba, las primeras luces de Artziniega comenzaron a titilar en la distancia, como estrellas que hubieran caído al suelo vencidas por el peso de la noche.
Eran luces amarillas y hogareñas que prometían el refugio de una cena caliente.
Sentí que dejar atrás la montaña era, en cierta forma, despojarme de mi verdadera piel.
El camino se ensanchó y el silencio absoluto de las cumbres fue reemplazado por los sonidos de la vida: el ladrido lejano de un perro, el motor cansado de un tractor regresando a su hangar y ese aroma a leña quemada que bajaba de las chimeneas para abrazar el valle.
Caminaba con mi bastón marcando el ritmo, pero mis ojos aún conservaban el reflejo del caballo Brabante y el brillo de la cascada.
Me sentía como un buzo que emerge a la superficie demasiado rápido; el mundo de los humanos me parecía, por momentos, una realidad extraña y lejana.
Llegué ante la gran puerta de madera. Saqué la llave de hierro, pesada y fría, y la hice girar en la cerradura con un chasquido que sonó a sentencia definitiva.
Levanté la mirada hacia las vigas sombrías.
Mi corazón, que había latido con la calma de las montañas frente a la majestuosidad de Las Tablas, dio un vuelco repentino.
Algo —o alguien— estaba allí arriba, profanando el silencio de mi refugio más sagrado.
Apoyé el bastón contra la pared de piedra y, con una agilidad dictada por la urgencia, subí los escalones de madera del caserío.
El aire en el ático era distinto; se sentía denso, poblado de motas de polvo que bailaban en la penumbra como diminutos espíritus atrapados en el tiempo.
Al alcanzar el último peldaño, un hilo de luz recortó dos siluetas familiares entre las sombras de los baúles centenarios.
Eran Irina y Unai. Estaban arrodillados en el rincón más profundo, allí donde el techo de paja y madera se inclina hasta besar el suelo, como si el propio ático quisiera ocultar lo que habían encontrado.
—¡Aitite! —susurró Irina. Sus ojos brillaban con una mezcla de susto y maravilla—. Mira lo que hemos encontrado escondido bajo las mantas viejas de Chevrolet.
Me acercé, y el corazón me dio un vuelco más violento que cuando vi al semental entre la niebla.
Frente a mis nietos descansaba un cofre de piedra oscura, casi negra, cuya superficie parecía devorar la poca luz que quedaba en la estancia.
Era como si los antepasados de la casa se hubieran asomado desde la eternidad para escucharnos.
La historia de «el odio inoculado» estaba lista para ser contada.
—¿Qué es, Aitite? —preguntó Unai, alargando la mano con una curiosidad que me dio miedo.
—No lo sé... —murmuré, y mi voz sonó más vieja, cargada con el peso de la responsabilidad—.
No sé si sus oídos están preparados para el peso de lo que guarda esta piedra.
Hay historias que, una vez escuchadas, cambian la forma en que ves el mundo para siempre.
Irina, que siempre había tenido un espíritu tan indómito como las tormentas de verano en el valle, soltó una pequeña risa desafiante.
Se cruzó de brazos, acomodándose sobre un fardo de paja seca.
—Aitite, si lo dices porque la historia habla de romance o pecado, no te preocupes —soltó con una seguridad que hizo que Unai abriera los ojos de par en par—. Hoy en día ya lo sabemos casi todo sobre eso. No nos vamos a asustar por una vieja intriga familiar.
Levanté la vista. La penumbra del ático no alcanzaba a ocultar la chispa de humor y sabiduría que aún sobrevivía en mis ojos. Observé a mi nieta; vi en sus rasgos la herencia de la fuerza inquebrantable.
—Está bien —dije, y mi voz adquirió una cadencia grave, como el fluir de un río antiguo—. Ha llegado el momento. Pero recuerden: esta historia no empieza aquí en Artziniega, ni en estas montañas.
Hice una pausa, dejando que el silencio del ático subrayara mis palabras, y sentencié:
—Esta historia empieza... en el Cafetalón.
Aquel no era un terreno de cultivo cualquiera; era una catedral de hojas donde los árboles se abrazaban formando bóvedas de un verde tan puro que parecía emitir su propia luz.
El aire allí tenía una textura distinta, una frescura eterna con sabor a agua de manantial y a tierra recién bautizada por la lluvia.
Una neblina perpetua, blanca y sedosa como la leche, se deslizaba entre los troncos, ocultando lo que debía permanecer secreto y revelando solo lo esencial.
Con los ojos empañados por el brillo de aquel pasado, me sorprendí al sentir la mano de Unai sobre mi rodilla. Miré a Irina y vi que su rastro de ironía se había evaporado por completo. Estaban listos para escuchar.