Capítulo 1
Las cenizas del Jinete
Artziniega, País vasco
Unai soltó el escrito, sintiendo que el frío del papel le trepaba por los dedos.
El ático del caserío olía a madera vieja y a secretos protegidos por el polvo. Irina y Unai buscaban decorados navideños, pero tras una puerta disimulada entre las vigas de roble, habían encontrado una anomalía.
Irina se acercó, atraída por el magnetismo de aquel objeto que parecía fuera de lugar entre los trastos viejos.
Al deslizar la tapa de obsidiana, el aire se enfrió de golpe.
No había oro ni joyas; sólo un fajo de pergaminos amarillentos y un pequeño frasco de cristal.
En su interior, un residuo de polvo negro, seco y muerto, parecía absorber la poca luz que entraba por el tragaluz del ático.
—Es una bitácora… o algo mucho más oscuro —murmuró Irina.
Desplegó el primer manuscrito con dedos temblorosos.
La caligrafía era impecable, pero los trazos eran tan profundos que la pluma parecía haber herido el papel con una furia contenida.
Al leer en voz alta, las palabras sonaron extrañas, casi alienígenas en sus bocas.
El texto hablaba de una isla llamada Añareta, de deidades de hielo llamadas Narci y Herodis, y de una «arquitectura gélida» que no se construía con piedra, sino con la falta de afecto.
—«No eran hombres malvados por pasión... eran seres con una ausencia total de espejos en el espíritu» —leyó Unai, sintiendo un escalofrío —. ¿Qué significa eso, Irina? ¿Cómo se vive sin espejos en el alma?
—No lo sé. Suena a una pesadilla antigua —respondió ella.
Sus ojos se fijaron en un diagrama que ocupaba media página: un árbol genealógico que se enroscaba sobre sí mismo, como una hiedra asfixiando su propio tronco —.
Mira esto: «La madre podía ver a su propio hijo caer al fuego y no sentiría un aumento en su pulso».
Irina apartó la mano del papel como si quemara.
—Qué horror, Unai. ¿Quién escribiría algo así sobre su propia sangre? ¿Y por qué está escondido en casa de aitite?
Los adolescentes se miraron en silencio, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con la corriente de aire del ático.
Para ellos, criados en una casa de abrazos ruidosos y una libertad que daban por sentada, la idea de un «líquido negro» inoculado en las venas era algo que su imaginación simplemente no podía procesar.
—Escucha esto —continuó Irina, y el temblor de su voz delataba que ya no creía estar leyendo solo un cuento —. Dice que alguien cruzó el océano para romper un hechizo. Habla de un «Jinete» y de una «Nave de cincuenta kilos». Dice que el amor fue el único antídoto contra una «ingeniería del mal».
Unai tomó el frasco de cristal. Al agitarlo levemente, el residuo se pegó a las paredes del vidrio como si tuviera vida propia.
—Parece ceniza —murmuró—, o veneno seco. El Aitite siempre dice que somos libres porque alguien supo remar de espaldas hacia el futuro. Nunca supe a qué se refería... hasta ahora.
Irina cerró el cofre de golpe. El chasquido de la tapa de piedra resonó en todo el ático, levantando una mota de polvo que bailó en el haz de luz.
—Tal vez solo sean metáforas, Unai —sentenció ella, queriendo convencerse a sí misma —. Historias de viejos para que valoremos lo que tenemos. Nadie podría ser tan frío. Nadie sería capaz de borrar la memoria de su propio hijo a propósito.
Sin embargo, sus ojos seguían fijos en el cofre, como si esperaran que algo, allí dentro, les respondiera.
Cima las tablas, Artziniega
Mientras tanto, por detrás del caserío, el reloj de la torre en Artziniega debía estar marcando las cinco de la tarde... pero allá arriba, en la cima de Las Tablas, el tiempo no se medía en minutos, sino en la caída del sol sobre el valle.
Estaba sentado sobre un risco que parecía haber sido esculpido para encajar con mis huesos.
A mis setenta y cinco años, mi cuerpo se había convertido en un mapa vivo de la región: mi piel, curtida por el viento del norte, tenía surcos tan profundos como los barrancos que cortan la Peña de Angulo.
Mi barba y mi cabello eran de un blanco tan puro que, bajo el sol de la tarde, brillaban con la misma intensidad que la bruma atrapada en los robledales.
A pesar de los años, mis hombros conservaban la solidez del buey.
Era una musculatura hecha de piedra y brezo; una fuerza ganada a pulso, subiendo aquellas laderas miles de veces hasta que mis piernas y la montaña finalmente firmaron un pacto de reconocimiento.
Yo no caminaba sobre la tierra; era parte de ella.
Allí, donde el mundo parece detenerse, sentí un cambio en el aire.
Un presentimiento que soplaba desde el pasado.
Con una parsimonia casi ritual, metí la mano en el bolsillo de mi vieja chaqueta de pana y saqué un puñado de semillas de marañón.
Los masticaba con paciencia geológica, saboreando el crujido como si fuera el sonido de las ramas secas bajo mis botas.
Para mí, cada bocado era un pequeño acto de gratitud.
Mientras masticaba, una sonrisa me ganó el rostro.
No era un gesto simple; era un resplandor que nacía de muy adentro.
Al mirar hacia el horizonte, la solidez de la montaña empezó a flaquear bajo el sol de las cinco.
La luz no solo iluminaba el paisaje; parecía derramar miel caliente sobre los prados de Artziniega, volviendo el aire denso y dorado.
Fue entonces cuando lo vi: mis propias huellas de hace treinta años aparecieron ahí, superpuestas sobre las de ayer.
Pude verme a mí mismo, más joven, corriendo por la ladera como un fantasma amistoso que me saludaba desde la niebla del pasado.
En ese momento, el tiempo dejó de ser una línea para convertirse en un abrazo.
Se decía que cuando yo suspiraba en la cima, las hojas de los encinos, allá abajo, temblaban en respuesta.
Para mí, la montaña era una extensión de mi propia columna vertebral.
El valle se desplegaba a mis pies como un tapiz de verdes infinitos y sombras que se estiraban para alcanzar la noche.
Sabía que el descenso me aguardaba, pero por un momento, mientras el sabor de la última semilla se desvanecía, dejé de ser un hombre de setenta y cinco años.
Fui el guardián del atardecer, el único capaz de descifrar el lenguaje secreto de las piedras en la cima de la montaña.
El sol, ya herido en el horizonte, teñía de naranjas y púrpuras las nubes que se amontonaban a lo lejos.
Me puse de pie. Mis articulaciones crujieron con la misma dignidad que los troncos viejos en una noche helada.
Inicié el descenso por el sendero pedregoso; cada paso era medido, cada golpe del bastón un punto de apoyo en aquella conversación eterna que mantenía con la montaña.
De pronto, un sonido quebró la paz del descenso.
Era un resoplido grave, un eco que parecía emerger de un tiempo inmemorial.
Me detuve en seco. Mis ojos, entrenados por décadas de montaña, escudriñaron el matorral denso que bordeaba el camino.
El aire se volvió gélido de repente y una neblina inesperada, impropia de esa hora, comenzó a reptar desde el fondo del valle.
Y entonces, entre los jirones de bruma, surgió la presencia.
Era un semental Brabante, una mole de músculos que parecía tallada en la roca misma de la montaña.
Su pelaje era de un rojizo tan oscuro que recordaba a la sangre coagulada bajo la luz moribunda, en un contraste violento con su crin y su cola: negras, sedosas y con un movimiento propio, casi líquido.
Sus ojos, grandes y profundos, se clavaron en los míos con una inteligencia que no pertenecía al mundo animal.
Era una mirada que me reconocía, una mirada que trascendía el tiempo.
Sentí un vuelco en el pecho, un pellizco en el alma que me arrastró de golpe hasta la nochebuena de 1905.
—Chevrolet... —susurré. El nombre apenas fue un hilo de voz que se disolvió en el aire frío.
Sabía que no podía ser él. Aquel no era mi viejo y fiel compañero, el caballo que había combatido a mi lado, compartiendo silencios, fatigas y el polvo del camino.
Y, sin embargo, allí estaba: la misma nobleza indómita, la fuerza contenida y esa mirada que parecía leer mis pecados.
Era mi viejo amigo que volvía para reclamar su lugar en la memoria.
El Brabante dio un paso lento, luego otro, acortando la distancia con una elegancia pesada.
No sentí miedo; me inundó una familiaridad tan profunda que parecía que este encuentro había estado escrito en las piedras de la montaña desde el inicio de los tiempos.
La neblina se cerró sobre el semental, difuminando sus contornos hasta convertirlo en una figura fantasmal, casi irreal, como si estuviera hecho de la misma materia que los sueños.
De repente, con una gracia asombrosa para su imponente tamaño, el caballo se irguió.
Se elevó sobre sus patas traseras en un despliegue de poder que parecía desafiar la gravedad.
Las pezuñas delanteras arañaron el aire crepuscular, y un relincho profundo —que no era de advertencia, sino de despedida— retumbó en todo el valle.
Al elevarse, parecía que el animal buscara tocar algo más allá de lo visible, ofreciendo un último saludo; un mensaje silencioso de una conexión que no conoce el final.
Y tan rápido como había aparecido, el majestuoso Brabante se disolvió.
No galopó ni se dio la vuelta; simplemente se fundió con la neblina que ahora me envolvía por completo.
Me quedé solo, con el corazón golpeando con fuerza contra las costillas y el aire impregnado de un olor a tierra húmeda y al recuerdo potente de un amor que el tiempo no había logrado marchitar.