El nuevo plano Epílogo La vida menos eficiente #3
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Epílogo La vida menos eficiente #3

Flores secas en un frasco.

Un mapa del metro pegado con un imán ridículo.

Dos cepillos de dientes en el baño.

Una planta que seguía viva contra todo pronóstico.

Una camisa de Maia sobre una silla.

Un jersey de Noa en el respaldo del sofá.

Maia dejó las llaves en un cuenco de cerámica.

Noa dejó las flores sobre la mesa.

—Necesitamos más floreros —dijo.

—Necesitamos menos gente regalándome flores.

—Imposible. Eres una estrella.

Maia se quitó los zapatos.

—No digas estrella.

—Prima ballerina internacional.

—Tampoco.

—Mi novia insoportablemente brillante.

Maia se giró.

—Eso sí.

Noa sonrió.

El apartamento estaba tibio. La calefacción hacía un ruido irregular, la ventana del salón estaba empañada y en la cocina había dos platos sin lavar de la mañana. Maia miró los platos.

—No lavaste.

Noa siguió su mirada.

—Estaba en un proceso creativo de espera.

—Estabas evitando lavar.

—También.

Maia dejó el bolso sobre una silla.

—Lávalos.

Noa se quitó el abrigo.

—Acabas de tener una función histórica y tu primera orden en casa es que lave platos.

—Mi ego necesita equilibrio.

—Tu ego está muy sano.

—Gracias a mi disciplina doméstica.

Noa fue a la cocina.

Maia la siguió con una sonrisa cansada. Se apoyó en la barra mientras Noa abría el grifo y empezaba a lavar los platos con una seriedad casi profesional.

—No revises la técnica del lavado —dijo Noa sin mirarla.

—Estás usando demasiada agua.

—Maia.

—Solo observo.

—Tu observación oprime.

Maia rió.

El sonido llenó la cocina.

Noa giró apenas, con las manos llenas de espuma.

—Me gusta cuando ríes así.

Maia se quedó quieta.

Noa no lo dijo con solemnidad.

Lo dijo como quien comenta una verdad cotidiana.

Eso lo hizo más fuerte.

—A mí también —dijo Maia.

Noa terminó de lavar, se secó las manos y se acercó. Maia abrió espacio entre sus piernas para que Noa se colocara frente a ella.

Noa le tocó la cintura.

—¿Dolor?

Maia la miró.

Noa cerró los ojos.

—Perdón. Mala formulación.

Maia sonrió.

—Puedes preguntar por mi cuerpo.

—No quiero sonar como si estuviera revisando una articulación.

—No lo haces.

—A veces sí.

Maia le tocó el cuello.

—A veces. Hoy no.

Noa respiró.

—Entonces pregunto de nuevo: ¿cómo está tu cuerpo?

Maia pensó.

—Cansado. Feliz. Hambriento. Un poco vanidoso.

—Me cae bien.

—A mí también.

Noa le acarició la espalda, despacio.

—¿Quieres que te prepare un baño?

Maia arqueó una ceja.

—¿Me vas a meter hielo, sales, un protocolo y tres recomendaciones de recuperación?

—Había pensado en agua caliente y silencio.

Maia se suavizó.

—Eso suena bien.

—Después comida.

—Ya comí.

Noa la miró.

—Probaste tres bocados mientras hablabas con periodistas.

—Qué vigilante.

—Valeria me entrenó.

Maia suspiró.

—Esa mujer sigue arruinando mi vida desde otro país.

—Con eficacia admirable.

El baño tardó en llenarse porque la presión del agua era pésima.

Noa se sentó en el borde de la bañera y Maia en la tapa cerrada del inodoro, envuelta en una bata, con el maquillaje finalmente retirado y el cabello suelto.

La intimidad de esa escena, tan poco elegante, le gustó más que muchas cenas hermosas.

—Clara cree que eres misteriosa —dijo Maia.

—Clara no sabe lo suficiente.

—Sabe que me mandas flores y comida.

—Eso no es misterio. Es supervivencia.

—También sabe que te llamo ingeniera cuando me molesta que digan española.

Noa sonrió.

—Me gusta cuando haces eso.

—¿Corregir gente?

—Reclamarme en detalles.

Maia la miró.

El agua seguía cayendo.

—Te reclamo más que en detalles.

Noa sostuvo su mirada.

—Lo sé.

Hubo un silencio.

No pesado.

Solo verdadero.

Maia estiró un pie y rozó la pierna de Noa con los dedos.

—A veces todavía pienso en Madrid —dijo.

Noa bajó la vista al agua.

—Yo también.

—No como antes.

—No.

Maia respiró.

—Hoy, cuando Clara preguntó por ti, pensé en la primera vez que alguien pudo hacerlo sin que me doliera el estómago.

Noa levantó la mirada.

—¿Y?

Maia sonrió apenas.

—Me gustó.

Noa no respondió enseguida.

Luego dijo:

—A mí me gusta esperar afuera sin sentir que estoy escondida.

Maia asintió.

—A mí me gusta que esperes y que no me achique.

—No quiero volver a hacerte pequeña.

—No lo haces.

Noa tragó saliva.

Maia sostuvo su mirada.

—No lo haces, Noa.

La frase entró despacio.

Noa la recibió sin convertirla en perdón total, ni en triunfo, ni en absolución. Solo la dejó estar.

—Gracias —dijo.

—No me agradezcas cada vez que digo algo bueno. Me haces sentir benefactora.

—Perdón.

Maia la miró.

Noa suspiró.

—Estoy trabajando en eso.

—Lenta.

—Constante.

Maia rió.

El agua estuvo lista. Maia entró en la bañera con un suspiro que pareció venir de la planta de los pies. Noa se sentó en el suelo, apoyada contra el mueble del lavabo.

—¿No vas a meterte? —preguntó Maia.

—Si entro, se inunda el baño y tendremos que mudarnos.

—Dramática.

—Práctica.

—Cobarde.

Noa sonrió.

—También.

Maia apoyó la cabeza contra el borde.

—Quédate ahí.

—Aquí estoy.

Noa no miró el móvil.

No tenía necesidad.

Durante un rato, solo estuvieron. Agua caliente, lluvia contra la ventana pequeña del baño, el olor a jabón, la respiración de Maia volviéndose más lenta. Noa le alcanzó una toalla cuando salió y luego le masajeó los pies en el sofá, con una concentración que al principio hizo sospechar a Maia.

—No estoy revisando la articulación —dijo Noa antes de que Maia hablara.

—Más te vale.

—Estoy cuidando a mi novia.

Maia la miró desde el cojín, con el pelo mojado y la cara limpia.

—Eso sí puedes seguir haciéndolo.

Noa bajó la mirada a sus pies.

—Bien.

—Pero sin informes.

—Jamás.

—Ni gráficos.

Noa dudó.

Maia le dio un golpe suave con el talón.

—Noa.

—Sin gráficos.

—Gracias.

Comieron en el sofá, con platos sobre las piernas y una manta compartida. Maia devoró la comida tailandesa que quedaba. Noa la observó con satisfacción apenas disimulada y recibió a cambio una amenaza con un palillo.