Epílogo La vida menos eficiente #4
Después Maia se quedó apoyada contra ella, agotada.
La televisión estaba encendida sin sonido. Afuera llovía todavía. En la mesa, las flores esperaban agua. En la cocina, los platos estaban limpios. La planta vivía. El mundo, por una vez, no pedía nada urgente.
—Valeria viene el mes que viene —dijo Maia.
—Lo sé. Me envió una lista de condiciones.
Maia levantó la cabeza.
—¿Qué condiciones?
Noa contó con los dedos.
—No intentar cocinar arroz. No comprar vino horrible por entusiasmo. No hablar de recuperación física en la cena. No usar palabras como “proceso” más de dos veces por noche. Y no dejarte vivir a café el día de función.
Maia la miró.
—Esa lista es muy razonable.
—Es autoritaria.
—También.
Noa le acarició el cabello húmedo.
—Me alegra que venga.
Maia apoyó la cabeza otra vez.
—A mí también.
El silencio que siguió trajo otra presencia.
Sofía.
No dicha.
No evitada.
Maia habló con cuidado:
—Sofía me escribió hace dos semanas.
Noa no dejó de acariciarle el pelo.
—¿Sí?
—Me mandó una foto del cartel de Madrid. La reposición.
—Lo vi anunciado.
—Me dijo: “Algunas obras encuentran segunda vida. Cuida la tuya.”
Noa cerró los ojos un segundo.
—Eso es muy Sofía.
—Sí.
—¿Le respondiste?
—Le dije que me alegraba. Y que esperaba que la función fuera hermosa.
—¿Contestó?
—No.
Noa asintió.
Maia levantó la cabeza.
—¿Te duele?
Noa pensó.
—Sí. Pero ya no de la misma forma.
—¿Hablan?
—A veces. Poco. Mejor que antes. No de nosotras casi nunca.
Maia sostuvo su mirada.
—¿De ti?
Noa sonrió con tristeza.
—A veces de la casa. De cosas pendientes. De trabajo. Una vez de una planta que todavía no muere.
Maia esperó.
Noa respiró.
—La quiero. Creo que siempre voy a quererla de alguna forma.
Maia sintió esa frase entrar sin romper nada.
Eso también era nuevo.
—Lo sé —dijo.
Noa la miró.
Maia le tocó la cara.
—Me alegra que no lo escondas.
—No quiero esconder nada contigo.
Maia asintió.
—Bien.
Noa apoyó la frente en la suya.
—Y te quiero a ti. Aquí. Ahora. En esta vida.
Maia cerró los ojos.
—Más te vale.
Noa rió.
Maia la besó.
El beso empezó suave, doméstico, con sabor a comida y cansancio. Después cambió. No de golpe. No como antes, cuando el deseo llegaba con urgencia de puerta cerrada y tiempo robado. Cambió con una lentitud segura, como cambia algo que no necesita correr para existir.
Noa la sostuvo por la cintura.
Maia se acomodó sobre ella con naturalidad.
El cuerpo recordó.
Claro que recordó.
Pero no como herida abierta.
Como idioma aprendido y ahora permitido.
Maia se apartó apenas.
—Estoy agotada.
Noa le besó la mandíbula.
—No dije nada.
—Tu cuerpo es muy expresivo.
—Mi cuerpo te admira.
—Tu cuerpo va a tener que esperar.
Noa apoyó la cabeza contra el respaldo del sofá con teatralidad.
—Cruel destino.
Maia sonrió.
—Quizá después de dormir.
Noa abrió un ojo.
—Estoy escuchando una posibilidad.
—Escucha bajito.
Noa la abrazó.
—Dormimos entonces.
—Dormimos.
Se fueron a la cama sin ordenar las flores.
Noa apagó la luz del salón. Maia dejó la ropa en una silla en lugar de en el cesto. Noa la miró, abrió la boca, volvió a cerrarla.
Maia lo vio.
—¿Quieres decir algo?
—No.
—Qué crecimiento.
—Estoy sufriendo.
—Lo sé.
En el dormitorio había dos lámparas pequeñas, libros en ambas mesas de noche, una postal de Oporto apoyada junto a un vaso de agua y una foto pegada en la pared: Maia en un puente de Londres, riendo, tomada por Noa en un día de viento horrible.
Noa decía que era una foto técnicamente mala. Maia decía que por eso era buena.
Se acostaron.
Maia se acomodó de costado, de espaldas a Noa. Noa la abrazó por detrás, con una mano abierta sobre su abdomen. El gesto era antiguo en otra historia, pero aquí había encontrado un significado nuevo. No pertenencia tranquila sin verdad debajo. No sustitución. No coartada.
Presencia.
Maia cubrió la mano de Noa con la suya.
—No pienses tan fuerte —murmuró.
Noa sonrió contra su nuca.
—Estoy intentando.
—Después de una función, no se piensa.
—¿Regla profesional?
—Regla de novia insoportablemente brillante.
Noa la besó en el hombro.
—Obedezco.
Maia cerró los ojos.
Durante años, Noa había confundido el amor con una estructura capaz de resistirlo todo. Después confundió el deseo con una fuerza capaz de romperlo todo. Ahora, con Maia respirando contra ella en una cama que no escondía a nadie, empezaba a entender otra cosa.
Algunas vidas no se ordenan.
Se habitan.
No perfectamente.
No sin memoria.
No sin haber dejado daños que no merecían ser llamados necesarios.
Pero se habitan con las manos abiertas, con la puerta limpia, con la paciencia de no convertir cada miedo en una urgencia y cada deseo en destino.
Maia se movió apenas, medio dormida.
—Noa.
—¿Sí?
—Mañana también lavas los platos.
Noa cerró los ojos.
—Qué final tan poco poético.
Maia sonrió sin abrir los ojos.
—Nuestra vida menos eficiente.
Noa la abrazó un poco más.
Afuera, Londres siguió lloviendo.
Adentro, las flores esperaron hasta la mañana.
Y por primera vez en mucho tiempo, ninguna de las dos necesitó corregir nada antes de dormir.