Epílogo La vida menos eficiente #2
No secreto.
No espera.
Novia.
Maia caminó hacia ella bajo la lluvia y la besó.
Sin mirar primero hacia los lados.
Noa sostuvo la comida con una mano y el paraguas cerrado con la otra, lo que volvió el beso torpe, húmedo y un poco ridículo. Maia se separó riendo.
—Te estás mojando.
—Estoy practicando una vida menos eficiente.
—Vas fatal.
—Pero con entusiasmo.
Maia miró el paraguas.
—¿Sabes que eso se abre?
Noa levantó la vista hacia el objeto como si acabara de notar su función.
—Estoy en proceso de reconciliación con la improvisación.
—Eso no es improvisación. Es inutilidad.
—Cruel después de una función.
—Exacta después de una función.
Noa le entregó la bolsa de comida.
—Pedí lo que te gusta.
Maia la tomó y olió.
—Si esto tiene cilantro de más, terminamos.
—Pregunté tres veces.
—Eso es muy tú.
—Y aun así me lo dieron con cilantro.
Maia la miró.
Noa sostuvo la seriedad dos segundos antes de sonreír.
—Mentira.
—Idiota.
Noa abrió por fin el paraguas y lo sostuvo sobre ambas. Quedaba un poco inclinado hacia Maia, por supuesto. Noa se mojaba el hombro izquierdo con una resignación heroica y nada disimulada.
—No hagas eso —dijo Maia.
—¿Qué?
—Mojarte como mártir.
Noa corrigió el paraguas al centro.
—Estoy aprendiendo a compartir recursos.
—Después de todo este tiempo, un milagro.
Caminaron hacia la calle principal.
Maia llevaba flores en un brazo, comida en la mano y la camisa de Noa sobre los hombros. Noa caminaba a su lado, con el paraguas por fin cumpliendo parcialmente su propósito. A los pocos metros, Maia apoyó la cabeza un segundo en su hombro.
Noa no dijo nada.
Solo bajó un poco el ritmo.
Eso también había aprendido.
No todo gesto tierno necesitaba comentario.
En la esquina, Clara salió corriendo del teatro con dos bailarines más.
—¡Maia! —gritó—. La prensa pregunta si vas a darles una frase profunda.
Maia giró.
—Diles que no.
Clara miró a Noa, luego la comida, luego el paraguas.
—¿Vas a celebrar con tu española?
Noa levantó una ceja.
—Ingeniera.
Clara señaló a Maia.
—Dios, son insoportables las dos.
Maia sonrió.
—Diles que voy en veinte.
—Diez.
—Quince.
—Doce.
—Hecho.
Clara señaló a Noa.
—Que coma algo.
Noa levantó la bolsa.
—Trabajo en ello.
Clara se fue corriendo bajo la lluvia.
Maia miró a Noa.
—Ahora mis compañeras te dan instrucciones.
—Me caen bien.
—Porque te obedecen.
—Nadie me obedece en esta ciudad.
Maia la tomó de la solapa del abrigo y la acercó apenas.
—Pobrecita.
Noa miró su boca.
—No empieces algo que la prensa pueda interrumpir.
Maia sonrió.
—Mira quién se volvió sensata.
—Me ha costado horrores. Respétalo.
Caminaron hasta un portal cercano, donde podían refugiarse un momento sin volver del todo al ruido del teatro. Maia apoyó las flores en el suelo y abrió la bolsa de comida. El vapor cálido subió entre ellas.
—¿Vas a volver para la celebración? —preguntó Noa.
—Tengo que hacerlo.
—Lo sé.
—Pero quería verte antes.
Noa la miró.
Esa frase, dicha sin dramatismo, todavía tenía la capacidad de tocar un lugar antiguo.
—Yo también quería verte antes.
—Ya me viste. Estabas en la segunda fila.
—Te vi bailar. No es lo mismo.
Maia bajó la mirada a la comida.
—¿Y?
—¿Y qué?
—¿Cómo estuve?
Noa la observó con una seriedad suave.
—Como alguien que ya no necesita que el escenario le devuelva permiso.
Maia levantó los ojos.
Noa no sonrió.
—No sé si eso es técnicamente útil.
—Lo es.
—Bien.
Maia tomó un bocado de comida directamente del envase.
—Dios, está bueno.
—Sin cilantro de más.
—Podría quererte solo por esto.
—Qué decadente sería para mi arco de personaje.
Maia rió con la boca llena y Noa le ofreció una servilleta con expresión escandalizada.
—Eres una artista internacional.
—Y tú una pesada internacional.
—También.
Maia comió un poco más. Noa la miró hacerlo con satisfacción apenas disimulada.
—No hagas cara de Valeria —dijo Maia.
—No sé a qué te refieres.
—Sí sabes.
—Valeria y yo solo compartimos preocupación nutricional basada en evidencia.
Maia la miró con sospecha.
—¿Hablas con Valeria?
Noa sostuvo el envase de comida.
—A veces.
—¿A veces?
—Me escribe para comprobar que no te dejo vivir a café y tragedia.
Maia abrió la boca.
—Traidoras.
—Le tengo miedo.
—Bien.
Noa sonrió.
Aquello también había llevado tiempo.
Valeria no había perdonado a Noa de golpe. Ni a Maia. Durante meses, su vínculo con ambas había sido una serie de mensajes prácticos, sarcasmo a distancia y límites no negociables. Pero, de alguna forma, seguía allí. Más cerca de Maia, claro. Con una paciencia herida, pero viva.
La primera vez que Valeria visitó Londres, seis meses después de la mudanza de Maia, encontró a Noa en la cocina intentando hacer arroz.
La miró.
Miró la olla.
Miró a Maia.
—¿Esto es una petición de auxilio?
Noa había respondido:
—Estoy siguiendo instrucciones.
Valeria se acercó a la olla.
—¿De quién? ¿De un enemigo?
Maia se había reído desde la mesa.
Esa noche cenaron comida pedida.
Valeria no abrazó a Noa. Tampoco la trató con crueldad. Al irse, ya tarde, le dijo en la puerta:
—No vuelvas a hacerla pequeña.
Noa había respondido:
—No.
Valeria la había mirado.
—Y no me lo digas como promesa solemne. Hazlo aburrido, todos los días.
Noa asintió.
—Lo haré aburrido.
Valeria había hecho una mueca.
—Qué frase horrible. Pero sirve.
Desde entonces, Valeria escribía a veces.
A Maia: casi todos los días.
A Noa: cuando necesitaba asegurarse de que Maia comiera o cuando quería enviar una noticia sobre Sofía sin hacer de eso una escena.
Sofía.
El nombre no había desaparecido de sus vidas.
No como sombra constante.
Pero sí como parte del mapa.
Sofía había seguido trabajando. Su obra había viajado.
Había ganado premios, recibido críticas, abierto puertas que no necesitaban a Noa ni a Maia para sostenerse.
Durante meses, Maia no supo nada de ella salvo por prensa o por Valeria.
Luego, una tarde, después de una función en Londres, recibió un mensaje.
Sofía: Leí la crítica. Fue justa. Estás donde debías estar.
Maia había leído esas dos frases muchas veces.
Respondió:
Maia: Gracias.
No hubo más.
No hacía falta.
No era perdón.
Era otra cosa.
Un reconocimiento distante, adulto, precioso por lo escaso.
Maia lo guardó como se guardan algunas cosas que una no toca todos los días, pero sabe exactamente dónde están.
Noa le preguntó una vez si quería hablar de Sofía.
Maia dijo:
—Sí. Pero no hoy.
Noa respondió:
—Está bien.
Y por primera vez, esa frase no sonó a derrota.
Sonó a respeto.
Ahora, bajo el portal, con la lluvia cayendo frente a ellas y la comida caliente entre las manos, Maia pensó en todo eso sin hundirse.
Quizá esa era la diferencia.
La memoria ya no entraba como una ola.
A veces era solo una corriente debajo.
No desaparecía.
No hacía falta que desapareciera.
—¿En qué piensas? —preguntó Noa.
Maia la miró.
—En que Clara te llama mi española.
—Repito: ingeniera.
—Eres española también.
—Sí, pero menos interesante.
—Depende del día.
Noa se acercó un poco.
—¿Hoy?
Maia fingió pensarlo.
—Hoy estás decente.
—Me conformo.
Maia la besó.
Esta vez fue un beso más lento. No de calle. No de euforia. Un beso de después. De casa cercana. De saber que no tenían que devorarse en un portal porque habría una noche, una cama, una cocina, un desayuno, una discusión inútil sobre paraguas, una vida que esperaba sin esconderse.
Noa se separó apenas.
—Tienes que volver con la prensa.
Maia apoyó la frente en la suya.
—No quiero.
—Lo sé.
—Podrías decirme que no vaya.
—Podría. Pero me caería mal.
Maia sonrió.
—Qué madura.
—Estoy insoportable.
—Sí.
Noa le acarició la mejilla con el dorso de los dedos, un gesto breve, sin reclamar.
—Ve. Yo te espero.
Maia abrió los ojos.
La frase, en otra vida, habría dolido.
Te espero.
Antes, Maia había esperado demasiado.
Esperado mensajes, puertas, coches, huecos, decisiones ajenas.
Ahora Noa la esperaba de pie bajo un portal, con comida tailandesa y paraguas inútil, mientras Maia volvía a su función, a su prensa, a su carrera, a su nombre.
No era la misma espera.
Maia sonrió.
—No te aburras.
—Imposible. Estoy ocupada sosteniendo flores con dignidad.
Maia le entregó el ramo más grande.
—Entonces sostén.
Noa lo tomó.
—Esto parece una instalación.
—No lo arruines.
—Jamás.
Maia salió de debajo del paraguas y corrió hacia la puerta del teatro. Antes de entrar, se giró.
Noa estaba allí, con las flores en un brazo, el paraguas inclinado y una bolsa de comida en la otra mano. Mojada igual. Ridícula. Hermosa.
Maia levantó una mano.
Noa la imitó.
Luego Maia entró.
La celebración fue larga.
La prensa quiso frases profundas y Maia logró no decir ninguna estupidez irreparable. Clara la salvó de un periodista que preguntó demasiado por “la superación física” y Maia aceptó un brindis, dos fotos y un discurso breve de la directora de la compañía que la hizo sonrojarse más de lo esperado.
Cuando por fin pudo irse, el teatro estaba casi vacío.
Noa seguía afuera.
No en el mismo lugar exacto, porque incluso ella entendía que congelarse por romanticismo era innecesario. Estaba en un café de la esquina, junto a la ventana, con las flores en una silla y un libro abierto que claramente no estaba leyendo.
Maia entró.
La campanilla de la puerta sonó.
Noa levantó la vista.
—Sobreviviste.
—Apenas.
—¿Frases profundas?
—Dije “el cuerpo guarda memoria, pero también aprende futuro”.
Noa parpadeó.
—Eso es bastante profundo.
—Lo sé. Me asusté a mí misma.
Noa cerró el libro.
—¿Nos vamos a casa?
A casa.
Maia nunca se cansaba del todo de esa frase.
—Sí.
Caminaron bajo la lluvia más suave, esta vez con el paraguas abierto y compartido de forma razonable, lo cual Noa mencionó tres veces hasta que Maia amenazó con abandonarla en la vereda.
El apartamento quedaba a quince minutos.
Una segunda planta en un edificio antiguo, con ventanas grandes, calefacción caprichosa y un piso de madera que crujía como si comentara cada movimiento.
Al entrar, la vida de las dos apareció sin ceremonia.
Dos abrigos en el perchero.
Zapatos mezclados.
Un libro de Noa sobre la mesa con una taza de Maia encima.