Epílogo La vida menos eficiente
Londres, un año después.
Londres llovía como si no supiera hacer otra cosa.
No era una lluvia dramática. No caía con furia ni golpeaba los cristales como en las películas antiguas.
Era peor: fina, constante, obstinada. Una lluvia que no parecía caer del cielo, sino estar ya suspendida en el aire, esperando que una saliera a la calle para adherirse al abrigo, al pelo, a las pestañas, al cansancio.
Maia la miró desde la ventana del camerino y pensó que, en el fondo, Londres tenía una idea muy extraña de la hospitalidad.
Detrás de ella, el teatro seguía vibrando.
No con música. La función había terminado hacía veinte minutos.
Pero los teatros nunca se callan del todo después de una buena noche.
Crujen. Respiran. Recogen aplausos en las paredes.
Dejan pasos en los pasillos, voces de técnicos, puertas que se abren, risas que suben y bajan, flores que llegan tarde, alguien preguntando por un zapato, alguien llorando porque todo salió bien y eso también puede ser demasiado.
Maia seguía maquillada.
Tenía el cabello parcialmente suelto, una toalla sobre los hombros y el cuerpo en ese estado raro después de una función importante: agotado, encendido, dolorido en lugares concretos y, aun así, ligero.
El sudor se le había secado en la nuca. La piel le tiraba bajo el maquillaje.
El tobillo izquierdo, esa vieja conversación con el miedo, no dolía.
Eso todavía le parecía una victoria privada.
Sobre la mesa del camerino había flores.
Muchas.
Ramos pequeños del equipo, uno enorme de la compañía, flores de una crítica que había escrito una nota imposible de entender con la letra más elegante del mundo, y un ramo distinto, sobrio, envuelto en papel gris.
Ese había llegado antes de la función.
Sin firma en el sobre exterior.
Maia no lo había abierto hasta después.
No por superstición.
O sí.
Le gustaba fingir que no era supersticiosa.
Abrió la tarjeta con los dedos todavía temblando por el esfuerzo.
La nota decía:
No olvides comer algo antes de celebrar. Y no discutas con la prensa si preguntan por la rodilla. Estuviste insoportablemente brillante incluso antes de salir.
Maia sonrió.
No necesitaba firma.
La puerta del camerino se abrió sin golpe y apareció Clara, una de las bailarinas de la compañía, con una copa de plástico en la mano y el cabello recogido en un moño que amenazaba con rendirse.
—La prensa pregunta por ti.
Maia cerró la tarjeta y la dejó boca abajo.
—La prensa puede esperar.
—Eso dije. Me miraron como si hubiera insultado a la reina.
—¿Lo hiciste?
—Todavía no. La noche es joven.
Clara entró y señaló el ramo de papel gris con la copa.
—¿Son de la misteriosa española?
Maia levantó una ceja.
—Qué obsesión.
—No contestaste.
—No.
Clara sonrió.
—Entonces sí.
Maia tomó una toallita y empezó a quitarse el maquillaje de un ojo.
—No dije eso.
—Lo dijiste con toda la cara.
—Mi cara está agotada. No declara nada.
Clara dejó la copa sobre la mesa y se inclinó hacia la tarjeta antes de que Maia pudiera evitarlo.
—“No discutas con la prensa si preguntan por la rodilla.” Dios. Es ella.
Maia le quitó la tarjeta con rapidez.
—Invasiva.
—Tú eres la que se enamoró de alguien que te manda instrucciones ortopédicas en flores.
—No son instrucciones ortopédicas.
—Son instrucciones emocionalmente ortopédicas.
Maia soltó una risa.
Clara sonrió con satisfacción y se apoyó contra el marco de la puerta.
—¿Viene a la fiesta?
Maia bajó la mirada a la tarjeta.
—No sé si va a entrar.
—¿Está aquí?
—Fuera.
—¿Fuera dónde?
—En algún lugar con paraguas y mala toma de decisiones.
Clara abrió los ojos.
—¿Está esperándote bajo la lluvia?
Maia se quitó el maquillaje del otro ojo con demasiada concentración.
—Probablemente.
—Eso es muy romántico.
—Eso es muy poco práctico.
—En tu boca suena a romántico.
Maia intentó no sonreír.
Fracasó.
Clara la miró con esa mezcla de curiosidad y ternura insolente que había adoptado desde que, tres meses atrás, vio por primera vez a Noa esperando a Maia a la salida de un ensayo con comida tailandesa en una mano, un café en la otra y una expresión de mujer que había decidido no controlar el clima, el tráfico ni la forma en que Maia iba a saludarla.
Desde entonces, Clara la llamaba “tu española”.
Maia había corregido una vez:
—Ingeniera.
Clara había contestado:
—Peor. Eso explica los mensajes con puntos y comas.
Y desde entonces, nada pudo deshacerse.
—Ve —dijo Clara ahora—. La prensa puede esperar cinco minutos. La misteriosa ingeniera mojada no debería.
Maia dejó la toallita sobre la mesa.
Miró su reflejo.
No llevaba el maquillaje entero ya. Un ojo limpio, el otro a medias. La boca sin color. El cabello desordenado. Los hombros cansados. En el respaldo de la silla había una camisa que no era suya, aunque desde hacía meses esa distinción empezaba a perder sentido.
Era negra.
De Noa.
O había sido de Noa.
Maia se la puso sobre la ropa de ensayo.
Clara la vio hacerlo y sonrió sin piedad.
—Ajá.
—No digas nada.
—No dije nada.
—Pensaste demasiado alto.
—Soy artista. Es mi derecho.
Maia tomó la tarjeta, la guardó dentro del bolso y salió al pasillo.
El teatro londinense era más pequeño que el de Madrid, pero tenía una elegancia gastada que Maia había aprendido a querer.
Paredes oscuras, escaleras estrechas, olor a madera vieja y humedad, una puerta lateral que daba a un callejón donde siempre parecía estar a punto de aparecer alguien con una novela triste bajo el brazo.
Al principio, Londres le había parecido demasiado grande y demasiado gris.
Después empezó a reconocer sus rutas.
El café de la esquina donde quemaban un poco el pan pero recordaban su pedido.
La tienda de flores que cerraba temprano.
El puente que cruzaba cuando necesitaba caminar sin pensar en nadie.
El supermercado donde Noa, durante su primera visita larga, había comprado tres tipos de yogur porque “no sabía cuál era el menos ofensivo”.
La estación donde Maia la había esperado una tarde de febrero, con las manos heladas y el corazón comportándose como si tuviera veinte años.
Noa había llegado con una maleta pequeña y el pelo más corto.
Maia la había visto antes de que Noa la viera.
Habían pasado meses desde Madrid.
Meses de mensajes medidos al principio. De llamadas breves.
De silencios largos que ya no parecían castigo, sino espacio.
De noticias prácticas: una función, una mudanza, papeles de separación, una reseña, un dolor de tobillo que no era grave, una planta que Mateo había olvidado regar en el centro y que Noa intentó salvar con una seriedad desproporcionada.
Después las llamadas se hicieron más largas.
No por decisión heroica.
Porque un día Maia le contó que Londres olía a lluvia y aceite viejo, y Noa le dijo que Madrid sin ella tenía demasiadas esquinas.
Porque una noche Noa llamó desde su nuevo apartamento, todavía lleno de cajas, y Maia se quedó con ella mientras armaba una estantería mal comprada.
Porque otra noche Maia salió de una función llorando de rabia por una crítica injusta y Noa no intentó explicarle cómo leer críticas; solo dijo:
—Dímela entera.
Y Maia la dijo.
Entera.
La primera vez que Noa fue a Londres, no se quedó en la casa de Maia.
Eso había importado.
Se quedó en un hotel a doce minutos caminando.
Feo, limpio, con una alfombra que Noa calificó de “agresión cromática”.
Se vieron en cafeterías, caminaron, cenaron, discutieron sobre si la comida inglesa tenía derecho a existir, se besaron una noche frente al río y se separaron antes de convertir el deseo en una excusa para saltarse lo que todavía necesitaban aprender.
La segunda vez, Noa tampoco se quedó.
Maia empezó a odiarla un poco por eso.
—Eres insoportablemente correcta —le dijo en una esquina, bajo un paraguas inútil.
Noa había sonreído.
—Estoy practicando.
—Vas a morir de práctica.
—Pero con dignidad.
—Qué asco te tengo.
Noa la besó entonces, suave, sin arrinconarla, sin pedir más.
Maia había entendido que odiarla un poco no le impedía quererla mucho.
La tercera vez, Noa se quedó.
No porque el deseo hubiera bajado la voz.
Lo había.
Enorme.
Casi ridículo.
Pero esa noche no se sintió como una fuga.
Noa llegó con una mochila, una botella de vino, dos libros que Maia no había pedido y una planta pequeña porque, según ella, “tu apartamento tiene demasiada voluntad de escenario y poca fotosíntesis”.
Maia la dejó entrar.
Noa cruzó la puerta sin robar aire.
Y esa diferencia, tan pequeña vista desde fuera, fue inmensa.
Ahora, seis meses después de esa tercera visita, Noa tenía una llave.
No la usaba siempre.
Eso también era importante.
A veces llamaba.
A veces entraba.
A veces, desde dentro, gritaba:
—¿Puedo entrar en mi propia vida o estás teniendo un momento portugués?
Y Maia respondía:
—Depende. ¿Traes comida?
—Traigo criterio.
—Entonces espera afuera.
Noa se reía desde el pasillo.
Esa era una clase de amor que Maia no había conocido antes: una donde la puerta no pesaba como prueba, ni como escondite, ni como condena. Una puerta que podía abrirse sin que nadie dejara de pertenecerse.
Maia bajó por la escalera lateral del teatro.
El aplauso todavía le vivía en la piel.
Al llegar a la salida de artistas, se detuvo.
Afuera seguía lloviendo.
Noa estaba apoyada contra la pared de ladrillo del callejón lateral, con comida tailandesa en una mano y un paraguas negro en la otra. El paraguas, por alguna razón inexplicable, estaba cerrado.
Tenía el pelo algo mojado, más corto que en Madrid, y llevaba un abrigo oscuro que Maia le había visto demasiadas veces como para no sentir una ternura absurda. Se había cortado el flequillo un poco más de lo habitual. O quizá solo había aprendido a no pelearse con él.
Al verla, Noa se enderezó.
—Estuviste insoportablemente brillante.
Maia cruzó los brazos, quedándose bajo el marco de la puerta.
—¿Eso es comentario técnico?
—No. Es uno de novia presumida.
La palabra cayó entre ellas con una naturalidad que, a veces, todavía sorprendía a Maia.
Novia.
No amante.
No puerta.