Capítulo 43 El nuevo plano #2
—Me respondió que cuidara mi carrera.
Noa bajó la mirada.
—Eso suena a ella.
—Sí.
Maia la observó de perfil.
—¿Cómo está?
Noa respiró.
—No lo sé del todo. Hablamos de cosas prácticas. A veces de la obra. No me deja entrar más allá de eso.
—Tiene derecho.
—Sí.
Maia miró hacia los árboles.
—¿Y tú?
Noa soltó una risa mínima.
—Estoy en casa de Mateo. Eso ya responde bastante.
Maia casi sonrió.
—¿La bicicleta estática?
Noa la miró, sorprendida.
—¿Te conté eso?
—No. Valeria dijo que Mateo tenía una habitación horrible con una bicicleta. Lo deduje.
—Es peor de lo que imaginas.
—Me alegra.
Noa sonrió.
Ese pequeño intercambio les devolvió algo.
No el antes.
Algo.
Una forma de gustarse que todavía vivía debajo de todo.
Llegaron a un banco, pero no se sentaron. Quizá sentarse parecía demasiado cerca de quedarse. Siguieron caminando.
—No quiero que Londres sea una huida —dijo Maia.
—No lo parece.
—¿No?
—No. Parece una dirección.
Maia sintió que la frase le gustaba demasiado.
—Estoy intentando que lo sea.
—Lo es.
Maia la miró.
—No lo decidas por mí.
Noa sostuvo la mirada.
—No. Retiro eso. No me corresponde decidir qué significa Londres para ti.
Maia bajó la vista.
Noa respiró.
—Estoy orgullosa, emocionada, aterrada y triste. Y estoy intentando no usar ninguna de esas cosas para ponerme en el centro.
Maia dejó salir el aire, más suave.
—Gracias por decirlo así.
—Me estoy entrenando en no ser insoportable.
—Vas lenta.
—Pero con constancia.
Maia rió.
La risa salió limpia.
Noa la miró como si quisiera guardarla.
Maia lo notó.
—No hagas cara de despedida.
Noa apartó la vista.
—Perdón.
—No.
Maia se detuvo.
Noa también.
Estaban junto a un camino lateral, lejos del ruido principal. Había hojas húmedas bajo sus pies y una luz gris filtrándose entre los árboles.
—No te estoy pidiendo que no te duela —dijo Maia—. Me duele a mí también.
Noa la miró.
—Entonces…
—Entonces no lo arruinemos intentando convertirlo en destino ahora.
Noa cerró los ojos.
La frase ya estaba llegando.
Ambas la sentían.
No como una sorpresa.
Como algo que habían caminado durante semanas.
Maia habló primero:
—Te quiero.
Noa abrió los ojos.
La miró con una tristeza suave, sin hambre inmediata, sin urgencia de tocar.
—Yo también.
Maia respiró.
El aire le tembló un poco al entrar.
—Entonces no entremos ahora en otra mentira.
Noa no respondió enseguida.
La frase dolió.
También sostuvo.
—No —dijo al fin—. No entremos.
Maia asintió.
Se quedaron frente a frente.
A una distancia exacta.
Demasiado cerca para fingir indiferencia.
Demasiado lejos para convertir el dolor en contacto.
—No sé qué pasa después —dijo Noa.
Maia miró hacia el camino.
—Yo tampoco.
—¿Quieres que nos dejemos de ver?
Maia cerró los ojos un segundo.
La pregunta era honesta.
No manipuladora.
Eso la hacía más difícil.
—No quiero —dijo.
Noa bajó la vista.
—Pero.
—Pero creo que necesitamos no vernos como antes. No buscarnos cuando duela. No convertir estas ocho semanas en una despedida larga en mi cama.
Noa tragó saliva.
—No quiero eso tampoco.
Maia la miró.
—¿Qué cosa?
—Convertir estas ocho semanas en una despedida que después nos deje peor.
Maia bajó la mirada.
Noa respiró.
—Si nos vemos, que sea así. Afuera. Con aire. Con posibilidad de irnos.
Eso sí fue distinto.
Maia lo aceptó.
—Yo también.
La luz bajó un poco más.
Maia sintió frío en las manos.
Noa lo notó, pero no se las tomó.
Esa contención, absurda y enorme, le dolió a Maia casi como una caricia.
—Hay algo que tengo que devolverte —dijo Maia.
Noa la miró.
—¿Qué?
Maia metió una mano en el bolsillo del abrigo y sacó un sobre pequeño.
El botón blanco.
Noa lo entendió antes de abrirlo.
No lo tomó de inmediato.
—Maia…
—No es símbolo de nada enorme. Es un botón.
Noa casi sonrió.
—Claro.
—Pero no quiero tenerlo en mi casa.
Noa aceptó el sobre.
Sus dedos se rozaron.
Fue mínimo.
Las dos lo sintieron.
Noa guardó el sobre en el bolsillo.
—Gracias.
—No me agradezcas un botón.
—Me esfuerzo en ser educada.
Maia sonrió apenas.
Después la sonrisa se apagó.
—No quiero que lo último sea la noche mala —dijo.
Noa sostuvo su mirada.
—Yo tampoco.
—Pero tampoco quiero fabricar una noche buena para taparla.
—No.
Maia respiró.
—Entonces que sea esto.
Noa miró alrededor.
El parque.
La luz gris.
Las manos quietas.
El sobre en su bolsillo.
—Esto —repitió.
Maia dio un paso hacia ella.
Noa no se movió.
Maia le tocó la manga del abrigo. No la mano. No la cara. La manga. Un contacto breve, casi torpe.
—Cuídate —dijo.
Noa cerró los ojos un segundo.
—Tú también.
Maia se apartó.
Esta vez fue ella quien se fue primero.
Noa la vio alejarse por el camino, hacia la salida del parque. El cuerpo le pidió seguirla. No lo hizo.
Maia no miró atrás.
No porque no quisiera.
Porque, si lo hacía, quizá volvería.
Y esa tarde, quererse bien consistía en seguir caminando.
Noa se quedó hasta que la perdió de vista.
Después sacó el sobre del bolsillo.
Lo abrió.
El botón blanco cayó sobre su palma.
Pequeño, ridículo, pesado.
Noa lo cerró en el puño.
Por primera vez, no tuvo ganas de guardarlo como recuerdo ni de tirarlo como castigo.
Solo de llevarlo a arreglar.
No para recuperar la camisa.
Para entender que algunas cosas, incluso cosidas de nuevo, conservan la marca exacta del lugar donde se rompieron.
Maia salió del parque y caminó hasta el metro.
El móvil vibró.
Valeria.
Valeria: ¿Sigues viva?
Maia sonrió.
Maia: Sí.
Valeria: ¿Ropa puesta?
Maia miró su abrigo, su bufanda, sus manos vacías.
Maia: Toda. Incluso dignidad.
Valeria tardó.
Valeria: Qué vulgar ponerte profunda cuando no estoy para burlarme en persona.
Maia rió.
Después escribió:
Maia: Acepté Londres.
Valeria respondió enseguida:
Valeria: Ya lo sé, idiota. Pero me alegra que lo digas así.
Maia bajó las escaleras del metro.
Antes de perder señal, llegó otro mensaje.
Valeria: Estoy orgullosa. Y sigo enfadada.
Maia se detuvo en el último escalón.
Sonrió con los ojos llenos de lágrimas.
Maia: Las dos cosas pueden estar.
Valeria: No uses mis frases contra mí.
Maia guardó el móvil.
El tren llegó con un ruido metálico.
Entró.
Se sentó junto a la ventana oscura, aunque en el metro no hubiera nada que ver salvo su propio reflejo.
Se miró.
No parecía feliz.
Todavía no.
Pero parecía en movimiento.
Y por ahora, eso era suficiente.
Esa noche, Noa volvió a casa de Mateo con el botón en el bolsillo.
Mateo estaba en la cocina, comiendo cereal de un cuenco demasiado grande.
—¿Sigues viva? —preguntó sin levantar demasiado la vista.
Noa dejó el abrigo en una silla.
—Todo el mundo pregunta eso últimamente.
—Porque das señales mixtas de supervivencia.
Noa se sentó.
Sacó el sobre.
Mateo lo miró.
—¿Eso es evidencia criminal?
—Un botón.
—Ah. Peor.
Noa sonrió apenas.
Mateo dejó el cuenco.
—¿La viste?
—Sí.
—¿Y?
Noa miró el sobre.
—Se va a Londres.
Mateo abrió un poco los ojos.
—Vaya.
—Sí.
—¿Y tu cabeza ya encontró tres formas complicadas de reaccionar?
Noa soltó una risa baja.
—Estoy intentando que no.
—Bien por ti, entonces.
Noa asintió.
—Sí.
Mateo la observó.
—¿Y tú?
Noa tardó.
—Yo me quedé en el parque.
Mateo no hizo broma.
Quizá entendió que esa era la respuesta importante.
—Bien por ti también, entonces.
Noa bajó la mirada.
No sabía si merecía esa frase.
Pero la dejó estar.
En la casa, Sofía recibió un mensaje de una crítica importante.
La reseña saldría al día siguiente.
Decía que la obra tenía una fuerza rara, una “contención feroz” y una intérprete principal “capaz de convertir la fragilidad en arquitectura”. Sofía leyó esas palabras sentada en la cocina, con una taza de té entre las manos.
Pensó en Maia.
Pensó en Noa.
Pensó en sí misma.
Fragilidad en arquitectura.
Qué fácil parecía en una frase.
Qué costoso era en una vida.
No escribió a nadie.
Solo cerró el móvil, apagó la luz de la cocina y fue al dormitorio.
La cama seguía siendo grande.
Seguía siendo suya también.
Se acostó en el centro.
No en su lado.
En el centro.
Y, por primera vez desde que Noa se había ido, durmió algunas horas seguidas.
Maia, en su apartamento, abrió el correo de Londres antes de dormir.
Leyó la fecha de inicio.
Ocho semanas.
Después miró la postal de Oporto sobre la mesa de noche.
El sobre del botón ya no estaba.
Ese espacio vacío le pareció correcto.
Noa no era un objeto junto a su cama.
Sofía no era una deuda que pudiera saldarse con flores.
Valeria no era una garantía de perdón.
Londres no era una limpieza.
Nada era tan sencillo.
Pero había un plano nuevo.
No ordenado.
No limpio.
Nuevo.
Maia apagó la luz.
Esa noche soñó con un escenario que no conocía, una ciudad húmeda, una puerta abierta y un cuerpo propio entrando sin pedir permiso.
No soñó con Noa.
O, si lo hizo, al despertar no lo recordó.
Y eso, lejos de dolerle como abandono, le pareció una primera forma de futuro.