El nuevo plano Capítulo 42 Lo que no se pide
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Capítulo 42 Lo que no se pide

Noa esperó cinco días para escribirle a Maia.

No porque hubiera dejado de querer hacerlo.

Eso habría sido más sencillo.

Lo quiso hacer la noche del estreno, después de verla salir al escenario como si hubiera encontrado un centro que ya no necesitaba pedirle a nadie.

Lo quiso hacer desde el hotel, con el programa de mano sobre la mesa y el nombre de Maia impreso debajo del de Sofía.

Lo quiso hacer al día siguiente, después de hablar con Sofía en la cocina, cuando la frase no la uses ahora para no sentir esto le quedó clavada como una orden justa.

Lo quiso hacer desde la casa de Mateo, mientras la bicicleta estática crujía en la habitación de invitados cada vez que Noa pasaba cerca.

Lo quiso hacer el tercer día, cuando volvió al centro por primera vez y Mateo le dejó un café sobre el escritorio sin decir nada.

Lo quiso hacer el cuarto, cuando recogió más ropa de la casa mientras Sofía no estaba y encontró que ella había separado sus cosas con una precisión que dolía más que el desorden.

No escribió.

No por nobleza completa.

Por miedo también.

Por vergüenza.

Por la conciencia nueva, incómoda, de que escribirle a Maia podía ser otra forma de ir a buscar aire donde ella ya había dicho que no quería ser oxígeno.

El quinto día, al salir del centro, se quedó sentada en el coche sin arrancar.

Madrid empezaba a oscurecer. La calle tenía ese movimiento cansado de las siete, gente volviendo a casa, motos, luces encendiéndose en las ventanas, un perro tirando de una correa con más decisión que su dueña. Noa tenía las manos sobre el volante y el móvil en el asiento del copiloto.

Había hablado con Sofía esa mañana.

Poco.

Práctico.

Cosas de la casa, ropa, una factura, una llave que todavía tenía sentido aunque ya no supieran qué abría. Sofía no había sido cruel. Tampoco cálida. Estaba en un lugar que Noa no podía alcanzar.

Y no debía forzar.

Eso era lo que estaba aprendiendo: que no todo dolor ajeno autorizaba presencia.

Tomó el móvil.

Abrió el chat de Maia.

La conversación parecía vieja y reciente a la vez. La última noche seguía allí sin nombrarse: el cuerpo, el pasillo, la cama, el te quiero , la puerta cerrándose, la orden de no escribir al llegar.

Noa escribió:

Noa: No quiero que lo último entre nosotras sea esa noche.

Se quedó mirando la frase.

No era una petición.

Pero se parecía.

Borró.

Escribió:

Noa: Me gustaría verte. No para entrar. No para pedirte nada. Solo para hablar si tú quieres.

La leyó varias veces.

Añadió:

Noa: Si no, lo entiendo.

Miró esa última frase.

Le sonó a ella misma en sus peores versiones.

La borró.

Envió solo lo primero.

Noa: Me gustaría verte. No para entrar. No para pedirte nada. Solo para hablar si tú quieres.

Después dejó el móvil boca abajo.

Como si no mirar pudiera hacerla menos responsable de la respuesta.

Maia recibió el mensaje en el teatro, después de una función de temporada.

La obra había seguido.

Esa era una de las cosas más extrañas. Después del estreno, hubo otra función.

Y otra. El público siguió llegando. La gente siguió aplaudiendo.

La prensa escribió palabras generosas. Sofía respondió entrevistas con una elegancia que no dejaba ver ninguna ruina.

Valeria sostuvo producción con una eficiencia algo más callada. Maia bailó.

Bailó bien.

Cada noche mejor.

No porque todo estuviera bien.

Porque había aprendido que su cuerpo no tenía por qué pagar de forma visible cada cosa que su vida no sabía resolver.

Esa noche, al volver al camerino, encontró el mensaje de Noa.

Lo leyó sentada frente al espejo, con restos de maquillaje bajo los ojos y una toalla sobre los hombros.

No sintió sorpresa.

Sí sintió algo en el estómago, bajo y antiguo.

Deseo.

Dolor.

Alivio.

Rabia.

Todo llegando junto, como siempre.

Valeria entró con una carpeta y se detuvo al verla.

—¿Qué?

Maia no respondió enseguida.

Luego le pasó el móvil.

Valeria dudó antes de tomarlo.

Leyó.

No hizo ninguna mueca.

Eso ya era una opinión.

—No suena mal —dijo.

Maia la miró.

—¿Eso es aprobación?

—No. Es descripción.

Valeria le devolvió el móvil.

Maia miró la pantalla.

—No sé si quiero verla.

Valeria apoyó la carpeta sobre la mesa.

—Sí sabes.

Maia cerró los ojos.

—Quiero verla.

—Eso.

—No sé si me conviene.

—Eso es otra pregunta.

Maia abrió los ojos.

En el espejo, su rostro parecía más adulto de lo que se sentía.

—No quiero volver a ser el lugar donde cae.

Valeria la miró con cansancio y afecto.

—Entonces no la recibas en tu casa.

Maia sostuvo su mirada a través del reflejo.

La frase era simple.

Casi demasiado.

—No.

—Ni en su coche.

Maia casi sonrió.

—Tampoco.

—Lugar público. Hora decente. Ropa puesta. Todas esas innovaciones.

Maia soltó una risa baja.

Valeria se permitió una sonrisa mínima.

Después volvió a ponerse seria.

—Pero si vas, ve porque quieres hablar. No porque quieras comprobar si todavía tiembla cuando te ve.

Maia bajó la mirada.

Eso dolió porque una parte de ella sí quería comprobarlo.

—Soy horrible.

—No. Eres humana y dramática. Lo primero no tiene arreglo. Lo segundo se administra.

Maia respiró hondo.

—¿Tú qué harías?

Valeria la miró.

—No me uses así.

—No como permiso. Como amiga.

Valeria tardó.

La palabra amiga todavía no estaba intacta.

Pero seguía en la habitación.

—Iría —dijo al fin—. Pero me iría antes de necesitar que me retengan.

Maia sintió que la frase le tocaba el centro.

—Eso suena difícil.

—Por eso te lo digo. Las cosas fáciles nunca te gustaron.

Maia escribió:

Maia: Mañana. Seis. Café de la plaza de Olavide. Una hora.

Noa respondió cuatro minutos después.

Noa: Voy.

Maia miró esa palabra.

Luego apagó la pantalla.

—Una hora —dijo Valeria.

—Una hora.

—No lleves perfume dramático.

Maia la miró.

—No tengo perfume dramático.

Valeria levantó una ceja.

—Toda tú eres perfume dramático.

Por primera vez en días, Maia rió sin que la risa se le rompiera al final.

Al día siguiente, Maia llegó al café nueve minutos antes.

Se odió por eso.

Pidió un café solo y eligió una mesa junto a la ventana, no demasiado al fondo, no demasiado expuesta. Lugar público, hora decente, ropa puesta. Llevaba pantalón negro, jersey gris, abrigo largo y el cabello suelto. Nada pensado para Noa, se dijo.

Mentira.

No para seducir.

Pero sí para no parecer deshecha.

Eso también importaba.

El café era pequeño, con mesas de madera, plantas junto a la ventana y gente hablando bajo. Afuera, la plaza tenía niños, perros, bicicletas, una pareja discutiendo con bolsas de supermercado. Vida normal alrededor de una conversación que a Maia le parecía cualquier cosa menos normal.

Noa llegó a las seis exactas.

Maia la vio antes de que entrara.

Abrigo oscuro. Cabello recogido. Cara cansada. La misma forma de caminar, aunque menos segura. Noa se detuvo en la puerta un segundo, como si tuviera que recordarse que había sido invitada a un lugar público y no a una vida.

Entró.

Sus ojos encontraron a Maia.

Ninguna sonrió.

Noa se acercó a la mesa.

—Hola.

—Hola.

Noa señaló la silla.

—¿Puedo?

Maia asintió.

Noa se sentó.

Durante unos segundos, el ruido del café pareció exageradamente presente: cucharas, tazas, una máquina de café expulsando vapor, alguien riendo al fondo. Maia agradeció esa vulgaridad. Les impedía volver la escena demasiado solemne.

—Gracias por venir —dijo Noa.

Maia tomó la taza.

—Dijiste que no ibas a pedirme nada.

Noa asintió.

—No lo haré.

—A veces agradecer parece una forma elegante de empezar.

Noa bajó la vista.

—Tienes razón.

Maia la miró.

—No vine para que midas cada frase.

Noa levantó los ojos.

Maia respiró.

—Tampoco vine para castigarte.

—Lo sé.

Maia hizo una mueca.

Noa corrigió antes de que ella dijera nada.

—Perdón. No lo sé. Lo estoy intentando entender.

Maia sostuvo su mirada.

Ahí estaba Noa: rota, cuidadosa, torpe de una forma nueva. No menos deseable. Eso era injusto. El deseo no había entendido nada del desastre. Seguía allí, vivo, reaccionando al movimiento de su boca, a sus manos sobre la mesa, a la voz baja. Maia sintió rabia hacia su propio cuerpo.

Pero no obedeció esa rabia.

—¿Dónde estás? —preguntó.

Noa entendió que no hablaba solo del lugar físico.

—En casa de Mateo. A veces en un hotel. Algunas cosas siguen en casa.

—¿Y Sofía?

Noa tragó saliva.

—En la casa.

Maia bajó la mirada a su café.

—La casa de ustedes.

—Sí.

La palabra fue honesta.

Maia la agradeció y la odió.

—¿Están separadas?

Noa no respondió enseguida.

—Estamos… —se detuvo.

Maia levantó los ojos.

Noa soltó aire.

—No voy a usar una palabra más suave para no sentirla. Sí. Estamos separándonos. No sé la forma legal, práctica, completa. Pero ya no vivo allí.

Maia sostuvo la taza con ambas manos.

El dato entró en ella despacio.

No alivió.

No como habría imaginado semanas atrás.

En otro momento, quizá esa frase habría parecido una puerta.

Ahora parecía una habitación llena de escombros.

—Lo siento —dijo Maia.

Noa la miró.

—¿Por mí?

—Por todas.

Noa bajó la vista.

—Sí.

El silencio fue largo, pero no vacío.

Maia habló primero:

—No quiero ser tu primera casa después de perder la tuya.

Noa cerró los ojos un segundo.

Cuando los abrió, había dolor, pero no sorpresa.

—Lo sé.

—No lo digo como frase bonita.

—Lo sé.

Maia la miró con advertencia.

Noa sostuvo la mirada.

—Esta vez creo que sí lo sé.

Maia respiró hondo.

—¿Por eso viniste? ¿Para demostrarme que no vas a pedirme eso?

—Vine porque no quería que lo último entre nosotras fuera una puerta cerrada después de una noche mala.

Maia sintió que algo se le ablandaba y se le defendía al mismo tiempo.

Noa continuó:

—Y porque te quiero. Pero no vine a usar esa frase para quedarme.

Maia apartó la vista hacia la ventana.

Afuera, un niño corría detrás de una pelota. Una mujer sujetaba a un perro que intentaba perseguirlo. La vida seguía empeñada en no respetar los dramas ajenos.

—Yo también te quiero —dijo Maia.

No miró a Noa al decirlo.

Quizá por eso pudo decirlo.

Cuando volvió la mirada, Noa estaba quieta. Muy quieta.

—No sabía si ibas a volver a decirlo —murmuró Noa.

Maia tragó saliva.

—Yo tampoco.