El nuevo plano Capítulo 42 Lo que no se pide #2
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Capítulo 42 Lo que no se pide #2

Noa llevó una mano hacia la taza, pero no la tomó. Sus dedos quedaron sobre la mesa, cerca, demasiado cerca.

Maia miró esa mano.

Recordó la pared del pasillo, la cama, la boca, el cuerpo entero de Noa pidiéndole algo que ninguna podía nombrar. El recuerdo no estaba apagado. Estaba ahí, debajo de la mesa, en la piel, en la distancia exacta entre sus dedos.

No tocó la mano.

Noa tampoco.

Eso fue casi más íntimo que tocarse.

—No quiero que esto se convierta en castigo —dijo Maia.

—¿Qué cosa?

—La distancia. El no vernos. El no tocarnos. No quiero usarlo para hacerte pagar. Pero tampoco quiero saltármelo porque te extraño.

Noa asintió despacio.

—No sé cómo hacerlo bien.

Maia sonrió apenas, triste.

—Yo tampoco. Pero empiezo a saber cómo hacerlo peor.

Noa casi sonrió.

—Eso ya es algo.

—Poco glamuroso.

—Nunca fuimos muy glamorosas.

Maia levantó una ceja.

—Habla por ti.

La sonrisa de Noa apareció apenas.

Fue pequeña.

Dolió por lo familiar.

Maia bajó la vista antes de que el cuerpo confundiera esa sonrisa con una invitación.

—Sofía me habló —dijo.

Noa se puso seria de inmediato.

—¿Cuándo?

—Antes del estreno. Y después, un poco. Fue… justa.

Noa cerró los ojos.

—Sí. Ella es eso incluso cuando una no lo merece.

Maia la miró.

—No la conviertas en santa para castigarte.

Noa abrió los ojos.

La frase la sorprendió.

Maia continuó:

—La lastimamos. Mucho. Pero no la uses para que todo lo que tú y yo sentimos parezca sucio y ella parezca intocable. Eso tampoco es justo.

Noa sostuvo su mirada.

—No sé cómo mirar lo que sentimos sin ver el daño.

—No tienes que separarlo del daño. Solo no lo reduzcas al daño.

Noa respiró hondo.

—Tú puedes hacer eso?

Maia tardó.

—No siempre.

La honestidad hizo que la conversación respirara.

Noa apoyó la espalda contra la silla.

—Sofía me dijo que si de verdad te quería, no te usara para no sentir esto.

Maia bajó la mirada.

—Tiene razón.

—Sí.

—¿Y puedes?

Noa no respondió rápido.

Eso fue bueno.

—No sé si puedo todavía —dijo—. Pero estoy intentando no acercarme cuando lo que quiero es caer.

Maia sintió que esa frase sí le importaba.

—Yo no puedo sostenerte así.

—No quiero pedirte eso.

—Pero podrías quererlo.

—Lo quiero.

Maia la miró.

Noa no apartó la vista.

—Quiero ir a tu casa. Quiero que me abras. Quiero dormir en una cama que no sea prestada. Quiero que me mires como esa noche antes de que todo se volviera malo. Quiero tocarte. Quiero que me digas que no destruí todo lo que podía querer. Quiero muchas cosas que no tengo derecho a pedirte.

Maia sintió que la respiración se le quebraba apenas.

Noa bajó la voz:

—Por eso no te las estoy pidiendo.

La frase quedó entre ellas.

Maia tuvo que mirar por la ventana para no llorar.

No de tristeza solamente.

También de deseo.

También de amor.

También de rabia porque Noa, así, era más difícil de rechazar que cuando llegaba hecha urgencia.

—Yo quiero que me las pidas —dijo Maia al fin.

Noa cerró los ojos.

Maia continuó, con la voz baja:

—Una parte de mí quiere eso. Que lo pidas todo. Que seas egoísta. Que me des una excusa para dejar de ser sensata.

Noa la miró.

—Maia.

—Pero hay otra parte de mí que se quiere demasiado para aceptar.

Noa no dijo nada.

Maia sonrió con dolor.

—Esa parte llegó tarde, pero llegó.

—Me alegra.

—No parece.

—No. Me duele. Pero me alegra.

Maia sostuvo su mirada.

Ahí estaba la diferencia.

Una pequeña.

Importante.

Noa podía dolerse sin convertirlo en deuda.

El camarero se acercó a preguntar si querían algo más. Las dos dijeron que no al mismo tiempo. Ese mínimo choque de voces las hizo sonreír, y la sonrisa las hirió por igual.

Maia miró la hora.

Habían pasado cuarenta y dos minutos.

—Me voy a ir antes de que sea difícil irme —dijo.

Noa tragó saliva.

—Está bien.

Maia la miró.

Noa levantó una mano.

—No. Espera. No lo dije como resignación aprendida. Lo dije porque me parece bien que lo hagas.

Maia la observó.

—Mejor.

Noa asintió.

Maia tomó el abrigo.

Noa no se levantó enseguida. Maia agradeció que no la acompañara hasta la puerta como si la escena necesitara un cierre cinematográfico.

Pero al ponerse de pie, algo la detuvo.

—Noa.

Ella levantó la vista.

Maia respiró.

—No quiero que desaparezcas.

La frase salió antes de que pudiera hacerla más fuerte.

Noa se quedó inmóvil.

—Pero tampoco quiero que vuelvas como antes —añadió Maia—. No sé qué queda en medio.

Noa sostuvo su mirada.

—Podemos averiguarlo sin escondernos.

Maia sintió que la palabra podemos era peligrosa.

Pero no la rechazó.

—No ahora.

—No.

—Después.

—Si existe.

Maia asintió.

—Si existe.

Noa se levantó entonces.

La distancia entre ellas quedó de pie también.

Noa metió las manos en los bolsillos del abrigo, como si necesitara impedirse tocarla.

—¿Puedo decirte algo sin que suene a pedir?

Maia la miró.

—Prueba.

Noa respiró.

—Estuviste brillante en el estreno. No porque dolieras. No porque todo esto estuviera debajo. Estuviste brillante porque eras tú.

Maia sintió que los ojos se le llenaban.

Esa vez no se enfadó.

—Gracias.

Noa asintió.

—De nada.

Maia dio un paso hacia la puerta.

Noa no la siguió.

Antes de salir, Maia volvió la cabeza.

—Yo también te vi.

Noa no entendió enseguida.

Maia dijo:

—Irte sin acercarte.

Noa bajó la mirada.

—No sabía si lo habías notado.

—Lo noté.

—No quería reclamarte nada esa noche.

—Lo sé.

Maia dejó que esa palabra viviera sin corregirla.

—Gracias —dijo.

Luego salió.

Noa se quedó en el café.

No se movió hasta que Maia cruzó la plaza y desapareció por una calle lateral.

Solo entonces se sentó otra vez.

No lloró.

No escribió.

No fue detrás.

Por primera vez, quedarse quieta no le pareció cobardía.

Le pareció una forma de querer que todavía no sabía usar bien.

Maia caminó sin prisa.

El aire frío le tocó la cara. No lloró hasta doblar la esquina. Fue breve. Dos lágrimas, tal vez tres. No se detuvo a limpiarlas enseguida.

No se sentía destruida.

Se sentía triste.

Y extrañamente entera.

Al llegar al metro, tomó el móvil.

Valeria había escrito:

Valeria: ¿Sigues viva?

Maia respondió:

Maia: Sí.

Valeria: ¿Ropa puesta?

Maia soltó una risa en medio de la estación.

Maia: Toda.

Valeria: Milagro civilizatorio.

Maia sonrió.

Después escribió:

Maia: Fue triste. Pero estuvo bien.

Valeria tardó.

Valeria: Eso existe.

Maia guardó el móvil.

Sí.

Eso existía.

No arreglaba la casa de Sofía. No devolvía la confianza. No borraba la noche mala. No prometía futuro.

Pero existía.

Una conversación sin cama.

Un amor sin refugio inmediato.

Una puerta que no se abrió del todo.

Y Maia, al entrar al metro con el abrigo cerrado y el cuerpo todavía recordando a Noa, entendió que quizás esa era la primera vez que ambas habían hecho algo parecido a cuidarse.

No como antes.

No como deseaban.

Pero sí como podían sin volver a mentir.