Capítulo 41 Después de la luz #2
Caminó por Lavapiés, sin ruta. Compró café en un sitio pequeño, lo tomó de pie en la barra, salió, entró en una librería, tocó lomos de libros sin leer títulos, compró una postal vieja de un puente en Oporto porque le pareció una estupidez necesaria.
A las doce y media encendió el móvil.
Noa no había escrito.
Sofía tampoco.
Valeria sí.
Valeria: Hoy no tenemos ensayo hasta las seis. Sofía confirmó. No vengas antes para sufrir con decorado.
Maia respondió:
Maia: Estoy caminando.
Valeria: Bien. Camina en dirección a comida.
Maia: Qué obsesión.
Valeria: Qué historial.
Maia sonrió.
Guardó el móvil.
Pero antes de apagar la pantalla, vio el chat de Noa.
Lo abrió.
No escribió.
Miró el espacio vacío donde podría haber puesto tantas cosas: ¿fuiste a casa? , ¿hablaste con ella? , ¿estás bien? , te vi irte , gracias por no acercarte , te extraño , no vengas .
Ninguna frase podía cargar sola con todo eso.
Cerró el chat.
Siguió caminando.
A la tarde, el teatro fue más silencioso.
No había función esa noche, solo revisión técnica y descanso parcial del elenco. Sofía llegó con el rostro compuesto, Valeria con menos café que de costumbre y Maia con el cuerpo todavía dolorido del estreno.
Trabajaron lo mínimo necesario.
Noa no apareció.
Nadie lo dijo.
Sofía tampoco la nombró.
En una pausa, Valeria encontró a Maia sentada en el borde del escenario, atándose una zapatilla.
—Hoy pareces más viva que ayer —dijo.
Maia tiró del cordón.
—Ayer estaba viva. Solo no tenía espacio para notarlo.
Valeria se sentó a su lado.
No demasiado cerca.
Pero a su lado.
—Sofía habló con Noa.
Maia se quedó quieta.
—¿Te lo dijo?
—No. La conozco. Y Noa no apareció en ningún lugar donde no debía aparecer. Eso ya es una señal de intervención divina o conversación traumática.
Maia bajó la mirada.
—No me escribió.
—Bien.
Maia miró a Valeria.
—¿Bien?
Valeria sostuvo su mirada.
—Sí. Bien. No porque no duela. Porque si te escribiera ahora para caerse encima de ti, sería injusto.
Maia asintió.
—Lo sé.
Valeria dejó que esa frase pasara.
—¿Quieres que lo haga?
Maia pensó.
La respuesta correcta habría sido no.
La verdadera era más compleja.
—Quiero muchas cosas —dijo—. No todas me convienen.
Valeria la miró con algo parecido al orgullo.
—Eso fue casi adulto.
—Estoy insoportable.
—Un poco.
Maia sonrió apenas.
Después miró la platea vacía.
—Anoche se fue sin acercarse.
—Lo vi.
—Me dolió.
—Lo imaginé.
—También lo agradecí.
Valeria asintió.
—Las dos cosas pueden estar.
Maia respiró.
—Me estoy hartando de que todas las cosas puedan estar.
Valeria soltó una risa breve.
—Bienvenida a la adultez. Es un fraude.
Maia rió.
No duró mucho.
Pero fue real.
Sofía las vio desde la platea.
No se acercó.
Durante un segundo observó a Maia y Valeria sentadas en el borde del escenario, separadas por una distancia pequeña, intentando encontrar una forma nueva de estar cerca. Sintió dolor. También alivio. También rabia por sentir alivio.
Después miró hacia la cabina.
Había trabajo que hacer.
Al terminar la jornada, Sofía se fue primero.
Valeria quedó resolviendo un correo. Maia recogió su mochila.
En la salida lateral, se encontró con Sofía.
Ninguna esperaba a la otra.
Se quedaron quietas.
El pasillo estaba casi vacío.
Sofía llevaba el abrigo sobre el brazo. Maia, la mochila colgada y el cabello suelto.
—Buen trabajo hoy —dijo Sofía.
Maia asintió.
—Gracias.
Sofía miró hacia la puerta.
Parecía que iba a irse.
Después dijo:
—Noa no va a venir al teatro.
Maia sintió que el aire cambiaba.
—De acuerdo.
—Se lo pedí yo.
—Está bien.
Sofía la miró.
—No te lo digo para tranquilizarte.
Maia sostuvo su mirada.
—Lo sé.
—Te lo digo porque no quiero más apariciones en pasillos ni gestos que yo tenga que fingir que no veo.
Maia bajó la vista.
—No habrá.
—¿Puedes prometer eso por ella?
Maia levantó los ojos.
—No. Pero puedo prometerlo por mí.
Sofía la observó.
Algo en esa respuesta pareció interesarle. O dolerle menos.
—Bien.
Maia tragó saliva.
—Sofía.
Ella esperó.
Maia eligió las palabras con cuidado.
—No voy a correr hacia ella.
Sofía no respondió.
Maia continuó:
—No te lo digo para que me creas mejor. No lo soy. Pero no voy a convertir lo que pasó en una excusa para entrar en su vida rota.
Sofía sostuvo su mirada.
—Eso sería lo mínimo.
La frase fue dura.
Maia la aceptó.
—Sí.
Sofía respiró.
—Y aun así, me alegra que lo sepas.
Maia sintió que esa pequeña concesión le dolía más que un reproche.
—Gracias.
Sofía abrió la puerta lateral.
El aire frío entró al pasillo.
Antes de salir, dijo:
—No desperdicies la obra.
Maia asintió.
—No lo haré.
Sofía se fue.
Maia se quedó unos segundos en la puerta abierta.
Valeria apareció detrás.
—¿Estás bien?
Maia miró hacia la calle.
—No.
Valeria se puso a su lado.
—¿Pero estás?
Maia respiró el aire frío.
—Sí.
—Bien.
Noa pasó la noche en casa de Mateo.
No porque quisiera compañía.
Porque el hotel se había vuelto demasiado parecido a una sala de espera y porque Mateo le había enviado un mensaje a las siete:
Mateo: Mi bicicleta estática pregunta si vas a venir a sufrir aquí o si prefiere oxidarse sola.
Noa llegó con la bolsa y una cara que Mateo no comentó.
La habitación de invitados era tan horrible como prometió: una cama estrecha, una bicicleta estática, una estantería con manuales viejos y una lámpara que hacía un zumbido leve.
—Es espantosa —dijo Noa.
—Gracias. Me esforcé.
Mateo le dio una manta.
No le preguntó por Sofía.
No le preguntó por Maia.
Le hizo pasta.
Demasiada.
Comieron en silencio en una mesa pequeña. Después Mateo lavó los platos y Noa se quedó mirando la ventana.
—Sofía me dijo que no use a Maia para no sentir esto —dijo al fin.
Mateo apagó el grifo.
—Sofía es inteligente incluso destrozada. Qué molesto.
Noa cerró los ojos.
—Sí.
Mateo se secó las manos.
—¿Vas a hacerle caso?
Noa miró la mesa.
—Estoy aprendiendo a quedarme quieta. Tarde, pero estoy aprendiendo.
Mateo se sentó frente a ella.
—Noa.
Ella levantó la vista.
—Entonces quédate quieta esta noche. Con eso alcanza.
Noa soltó una risa breve, quebrada.
—Qué cruel.
—Sí. Pero cociné pasta. Compensa.
Noa bajó la mirada.
—La quiero.
Mateo no preguntó a cuál.
Quizá porque entendió que esa era parte de la tragedia.
—Ya —dijo.
Noa respiró.
—A las dos.
Mateo apoyó los codos en la mesa.
—Entonces no hagas que tu confusión sea trabajo extra para ellas.
Noa cerró los ojos.
Durante mucho tiempo, se quedó así.
Maia llegó a su apartamento cerca de las diez.
Dejó la mochila en la entrada. Se quitó los zapatos. Bebió agua. Abrió el cajón donde estaba el sobre con el botón de Noa.
Lo sacó.
Lo sostuvo.
Después tomó una postal vieja, la del puente de Oporto que había comprado esa mañana. La miró un momento y sonrió con tristeza. La postal no tenía nada que ver con Noa. Eso le gustó.
Guardó el botón dentro del sobre otra vez y lo dejó en el cajón.
Luego apoyó la postal en la mesa de noche.
Una cosa propia junto a la cama.
Pequeña.
Absurda.
Suficiente.
Antes de dormir, encendió el móvil.
Noa no había escrito.
Maia abrió el chat.
Esta vez sí escribió.
Maia: Vi que te fuiste anoche sin acercarte.
Se quedó mirando la frase.
Luego añadió:
Maia: Gracias.
No envió.
No todavía.
Leyó las dos líneas varias veces.
Después las borró.
Bloqueó el móvil.
Lo dejó sobre la mesa.
Se acostó.
No quería que lo último entre ellas fuera la noche mala. Tampoco quería abrir una puerta antes de estar segura de que podía sostenerse si Noa cruzaba.
Así que esa noche no escribió.
Noa tampoco.
Y entre esos dos silencios, por primera vez, hubo algo que no era solo miedo.
Había una espera distinta.
No la espera de Maia disponible en una casa.
No la espera de Noa buscando refugio.
Una espera más dura, más adulta, casi limpia.
La clase de espera que no promete que alguien volverá.
Solo deja espacio para que, si vuelve, no encuentre la misma mentira esperándolo todo.