Capítulo 41 Después de la luz
La mañana posterior al estreno no tuvo música.
Eso fue lo primero que Maia notó al despertar.
No había bajo grave atravesando la madera del escenario, ni voces técnicas desde la cabina, ni Valeria diciendo que alguien había perdido algo imposible, ni Sofía pidiendo una repetición más con esa calma que siempre significaba exactamente lo contrario.
Había silencio.
Un silencio de apartamento, de persiana a medio bajar, de cuerpo usado hasta el límite y todavía tibio por dentro. Maia abrió los ojos y tardó unos segundos en recordar que no tenía que ir al teatro temprano. El estreno había sido la noche anterior. La obra ya había salido al mundo.
Y había salido viva.
Ese pensamiento debería haberla llenado de alivio.
Lo hizo, en parte.
Después llegó todo lo demás.
Sofía bajo la luz, sin levantarle la mano.
Valeria abrazándola y diciendo estoy orgullosa y sigo enfadada .
Noa en la sala, atrás, lejos. Noa yéndose sin escribir.
El botón blanco en el sobre del cajón. El nombre de Sofía impreso en la portada del programa.
El suyo debajo, dentro de la obra. El de Noa en ninguna parte y, aun así, en demasiados lugares.
Maia se incorporó despacio.
El cuerpo le dolía de forma limpia. Gemelos, cadera, espalda alta, costillas. Dolor de función. Dolor ganado. Dolor que no pedía explicación moral.
Fue a la cocina, puso agua a calentar y miró el móvil sobre la mesa.
Encendido.
Sin mensajes de Noa.
Había uno de Valeria.
Valeria: ¿Estás viva o tengo que enviar producción a identificar el cuerpo?
Maia sonrió.
Respondió:
Maia: Viva. Dramática, pero viva.
Valeria: Lo segundo ya lo sabía.
Maia: Gracias por el abrazo de anoche.
Valeria tardó más.
Valeria: No te acostumbres.
Maia leyó el mensaje y sintió algo pequeño acomodarse en el pecho.
No era perdón.
No era antes.
Pero era una mano todavía allí, aunque ya no sostuviera todo.
Escribió:
Maia: No.
Después dejó el móvil boca abajo.
No le escribió a Noa.
No todavía.
No sabía si era orgullo, dignidad, miedo o apenas cansancio. Quizá todo. Quizá, por primera vez, no necesitaba clasificarlo para obedecerlo.
En la casa, Sofía despertó antes de que sonara la alarma.
Había dormido poco, pero mejor de lo esperado. El cuerpo, agotado por el estreno, había terminado imponiéndose al dolor durante unas horas. Al abrir los ojos, tuvo un segundo limpio, sin memoria.
Después miró el otro lado de la cama.
Vacío.
Y todo volvió.
Se levantó sin prisa. Se duchó. Se vistió con ropa cómoda. Fue a la cocina y encontró las flores del estreno todavía junto al fregadero, sin agua. Las miró con una mezcla extraña de ternura y rechazo. No merecían secarse ahí solo porque ella no hubiera soportado buscar un florero.
Sacó uno del armario más alto.
Le costó alcanzarlo. Noa siempre lo bajaba por ella sin hacer comentarios, aunque luego reordenara el estante como si el armario fuera un problema ético. Sofía se quedó quieta con el florero en las manos.
El recuerdo no fue dramático.
Fue doméstico.
Eso lo volvió peor.
Puso las flores en agua.
Después vio la pila de ropa de Noa sobre una silla. La camisa blanca sin botón seguía encima.
La tomó.
No quería tocarla.
La tocó igual.
El hueco pequeño donde faltaba el botón parecía una burla de la materia: tan poco para decir tanto. Sofía dejó la camisa de nuevo, tomó el móvil y abrió el chat de Noa.
No había mensajes nuevos desde la noche anterior.
Eso, por primera vez, no la enfureció.
Quizá Noa estaba aprendiendo a no llenar cada silencio con su necesidad. O quizá no sabía qué decir. O quizá estaba esperando que Sofía marcara la hora, el lugar, la forma.
Bien.
Esta vez Sofía podía marcar algo.
Escribió:
Sofía: Ven a las once. Hablamos en casa.
La respuesta llegó dos minutos después.
Noa: Voy.
Nada más.
Sofía apoyó el móvil sobre la mesa.
Miró la casa.
La casa donde habían vivido siete años. Donde habían comprado sillas discutiendo por el color.
Donde Sofía había ensayado escenas en voz baja mientras Noa fingía no escuchar.
Donde Noa había leído informes en el sofá con los pies sobre la mesa aunque insistiera en que odiaba el desorden. Donde habían invitado a Maia a cenar.
Sofía cerró los ojos.
A las once menos cinco, Noa estaba en la puerta.
No llamó con su llave.
Tocó timbre.
Ese gesto le dolió a Sofía más de lo previsto.
Abrió.
Noa estaba del otro lado con el abrigo puesto y una bolsa pequeña en la mano. Tenía la cara cansada, el pelo recogido sin cuidado y los ojos de alguien que había pasado demasiadas horas mirando una pared.
—Hola —dijo.
—Hola.
Sofía se apartó para dejarla entrar.
Noa cruzó el umbral con una cautela nueva. Como si la casa ya no pudiera reconocerla del todo. Tal vez no podía.
Dejó la bolsa junto a la entrada.
Sofía la vio.
—¿Trajiste cosas?
—Solo algunas.
—Bien.
La palabra salió neutra.
Noa la aceptó.
Fueron a la cocina. No al salón. No al dormitorio. La cocina era cruel por sus recuerdos, pero también era práctica. Había mesa. Había sillas. Había agua. Había menos riesgo de convertir la conversación en escena.
Sofía se sentó primero.
Noa esperó un segundo antes de sentarse frente a ella.
La distancia de la mesa era correcta.
Horrible.
—Vi la obra —dijo Noa.
Sofía no respondió enseguida.
—Lo sé.
—Fue hermosa.
—Sí.
La palabra no tuvo modestia.
Sofía no estaba para fingir.
Noa asintió.
—Maia estuvo…
Sofía levantó una mano.
Noa se detuvo.
—No necesito que me hables de ella ahora.
Noa cerró la boca.
—Perdón.
Sofía respiró hondo.
—Voy a decirte algunas cosas. No quiero que las ordenes, ni que las respondas enseguida, ni que intentes convertirlas en algo manejable.
Noa sostuvo su mirada.
—De acuerdo.
—No sé si quiero seguir contigo.
La frase cayó limpia.
Noa no se movió.
Sofía continuó antes de que cualquier gesto pudiera llenarlo todo.
—No digo eso para castigarte. Lo digo porque es verdad. Hay una parte de mí que todavía te quiere. Hay una parte de mí que anoche, cuando vi que te habías ido sin acercarte, pensó: al menos entendió algo. Y odié sentir alivio por una cosa tan mínima.
Noa bajó la mirada.
—Pero también hay una parte de mí que no sabe cómo volver a dejarte entrar en una habitación sin preguntarse dónde estuviste antes.
Noa cerró los ojos.
Sofía siguió:
—No rompiste solo la fidelidad. Rompiste la forma en que yo confiaba en mi propia casa.
Noa no respondió.
La frase no pedía respuesta.
—Y eso no se arregla con que me quieras —dijo Sofía—. Ni con que me digas que también me deseabas. Ni con que lo de Maia haya sido real. Quizá fue real. No lo dudo tanto como me gustaría. Pero que algo sea real no lo vuelve justo.
Noa levantó los ojos.
Tenía lágrimas contenidas, pero no las usó.
Eso, Sofía lo notó.
—Lo sé —dijo Noa.
Sofía la miró con cansancio.
Noa corrigió:
—Perdón. Quiero decir… sí. Tienes razón. No alcanza.
—No.
El silencio fue largo.
Sofía se levantó, sirvió dos vasos de agua y dejó uno frente a Noa. No era cuidado. O sí. Ya no sabía separar esas cosas.
Volvió a sentarse.
—Voy a pedirte que no vuelvas a dormir aquí por ahora.
Noa asintió.
—De acuerdo. No voy a hacerte cargar también con eso.
—Puedes venir a buscar tus cosas cuando yo no esté. O puedo prepararlas.
—No quiero que tengas que prepararlas tú.
Sofía sonrió sin humor.
—Noa, ya preparé demasiado para ti sin saberlo.
Noa recibió el golpe.
—Perdón.
Esta vez Sofía no la corrigió.
Quizá porque la palabra ya no pretendía resolver.
—No voy a hablar con Maia otra vez hasta que termine la temporada —dijo Sofía—. Le dije lo que necesitaba decirle. La obra sigue. Después, se acaba nuestro vínculo profesional.
Noa miró sus manos.
—Ella te respeta mucho.
Sofía cerró los dedos alrededor del vaso.
—No hagas eso.
Noa levantó la vista.
—¿Qué?
—No intentes traerme su respeto como si fuera una manta. No ahora.
Noa tragó saliva.
—No lo dije para ablandarte. Lo dije porque es verdad y porque también forma parte de esto.
Sofía la miró, cansada.
—Ahora no puedo hacer nada con esa verdad.
Sofía suspiró.
—Esto es agotador.
—Sí.
—No tanto para ti como para mí, espero.
Noa casi sonrió de dolor.
—No.
La casa volvió a quedar en silencio.
Desde la calle llegó el ruido de un camión, una bocina lejana, alguien cerrando una puerta. Vida normal. Esa insistencia de la vida común le pareció a Sofía casi ofensiva.
—¿Estás con ella? —preguntó.
Noa se quedó quieta.
—No.
—¿No porque no quieres o porque ella no te deja?
Noa no respondió enseguida.
Sofía se inclinó apenas hacia adelante.
—No me protejas.
Noa respiró.
—Porque ella no quiere ser mi refugio ahora. Y porque yo… yo no debería pedirle eso.
Sofía sostuvo su mirada.
—Al menos alguien está pensando con dignidad.
La frase salió dura.
Noa bajó la vista.
Sofía sintió el filo de su propia crueldad y no se arrepintió del todo.
—Si de verdad la quieres —dijo—, no la uses ahora para no sentir esto.
Noa cerró los ojos.
Ahí sí una lágrima cayó.
Una sola.
Sofía la vio.
No se movió.
—No voy a hacerlo —dijo Noa.
—No me lo prometas a mí.
Noa abrió los ojos.
—No.
Sofía se levantó.
La conversación, por ahora, había terminado. No porque estuviera todo dicho, sino porque el cuerpo no podía más.
Noa también se levantó.
—¿Quieres que me lleve la bolsa?
Sofía miró hacia la entrada.
—Sí.
Noa asintió.
Recogió la bolsa.
En la puerta, se detuvo.
—Sofía.
Ella la miró.
Noa respiró como si cada palabra tuviera que cruzar una distancia enorme.
—La obra fue tuya. Anoche. Todo lo que estuvo bien ahí… fue tuyo.
Sofía sintió que la frase la tocaba en un lugar peligroso.
—No todo.
—Lo suficiente.
Sofía tragó saliva.
—Vete, Noa.
Noa asintió.
—Sí.
Salió.
Sofía cerró la puerta.
Apoyó la espalda contra ella.
No lloró.
No todavía.
Del otro lado, Noa permaneció en el pasillo unos segundos con la bolsa en la mano.
Luego se fue.
Maia pasó la mañana caminando.
No quería quedarse en el apartamento. No quería ir al teatro antes de tiempo. No quería ver mensajes. No quería que el cuerpo, todavía lleno del estreno, se convirtiera en una jaula.