El nuevo plano Capítulo 39 La confianza que queda
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Capítulo 39 La confianza que queda

Sofía llegó al teatro antes que nadie.

No porque quisiera evitar a Maia.

No solo por eso.

Llegó temprano porque la casa se había vuelto demasiado silenciosa y porque el teatro, incluso roto, seguía teniendo una estructura que obedecía. Puertas, luces, marcas en el suelo, horarios. Una podía llegar, abrir un cuaderno, revisar una escena, corregir una entrada. Una podía sostener algo.

En la casa no.

En la casa había una cama grande que ya no sabía qué significaba, un cuarto pequeño con una manta arrugada, una nota de Noa sobre la mesa y una taza que Sofía había dejado sin lavar por pura incapacidad de tocar otra cosa.

En el teatro, al menos, las cosas tenían nombre.

Sofía entró por la puerta lateral, encendió la luz de trabajo y caminó hasta la platea con el abrigo todavía puesto. Se sentó en la sexta fila, abrió el cuaderno y miró el escenario vacío.

La escalera metálica seguía allí.

Le pareció injusto que los objetos no se avergonzaran.

El móvil vibró en su bolso.

Noa.

No llamada.

Mensaje.

Sofía tardó en abrirlo.

Noa: Estoy en el hotel. No voy a ir al centro hasta la tarde. No voy a acercarme al teatro. Si necesitas algo práctico, dímelo.

Sofía leyó el mensaje una vez.

Después lo bloqueó.

No respondió.

No porque quisiera castigarla.

Porque no había nada práctico que Noa pudiera darle.

A las ocho y media, Valeria entró en la sala con dos cafés.

Se detuvo al verla.

—Llegaste temprano.

Sofía no giró.

—Tú también.

Valeria bajó la vista a los vasos.

—Traje café.

—No quiero.

Valeria asintió.

No insistió.

Dejó uno sobre una butaca cercana, como quien deja una ofrenda que sabe que quizá será rechazada.

—Producción confirmó el horario de prensa —dijo.

Sofía cerró el cuaderno.

—No ahora.

Valeria se quedó quieta.

—Está bien.

El silencio no era cómodo. Quizá nunca volvería a serlo del todo.

Sofía miró el escenario.

—¿Maia llegó?

—No.

—Cuando llegue, dile que quiero hablar con ella antes de empezar.

Valeria tragó saliva.

—Sí.

Sofía giró al fin.

Valeria tenía la cara cansada. No solo de dormir poco. De haber vivido demasiado tiempo en una habitación moral sin ventanas.

Sofía lo vio.

No la ablandó.

Pero lo vio.

—Tú no entres —dijo.

Valeria asintió.

—No iba a hacerlo.

—Bien.

Valeria sostuvo la carpeta contra el pecho.

—Sofía…

—No.

Valeria cerró la boca.

Sofía bajó la mirada al café abandonado.

—Hoy no puedo contigo tampoco.

La frase salió más sincera que cruel.

Valeria la recibió como ambas cosas.

—Lo entiendo.

—Odio que todos entiendan todo ahora.

Valeria respiró hondo.

—Yo también.

Sofía miró hacia el escenario otra vez.

—Avísame cuando llegue.

Valeria salió.

El café quedó en la butaca, intacto.

Maia llegó a las nueve y cuatro.

Valeria estaba en el pasillo. No caminaba. Esperaba.

Eso fue suficiente para que Maia entendiera.

—¿Quiere hablar conmigo?

Valeria asintió.

—Antes de empezar.

Maia apretó la correa de la mochila.

Había dormido poco. Tenía el rostro limpio, el pelo recogido, ropa de ensayo debajo del abrigo.

En el bolsillo interior llevaba el botón blanco de la camisa de Noa.

No sabía por qué lo había metido allí antes de salir.

Quizá porque dejarlo en el apartamento le parecía una forma de que la noche siguiera respirando sola.

Quizá porque tirarlo todavía era una decisión demasiado limpia.

Ahora le pesaba como una piedra mínima.

—¿Está sola?

—Sí.

Maia asintió.

Valeria la miró.

—No intentes hacerlo bien.

Maia soltó una risa breve, sin humor.

—Qué consejo horrible.

—Lo digo en serio. No hay forma de hacerlo bien. Solo no lo hagas peor intentando parecer noble.

Maia sostuvo su mirada.

—No voy a pedirle perdón para que me perdone.

Valeria respiró.

—Eso ayuda.

—¿Ayuda a quién?

Valeria no respondió.

Maia dejó la mochila junto a la pared.

—¿Tú estás bien?

Valeria la miró con una mezcla de ternura y cansancio.

—Maia.

—Sí. Pregunta idiota.

—No idiota. Solo tarde.

Maia bajó la mirada.

—Lo sé.

Valeria cerró los ojos un instante.

Después señaló la sala con la cabeza.

—Ve.

Maia caminó hacia la platea.

El teatro estaba casi vacío. Solo una luz de trabajo caía sobre el escenario, dejando la mayor parte de las butacas en penumbra. Sofía estaba sentada en la sexta fila. No se levantó cuando Maia entró.

Maia se detuvo en el pasillo central.

—Buenos días.

Sofía la miró.

—Buenos días.

La formalidad dolió.

Maia no se acercó más de lo necesario.

—Valeria me dijo que querías hablar conmigo.

—Sí.

Sofía señaló una butaca a dos asientos de distancia.

—Siéntate.

Maia obedeció.

No porque Sofía tuviera autoridad sobre su culpa.

Porque esa distancia, elegida por Sofía, era lo mínimo que podía respetar.

Durante unos segundos, ninguna habló.

Maia miró el escenario. Había pasado tantas horas allí que el cuerpo reconocía las marcas incluso desde la platea. La diagonal. La escalera. El punto donde la luz caía sobre la cara. El lugar donde Sofía había levantado su mano después de la previa.

No debía pensar en eso.

Por supuesto, pensó.

Sofía habló primero.

—No voy a preguntarte detalles.

Maia cerró los dedos sobre sus rodillas.

—Está bien.

—No porque no importen. Importan. Pero no quiero tener imágenes que después tenga que dirigir encima.

Maia sintió que la frase le cortaba la respiración.

—Entiendo.

Sofía la miró.

—No uses esa palabra demasiado rápido.

Maia bajó la vista.

—No.

Sofía apoyó el cuaderno cerrado sobre sus piernas.

—No sé qué eres para Noa. No sé qué cree Noa que eres. No sé qué te prometió o qué no te prometió. No sé si ustedes tampoco lo saben. Ahora mismo, honestamente, no me importa.

Maia recibió cada frase sin moverse.

Sofía siguió:

—Lo que sí sé es que yo te abrí una puerta.

Maia cerró los ojos un segundo.

—Sí.

—Te llevé a su centro porque confiaba en ella. Y confiaba en ti. No de la misma manera, claro. Pero confiaba.

Maia sostuvo la mirada en el suelo.

—Lo sé.

Sofía rió apenas.

No hubo humor.

—Otra vez.

Maia levantó los ojos.

—No sé qué decir que no suene vacío.

—Quizá nada.

Maia aceptó el golpe.

Sofía miró hacia el escenario.

—Cuando llegaste estabas enfadada con tu cuerpo.

Maia se quedó quieta.

—No rota. No frágil. Enfadada. Querías volver a mandar sobre algo que no respondía. Y yo te vi antes de que tú pudieras verte completa otra vez.

Maia sintió que los ojos le ardían.

—Sí.

—Noa también te vio.

La frase cambió el aire.

Maia tragó saliva.

Sofía no la miró.

—Ahí está una parte que todavía no sé dónde poner. Que mi trabajo y el suyo hayan tocado el mismo lugar en ti. Que algo de lo que apareció en escena venga también de algo que me destruye.

Maia respiró con dificultad.

—No quise usar la obra para eso.

—No te estoy preguntando qué quisiste.

Maia cerró la boca.

Sofía giró hacia ella.

—Estoy cansada de las intenciones de todos.

La frase era de Sofía, pero Maia sintió que también podía haberla dicho ella.

Quizá por eso dolió más.

—Lo siento —dijo Maia.

Sofía sostuvo su mirada.

—¿Qué sientes?

Maia no respondió enseguida.

La pregunta no pedía una disculpa automática. Pedía precisión. Como en escena. Como cuando Sofía detenía una entrada y exigía saber desde dónde venía el movimiento.

Maia respiró.

—Siento haber aceptado tu confianza y haber estado con Noa mientras tú seguías dándomela.

Sofía no se movió.

Maia continuó, con la voz baja pero firme:

—Siento haber dejado que Valeria quedara en medio. Siento haber bailado bajo tu dirección llevando algo que te estaba ocultando. Siento que parte de mí quisiera explicar que no fue simple, porque no lo fue, pero sé que eso no cambia lo que te hice.

Sofía la miró durante largo rato.

—Eso se parece más a algo.

Maia tragó saliva.

—No espero que me perdones.

—Bien.

La rapidez de Sofía fue brutal.

Maia asintió.

—Bien.

Sofía volvió a mirar el escenario.

—No quiero humillarte.

Maia cerró los dedos sobre el borde de la butaca.

—Lo sé.

Sofía la miró de nuevo.

Maia corrigió:

—Perdón. No lo sé. Lo agradezco.

Sofía aceptó esa corrección con un silencio.

—No quiero humillarte —repitió—. No quiero destruirte profesionalmente. No quiero arruinar la obra para demostrar que tengo derecho a estar herida. Y créeme, tengo derecho.

—Sí.

—Pero tampoco voy a fingir que puedo mirarte igual.

Maia sintió que algo se hundía, aunque lo esperaba.

—No.

—Cuando esto termine, también termina nuestro vínculo profesional.

La frase llegó limpia.

Maia no respiró.

Sofía la sostuvo sin suavizarla.

—No voy a renovarte. No voy a dirigir tu siguiente proceso.

No voy a recomendarte desde la confianza íntima con la que pensaba hacerlo.

Si alguien me pregunta por tu trabajo, voy a decir la verdad: eres brillante, disciplinada, potente.

Eso no cambió. Pero yo no puedo volver a abrirte una sala como abrí esta.

Maia sostuvo la mirada de Sofía.

El dolor fue profundo.

Pero no injusto.

—Lo entiendo —dijo.

Esta vez Sofía no la corrigió.

Quizá porque la frase tardó lo suficiente en salir.

Maia bajó la vista a sus manos.

—Gracias por no quitarme la obra.

Sofía cerró los ojos.

—No me agradezcas eso.

Maia la miró.

Sofía abrió los ojos.

—No lo hago por ti solamente. Lo hago por mí. Por la obra. Por el equipo. Porque lo que construimos no merece convertirse en una venganza improvisada.

Maia asintió.

—Sí.

—Y porque, aunque ahora me irrite admitirlo, tú estás sosteniendo algo importante en escena.

Maia sintió que se le quebraba la voz antes de hablar.

—Tú me enseñaste a sostenerlo.

Sofía la miró.

Durante un segundo, el dolor cedió espacio a otra cosa. No perdón. No ternura limpia. Pero sí reconocimiento.

—Entonces no lo uses para caerte.

Maia respiró hondo.

—No lo haré.

—Eso espero.

El silencio volvió.

Menos filoso.

Más triste.

Maia metió una mano en el bolsillo del abrigo sin pensar y tocó el botón. Lo soltó enseguida, como si quemara.

Sofía vio el gesto.

No el objeto.

El gesto.

Maia retiró la mano.

—¿Noa está en casa? —preguntó Sofía.

La pregunta la tomó desprevenida.

—No lo sé.

—¿No hablaste con ella?

Maia negó.

—No desde antes de que… desde antes de ayer.

Sofía la observó.

—¿Por elección?