Capítulo 39 La confianza que queda #2
Maia pensó en el móvil apagado, en la noche mala, en Noa saliendo por la puerta, en el botón sobre la mesa.
—Sí.
—¿Tuya o de ella?
Maia sostuvo su mirada.
—Mía primero. Ahora supongo que de ambas.
Sofía asintió despacio.
—Bien.
Maia no supo si esa palabra significaba algo.
Sofía se levantó.
La conversación había terminado.
Maia también se puso de pie.
—Sofía.
Ella se detuvo.
Maia respiró.
—No voy a pedirte que me creas buena.
Sofía la miró.
—No podría dártelo ahora.
—Lo sé.
Sofía no la corrigió.
Maia continuó:
—Pero quiero que sepas que lo que hiciste por mí… lo sé. Lo voy a llevar conmigo. No como excusa. No para limpiarme. Solo porque es verdad.
Sofía sostuvo su mirada.
Por primera vez, pareció a punto de llorar delante de ella.
No lo hizo.
—Entonces haz algo decente con eso.
Maia asintió.
—Sí.
Sofía tomó el cuaderno.
—Vamos a trabajar.
Maia respiró.
—Sí.
Cuando salieron de la platea, Valeria estaba en el pasillo, fingiendo revisar una lista con tanta intensidad que resultaba ofensivo.
Sofía pasó junto a ella.
—Cinco minutos y empezamos.
—Sí.
Maia salió detrás.
Valeria la miró.
No preguntó.
Maia negó apenas con la cabeza.
No ahora.
Valeria entendió.
Ese día, el ensayo tuvo una precisión casi insoportable.
Sofía no evitó corregir a Maia. Tampoco la castigó. Le pidió limpieza, timing, respiración, eje. Maia respondió. Cada indicación era una cuerda tensada entre lo profesional y lo imposible, y ambas caminaron sobre ella sin mirar abajo.
Valeria sostuvo el resto.
Con menos sarcasmo.
Con más silencio.
A media mañana, durante una pausa, una bailarina joven se acercó a Maia y le dijo:
—Estás increíble en la escalera.
Maia tardó en responder.
—Gracias.
—Da miedo verte ahí.
Maia miró hacia la platea.
Sofía estaba hablando con iluminación, el cuaderno abierto, el rostro serio.
—Sí —dijo Maia—. A veces también da miedo estar.
La chica sonrió, pensando que hablaban de escena.
Maia no la corrigió.
En el hotel, Noa recibió un mensaje de Sofía a las 13:42.
Sofía: Hablé con Maia. La obra sigue. Nosotros hablamos después del estreno. No vengas al teatro.
Noa leyó el mensaje sentada en el borde de la cama.
No había dormido. Había intentado trabajar en un informe y no había logrado pasar de la primera página. La camiseta de Maia seguía en la bolsa. Su ropa olía a hotel y a fuga.
Leyó el mensaje otra vez.
La obra sigue.
Nosotros hablamos después del estreno.
No vengas al teatro.
Cada frase era una puerta cerrada con cuidado.
Noa escribió:
Noa: Entiendo.
No envió.
Recordó todas las veces que esa palabra había cansado a Maia, a Sofía, a Valeria. Todas las veces que entender no había servido para nada.
Borró.
Escribió:
Noa: No voy a ir. Gracias por decirme.
Lo envió.
Sofía no respondió.
Noa abrió el chat de Maia.
Nada.
Se quedó mirando la conversación. La última frase de Maia antes de todo parecía pertenecer a otra vida. No escribió.
Por primera vez entendió que no escribir también podía ser un acto, no solo una ausencia.
O una cobardía.
La línea era fina.
El ensayo terminó a las seis.
Sofía cerró el cuaderno.
—Mañana ensayo general completo. Llegada a las nueve. Nadie se queda después si no lo autorizo.
El equipo empezó a moverse.
Maia bajó del escenario. Tenía el cuerpo agotado y la mente extrañamente clara. Valeria la esperaba junto a la puerta lateral.
—¿Cenas? —preguntó Valeria.
Maia la miró.
La pregunta era práctica.
También era una mano.
—Sí.
Valeria asintió.
—Bien. Algo con proteína. No me hagas decirlo.
Maia casi sonrió.
—No lo haré.
Caminaron juntas hasta un bar cercano. No hablaron de Sofía al principio. Ni de Noa. Hablaron de una costura del vestuario que había que reforzar, de un foco que seguía entrando tarde, de la bailarina joven que se había equivocado tres veces en la misma marca.
Después, cuando trajeron la comida, Valeria preguntó:
—¿Te destruyó?
Maia movió el tenedor.
—No.
Valeria la miró.
Maia respiró.
—Fue peor. Fue justa.
Valeria bajó la vista.
—Eso duele más.
—Sí.
—¿La obra sigue?
—Sí.
—¿Después?
Maia tragó saliva.
—Después no habrá después con ella.
Valeria cerró los ojos un segundo.
—Lo siento.
Maia la miró.
—Yo también.
Comieron en silencio.
Un silencio triste, pero no vacío.
Después Maia dijo:
—Me dijo que hiciera algo decente con lo que me dio.
Valeria levantó la vista.
—Suena a Sofía.
—Sí.
—¿Y?
Maia pensó.
—Voy a hacerlo.
Valeria la observó.
—¿Cómo?
—Bailando bien. Terminando la obra. No usando esto para destruirme. Y yéndome cuando tenga que irme.
Valeria sostuvo su mirada.
—Eso último importa.
Maia asintió.
—Lo sé.
Valeria dejó el tenedor.
—¿Y Noa?
Maia miró su plato.
La pregunta dolió menos de lo que esperaba. O de otra forma.
—No sé.
—¿Quieres verla?
Maia sonrió con tristeza.
—Querer no es el problema.
Valeria no dijo nada.
Maia continuó:
—No quiero correr hacia ella porque todo se rompió. No quiero que me elija desde una casa incendiada. No quiero ser el lugar donde cae.
Valeria respiró.
—Eso suena a dignidad.
—Suena agotador.
—También.
Maia soltó una risa baja.
—Me quiero mucho últimamente. Es inconveniente.
Valeria sonrió apenas.
—Ya era hora.
Maia sintió que algo cálido, pequeño, sobrevivía entre ellas.
No estaba todo bien.
Pero no todo estaba muerto.
Esa noche, Sofía volvió a casa sola.
La nota de Noa seguía sobre la mesa. Sofía la tomó, la dobló y la guardó en un cajón. No como recuerdo. Como algo que no quería ver cada vez que entrara en la cocina.
Fue al dormitorio.
La colcha seguía en el suelo desde la noche anterior.
La levantó.
Hizo la cama.
No por Noa.
Por ella.
Después abrió el armario y separó algunas prendas de Noa en una pila. No muchas. Las suficientes para que, si Noa volvía a buscar cosas, no tuviera que entrar a revisar cajones. Encontró una camisa sin botón. Blanca.
Se quedó mirándola.
El hueco donde faltaba el botón era pequeño.
Ridículo.
Sofía tocó la tela.
No sabía si quería saber.
Ya sabía.
Dejó la camisa doblada sobre la pila.
Se sentó en el borde de la cama.
El dolor volvió, no como inundación esta vez, sino como una ola más baja y persistente.
Respiró.
Mañana había ensayo general.
Después estreno.
Después hablaría con Noa.
Después quizá tendría que decidir cómo se desmonta una vida de siete años sin convertirla en escombros imposibles de recoger.
En el apartamento de Maia, el botón blanco ya no estaba en la mesa de noche ni en el alféizar.
Maia lo había dejado en un sobre pequeño, sin escribir nada, dentro del primer cajón de la entrada.
No para devolverlo todavía.
No para guardarlo siempre.
Solo para no tenerlo cerca de la cama.
Se duchó.
Cenó algo más que fruta.
Apagó el móvil a las once.
Antes de dormir, pensó en Noa.
No pudo evitarlo.
Pensó en su boca, en su voz diciendo te quiero , en su cuerpo desarmado, en la forma en que había salido por la puerta sin escribir después. Pensó también en Sofía, en la sexta fila, diciéndole que no le daría refugio ni absolución.
Maia se puso de lado.
La cama estaba fría.
Pero era suya.
Y esa noche, aunque el deseo seguía vivo, aunque el amor no tuviera dónde ponerse, aunque todo doliera con una precisión nueva, Maia no confundió la soledad con abandono.
A veces, entendió antes de quedarse dormida, la dignidad no era irse para no sentir.
Era quedarse con una misma después de haber sentido demasiado.