El nuevo plano Capítulo 38 La casa sin coartadas #3
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Capítulo 38 La casa sin coartadas #3

Noa quedó en pasar más tarde.

Después cortó.

No escribió a Maia.

No escribió a Sofía.

Fue a un hotel barato cerca del centro, pidió una habitación para una noche y subió con la bolsa.

La habitación era neutra, triste, limpia. Una cama, una mesa, una ventana con vista a un edificio demasiado cercano. Noa dejó la bolsa sobre una silla.

Sacó la camiseta de Maia.

La miró.

Después la dobló con cuidado y la guardó otra vez.

No había lugar donde poner nada.

Ese era el problema.

Esa tarde, Maia bailó la escena de la escalera.

Sofía la observó desde la platea.

Valeria desde el lateral.

La sala estaba cansada, pero algo en el ensayo empezó a adquirir una concentración feroz. El dolor, en lugar de romper la obra, la afinó. Eso era injusto. Casi obsceno. Pero cierto.

Maia subió el primer peldaño.

Segundo.

Tercero.

Se detuvo.

La luz le alcanzó el rostro.

Sofía levantó el lápiz, preparada para corregir.

No lo hizo.

Maia no estaba pidiendo perdón. Tampoco estaba escondiéndose. Había vergüenza en ella, sí. Dolor. Culpa. Pero también una decisión extraña de no convertirlo todo en derrumbe.

Sofía vio eso.

Le dolió más de lo que habría querido.

Porque la artista seguía allí.

La mujer también.

Ambas culpables de cosas distintas.

Ambas imposibles de separar.

—Bien —dijo Sofía.

Maia bajó la escalera.

Sofía cerró el cuaderno un momento.

—Diez minutos de pausa.

El equipo se dispersó.

Maia se quedó en el escenario.

Sofía subió.

Valeria se quedó inmóvil en el lateral.

Sofía caminó hasta quedar a unos metros de Maia.

No demasiado cerca.

—No voy a hablar de esto ahora —dijo.

Maia sostuvo su mirada.

—Lo entiendo.

—No sé si lo entiendes.

—Quizá no.

Sofía asintió apenas.

La honestidad mínima pareció suficiente para no romper ese segundo.

—La obra sigue —dijo Sofía.

Maia tragó saliva.

—Sí.

—Mientras siga, necesito que trabajes.

—Lo haré.

Sofía la miró con una calma que no era perdón.

—No te estoy dando un refugio.

Maia sintió el golpe.

—Lo sé.

—Ni una absolución.

—Lo sé.

Sofía respiró.

—Estoy protegiendo la obra. Y mi trabajo. También el tuyo, aunque ahora eso me irrite profundamente.

Maia bajó la mirada.

—Gracias.

Sofía se tensó.

—No.

Maia levantó los ojos.

—Perdón.

Sofía rió sin humor.

—Tampoco.

Maia cerró la boca.

Sofía la observó durante varios segundos.

—Cuando esto termine, vamos a hablar.

Maia asintió.

—Sí.

—No antes.

—Sí.

Sofía sostuvo su mirada.

—Y hasta entonces, no me pidas que te mire como antes.

Maia sintió que algo se le doblaba por dentro.

—No lo haré.

Sofía bajó del escenario.

Valeria soltó el aire que había estado conteniendo.

Maia permaneció de pie bajo la luz de trabajo.

No lloró.

No allí.

No todavía.

A la noche, Sofía volvió a casa.

Noa no estaba.

Había dejado una nota sobre la mesa.

Sofía la vio apenas entrar.

No era larga.

Estoy en un hotel. No voy a entrar en la habitación. Si necesitas que recoja más cosas, dímelo. No voy a ir al teatro si no me lo pides.

No había perdón.

No había explicación.

No había intento de belleza.

Sofía leyó la nota dos veces.

La dejó sobre la mesa.

Fue al dormitorio.

La cama estaba hecha.

Eso la enfureció más que si hubiera estado desordenada.

Noa había ordenado la cama como si la pulcritud pudiera tener alguna decencia. Sofía arrancó la colcha y la dejó caer al suelo.

Después se sentó en el borde.

Entonces sí lloró.

No mucho al principio.

Después más.

Lloró con una mano en la boca, doblada hacia adelante, en la habitación que durante años había sido suya con Noa y que ahora parecía un decorado después de que todos abandonaran la escena.

No lloró solo por la infidelidad.

Lloró por la casa.

Por la confianza.

Por haber dicho Maia está apareciendo en esa misma cocina mientras Noa sabía otra cosa.

Por cada beso que ahora tendría que revisar contra su voluntad.

Por Valeria.

Por la obra.

Por la humillación de haber estado orgullosa de una mujer y enamorada de otra mientras ambas compartían un secreto debajo de su luz.

En el hotel, Noa se sentó en la cama sin quitarse los zapatos.

El móvil estaba sobre la mesa.

No había mensajes.

Eso era correcto.

Maia, en su apartamento, tenía el móvil apagado.

Sofía, en la casa, no iba a escribir.

Valeria tampoco.

Noa miró la pared blanca.

Por primera vez en semanas, nadie la esperaba.

No como quería.

No como antes.

No como refugio.

Y esa soledad, merecida y exacta, fue la primera consecuencia que no pudo convertir en movimiento.

En el apartamento de Maia, el botón blanco seguía sobre la mesa de noche.

Maia lo tomó antes de acostarse.

Pensó en tirarlo.

No lo hizo.

Pensó en guardarlo.

Tampoco.

Lo dejó en el alféizar de la ventana.

Un lugar intermedio.

Como todo.

Después apagó la luz.

La obra seguía.

La vida seguía.

Sofía había dicho que hablarían cuando terminara.

Noa no había escrito.

Valeria estaba cerca y lejos.

Maia cerró los ojos.

Y entendió que lo peor de la verdad no era siempre la explosión.

A veces era esto:

el día después,

la obligación de trabajar,

la casa vacía,

el móvil quieto,

y todas las personas heridas aprendiendo a respirar sin usar a otra como aire.