Capítulo 38 La casa sin coartadas #2
Noa esperó.
Sofía no giró.
—Quiero que cuando vuelva no estés en nuestra habitación.
Noa cerró los ojos.
Nuestra.
Todavía.
No por amor ya.
Por historia.
Por golpe.
—¿Dónde…?
—No lo sé. El sofá. El cuarto pequeño si no estoy. Un hotel. Tu centro. No me importa ahora. Pero no en nuestra cama.
Noa asintió aunque Sofía no pudiera verla.
—Está bien.
Sofía no corrigió esa vez.
Se fue al baño.
Noa se quedó en la cocina.
No lloró enseguida.
Recogió las tazas.
Tiró el café frío.
Lavó el vaso que Sofía había usado y lo dejó en el escurridor. Movimientos inútiles. Ridículos. Como intentar ordenar una casa después de haberle quitado una pared.
Luego fue al dormitorio.
La cama estaba deshecha de su lado.
El lado de Sofía estaba casi intacto.
Noa abrió el armario y sacó ropa. Una bolsa pequeña. Pantalones, una camiseta, ropa interior, un jersey. Las manos le temblaban solo cuando abrió la cómoda.
Segundo cajón.
Debajo de la ropa deportiva.
La camiseta negra de Maia.
Se quedó mirándola.
No podía dejarla allí.
No podía llevársela.
Ambas cosas eran horribles.
La tomó.
La sostuvo entre las manos.
Olía a cajón, a jabón, a memoria.
Noa la metió en la bolsa.
Después se detuvo.
La sacó.
La dejó sobre la cama.
La volvió a tomar.
No había forma limpia de tocar ese objeto.
Finalmente la guardó.
No como trofeo.
Como prueba de algo que ya no podía fingir que no existía.
En el teatro, Maia llegó temprano.
No había dormido casi nada. Tenía la cara pálida, los ojos secos y un nudo en la espalda que no era muscular. Valeria la vio entrar y no dijo nada. Solo le dio un café.
Maia lo tomó.
—Gracias.
—No está bueno.
—Hoy no importa.
Valeria la observó.
—¿Estás lista?
Maia soltó una risa sin humor.
—No.
—Bien. Nadie lo está.
El camerino estaba frío. Maia dejó la mochila sobre la silla, se sentó frente al espejo y sacó el móvil.
Noa no había escrito.
Sofía tampoco.
El silencio era correcto.
Eso no lo hacía soportable.
—¿Crees que va a venir? —preguntó Maia.
Valeria cerró la puerta.
—Sí.
—¿Cómo puede?
—Porque es Sofía.
Maia bajó la mirada.
Esa respuesta dolió por su exactitud.
—No sé qué hacer cuando la vea.
Valeria apoyó el café sobre la mesa.
—Nada.
—Valeria.
—Nada, Maia. No le pidas que te dé una escena para tu culpa. Si ella quiere hablar, hablará. Si quiere dirigir, te dejas dirigir. Si quiere silencio, aguantas el silencio.
Maia tragó saliva.
—Me odias un poco.
Valeria no respondió enseguida.
—Hoy no tengo espacio para ordenar lo que siento por ti.
Maia cerró los ojos.
—Entiendo.
—No sé si entiendes.
—Estoy intentando.
Valeria respiró hondo.
—Ya no me alcanza con que todos estén intentando.
Maia recibió la frase sin defenderse.
—Lo sé.
Valeria se pasó una mano por el pelo.
—Perdón.
—No.
—Sí. Eso fue cruel.
Maia levantó la vista.
—Fue verdad.
Valeria la miró.
El dolor entre ellas ya no era una grieta limpia. Era cansancio acumulado, cariño herido, lealtad sin lugar donde apoyarse.
Maia habló bajo:
—No tienes que quedarte conmigo en esto.
Valeria soltó una risa amarga.
—Qué tarde me das permiso.
Maia bajó la cabeza.
Valeria cerró los ojos.
Después se acercó y le acomodó una horquilla que estaba mal puesta.
El gesto fue automático.
Las dos se quedaron quietas al sentirlo.
Valeria retiró la mano.
—Perdón.
Maia negó.
—Gracias.
Valeria miró hacia la puerta.
—Va a ser un día horrible.
Maia asintió.
—Sí.
—Baila igual.
Maia sostuvo su mirada.
—Sí.
Sofía llegó a las diez menos cinco.
El teatro estaba preparado para verla entrar.
No de forma consciente. Nadie sabía exactamente cuánto sabía ni qué había pasado en su casa. Pero había una tensión en los pasillos, una forma de bajar la voz, de ordenar papeles con demasiada concentración.
Sofía entró con el abrigo cerrado, el cabello recogido y el cuaderno en la mano.
Valeria estaba en la platea.
Maia en el escenario, calentando.
Noa no estaba.
Sofía dejó el bolso sobre una butaca.
—Buenos días —dijo.
El equipo respondió con una mezcla desigual de voces.
Sofía subió al escenario.
Maia se quedó inmóvil.
Sofía no la miró primero. Habló al grupo.
—Estamos a cuatro días. Hoy no voy a cuidar susceptibilidades. La obra necesita precisión. Si alguien no puede trabajar, lo dice ahora.
Nadie habló.
Entonces Sofía miró a Maia.
La sala entera pareció contener el aire.
—¿Puedes trabajar?
La pregunta fue profesional.
Nada más.
Pero Maia sintió todo el peso debajo.
—Sí.
—Bien.
Sofía bajó del escenario y abrió el cuaderno.
—Escena de grupo. Desde el segundo cambio de luz.
El ensayo empezó.
Sofía dirigió como si el mundo no se hubiera partido en su cocina esa mañana.
O quizá dirigió así porque se había partido.
Cada indicación fue exacta. Cada pausa, medida. No hubo ternura innecesaria. No hubo crueldad. Maia recibió correcciones y las ejecutó. Valeria sostuvo la jornada con una eficiencia casi dolorosa. Nadie nombró nada.
Pero todo estaba nombrado.
En la segunda hora, Maia falló una entrada.
No un error grave. Medio segundo. El cuerpo llegó antes de la música, como si quisiera escapar del silencio.
—No —dijo Sofía.
Maia volvió a la marca.
—Perdón.
Sofía levantó la vista.
—No me pidas perdón. Entra a tiempo.
Maia cerró la boca.
Valeria miró al suelo.
La música volvió.
Maia entró a tiempo.
Sofía bajó el lápiz.
—Eso.
Otra vez esa palabra.
Ahora sí, Maia entendió cuánto podía doler una indicación correcta.
En la pausa, Sofía se quedó sola en la platea.
Valeria se acercó con una carpeta.
—Necesitas revisar esto.
Sofía no tomó la carpeta.
—Después.
Valeria asintió.
No se fue.
Sofía habló sin mirarla.
—No puedo hablar contigo ahora.
Valeria bajó los ojos.
—Lo sé.
—Y necesito que sigas trabajando.
—Lo sé.
—No porque esté bien.
—Lo sé.
Sofía levantó la vista hacia ella.
—Deja de decir eso.
Valeria apretó la carpeta.
—No sé qué otra cosa decirte.
Por primera vez, Sofía pareció a punto de quebrarse.
No lo hizo.
—Yo tampoco.
Valeria tragó saliva.
—Sofía, yo…
—No.
La palabra fue suave.
—Ahora no.
Valeria asintió.
—Después.
Sofía miró el escenario vacío.
—No sé.
Valeria recibió eso como merecido.
Y aun así dolió.
En el centro, Noa no fue a trabajar.
Llamó a Mateo a las nueve y media.
—No voy a entrar.
Mateo no preguntó primero.
Eso le dijo a Noa que ya sabía suficiente.
—¿Quieres que mueva agenda o que invente una intoxicación alimentaria elegante?
Noa cerró los ojos.
Estaba sentada en el coche, a tres calles de su propia casa, con una bolsa en el asiento trasero y la camiseta de Maia dentro.
—Mueve lo que puedas. Cancela lo demás.
—Hecho.
Hubo una pausa.
—¿Estás bien?
Noa casi rió.
—No.
—¿Vas a hacer alguna estupidez inmediata?
Noa miró la calle.
El impulso de ir al teatro seguía ahí, como un animal golpeando dentro del pecho. Sofía le había dicho que no decidiera cuándo hablaría con Maia. Maia le había pedido, de tantas formas, que no usara su cuerpo como lugar de alivio. Noa tenía que quedarse sin hacer nada.
Era casi insoportable.
—No —dijo.
Mateo respiró.
—Eso ya es algo.
—No parece.
—Casi nada parece algo mientras lo estás haciendo.
Noa apoyó la cabeza contra el asiento.
—Se lo dije.
—¿A Sofía?
—Sí.
—¿Todo?
Noa cerró los ojos.
—Lo suficiente para destruirlo.
Mateo no respondió enseguida.
Cuando habló, su voz perdió sarcasmo.
—Lo siento.
Noa sintió que esa frase casi la rompía.
—Yo también.
—¿Dónde estás?
—En el coche.
—Claro. Tu hábitat emocional.
Noa soltó una risa mínima, dolorosa.
—No puedo volver arriba.
—¿Necesitas un sitio?
Noa abrió los ojos.
No había pensado en eso con claridad. Sofía no la quería en la habitación. La casa ya no era refugio. Maia no podía serlo. El centro era un edificio lleno de testigos.
—No sé.
—Tengo una habitación de invitados. Es horrible. Hay una bicicleta estática y libros que no pienso leer. Pero hay cama.
Noa cerró los ojos.
La oferta era demasiado simple.
—No quiero meterte en esto.
—Tarde. Llevo semanas viendo el tráiler sin querer comprar entrada.
—Mateo.
—No tienes que hablar. Solo no duermas en el coche como personaje de serie mala.
Noa respiró.
—Gracias.
—No me lo agradezcas todavía. La bicicleta estática chirría.