Capítulo 38 La casa sin coartadas
Sofía no salió del cuarto pequeño hasta las siete y diecisiete de la mañana.
Noa estaba en la cocina desde las seis.
No había dormido. Se había levantado cuando el cielo todavía era oscuro, no porque tuviera algo que hacer, sino porque la cama grande se había vuelto insoportable.
Había preparado café. Había tirado el primer café porque salió demasiado fuerte.
Había preparado otro. Había puesto dos tazas sobre la encimera y luego había guardado una, como si ese pequeño gesto pudiera evitarle alguna humillación innecesaria a Sofía.
La casa tenía un silencio raro.
No era el silencio de madrugada. No era el silencio de descanso.
Era un silencio de objetos que habían presenciado demasiado: la mesa donde habían cenado, el sofá donde Sofía se había quedado dormida tantas veces sobre sus piernas, el pasillo que separaba el dormitorio grande del cuarto pequeño, la cómoda donde todavía estaba escondida la camiseta de Maia.
Noa pensó en sacarla.
No lo hizo.
No por falta de culpa.
Por cobardía.
Cuando oyó la puerta del cuarto pequeño, el cuerpo entero se le tensó.
Sofía apareció en el pasillo con la ropa del día anterior, el cabello suelto y la cara limpia. No parecía destruida. Eso fue lo primero que Noa notó. Lo segundo fue que esa ausencia de destrucción no era alivio. Era disciplina.
Sofía siempre había sabido sostenerse demasiado bien en público.
Ahora estaba sosteniéndose en su propia casa.
—Hay café —dijo Noa.
Sofía miró la taza única sobre la encimera.
—Veo.
Noa bajó la vista.
—No sabía si querías.
—No quiero café.
Sofía entró en la cocina. Abrió un armario, sacó un vaso, se sirvió agua. Movimientos simples. Precisos. Terribles por lo cotidianos.
Noa permaneció de pie junto a la mesa.
—¿Dormiste algo?
Sofía bebió.
Luego dejó el vaso con cuidado.
—No empieces por ahí.
Noa cerró la boca.
Sofía se apoyó contra la encimera. No cruzó los brazos. No tomó distancia de forma teatral. Simplemente la miró.
—Necesito que me digas desde cuándo.
Noa sintió que la pregunta, esperada durante toda la noche, le abría el pecho igual.
—No sé qué fecha ponerle.
La mirada de Sofía cambió apenas.
Noa corrigió antes de que la frase se pudriera.
—No digo que no lo sepa para evitar responder. Digo que hubo… hubo momentos. Antes de que pasara algo. Antes de que yo aceptara que estaba pasando.
Sofía cerró los ojos un segundo.
—Noa.
La advertencia fue suave.
Noa asintió.
—Después de que Maia dejó el centro. Empezó antes, pero pasó después.
—¿Qué significa “pasó”?
Noa sostuvo el borde de la mesa.
La palabra era vulgarmente pequeña para algo que ahora ocupaba toda la casa.
—La besé.
Sofía no se movió.
—¿Dónde?
Noa tragó saliva.
—En el coche. Cerca de Casa de Campo.
La imagen entró en la cocina.
Noa vio el efecto en el rostro de Sofía: no una mueca grande, no un golpe visible. Un parpadeo lento. Una pieza encajando.
—¿Y después?
Noa bajó la mirada.
Sofía habló con más firmeza.
—Mírame.
Noa levantó los ojos.
—Después fui a su casa.
—¿Cuántas veces?
Noa no respondió enseguida.
Sofía soltó una risa mínima, seca, sin humor.
—Claro.
—Varias.
—Varias.
—Sí.
La palabra quedó sucia entre ellas.
Sofía miró hacia el pasillo.
—Cuando me decías que estabas en el centro.
Noa sintió ganas de cerrar los ojos.
No lo hizo.
—Sí.
—Cuando volvías y te duchabas.
—Sí.
—Cuando yo te preguntaba si estabas bien.
—Sí.
Sofía asintió despacio.
Noa casi habría preferido un grito.
—¿Dormiste con ella? —preguntó Sofía, aunque ya lo había preguntado la noche anterior.
Quizá necesitaba oírlo otra vez.
Quizá necesitaba ver si Noa intentaba cambiar la forma.
Noa respondió:
—Sí.
Sofía miró al suelo.
—¿En su casa?
—Sí.
—¿Más de una vez?
Noa apretó los dedos contra la mesa.
—Sí.
Sofía llevó una mano a la encimera, como si necesitara sentir algo sólido.
—Bien.
—No está bien.
—No me corrijas esa palabra. La estoy usando para no decir otra cosa.
Noa calló.
Sofía respiró despacio.
Cuando volvió a hablar, su voz había cambiado. No era más alta. Era más exacta.
—¿La quieres?
Noa sintió que la pregunta le quitaba el aire.
Ahí estaba.
La única que no podía responder con fechas, ni con lugares, ni con versiones parciales.
Pensó en Maia abriendo la puerta. En Maia diciendo no quiero esperarte como si eso fuera amor .
En Maia bailando sin buscarla. En Maia sentada en la cama, sosteniendo una sábana contra el pecho, diciéndole que no quería vivir dentro de su demora.
Pensó en Sofía frente a ella, con siete años en los ojos, pidiéndole por fin algo que no admitía técnica.
—Sí —dijo.
Sofía cerró los ojos.
Esta vez sí pareció dolerle en el cuerpo.
Noa dio un paso sin pensarlo.
—Sofía—
—No.
La palabra la detuvo.
Sofía abrió los ojos.
—No me toques.
Noa retrocedió.
Sofía tragó saliva.
—¿Me quieres a mí?
La pregunta fue peor.
Porque la respuesta era verdad.
Y la verdad, en ese momento, era una crueldad más.
—Sí.
Sofía la miró.
Noa sostuvo la mirada.
—Sí, Sofía. Te quiero.
Sofía soltó aire despacio.
—Qué horror.
Noa bajó la vista.
Sofía rió una vez, rota.
—Hubiera sido más sencillo que no.
—Lo sé.
—No digas que lo sabes.
—Perdón.
—No pidas perdón para respirar.
Noa se quedó quieta.
La casa pareció contraerse alrededor de ellas.
Sofía caminó hasta la mesa y se sentó. Noa no lo hizo. Permaneció de pie, como si sentarse fuera una comodidad que no le correspondía.
—Quiero entender algo —dijo Sofía.
—Lo que quieras.
Sofía la miró.
—No. No me digas “lo que quieras” como si pudieras darme algo limpio ahora.
Noa asintió.
Sofía apoyó las manos sobre la mesa.
—Después de estar con ella, venías aquí.
No era pregunta.
—Sí.
—Te acostabas conmigo.
Noa sintió náusea.
—Sí.
—Me besabas.
—Sí.
—A veces me buscabas tú.
Noa no respondió.
Sofía no necesitó más.
—Eso es lo que no entiendo.
Noa cerró los ojos.
—Yo tampoco del todo.
—No me alcanza.
Noa los abrió.
—No lo hice solo para cubrirlo.
Sofía la miró con una dureza nueva.
—¿Eso se supone que debería consolarme?
—No. No. Solo… no quiero mentirte más. Yo seguía deseándote. Te deseo. No era falso cuando estaba contigo.
Sofía permaneció muy quieta.
—Entonces era peor.
Noa no dijo nada.
Sofía se inclinó apenas hacia adelante.
—No me besabas porque estabas conmigo. Me besabas para poder seguir estando en otra parte.
La frase entró en Noa como algo afilado.
—A veces sí —dijo, y la voz se le quebró—. A veces no.
Sofía tragó saliva.
—Qué generosa tu honestidad.
Noa aceptó el golpe.
—No sé cómo decirlo sin hacerlo peor.
—No puedes.
La respuesta fue simple.
Noa se sentó al fin, no frente a Sofía sino en la silla de al lado, dejando una esquina de mesa entre ellas.
—No quería perderte.
Sofía la miró.
—Entonces me mentiste.
—Sí.
—Durante semanas.
—Sí.
—En mi casa.
—Sí.
—Con una mujer a la que traje a tu centro.
Noa cerró los ojos.
Ahí estaba otra capa. Una de las más sucias.
—Sí.
—Una mujer a la que yo estaba dirigiendo.
—Sí.
—Una mujer por la que me preocupé. A la que cuidé en escena. A la que le di una oportunidad importante.
Noa bajó la cabeza.
—Sí.
Sofía se levantó de golpe.
No gritó.
Pero la silla raspó el suelo con un sonido violento.
—Dime algo que no sea sí.
Noa levantó la vista.
Sofía estaba de pie, respirando con dificultad por primera vez.
—Dime qué pensabas cuando yo te hablaba de ella. Cuando te decía que estaba creciendo, que estaba apareciendo, que la obra por fin respiraba con su cuerpo. ¿Qué hacías con eso, Noa? ¿Dónde lo ponías?
Noa sintió que las lágrimas le llenaban los ojos.
—Me daba vergüenza.
—Pero no la suficiente.
Noa aceptó el golpe.
—No.
Sofía se llevó una mano a la boca.
Esta vez el dolor sí le desordenó el rostro.
—Yo te la llevé.
La frase salió baja.
Casi incrédula.
Noa se quedó inmóvil.
—Yo confié en ti. Con su cuerpo, con su recuperación, con la obra. Con mi casa.
—Lo sé.
—No. No lo sabías. Si lo hubieras sabido, no lo habrías hecho.
Noa no pudo responder.
Porque quizá era cierto.
O peor: quizá lo había sabido y lo había hecho igual.
Sofía caminó hacia la ventana, le dio la espalda. Madrid estaba gris detrás del vidrio. Un día cualquiera. Gente andando. Coches. Vida sin conocimiento de esa cocina.
—¿Valeria lo sabía?
Noa cerró los ojos.
—No sé cuánto.
Sofía giró.
—No vuelvas a usar esa frase conmigo.
Noa respiró.
—Sabía algo. Sospechaba. Maia le contó partes, creo. No todo.
Sofía asintió despacio.
—También la metieron a ella.
Noa respiró.
—Sí. También la metimos a ella. No voy a esconder eso detrás de la intención.
Sofía volvió a la mesa.
—¿Ibas a decírmelo?
La pregunta parecía tranquila.
No lo era.
Noa sostuvo su mirada.
Podría decir que sí.
Podría decir que estaba esperando el momento.
Podría decir que no sabía cómo.
Todas esas frases tenían algo de verdad.
Ninguna merecía ser usada.
—No sé —dijo al fin—. Creo que quería llegar a ser alguien capaz de decírtelo antes de tener que hacerlo. Pero no estaba llegando.
Sofía la miró con una tristeza tan profunda que Noa quiso desaparecer.
—Eso es casi honesto.
Noa bajó la vista.
—Lo siento.
Sofía negó despacio.
—No todavía.
—¿Qué?
—No acepto tu perdón todavía. No sé qué hacer con él.
Noa asintió.
—Está bien.
Sofía la miró con cansancio.
Noa corrigió:
—Perdón. No lo sé decir.
Por primera vez, algo parecido a una risa dolorosa cruzó el rostro de Sofía.
—Siempre fuiste mala cuando no podías ordenar las frases.
Noa sintió el golpe de la ternura vieja.
—Sí.
Sofía tomó su vaso de agua, pero no bebió.
—Hoy tengo ensayo.
Noa levantó la cabeza.
—¿Vas a ir?
Sofía la miró como si la pregunta no tuviera sentido.
—Claro que voy a ir.
—Sofía…
—La obra no me engañó.
Noa cerró la boca.
Sofía dejó el vaso.
—Y Maia es parte de la obra.
El nombre entre ellas fue distinto ahora.
Ya no era sospecha.
Era herida.
—¿Vas a hablar con ella? —preguntó Noa.
Sofía la miró.
La temperatura de la cocina bajó.
—No decidas tú cuándo debo hacer eso.
—No quise—
—No. Ya tomaste demasiadas decisiones sobre mi vida sin mí.
Noa sintió que la frase la dejaba sin defensa.
Sofía fue hacia el pasillo.
—Voy a ducharme.
—¿Quieres que me vaya?
Sofía se detuvo.
La pregunta quedó suspendida.