Capítulo 37 La forma de las cosas #3
El equipo estaba disperso por la sala. Nadie sabía exactamente qué había pasado, pero todos percibían algo. El teatro tiene esa inteligencia animal: reconoce las tensiones antes de que se nombren.
Sofía subió a la platea.
Maia estaba en el escenario, sola, de pie junto a la escalera.
No había sido llamada.
Había ido allí porque no sabía dónde más estar.
Cuando vio entrar a Sofía, se quedó inmóvil.
Sofía la miró.
Durante unos segundos, todo se detuvo.
Valeria sintió que no podía respirar.
Maia bajó del escenario.
No caminó hacia Sofía.
No huyó.
Se quedó al borde, como si entendiera que la distancia le correspondía a Sofía decidirla.
Sofía habló con una calma casi insoportable.
—Seguimos con la escena de grupo.
Nadie se movió.
—Ahora —añadió.
El equipo reaccionó.
Valeria dio instrucciones por el auricular con la voz apenas firme. Los bailarines se colocaron. Maia volvió a su marca.
Sofía abrió el cuaderno.
No miró a Maia más de lo necesario.
Eso fue peor que una mirada de odio.
El ensayo continuó.
Maia bailó.
No bien.
No mal.
Sostuvo.
Cada movimiento parecía hecho sobre una superficie que podía abrirse. Sofía corrigió cuando tuvo que corregir. Su voz fue profesional, exacta, sin crueldad. Eso obligó a Maia a mantenerse en pie.
En una pausa, Sofía dijo:
—Maia, la diagonal no está limpia. Otra vez.
Maia asintió.
—Sí.
—No te adelantes al golpe musical.
—De acuerdo.
Nada más.
Ni una palabra de más.
Ni una emoción concedida.
Valeria observó desde el lateral con los ojos brillantes.
Maia volvió a la marca.
Bailó otra vez.
Esta vez salió mejor.
Sofía bajó el lápiz.
—Eso.
La palabra de siempre.
Pero sin calor.
Maia sintió que casi se le doblaban las rodillas.
No lo permitió.
El ensayo terminó a la hora exacta.
Sofía cerró el cuaderno.
—Mañana llegamos a las diez. Nadie fuerza fuera de marca. Descansen.
El equipo empezó a dispersarse.
Maia se quedó en el escenario.
Valeria no se movió.
Sofía recogió sus cosas.
Maia dio un paso.
—Sofía.
La sala pareció quedarse sin sonido.
Sofía no giró enseguida.
Cuando lo hizo, su rostro estaba tranquilo.
Demasiado.
—No ahora.
Maia asintió.
—Sí.
—Mañana trabajamos.
Maia sostuvo su mirada.
—Sí.
Sofía se fue.
Valeria cerró los ojos.
Maia se quedó de pie bajo la luz de ensayo, con el cuerpo entero hecho de vergüenza y deseo viejo y algo parecido a respeto.
Noa estaba en casa cuando Sofía llegó.
Sentada en la cocina.
Sin móvil.
Sin informes.
Sin coartada.
Sofía entró, dejó las llaves en el mueble y se quitó el abrigo despacio.
Noa se levantó.
—Sofía.
Ella no la miró todavía.
Colgó el abrigo.
Dejó el bolso.
Fue a la cocina.
Se sirvió agua.
Bebió.
Solo entonces la miró.
—¿Es Maia?
Noa no respiró.
La pregunta no pidió contexto.
No pidió matices.
No pidió una historia.
Pidió un nombre.
Noa sostuvo su mirada.
Y por primera vez no encontró una frase intermedia que no fuera otra forma de traición.
—Sí —dijo.
Sofía cerró los ojos.
Un segundo.
Dos.
Cuando los abrió, no había sorpresa.
Solo dolor confirmado.
—Bien.
Noa dio un paso.
—No está bien.
Sofía la miró.
—No. Pero al menos ya hay una palabra.
La calma de Sofía era terrible.
Noa sintió ganas de llorar.
No lo hizo.
—Hay cosas que quiero decirte. Pero no voy a obligarte a escucharlas esta noche.
Sofía dejó el vaso sobre la encimera.
—No esta noche.
Noa asintió, aunque el gesto le dolió.
—De acuerdo.
La voz no subió.
No hizo falta.
Noa se quedó quieta.
Sofía pasó junto a ella hacia el dormitorio.
En la puerta, se detuvo.
—¿Dormiste con ella?
Noa cerró los ojos.
El silencio fue respuesta antes que la voz.
—Sí.
Sofía asintió.
Como si necesitara solo ubicar una pieza.
No lloró.
Eso fue peor.
—Voy a dormir en el cuarto pequeño.
Noa abrió los ojos.
—No tienes que—
Sofía giró.
—No termines esa frase.
Noa cerró la boca.
Sofía entró al dormitorio, tomó ropa, una almohada, una manta. Noa no se movió. Si se movía, todo podía volverse más humillante.
Sofía salió con las cosas en brazos.
Al pasar junto a Noa, se detuvo.
—No me sigas.
Noa asintió.
Sofía fue al cuarto pequeño y cerró la puerta.
No de golpe.
Con cuidado.
Ese cuidado la destruyó.
Noa se quedó en el pasillo.
Del otro lado de Madrid, Maia llegó a su apartamento y encontró el botón blanco todavía sobre la mesa de noche.
Se sentó en el borde de la cama.
Lo tomó entre los dedos.
Noa no había escrito.
Valeria sí.
Valeria: Llegué.
Maia respondió:
Maia: Yo también.
Valeria tardó.
Valeria: Mañana hay que bailar.
Maia miró el mensaje.
Después escribió:
Maia: Lo sé.
No añadió nada más.
Apagó el móvil.
Se acostó vestida sobre la cama.
No lloró al principio.
Después sí.
No por Noa solamente.
Por Sofía diciendo no ahora . Por Valeria sin café. Por la obra que seguía. Por la mano de Sofía levantando la suya bajo la luz. Por el cuerpo de Noa todavía demasiado cerca en la memoria. Por el hecho de que la verdad, al llegar, no limpiaba nada.
Solo encendía la habitación.
En la casa de Noa y Sofía, la puerta del cuarto pequeño permaneció cerrada.
Noa durmió en el dormitorio grande.
No durmió.
Miró el techo hasta que amaneció.
Por primera vez, no hubo dos vidas.
Solo una.
Rota.
Y todas las habitaciones, incluso las que permanecían cerradas, pertenecían al mismo daño.