Capítulo 37 La forma de las cosas #2
Valeria negó.
—No.
—Valeria.
—No ahora.
—No voy a esconderme.
—No es esconderte. Es no usar su dolor para demostrar que tienes valor.
Maia se quedó quieta.
La frase la atravesó.
Valeria estaba pálida.
—Si vas ahora, ¿qué vas a decirle? ¿La verdad entera? ¿Una parte? ¿Que lo sientes? ¿Que no querías? ¿Que Noa también? ¿Que es complejo? Ella no necesita tu complejidad encima ahora.
Maia apretó el móvil.
—No quiero que piense que soy cobarde.
—Hoy no se trata de cómo te vea.
Maia abrió la boca.
La cerró.
Valeria respiró hondo.
—Yo tampoco sé qué hacer. Me preguntó y no pude. No pude mentirle en la cara. No pude seguir siendo esa persona.
Maia sintió que el enojo, el miedo y la culpa se mezclaban hasta volverse indistinguibles.
—No te culpo.
Valeria la miró.
—No lo hagas amable.
—No te culpo —repitió Maia—. De verdad.
Valeria bajó la vista.
Por primera vez, pareció más cerca de llorar que de discutir.
—Yo sí un poco.
Maia dio un paso hacia ella.
Valeria levantó la mano.
—No.
Maia se detuvo.
Esa distancia entre las dos, en ese camerino, dolió casi tanto como lo otro.
—La función es en cuatro días —dijo Valeria.
Maia soltó una risa rota.
—¿Estás pensando en la función?
—Sí. Porque alguien tiene que pensar en algo que no sea este desastre.
Maia se sentó de golpe.
Valeria se apoyó contra la puerta.
—Sofía puede decidir parar. Puede decidir seguir. Puede decidir cualquier cosa. Pero si sigue, tú vas a tener que bailar.
Maia la miró.
—¿Cómo?
—No lo sé.
La respuesta fue honesta.
Valeria cerró los ojos un segundo y luego los abrió.
—Pero no le debes a Sofía tu derrumbe. Si de verdad la respetas, no conviertas la obra en el lugar donde pagas la culpa.
Maia tragó saliva.
Recordó algo parecido dicho antes, pero ahora sonaba más grave. Más definitivo.
—¿Y qué le debo?
Valeria sostuvo su mirada.
—La verdad, cuando corresponda. Y el trabajo, mientras ella decida que el trabajo sigue.
Maia bajó la mirada al móvil.
El impulso de escribirle a Noa fue brutal.
No lo hizo.
No porque no quisiera.
Porque, por primera vez, entendió con claridad que correr hacia Noa en ese momento sería exactamente lo que Sofía no merecía y lo que Valeria ya no podía mirar.
Sofía salió del teatro por la puerta lateral.
No sabía si quería aire o huida.
Caminó dos calles sin dirección clara. El frío le golpeó la cara. Se detuvo frente a una floristería cerrada y vio su reflejo en el vidrio: abrigo oscuro, pelo recogido, cara demasiado compuesta.
Parecía tranquila.
Eso le dio rabia.
El móvil vibró otra vez.
Noa.
Sofía contestó.
—Hola.
Hubo un silencio al otro lado.
—¿Dónde estás? —preguntó Noa.
La voz de Noa tenía miedo.
Sofía lo oyó.
Durante años habría querido calmarlo.
Hoy no pudo.
—Fuera del teatro.
—Voy para ahí.
—No.
Noa respiró.
—Sofía.
El nombre en su boca le hizo daño.
—No vengas.
—Necesito verte.
Sofía cerró los ojos.
—Esa frase no siempre significa amor, Noa.
El silencio que siguió fue largo.
—¿Qué pasó? —preguntó Noa.
Sofía abrió los ojos y miró su reflejo en el vidrio.
—Eso quiero preguntarte yo.
Noa no respondió.
No de inmediato.
Sofía sintió que la verdad se acercaba.
No llegó completa.
—Podemos hablar en casa —dijo Noa.
—¿Podemos?
—Sí.
—¿En la casa donde llegas tarde, te duchas, escondes el móvil y me besas como si estuvieras intentando volver?
Noa dejó de respirar.
Sofía lo escuchó.
Ahí.
Ahí estuvo la confirmación que ninguna palabra había dado todavía.
Sofía sonrió sin humor hacia el vidrio.
—Ya.
—Sofía, por favor.
La voz de Noa se quebró apenas.
Sofía apretó el teléfono.
—No ahora.
—No puedo dejarte así.
—No me estás dejando. Estoy pidiéndote que no vengas.
—Quiero explicarte. Pero no voy a imponerte mi explicación si me estás pidiendo que no vaya.
Sofía rió una vez.
Bajo.
Casi sin sonido.
—Eso también llega tarde.
Noa no dijo nada.
Sofía tragó saliva.
—Voy a volver al teatro. Tengo trabajo.
—Sofía.
—No vengas.
Cortó.
Se quedó quieta frente a la floristería.
El cuerpo empezó a temblarle entonces, cuando ya no había nadie oyendo.
No mucho.
Lo suficiente.
Guardó el móvil en el bolsillo.
Respiró.
Una vez.
Otra.
Después volvió al teatro.
Noa detuvo el coche a mitad de camino.
Sofía le había dicho que no fuera.
Todo en ella quería desobedecer.
La costumbre de reparar con presencia. La urgencia de explicar. El miedo a que la distancia se llenara de una versión peor de los hechos. El deseo egoísta de ver su cara, de medir el daño, de hacer algo aunque no supiera qué.
Pero la frase de Maia volvió con una precisión dolorosa.
No quiero que vengas cada vez que estoy mal.
Y ahora era Sofía.
No era Maia.
Era Sofía pidiendo que no fuera.
Noa apoyó la frente en el volante.
El móvil estaba sobre el asiento.
Podía llamar de nuevo.
Podía ir igual.
Podía hacer lo que había hecho tantas veces: convertir la necesidad de la otra en una excusa para calmar la suya.
No lo hizo.
Se quedó en el coche durante diez minutos.
Después dio la vuelta.
No volvió al centro.
Tampoco fue al teatro.
Fue a casa.
La casa estaba vacía.
Eso era peor.
Sofía volvió al ensayo media hora después.
Valeria la vio entrar y se levantó de inmediato.
Sofía levantó una mano.
—No.
Valeria se detuvo.