El nuevo plano Capítulo 36 La noche mala #2
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Capítulo 36 La noche mala #2

No porque alguna lo dijera.

Porque cada gesto parecía tener la conciencia oscura de algo que no podía durar de esa manera.

Noa la tocó como si la semana le hubiera dolido en las manos.

Maia respondió como si quisiera quitarle todas las palabras que no habían servido.

Hubo deseo sin cortes, piel buscando piel, respiraciones que se encontraron con violencia y después con una ternura escondida, casi involuntaria.

Noa bajó por su cuerpo y Maia cerró los ojos antes de que la boca de Noa la alcanzara, no por sorpresa esta vez, sino porque sabía.

Saber fue peor.

La primera vez había sido descubrimiento.

Esta fue hambre.

Noa la besó con una intensidad que no necesitó volverse brusca para ser feroz.

Maia se arqueó bajo ella, los dedos enredados en su cabello, la sábana arrugada bajo la otra mano.

Cada vez que intentaba controlar el aire, Noa encontraba una forma de desarmarle el ritmo.

No había técnica. No había cuidado clínico.

Había deseo acumulado, atento, oscuro, una forma de pedir perdón sin usar la boca para decirlo.

Maia no quería perdón.

Pero quiso eso.

Quiso el cuerpo de Noa completamente entregado a darle algo que no arreglaba nada y, sin embargo, durante esos minutos, parecía suspenderlo todo.

Cuando el placer la alcanzó, Maia no intentó contener el sonido.

Dijo el nombre de Noa como si la estuviera llamando y alejando al mismo tiempo.

Noa subió despacio, respirando contra su piel.

Maia la besó con una fuerza que casi dolió.

Después la giró.

Noa quedó de espaldas, el cabello oscuro sobre la almohada, los ojos abiertos en la penumbra. Maia la miró desde arriba. Sintió el poder breve y triste de tenerla ahí: Noa sin despacho, sin casa, sin respuesta, sin ninguna estructura que pudiera salvarla de lo que estaba sintiendo.

Maia le tocó la boca.

—Ahora no pienses.

—No estoy pensando.

—Mentira.

Noa sonrió apenas.

Maia se inclinó y la besó.

—Entonces piensa con menos cara.

Noa soltó una risa baja, pero la risa terminó en una respiración quebrada cuando Maia bajó la boca a su cuello.

La noche se abrió otra vez. Maia la tocó con una mezcla de rabia y devoción que no supo separar.

Quería hacerla temblar. Quería cuidarla.

Quería castigarla un poco por volver siempre tarde.

Quería que Noa no pudiera volver a su vida intacta.

Y Noa no volvió intacta.

Se deshizo bajo ella con una belleza que a Maia le dolió mirar.

Control derretido, manos buscando, voz baja, cuerpo rendido sin defensa.

Maia la sostuvo allí, en ese punto donde Noa dejaba de tener respuestas y solo era una mujer deseando demasiado.

La besó en la boca cuando el placer la atravesó, tragándose su respiración como si eso pudiera guardar algo que ya se estaba escapando.

Después quedaron quietas.

Mucho tiempo.

O tal vez solo unos minutos.

La habitación estaba oscura. Afuera pasó un coche. En algún piso cercano sonó una puerta. La vida común seguía haciendo ruidos vulgares alrededor de ellas.

Maia estaba de costado, con una pierna entre las de Noa y una mano apoyada sobre su pecho. Noa le acariciaba la espalda con movimientos lentos, casi automáticos.

El cuerpo había tenido lo que quería.

El resto llegó enseguida.

Maia lo sintió entrar en la habitación como entra el frío por debajo de una puerta.

—No digas nada todavía —murmuró.

Noa no dijo nada.

Maia cerró los ojos.

Quería quedarse ahí. Quería tener el derecho simple de cansarse sobre el cuerpo de Noa sin que la realidad viniera a cobrarles. Quería que aquella noche pudiera ser solo una noche de hambre y alivio, de risa en el pasillo, de piel reconocida. Quería no saber lo que sabía.

Pero lo sabía.

Noa besó su frente.

Fue un gesto pequeño.

Tierno.

Insoportable.

Maia abrió los ojos.

—No hagas eso.

Noa se quedó quieta.

—¿Qué?

—Besarme como si mañana supieras dónde ponerme.

La mano de Noa se detuvo en su espalda.

Ahí empezó la noche mala.

No con un grito.

Con una frase demasiado exacta.

Noa miró el techo.

—No sé dónde poner nada.

Maia se incorporó despacio, sosteniendo la sábana contra el pecho. No por pudor. Por necesidad de sentir una frontera.

—Yo no soy algo que tengas que poner.

Noa cerró los ojos.

—No quise decir eso.

—Ya sé lo que quisiste decir.

—Entonces no lo uses contra mí.

Maia la miró.

La frase la alcanzó con una punzada de enojo.

—¿Contra ti?

Noa se incorporó también.

—No así.

—¿Cómo entonces?

—No sé.

Maia soltó una risa breve, seca.

—Otra vez no sabes.

Noa se pasó una mano por el pelo.

—Maia.

—No. No digas mi nombre como si te comprara tiempo.

Noa cerró la boca.

La habitación parecía más fría ahora.

Maia bajó la vista a la ropa en el suelo, a la camisa rota de Noa, a su propia camiseta junto a la puerta. Todo tenía el aspecto de una escena después del incendio.

—Esto no me alcanza —dijo.

Noa la miró.

La frase no fue fuerte.

No hizo falta.

—Lo sé —respondió Noa.

Maia negó despacio.

—No. No lo sabes. Lo sufres cuando estás aquí. Después vuelves a una vida donde puedes sufrir de otra manera. Yo me quedo con la puerta.

Noa se quedó inmóvil.

—No es así.

—Sí es así.

—No vuelvo intacta.

—Pero vuelves.

La frase cortó todo.

Noa bajó la vista.

Maia sintió que el enojo se le mezclaba con cansancio.

—No estoy diciendo que no te duela. No soy injusta. Sé que te duele.

—Entonces—

—Pero tu dolor no cambia mi lugar.

Noa apretó la sábana entre los dedos.

—No sé cómo salir sin destruirlo todo.

Maia la miró largo.

Noa había dicho esa frase de verdad. Sin adornos. Sin estrategia. Como una mujer atrapada en su propia cobardía y en su propio amor por dos cosas incompatibles.

Maia casi quiso consolarla.

Casi.

Ahí entendió lo peligroso que era.

—Entonces no me pidas que viva dentro de tu demora —dijo.

Noa cerró los ojos.

No hubo respuesta para eso.

El silencio que siguió fue el más triste de la noche. Más que cualquier discusión, más que cualquier reproche. Porque las dos entendieron que habían llegado al punto donde el deseo ya no podía convertirse en argumento.

Maia se levantó.

Noa la siguió con la mirada.

—¿A dónde vas?

—A buscar agua.

—Maia.

—No me sigas.

Noa se quedó en la cama.

Maia fue a la cocina envuelta en la sábana. Bebió agua directamente del grifo porque no quiso buscar un vaso. El apartamento estaba oscuro salvo por la luz del pasillo. En la barra había una naranja. La miró y sintió unas ganas absurdas de llorar.

No lloró.

Volvió al dormitorio con un vaso de agua para Noa.

Se lo tendió.

Noa lo tomó.