Capítulo 36 La noche mala #3
Ese gesto, tan pequeño, las destrozó un poco más.
—Gracias —dijo Noa.
Maia se sentó en el borde de la cama.
No la miró.
—No deberías quedarte.
Noa sostuvo el vaso entre las manos.
—Lo sé.
—Y odio saberlo.
Noa tragó saliva.
—Yo también.
Maia soltó aire.
—No quiero que esta sea una escena donde te echo.
—No lo es.
—Sí lo es un poco.
Noa no discutió.
Maia giró hacia ella.
La vio allí, despeinada, con la sábana sobre las piernas, la boca marcada, los ojos cansados. La vio como la había querido tantas veces: desarmada, real, sin protección. Y aun así no bastaba.
Esa fue la parte más cruel.
Que Noa ahí, tan Noa, no bastara.
—Ven —dijo Maia, en voz baja.
Noa la miró.
Maia abrió los brazos apenas.
Noa fue.
Se abrazaron sentadas en la cama, con torpeza, con el cuerpo todavía demasiado consciente de lo que acababa de pasar. Maia apoyó la cara en el hombro de Noa. Noa la sostuvo por la espalda.
No fue reconciliación.
No fue despedida.
Fue una pausa adulta dentro de algo que dolía demasiado.
—No quiero perder esto —dijo Noa.
Maia cerró los ojos.
—Yo tampoco.
—Pero lo estoy haciendo mal.
Maia soltó una risa triste contra su hombro.
—Bastante.
Noa también rió, apenas.
Después la risa se apagó.
—No sé qué hacer —dijo Noa.
Maia se apartó lo suficiente para mirarla.
—Yo tampoco. Pero ya sé qué no quiero.
Noa sostuvo su mirada.
—¿Qué?
—No quiero esperarte como si eso fuera amor.
Noa cerró los ojos.
La frase quedó en ella.
Maia le tocó la mejilla.
—Y no quiero que vengas solo cuando extrañarme te duele más que quedarte donde estás.
—No fue solo eso.
—Lo sé.
—De verdad.
—Lo sé, Noa.
La forma en que Maia lo dijo fue lo más parecido a una caricia.
Noa apoyó la frente en la suya.
—Te quiero.
Maia cerró los ojos.
La frase llegó tarde y temprano a la vez.
No supo dónde ponerla.
—No lo digas para que cambie esta noche —susurró.
—No.
—No lo digas para quedarte.
—No.
Maia abrió los ojos.
—Entonces sí.
Noa la miró.
—¿Sí qué?
Maia tragó saliva.
—Yo también.
Noa soltó el aire como si algo se le hubiera roto por dentro.
Maia la besó.
No fue un beso de deseo, aunque el deseo seguía debajo. Fue un beso triste, tierno, demasiado humano. Un beso que reconocía algo sin resolverlo. Un beso que no prometía salida.
Cuando se separaron, Maia apoyó una mano en el pecho de Noa.
—Ahora vístete.
Noa asintió.
Se vistió en silencio.
Maia también se puso una camiseta y un pantalón suelto. Ninguna encendió la luz grande. La ropa apareció de a poco, como restos de una vida que había que reconstruir antes de abrir la puerta.
En el salón, Noa recogió el abrigo del suelo. Maia se quedó junto a la barra, con los brazos cruzados.
—No me escribas al llegar —dijo.
Noa la miró.
—¿No?
—No esta vez.
Noa asintió.
—Está bien.
Maia sostuvo su mirada.
—Y no digas está bien como si entendieras todo.
Noa casi sonrió, pero no pudo.
—No entiendo todo.
—Mejor.
Noa fue hacia la puerta.
Antes de abrir, se giró.
—¿Vas a estar bien?
Maia respiró hondo.
—No esta noche.
Noa sintió el golpe.
Maia continuó:
—Pero voy a estar.
Eso sí fue dignidad.
Noa lo entendió.
—Buenas noches, Maia.
—Buenas noches.
Noa salió.
Maia cerró la puerta y apoyó la frente contra la madera.
Esta vez sí lloró.
No mucho.
No como alguien destruido.
Como alguien que había sostenido demasiado tiempo una forma difícil de quererse y, aun así, había logrado no soltarla del todo.
En el coche, Noa no arrancó enseguida.
No escribió.
No llamó.
No buscó una forma de aliviar la herida que acababa de dejar.
Solo se quedó sentada con las manos sobre el volante y la boca todavía llena del nombre de Maia.
Cuando llegó a casa, Sofía dormía.
Noa entró sin ruido, dejó las llaves en el mueble y fue al baño. Se miró en el espejo. Tenía un botón menos en la camisa, los labios marcados, una sombra cansada bajo los ojos.
No podía esconderlo todo.
Pero todavía podía esconder demasiado.
Se duchó.
Se puso ropa limpia.
Entró al dormitorio.
Sofía se movió entre sueños.
—¿Llegaste? —murmuró.
Noa se quedó quieta.
—Sí.
—Ven.
Noa obedeció.
Se acostó a su lado, dejando unos centímetros de distancia. Sofía, medio dormida, la buscó igual. Le apoyó una mano en el abdomen, en ese gesto antiguo de pertenencia tranquila.
Noa cerró los ojos.
La mano de Sofía era tibia.
La piel de Maia seguía ardiendo en su memoria.
Y por primera vez, el cuerpo dividido no le pareció una tragedia hermosa ni una tensión inevitable.
Le pareció exactamente lo que era.
Un daño.
En el apartamento, Maia se lavó la cara con agua fría.
Después volvió a la habitación y encontró el botón suelto junto a la pata de la cama. Lo único que quedaba era el botón.
Lo tomó entre los dedos.
Era pequeño.
Blanco.
Ridículo.
Lo dejó sobre la mesa de noche.
No como recuerdo.
No como prueba.
Como algo que al día siguiente tendría que decidir si devolver, tirar o guardar.
Apagó la luz.
Se acostó sola.
Y aunque el cuerpo todavía recordaba cada segundo de la noche, Maia no se permitió confundir intensidad con destino.
Habían ardido.
Sí.
Pero incluso el fuego más hermoso, si se queda sin aire limpio, empieza a doler en los pulmones.