El nuevo plano Capítulo 35 Lo que Valeria no cubre
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Capítulo 35 Lo que Valeria no cubre

Valeria dejó de decir que Maia estaba cansada.

No fue una decisión anunciada. No hubo discurso, ni promesa solemne frente al espejo del camerino, ni una frase escrita en una nota que pudiera parecer más noble de lo que era. Simplemente, la siguiente vez que Sofía preguntó por Maia, Valeria no usó la respuesta de siempre.

Fue por la mañana, en el pasillo lateral del teatro.

Sofía venía de una reunión con producción y traía el abrigo abierto, el cuaderno contra el pecho y esa expresión de concentración que a veces hacía que la gente se apartara antes de que ella tuviera que pedir paso.

Valeria estaba revisando la lista de entrada de vestuario, con un café en la mano y tres mensajes sin responder.

—¿Maia llegó? —preguntó Sofía.

—Sí. Está en camerino.

Sofía se detuvo.

—¿Cómo está?

Valeria sintió la respuesta antigua subirle a la boca.

Cansada.

Era fácil. Una palabra útil, amplia, casi siempre cierta. Servía para explicar ojeras, silencios, distracciones, intensidad de más, intensidad de menos, ganas de llorar, ganas de desaparecer, ganas de bailar hasta romperse. Había sido una palabra perfecta.

Demasiado perfecta.

Valeria tragó saliva.

—No lo sé —dijo.

Sofía levantó la vista del cuaderno.

—¿No lo sabes?

—No le pregunté todavía.

La mentira no era total. Esa era la parte tramposa. No había hablado con Maia esa mañana, no en serio. La había visto entrar, saludar con un gesto mínimo y meterse en el camerino con la mochila al hombro. Podría haber interpretado. Podría haber cubierto. Podría haber suavizado.

No lo hizo.

Sofía la observó con atención.

—Vale.

La palabra fue breve, pero Valeria sintió que no cerraba nada.

—Voy a verla antes de empezar —dijo Sofía.

Valeria asintió.

—Está bien.

Sofía dio dos pasos y luego se detuvo.

—Valeria.

Ella cerró los ojos un instante antes de girar.

—¿Sí?

—Tú sí estás rara.

Valeria sostuvo el café con más fuerza.

—Producción está intentando matarme.

—Producción intenta matarte desde que te conozco.

—Esta vez con método.

Sofía no sonrió del todo.

—Si hay algo que afecte a la función, necesito saberlo.

La frase era profesional.

También era otra cosa.

Valeria sintió que el pasillo se estrechaba.

—Si hay algo que afecte a la función, te lo voy a decir.

Sofía la miró un segundo más.

—Eso no es lo mismo que decirme si hay algo.

Valeria no respondió.

No porque no pudiera inventar otra frase.

Porque ya no quería.

Sofía asintió despacio, como si hubiera recibido más silencio del que esperaba.

—Entiendo.

Valeria sintió un golpe de miedo.

—No, Sofía…

—Está bien.

Pero no sonaba bien.

Sofía siguió hacia el camerino.

Valeria permaneció en el pasillo con el café enfriándose en la mano y la sensación física de haber soltado algo que no sabía cómo volver a agarrar.

En el camerino, Maia estaba sentada frente al espejo con el cabello suelto.

Tenía el móvil apagado sobre la mesa.

Sofía lo vio antes de mirar a Maia.

—Eso sí es nuevo —dijo.

Maia siguió desenredándose el pelo con los dedos.

—¿Qué?

—El móvil apagado.

Maia bajó la vista hacia el aparato.

—Estoy intentando no depender de una pantalla para saber cómo estoy.

Sofía no respondió enseguida.

La frase tenía un filo extraño. Podía ser personal, podía ser generacional, podía ser cansancio de ensayo. Podía ser cualquier cosa.

Últimamente todo podía ser cualquier cosa.

Sofía apoyó el cuaderno sobre la mesa.

—Valeria no sabe cómo estás.

Maia levantó la mirada.

—¿Te dijo eso?

—Sí.

Algo se movió en el rostro de Maia. No sorpresa. Algo más íntimo. Una mezcla de comprensión y dolor.

Sofía lo vio.

Otra pieza.

—¿Cómo estás? —preguntó.

Maia soltó el peine sobre la mesa.

La respuesta habitual también estaba disponible para ella.

Bien.

Cansada.

Nerviosa.

Lista.

Todas servían.

Ninguna era suficiente.

—Estoy… concentrada —dijo al fin.

Sofía inclinó apenas la cabeza.

—Eso suena a respuesta de alguien que eligió una palabra con cuidado.

Maia casi sonrió.

—Tú harías lo mismo.

—Probablemente.

Sofía se apoyó contra la mesa. La luz del espejo le marcaba el rostro de costado. No venía con dureza, ni con sospecha abierta. Venía como directora. Como mujer que sabía leer un cuerpo antes de que la boca encontrara una coartada.

—La previa salió bien —dijo.

—Sí.

—Muy bien.

Maia asintió.

—Lo sé.

—Eso también es nuevo.

—¿Que lo sepa?

—Que no lo niegues.

Maia bajó la vista a sus manos.

—Estoy intentando no hacerme pequeña cuando algo sale bien.

Sofía la observó con una atención que a Maia le resultó casi insoportable.

—Eso es más importante que la obra.

Maia rió apenas.

—No te creo.

—Yo tampoco del todo, pero sonó noble.

Maia sonrió.

Durante un segundo, el aire se suavizó.

Después Sofía miró otra vez el móvil apagado.

—¿Hay algo que te esté sacando del eje?

Maia sintió que todo el cuerpo se le tensaba sin moverse.

Sofía no perdió el gesto.

—No te pregunto por curiosidad —añadió—. Te pregunto porque en esta etapa cualquier cosa que te saque del eje se va a ver en escena.

Maia sostuvo su mirada.

Era una puerta.

No completamente abierta, pero una puerta.

Podría decir algo. No todo. Algo. Podría decir que estaba metida en una historia que la excedía, que había una mujer, que esa mujer no podía elegirla sin destruir otra casa.

Podría decir que Valeria estaba cansada de verla mentir con los ojos.

Podría decir que Sofía tenía razón: algo la estaba sacando del eje.

Pero Sofía era esa otra casa.

Y Maia no iba a usar su cuidado para aliviarse.

—Estoy trabajando en no dejarme arrastrar por cosas que no puedo controlar —dijo.

Sofía la miró durante varios segundos.

—Eso también suena elegido con cuidado.

—Es lo mejor que tengo hoy.

La honestidad parcial quedó entre ellas.

Sofía asintió.

—Entonces hoy no vamos a forzar más de lo necesario.

—Puedo sostener.

—No lo dudo.

—Entonces—

—Justamente porque puedes, no necesito que me lo demuestres cada cinco minutos.

Maia cerró la boca.

Sofía tomó el cuaderno.

—Escalera, segundo acto, después pausa larga. Y come algo antes.

Maia miró el plátano que Valeria le había dejado sobre la mesa.

—Todas están obsesionadas con que coma.

—No todas. Las inteligentes.

Sofía fue hacia la puerta.

Antes de salir, se giró.

—Maia.

—¿Sí?

—Si un día la palabra concentrada ya no alcanza, usa otra.

Maia sintió que la garganta se le cerraba.

—Está bien.

Sofía salió.

Maia se quedó mirando la puerta cerrada.

No lloró.

Le habría parecido demasiado fácil.

Valeria no entró enseguida.

Esperó en el pasillo, apoyada contra la pared, escuchando el murmullo del teatro despertando alrededor. Cuando Sofía pasó junto a ella, ninguna habló. Sofía solo le dirigió una mirada breve, difícil de sostener, y siguió hacia la platea.

Valeria esperó a que se alejara antes de entrar al camerino.

Maia seguía sentada.

—No le dijiste que estaba cansada —dijo sin girarse.

Valeria cerró la puerta.

—No.

—Gracias.

Valeria soltó una risa seca.

—No creo que eso merezca agradecimiento.

—Igual.

Valeria dejó el café sobre la mesa. Esta vez sí había traído uno. Maia lo miró.

—Pensé que ya no hacías eso.

—No dije que iba a dejar de traerte café. Dije que iba a dejar de cubrirte.

Maia tomó el vaso.

—Es una diferencia importante.

—Sí. Y cara. El café subió.

Maia sonrió apenas.

Valeria se sentó en la silla libre y se quedó mirándola.

—Hoy necesito decirte algo sin que pongas cara de tragedia portuguesa.

—Soy portuguesa. No puedo prometer nada.

—Haz el esfuerzo.

Maia giró hacia ella.

Valeria apoyó los antebrazos sobre las rodillas.

—No voy a mentir por ti.

Maia bajó la mirada.

—Lo sé.

—No, escucha. No voy a mentir por ti. No voy a decir que estás cansada si no sé qué estás.

No voy a acomodar una salida tuya para que puedas verla.

No voy a fingir frente a Sofía que no noto cosas.

Y si ella me pregunta algo directo, no sé qué voy a responder, porque tampoco quiero ser la persona que destruye todo con una frase impulsiva.

Maia cerró los dedos alrededor del vaso de café.

—Entiendo.

—No terminé.

Maia respiró.

Valeria siguió:

—Soy tu amiga, Maia. Justamente por eso no voy a ayudarte a seguir haciendo esto.

La frase quedó limpia en el camerino.

Maia la sintió como un golpe en el pecho, aunque la hubiera visto venir desde hacía días.

—No te pedí ayuda.

Valeria cerró los ojos un segundo.

—No hagas eso otra vez.

Maia apretó la mandíbula.

—Perdón.

—Tampoco me pidas perdón como reflejo.

Maia dejó el café sobre la mesa.

—Entonces no sé qué decir.

—No tienes que decir nada brillante.

—Bien, porque no tengo nada brillante.

Valeria la miró.

—Sé que te duele.

Maia tragó saliva.

—Sí.

—Sé que no es solo capricho.

—No.

—Sé que no estás esperando porque te falte amor propio.

Maia levantó la vista.

Valeria respiró hondo.

—Pero también sé que puedes empezar a perderlo si sigues aceptando que te quieran solo cuando el resto de la vida deja un hueco.

Maia sintió que algo se le quebraba despacio.

—No es solo eso.

—Ya lo sé.

—Noa no me trata como un hueco.

—A veces no. A veces sí. Y creo que esa mezcla es la que te está haciendo más daño.

Maia no pudo responder.

Porque esa era la parte más difícil de explicar: Noa podía hacerla sentir vista de una forma feroz, elegida en el cuerpo, acompañada en el desorden, y luego desaparecer dentro de una vida que no le pertenecía.

Noa podía quedarse una noche entera y, días después, volverse una frase correcta.

Podía mirarla desde una platea como si el mundo se hubiera reducido a ella y después irse a casa con Sofía.

No era una ausencia simple.

Era una presencia intermitente.

Y eso cansaba de otra manera.

—No sé cómo salir —dijo Maia.

La voz le salió más baja de lo que quería.

Valeria suavizó la expresión, pero no se acercó.

—No te estoy pidiendo que salgas hoy.

—¿Entonces?

—Te estoy diciendo que no voy a poner alfombra para que sigas entrando.

Maia soltó una risa triste.

—Qué imagen horrible.

—Soy productora. Trabajo con logística.

Maia se secó una lágrima que no había terminado de caer.

Valeria fingió revisar su tableta. Le dio ese segundo.

Después dijo:

—No voy a dejar de quererte por esto.

Maia cerró los ojos.