Capítulo 34 La función previa #3
Maia sostuvo su mirada.
—Gracias.
—No. Muy bien de verdad.
La voz de Sofía tenía emoción real.
Maia sintió que algo se le cerraba en el pecho.
—Fue tu dirección.
Sofía sonrió, pero la sonrisa tuvo un borde cansado.
—No me regales mérito para quitarte peso. Hoy sostuviste tú.
Noa miró a Sofía.
Después a Maia.
Valeria, desde lejos, apretó la carpeta contra su cuerpo.
Alejandro dejó de fingir que leía.
Sofía volvió a mirar a Noa.
—¿Nos vamos en un rato?
La pregunta era normal.
Pareja normal.
Noche normal.
Noa asintió.
—Sí.
Maia bajó la vista.
Sofía notó eso también.
No como prueba.
Como gesto.
—Maia —dijo—, mañana llegamos una hora más tarde. Descansa.
—Sí.
—Lo digo en serio.
—Lo haré.
Sofía asintió y volvió hacia el grupo que la reclamaba.
Noa y Maia quedaron de nuevo una frente a la otra, pero ya no estaban solas ni siquiera dentro del ruido.
Maia habló primero.
—Vete con ella.
Noa sintió el golpe.
—Maia.
—No lo digo como castigo.
—Lo sé.
—Lo digo porque es lo que va a pasar.
Noa no pudo negarlo.
Maia miró hacia Sofía.
—Y porque hoy no quiero esperarte después.
La frase fue suave.
Definitiva.
Noa asintió.
—Está bien.
Maia la miró con una advertencia casi tierna.
—No digas eso como si te estuvieras portando bien.
Noa bajó la vista.
—No sé cómo decirlo.
Maia respiró.
—Entonces no digas nada.
Noa no dijo nada.
Maia dio un paso atrás.
—Gracias por venir.
—Gracias por dejarme verlo.
Maia sostuvo su mirada un segundo más.
Después se fue hacia Valeria.
Valeria no preguntó. Solo le pasó una botella de agua. Maia la aceptó y se quedó a su lado.
Noa volvió con Alejandro.
Él la miró.
—No voy a decir nada inteligente.
—Gracias.
—Dije inteligente. No dije nada.
Noa cerró los ojos.
Alejandro bajó la voz.
—Sofía vio algo.
Noa abrió los ojos.
—No lo sabes.
—No. Pero tú sí.
Noa miró hacia Sofía.
Ella hablaba con una mujer del equipo de patrocinio, sonriendo, respondiendo con precisión, aceptando elogios. Parecía en control. Parecía feliz. Parecía Sofía.
Pero de vez en cuando, su mirada volvía.
No a Maia solamente.
No a Noa solamente.
Al espacio que había quedado entre ellas.
Esa noche, al volver a casa, Sofía habló poco.
Noa condujo.
El silencio en el coche no era frío, pero tampoco era cómodo. Sofía miraba por la ventana, con el programa de mano doblado sobre las rodillas. Las luces de Madrid pasaban por su rostro en franjas.
—Salió bien —dijo Noa al fin.
Sofía asintió.
—Sí.
—Tendrías que estar contenta.
Sofía sonrió sin mirarla.
—Lo estoy.
Noa esperó.
Nada más.
Al llegar a casa, Sofía dejó el abrigo en la entrada y fue al baño a quitarse el maquillaje. Noa se quedó en la cocina, llenando un vaso de agua que no tenía sed de beber.
Cuando Sofía volvió, llevaba la cara limpia y el cabello suelto.
—Maia estuvo impresionante —dijo.
Noa sostuvo el vaso.
—Sí.
Sofía se apoyó en el marco de la puerta.
—La mirabas mucho.
El vaso no se movió en la mano de Noa.
Eso fue mérito.
—Estaba en escena.
Sofía sonrió apenas.
—Todo el mundo estaba mirando la escena.
Noa sostuvo su mirada.
—Es una gran intérprete.
—Sí.
La palabra quedó sola.
Sofía cruzó los brazos, no como defensa, sino como si tuviera frío.
—¿Te emociona verla así?
Noa sintió que la pregunta tenía demasiadas capas.
Respondió la más segura.
—Me alegra. Llegó muy rota.
—No estaba rota.
Noa se quedó quieta.
Sofía la miró.
—Estaba lesionada. No rota.
La corrección fue suave.
Terrible.
Noa bajó la vista.
—Tienes razón.
Sofía soltó aire por la nariz, casi una risa.
—Últimamente todo el mundo me da la razón con una cara rarísima.
Noa no supo qué decir.
Sofía se apartó del marco.
—Voy a dormir.
—Sofía.
Ella se detuvo.
Noa quiso cruzar la cocina. Quiso abrazarla. Quiso decir algo que no fuera otra verdad parcial.
—Estoy orgullosa de ti —dijo.
Sofía la miró.
La frase la tocó. Se notó.
Pero no borró lo otro.
—Gracias.
Fue al dormitorio.
Noa se quedó sola en la cocina.
El móvil vibró.
Noa cerró los ojos.
Lo tomó.
Era Maia.
Maia: Llegué a casa.
Noa leyó el mensaje con el pecho apretado.
Escribió:
Noa: Estuviste hermosa.
Lo miró.
Lo borró.
Escribió:
Noa: Estuviste brillante.
También lo borró.
Recordó a Maia diciendo hoy no quiero esperarte después.
Escribió:
Noa: Me alegra que hayas llegado.
Envió.
Maia respondió:
Maia: A mí también.
Nada más.
Noa dejó el teléfono boca abajo.
En su apartamento, Maia estaba sentada en el suelo, todavía con restos de maquillaje en las pestañas. Valeria le había escrito para confirmar que había llegado. Sofía no le había escrito. Noa sí.
Un mensaje correcto.
Cuidadoso.
Insuficiente.
Maia apoyó la cabeza contra el sofá.
No respondió más.
Esa noche nadie dijo la verdad.
Pero Sofía había visto una forma.
Valeria había visto el costo.
Alejandro había visto el peligro.
Noa había visto a Maia no bailar para ella.
Y Maia, bajo la luz de una función que no era estreno, había entendido algo que le dolió tanto como la fortaleció:
podía ser deseada por Noa,
podía quererla hasta el hueso,
podía temblar si la miraba desde la cuarta fila,
y aun así no entregarle el centro de la escena.