Capítulo 33 El gesto visible #3
Maia sintió la irritación subir otra vez.
Escribió:
Maia: No. No entiendes. Hoy no porque estoy cansada de que cada problema nos empuje a vernos como si mi cuerpo fuera el lugar donde vienes a calmarte.
Valeria bajó la mirada.
Noa no respondió de inmediato.
Maia agregó:
Maia: Si Sofía empieza a ver, no voy a ser yo quien te sostenga el miedo.
Envió.
El silencio que siguió pareció abrirse en el pasillo.
Valeria no habló.
Noa leyó los mensajes en su despacho.
La puerta estaba cerrada. La foto seguía abajo, en recepción, como un objeto inocente que de pronto se había vuelto peligroso. Sofía estaría camino al teatro o a una reunión o a cualquier punto de la vida que Noa seguía partiendo en secreto.
Si Sofía empieza a ver, no voy a ser yo quien te sostenga el miedo.
Noa apoyó el móvil sobre la mesa.
Maia tenía razón.
Otra vez.
Y esa acumulación de razón empezaba a mostrar una forma que Noa no quería mirar: Maia no se estaba endureciendo por falta de deseo. Se estaba cuidando.
Eso la hacía más distante.
Y más admirable.
Noa escribió:
Noa: No voy a ir. Y no voy a usar tu cansancio para calmarme yo.
Esta vez sí envió.
Después apagó el móvil durante una hora.
No para no escribirle a Maia.
Para no pedirle algo que Maia acababa de negarse a darle.
En el teatro, Sofía dirigió el ensayo con una precisión impecable.
Si estaba rara, casi nadie lo notó.
Valeria sí.
Maia también.
No porque Sofía fallara. Sofía no fallaba. Pero hizo algo distinto: miró un poco más. Pausas pequeñas. Observaciones más largas. Silencios antes de corregir. En un momento, Maia entró desde la diagonal y Sofía no la detuvo por el apoyo ni por la luz, sino por la mirada.
—Otra vez —dijo.
Maia volvió a la marca.
—¿Qué estuvo mal?
Sofía sostuvo el lápiz contra el cuaderno.
—No sé todavía.
La frase hizo que el escenario se enfriara.
Valeria levantó la vista.
Maia sintió el cuerpo alerta.
Sofía la observó desde la platea.
—Estás contando algo antes de llegar a la luz. Quiero que lo guardes.
Maia tragó saliva.
—De acuerdo.
—No lo muestres antes de tiempo.
La indicación era teatral.
También era insoportable.
Maia repitió.
Esta vez guardó.
Sofía bajó el lápiz.
—Mejor.
Valeria soltó el aire.
Maia no.
Al terminar la jornada, Sofía se acercó a Maia en el escenario.
—Buen trabajo hoy.
—Gracias.
Sofía la miró.
—Sé que esta semana es pesada. Si necesitas bajar carga, lo dices.
Maia sostuvo su mirada.
—Estoy bien.
Sofía asintió.
—No tienes que estarlo siempre.
La frase fue amable.
Maia sintió que casi no podía con la amabilidad.
—Lo sé.
Sofía le tocó el brazo apenas, como aquella mañana.
—Descansa.
Se fue.
Maia se quedó sola en el escenario.
Valeria se acercó desde el lateral.
—¿Vienes?
Maia miró la platea vacía.
—En un minuto.
Valeria dudó, pero asintió.
—Un minuto.
Cuando se fue, Maia caminó hasta el borde del escenario y se sentó con las piernas colgando.
El teatro vacío tenía un silencio particular, más grande que el de una casa.
Un silencio lleno de cosas dichas, de cuerpos movidos, de luces probadas, de una obra que seguía creciendo aunque debajo de ella algo empezara a pudrirse.
Maia tomó el móvil.
No había mensajes nuevos de Noa.
Esta vez, agradeció que no los hubiera.
Guardó el teléfono.
Miró la platea.
Y pensó que la dignidad, a veces, no se sentía como fuerza.
A veces se sentía como quedarse sentada en un lugar vacío, con ganas de correr hacia alguien, y elegir no hacerlo.
Sofía llegó a casa antes que Noa.
Dejó el bolso en la entrada, se quitó la bufanda y fue hasta la cocina. Encendió una luz. Abrió la nevera. La cerró sin sacar nada.
Noa llegó veinte minutos después.
—Hola —dijo desde la puerta.
Sofía giró.
—Hola.
Noa dejó las llaves.
—¿Cómo fue el ensayo?
Sofía la miró.
—Bien.
—¿Maia?
La pregunta salió demasiado rápido.
Noa lo supo en cuanto la dijo.
Sofía no respondió enseguida.
Fue apenas un segundo.
Pero el segundo existió.
—Bien —dijo Sofía—. Cansada. Fuerte.
Noa asintió.
—Me alegro.
Sofía abrió una botella de agua y bebió.
—Yo también.
El silencio que siguió fue pequeño.
Pero no era igual a otros silencios.
Noa se acercó.
—¿Estás bien?
Sofía apoyó la botella sobre la encimera.
—Eso iba a preguntarte yo.
Noa sostuvo su mirada.
—Estoy cansada.
Sofía sonrió apenas.
—Todos estamos cansados últimamente.
Noa no supo qué decir.
Sofía se acercó y la besó en los labios.
Fue un beso breve.
Correcto.
No frío, pero tampoco entregado.
Después se apartó.
—Voy a ducharme.
Noa la vio salir de la cocina.
No la siguió.
Esa noche, en la cama, Sofía se acostó de espaldas.
Noa apagó la luz.
La oscuridad no ocultó nada.
Sofía tardó en dormirse.
Noa también.
Entre ellas había pocos centímetros.
La distancia no era física.
Y en alguna parte de Madrid, Maia dormía sola, con el móvil apagado sobre la mesa de noche, preservando un espacio que todavía le pertenecía.
Nadie cruzó la ciudad.
Pero algo ya había cruzado igual.
Una mirada.
Un gesto.
Una foto en una pared.
Una pregunta demasiado rápida.
La grieta no se abrió de golpe.
Solo dejó de ser invisible.