El nuevo plano Capítulo 33 El gesto visible #2
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Capítulo 33 El gesto visible #2

Era una imagen tomada durante una sesión del inicio del proceso: Maia en la sala funcional, de perfil, haciendo un ejercicio de equilibrio sobre una plataforma.

Noa estaba a su lado, ligeramente inclinada, observando la línea de su rodilla.

La foto no era íntima. Era profesional. Probablemente la habían tomado para redes internas o como registro del trabajo con artistas.

Pero Sofía se levantó.

Se acercó.

Noa no tocaba a Maia en la imagen. Apenas señalaba algo con la mano abierta. Maia miraba al frente, concentrada. La distancia entre ambas era correcta.

Y, aun así, Sofía sintió algo.

No en la foto.

En ella misma.

Tal vez porque conocía a Noa. Conocía esa atención. Esa forma de mirar un cuerpo no como superficie, sino como estructura, posibilidad, problema y promesa. La había visto miles de veces. La admiraba. Era parte de lo que amaba de Noa: su capacidad de mirar hasta entender.

Pero en esa foto, de pronto, esa atención tuvo otro color.

—Sofía.

La voz de Noa llegó desde el pasillo.

Sofía giró.

Noa estaba a unos metros, con una carpeta en la mano. Se había detenido al verla frente a la foto. El gesto duró apenas un instante, pero Sofía lo vio.

Sorpresa.

Después control.

—Hola —dijo Sofía.

Noa se acercó.

—No sabía que venías.

—Estaba cerca.

—¿Pasa algo?

—Quería hablarte de la semana intensiva.

Noa asintió.

—Claro. Subamos.

Sofía señaló la foto con una sonrisa medida.

—No sabía que la tenían ahí.

Noa miró la imagen.

—Ah. Sí. La puso comunicación hace unas semanas. Trabajo interdisciplinar o alguna frase horrible parecida.

—Es buena foto.

—Supongo.

Sofía miró a Noa.

—Pareces muy concentrada.

—Estoy trabajando.

Noa respondió demasiado rápido.

Otra pieza.

Sofía sonrió.

—Ya lo sé.

Subieron al despacho.

El búnker tenía el orden habitual de Noa: libros, informes, una taza fría, dos carpetas perfectamente alineadas y una planta pequeña que Sofía había regalado hacía años y que seguía viva por puro milagro o disciplina. Sofía se sentó en la silla frente al escritorio. Noa cerró la puerta.

—¿Quieres café?

—No.

—¿Agua?

—Noa.

Noa dejó de moverse.

Sofía la observó.

—Solo quiero hablar.

—Claro.

Noa se sentó.

Hablaron de Maia.

De repeticiones, descanso, impacto, secuencias de alto riesgo, calor previo, pausas. Noa respondió con precisión. Sofía tomó notas. Todo era profesional, útil, correcto.

Demasiado correcto.

—¿Crees que puede sostener el estreno? —preguntó Sofía.

—Sí.

—¿Sin recaer?

—Si no la empujan por orgullo, sí.

Sofía levantó la vista.

—¿La empujan o se empuja?

Noa sostuvo la mirada.

—Ambas cosas.

Sofía sonrió apenas.

—Eso suena a Maia.

—Sí.

El nombre quedó en el despacho.

Sofía bajó la vista al cuaderno.

—Está distinta.

Noa no dijo nada.

—Mejor —añadió Sofía—. Pero distinta.

—Está recuperando confianza.

—No es solo eso.

Noa sintió que algo se tensaba bajo la piel.

—¿No?

Sofía la miró con una calma difícil.

—Tú también estás distinta.

Noa sostuvo la expresión.

—Eso me lo dices mucho últimamente.

—Porque intento entenderlo.

—Quizá no hay tanto que entender.

Sofía se reclinó apenas en la silla.

—Esa frase nunca significa eso.

Noa bajó la mirada.

Sofía la observó un segundo más. Después cerró el cuaderno.

—No importa. Gracias por las indicaciones.

Se levantó.

Noa también.

—Sofía.

Ella se detuvo.

—¿Sí?

Noa no supo qué iba a decir hasta que fue tarde para no decir nada.

—No quiero que sientas que estoy lejos.

Sofía la miró.

La frase fue tan inesperada que, por un segundo, el cansancio le dejó paso a algo más vulnerable.

—Entonces no estés lejos.

Noa no respondió.

Sofía se acercó, le tocó el brazo y la besó en la mejilla, cerca de la boca.

—Nos vemos en casa.

—Sí.

Sofía salió del despacho.

Noa se quedó sola.

En recepción, Sofía volvió a mirar la foto antes de irse.

Noa y Maia en la sala funcional.

Correctas.

Profesionales.

Inofensivas.

Sofía se obligó a caminar hacia la puerta.

No tenía nada.

Solo gestos.

Pero los gestos, en su oficio, siempre habían sido suficientes para empezar a construir una verdad.

Esa tarde, Maia encendió el móvil al salir del teatro.

Tenía un mensaje de Noa.

Noa: Sofía vino al centro.

Maia se detuvo en medio del pasillo.

Valeria caminaba unos pasos delante y giró al notar que no la seguía.

—¿Qué?

Maia le mostró el mensaje.

Valeria lo leyó.

No dijo nada.

Maia escribió:

Maia: ¿Por qué?

Noa respondió:

Noa: Para hablar de tu carga esta semana.

Maia cerró los ojos.

Maia: Claro.

Noa escribió enseguida:

Noa: Vio una foto nuestra en recepción.

Maia sintió frío.

Maia: ¿Qué foto?

Noa: Una sesión vieja. Profesional. No es nada.

Maia miró la pantalla.

No es nada.

Cuántas veces una frase así había sido el comienzo de algo.

Valeria le tocó el brazo.

—Respira.

Maia no se había dado cuenta de que estaba conteniendo el aire.

Noa escribió otro mensaje.

Noa: Pero creo que notó algo.

Maia miró a Valeria.

Valeria cerró los ojos un segundo.

—Ahí está —dijo.

Maia volvió al teléfono.

Escribió:

Maia: ¿Qué notó?

Noa: No sé. A mí. La foto. No sé.

Maia sintió una punzada de enojo.

No miedo primero.

Enojo.

Porque incluso en eso Noa no sabía. No sabía cómo estar, no sabía cómo irse, no sabía cómo decir, no sabía qué había visto Sofía. Y Maia estaba empezando a cansarse de vivir dentro de las zonas grises de Noa.

Escribió:

Maia: No quiero hablar por mensaje.

Noa respondió:

Noa: ¿Puedo verte?

Maia miró a Valeria.

Valeria no leyó la pantalla, pero entendió igual.

—No puedo decidir por ti.

—No te lo pedí.

—Lo sé. Estoy recordándomelo a mí.

Maia sostuvo el móvil.

No quería correr.

Tampoco quería fingir que no le importaba.

Escribió:

Maia: No hoy.

Noa tardó.

Noa: Entiendo.