Capítulo 33 El gesto visible
Sofía empezó a sospechar por una tontería.
No fue por una llamada a medianoche, ni por una mentira mal sostenida, ni por encontrar una prenda ajena en el cajón de Noa. No fue por el olor de otra piel ni por una marca en el cuello ni por una conversación escuchada a medias.
Fue por la forma en que Noa dejó de mirar el móvil.
Eso, al principio, debería haber sido bueno.
Durante semanas, Sofía había sentido que Noa vivía con una parte del cuerpo inclinada hacia la pantalla.
No siempre escribía, pero estaba atenta.
Al sonido. A la vibración. A la posibilidad.
Noa tenía esa manera controlada de no mirar algo que, precisamente por lo controlada, volvía evidente que quería mirarlo.
Después, de golpe, empezó a dejar el móvil lejos.
En la encimera mientras cenaban. Dentro del bolso mientras veían una película. En el despacho cuando se iban a dormir. Boca abajo, sí, pero no junto a ella.
Una persona menos inteligente quizá habría sentido alivio.
Sofía sintió una incomodidad difícil de nombrar.
Noa estaba más presente.
Y, aun así, esa presencia tenía el borde de algo aprendido demasiado rápido.
El domingo por la mañana, Sofía la encontró en la cocina haciendo café con el móvil apoyado en la mesa del comedor, a varios metros.
Noa llevaba pantalón de dormir, una camiseta blanca y el cabello recogido sin demasiada prolijidad.
Parecía tranquila. Incluso hermosa en esa especie de descuido raro que Sofía había visto más en las últimas semanas que en los últimos años.
Sofía se quedó en la puerta un segundo antes de entrar.
—Estás despierta.
Noa giró.
—Sí. No podía dormir.
—¿Desde cuándo haces café antes de revisar el teléfono?
La pregunta salió con humor.
Casi.
Noa miró hacia la mesa.
Un segundo.
Muy poco.
Pero Sofía lo vio.
—Estoy intentando tener hábitos menos horribles —dijo Noa.
—Qué ambición tan repentina.
Noa sonrió.
—No me castigues por evolucionar.
Sofía se acercó, tomó una taza del armario y la dejó sobre la encimera.
—No te castigo. Me intrigas.
Noa le sirvió café.
—Eso suena peor.
—Lo es.
Sofía bebió un sorbo y la observó por encima de la taza.
No quería sospechar.
Esa era la verdad más incómoda.
Sospechar exigía energía, y Sofía tenía muy poca.
La obra estaba entrando en su fase más delicada, producción se volvía cada vez más demandante, Maia estaba alcanzando un punto artístico que requería cuidado y filo al mismo tiempo, Valeria estaba rara, el elenco estaba agotado, y Noa…
Noa era su casa. Noa era el lugar al que volvía para dejar de dirigirlo todo.
Sospechar de Noa era como sospechar de una pared de carga.
Una prefiere creer que el crujido viene del viento.
—¿Qué miras? —preguntó Noa.
Sofía parpadeó.
—A ti.
—¿Con diagnóstico?
—Con curiosidad estética.
—Eso es peor que diagnóstico.
Sofía sonrió y se acercó. Le acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja.
—Estás distinta.
Noa ya no discutió esa frase.
Quizá eso también fue un dato.
—Puede ser.
—¿Es bueno?
Noa sostuvo su mirada.
—No sé.
La respuesta fue más honesta de lo que Sofía esperaba.
Durante un segundo, la cocina quedó demasiado silenciosa.
Sofía apoyó la taza en la encimera.
—¿Hay algo que quieras decirme?
Noa no apartó la mirada.
El tiempo se tensó entre ellas.
La respuesta completa estuvo ahí. Sofía casi pudo sentirla: una masa invisible detrás de los ojos de Noa, algo que empujaba por salir y que ella, por miedo o por amor o por cobardía, no terminaba de abrir.
Noa dijo:
—Estoy cansada de mí.
Sofía respiró.
La frase no era la verdad.
Pero tampoco era mentira.
—Ven aquí —dijo.
Noa obedeció.
Sofía la abrazó en medio de la cocina. Noa tardó apenas un segundo en responder, pero después lo hizo con fuerza. Apoyó la cara en el hombro de Sofía y cerró los ojos.
Sofía la sostuvo.
La mujer que tenía entre los brazos era real. Su cansancio era real. El modo en que se apoyaba en ella era real. Y aun así, mientras le acariciaba la espalda, Sofía sintió que algo se le escapaba por debajo de las manos.
No supo qué.
Todavía.
En otro punto de Madrid, Maia apagó el móvil.
No lo puso boca abajo.
No lo dejó en otra habitación.
Lo apagó.
El gesto fue más dramático de lo que le habría gustado admitir, pero estaba sola, así que nadie podía acusarla de teatralidad.
El apartamento estaba en silencio. Había lavado la ropa, ordenado la cocina, tirado por fin una bolsa de basura que llevaba dos días junto a la puerta y desayunado pan con queso, tal como Valeria había exigido por mensaje con una agresividad casi maternal.
Noa no había escrito desde la noche en que Maia le había dicho que no quería acostumbrarse a vivir de intenciones.
Eso también era bueno.
Eso también dolía.
Maia se sentó en el suelo del salón, con la espalda contra el sofá y una manta sobre las piernas.
Tenía el día libre hasta la tarde. Podía leer.
Podía caminar. Podía ir al Rastro, comprar flores secas, perderse en una librería mínima, hacer cualquier cosa que no tuviera que ver con esperar a una mujer que vivía con otra.
Apagar el móvil fue una forma de elegir una de esas posibilidades.
Le duró cuarenta minutos.
Después se odió un poco, lo encendió, vio que no había mensajes y lo apagó de nuevo.
—Patética —murmuró.
Pero no con odio.
Con cansancio.
No era patética por querer a Noa. Eso empezaba a entenderlo. Tampoco por desearla, ni por extrañarla, ni por recordar su cuerpo con una precisión que aún le encendía la piel en momentos inconvenientes.
Lo que no quería era volverse pequeña alrededor de esa espera.
Eso sí no.
A las cuatro, Valeria pasó por su apartamento sin avisar.
Maia abrió con el cabello recogido de cualquier manera y una camiseta demasiado grande.
—¿Qué haces aquí?
Valeria levantó una bolsa.
—Traigo comida para comprobar que sigues siendo un organismo funcional.
—Eso es invasivo.
—Sí.
Valeria entró sin pedir permiso.
Maia cerró la puerta.
—¿Y si estaba ocupada?
Valeria dejó la bolsa sobre la barra y la miró.
—¿Lo estabas?
Maia sostuvo la mirada tres segundos.
—No.
—Entonces mi método funciona.
Traía empanadas, fruta y una botella de agua grande. Maia miró la bolsa.
—¿Fruta otra vez?
—La fruta no es el problema. El problema es cuando la usas como sustituto de una vida.
Maia tomó una empanada.
—Dios, eres insoportable cuando tienes razón.
—Estoy en una etapa difícil.
Comieron en la cocina, de pie, como Maia hacía casi todo. Valeria no preguntó por Noa. Maia lo agradeció en silencio.
Después de un rato, Valeria apoyó los codos en la barra.
—Sofía está rara.
Maia dejó la empanada a medio camino.
—¿Rara cómo?
—No sé.
—Valeria.
—No sé, Maia. Rara. Atenta. Como si hubiera empezado a juntar piezas sin saber todavía que son piezas.
Maia sintió que el estómago se le cerraba.
—¿Dijo algo?
—No de ti.
—¿De Noa?
Valeria la miró.
—Tampoco directamente.
Maia bajó la empanada.
—Entonces puede no ser nada.
—Puede.
Pero ninguna de las dos creyó del todo en esa palabra.
Valeria tomó la botella de agua y se sirvió en un vaso.
—Ayer me preguntó si estabas distraída con algo.
Maia se quedó inmóvil.
—¿Qué le dijiste?
—Que estabas cansada.
Maia cerró los ojos.
Valeria dejó el vaso con cuidado.
—Lo sé.
—Dijiste que no ibas a cubrirme más.
—Y no quiero hacerlo.
Maia abrió los ojos.
Valeria parecía furiosa consigo misma.
—Me salió antes de pensar. Es la respuesta que doy siempre. “Está cansada.” “Está concentrada.” “Está en un proceso.” Me escuché diciéndolo y quise arrancarme la lengua.
—Valeria…
—No me consueles.
Maia cerró la boca.
Valeria respiró hondo.
—No te lo digo para que me pidas perdón otra vez. Te lo digo porque esto ya está llegando a lugares donde ninguna controla del todo qué se ve.
Maia apoyó las manos en la barra.
—Lo sé.
—¿Se lo dijiste a Noa?
—No hemos hablado.
Valeria la miró.
—¿Porque estás marcando distancia o porque esperas que ella la cruce mejor?
Maia sintió el golpe.
—Las dos cosas.
—Por lo menos lo sabes.
Maia rió sin humor.
—Estoy llena de avances.
Valeria se suavizó apenas.
—Sí. Algunos son horribles, pero son avances.
Maia miró el móvil apagado sobre el sofá.
Valeria siguió su mirada.
—¿Lo apagaste?
—Sí.
—¿Y?
—Lo encendí a los cuarenta minutos.
—Muy bien.
—Eso no es muy bien.
—Para ti, sí.
Maia la miró.
Valeria levantó una mano.
—No dije que fuera elegante.
Maia sonrió.
Por un momento se sintió casi normal. Ella y Valeria en la cocina, comiendo empanadas, hablando con crueldad afectuosa, sosteniendo una amistad dañada pero no perdida. Después la realidad volvió a entrar por la rendija de siempre.
—No quiero esperar a que Noa decida si sabe aparecer —dijo Maia.
Valeria apoyó la mirada en ella.
—Entonces no esperes.
—Eso suena fácil cuando no eres tú.
—No dije que sea fácil.
—La extraño.
—Ya lo sé.
—Y me enfurece extrañarla.
—También lo sé.
Maia se cruzó de brazos, como si tuviera frío.
—Pero cuando no está, empiezo a recordarme mejor.
Valeria no respondió enseguida.
Luego dijo:
—Quédate con eso.
Maia asintió.
No sabía si podría.
Pero lo guardó.
El lunes, Sofía fue al centro.
No fue a sorprender a Noa. No se lo dijo así a sí misma.
Tenía una razón perfectamente razonable: quería hablar con ella sobre la carga física de Maia antes de la semana de ensayos intensivos.
Podía haber llamado, sí. Podía haber enviado un mensaje, sí.
Pero estaba cerca, había terminado una reunión antes, y pasar por el centro no era extraño.
No debería serlo.
Recepción la saludó con familiaridad.
—Noa está en la sala de evaluación dos —dijo la recepcionista—. Creo que termina en cinco.
—La espero.
—Puedes subir al despacho si quieres.
Sofía dudó.
—No, gracias. Espero aquí.
Se sentó en la zona de recepción, junto a una planta demasiado verde para parecer real. Había revistas de salud, botellas de agua alineadas y una pantalla que mostraba videos del centro: atletas corriendo, manos ajustando apoyos, cuerpos en movimiento lento.
Sofía miró sin prestar atención.
Hasta que vio a Maia.
No en la pantalla.
En una fotografía colgada en la pared lateral.