Capítulo 32 El cuerpo dividido #2
Había pensado en ir al teatro. Eso era verdad. Lo había pensado durante veinte minutos, incluso había calculado el tiempo de ida, la posibilidad de verla salir, la excusa de pasar por una carpeta de Sofía o por una conversación profesional que ya no existía. No había ido.
Y aun así había escrito que lo había pensado.
Como si el pensamiento mereciera algo.
Noa cerró los ojos.
Mateo golpeó el cristal del coche.
Noa se sobresaltó.
Él estaba del otro lado, con una mochila al hombro y cara de haberla estado observando el tiempo suficiente para juntar demasiadas conclusiones. Noa bajó la ventanilla.
—¿Qué haces?
—Podría preguntarte lo mismo. Estás estacionada frente a tu propio centro como si fueras a asaltarlo.
—Estaba por entrar.
—Claro.
Mateo miró el móvil en sus manos.
—¿Problemas?
Noa soltó una risa sin humor.
—Esa palabra se quedó corta.
Mateo apoyó los brazos en la ventanilla.
—No voy a preguntar.
—Gracias.
—Pero voy a decir algo.
—No es lo mismo.
—Nunca dije que fuera justo.
Noa miró hacia adelante.
Mateo siguió:
—No sé quién es ni qué estás haciendo. Pero llevas media hora en un coche parado, mirando el móvil como si pudiera darte una respuesta. Eso rara vez es buena señal.
Noa giró hacia él.
—¿Por qué dices eso?
Mateo alzó las cejas.
—Porque has puesto una cara de “alguien acaba de decirme algo cierto y no me gustó”.
Noa no respondió.
Mateo se apartó un poco del coche.
—Si quieres ir, ve. Si no puedes ir, no conviertas el amago en una forma de estar presente. Eso cansa a cualquiera.
Noa sostuvo su mirada.
—No es tan fácil.
—Nunca lo es. Esa frase también suele llegar tarde.
Mateo dio un golpe suave en el marco de la ventanilla.
—Entra o vete. Pero deja de vivir en el coche.
Se alejó.
Noa subió la ventanilla.
Miró el mensaje de Maia otra vez.
Escribió:
Noa: Tienes razón.
No envió.
No bastaba.
Lo borró.
Escribió:
Noa: Voy a ir.
Lo miró.
Tampoco bastaba si no lo hacía.
Bloqueó el móvil.
Arrancó el coche.
No fue al centro.
Fue hacia el teatro.
No avisó.
No escribió.
No inventó.
El trayecto duró diecisiete minutos. Noa los sintió como una discusión interna sin palabras. Al llegar, aparcó a dos calles, en el mismo lugar de la otra vez. La puerta lateral estaba medio iluminada. No había mucha gente. El ensayo ya debía haber terminado.
Noa bajó del coche.
Caminó hasta la esquina.
Ahí se detuvo.
Vio a Maia salir con Valeria.
Las dos caminaban juntas, abrigadas, con bolsas al hombro.
Valeria hablaba y Maia escuchaba con la cabeza algo inclinada.
Había cansancio en su postura, pero también una calma que Noa no esperaba.
No parecían felices. No parecían rotas. Parecían dos amigas intentando cruzar una zona difícil sin soltarse del todo.
Noa se quedó quieta.
Maia no la vio.
Valeria sí.
Fue apenas un segundo: la mirada de Valeria cruzando la calle, encontrándola bajo la luz de un escaparate cerrado.
No hubo sorpresa.
Eso le dijo a Noa demasiado.
Valeria dejó de hablar.
Maia notó el cambio y siguió la dirección de su mirada.
Entonces la vio.
Noa no se movió.
Maia tampoco.
La distancia entre ellas no era grande. Una calle estrecha, coches aparcados, una luz amarilla, el frío de la noche.
Noa quiso cruzar.
No lo hizo.
Maia la miró durante varios segundos.
Luego dijo algo a Valeria.
Valeria respondió sin dejar de mirar a Noa.
Maia cruzó la calle sola.
Noa sintió que el cuerpo entero se le tensaba.
Maia llegó hasta ella con el abrigo cerrado y el cabello recogido sin demasiada prolijidad. Tenía la cara limpia de maquillaje, los ojos cansados y una firmeza nueva en la mandíbula.
—Viniste —dijo.
Noa asintió.
—Sí.
—Sin escribir.
—Sí.
—¿Por qué?
Noa sostuvo su mirada.
Podría haber dicho porque te extraño. Podría haber dicho porque tenías razón. Podría haber dicho porque no quiero que te canses. Todo era verdad, y todo sonaba como una respuesta hecha para que Maia la recibiera.
Así que dijo otra cosa.
—Porque pensé en venir y me di cuenta de que decírtelo era más fácil que hacerlo.
Maia la observó.
El aire frío les tocaba la cara.
—Eso es bastante honesto.
—Estoy intentando.
—No me digas eso tampoco.
Noa cerró la boca.
Maia miró hacia atrás. Valeria seguía en la acera del teatro, esperando. No se había ido. No las cubría. No fingía que no veía. Simplemente estaba allí, sosteniendo su propio límite.
Maia volvió a mirar a Noa.
—No puedo quedarme.
Noa asintió.
—Lo sé.
—No quiero diez minutos en tu coche hoy.
—No vine a pedir eso.
Maia estudió su rostro.
—¿Entonces?
Noa respiró.
—Vine para que supieras que esta vez el pensamiento tuvo cuerpo.
La frase quedó entre ellas.
Maia bajó la vista un segundo.
No fue suficiente para reparar nada.
Pero no fue nada.
—Eso no cambia lo demás —dijo.
—No.
—No cambia que sigas volviendo a una casa.
—No.
—No cambia que yo esté cansándome de ser la parte que espera.
Noa sintió el golpe.
—Lo sé.
Maia levantó los ojos.
—No, Noa. No quiero que lo sepas como sabes las cosas. Quiero que lo entiendas antes de que yo tenga que dejar de estar.
Noa no respondió.
Valeria cruzó los brazos desde la otra acera.
Maia no miró hacia ella, pero pareció sentirla.
—Yo no soy paciente —dijo—. No soy una pausa entre tu vida y tu culpa. Tampoco soy una emergencia que puedas atender cuando se vuelve insoportable.
—No pienso eso.
—Quizá no. Pero a veces lo haces así.
La honestidad de Maia no tembló.
Eso la hizo más fuerte.
Noa bajó la mirada.
—Tienes razón.
Maia soltó una risa baja, sin humor.
—Odio cuando dices eso y no sirve para nada.
Noa levantó la vista.
—¿Qué serviría?
Maia la miró durante varios segundos.
Esa pregunta era peligrosa. Podía abrir exigencias, promesas, ultimátums que Maia no quería hacer. No quería pedirle a Noa que dejara una vida como quien pide una prueba de amor en una esquina fría. No quería convertirse en alguien que necesitaba arrancar una decisión para sentir que valía.
—Que no me preguntes eso como si yo tuviera que diseñarte una salida —dijo al fin.
Noa cerró los ojos un segundo.
El golpe fue justo.
—Perdón.
—No.
Maia negó despacio.
—Tampoco quiero ese perdón ahora.
El silencio se llenó de tráfico lejano.
Maia respiró hondo.
—Me gustas. Te deseo. Me importas más de lo que debería.
Noa la miró.
La frase era la más vulnerable que Maia había dicho en días.
Y aun así no sonó como rendición.
—Pero también me gusto a mí —continuó Maia—. Y necesito acordarme de eso antes de acostumbrarme a esperar en una casa que no es tuya.
Noa sintió que algo se le quebraba en el pecho.
—Maia.
—No lo hagas triste para que yo te consuele.
Noa cerró la boca.
Maia suavizó apenas la mirada, pero no dio un paso hacia ella.
—Hoy me voy con Valeria. Voy a cenar. Voy a dormir. Mañana voy a ensayar. Si quieres verme, tendrás que encontrar una forma que no me haga sentir que estoy aceptando sobras.
Noa asintió.
La palabra sobras le quedó atravesada.
—No voy a pedirte que aceptes eso.
Maia la miró en silencio.
Noa sostuvo la mirada.
—Y no voy a fingir que no me duele.
Noa quiso tocarla.
No lo hizo.
Maia pareció notar el gesto contenido. No sonrió. Pero algo en su rostro se movió, una mezcla de dolor y reconocimiento.
—Gracias por venir —dijo.
—Gracias por no hacer que baste.
Maia sostuvo su mirada.
Eso sí la tocó.
Durante un segundo pareció que iba a besarla.
No lo hizo.
Dio un paso atrás.
—Buenas noches, Noa.
—Buenas noches.
Maia cruzó la calle de vuelta.
Valeria esperó hasta que llegó a su lado. No le preguntó nada. Solo le ofreció el paso hacia la avenida. Maia caminó junto a ella sin mirar atrás.
Noa se quedó bajo la luz del escaparate cerrado.
La vio alejarse.
Esta vez Maia no parecía estar huyendo.
Parecía estar eligiéndose.
Y eso, más que cualquier reproche, le dio miedo.
En el coche, Noa no arrancó de inmediato.
Tomó el móvil.
Abrió el chat de Maia.
No escribió.
No había nada que decir que no intentara ocupar el espacio que Maia acababa de recuperar.
Dejó el teléfono en el asiento del copiloto.
Apoyó las manos sobre el volante.
Por primera vez, la distancia no era una consecuencia de la agenda, ni de Sofía, ni del centro, ni del teatro.
La distancia la había puesto Maia.
Con voz tranquila.
Con el cuerpo entero.
Con dignidad.
Noa cerró los ojos.
Y entendió, demasiado tarde quizá, que el deseo podía sobrevivir a la culpa, a la mentira, incluso a la espera.
Pero no necesariamente al cansancio de quien todavía se quería lo suficiente para dejar de esperar.