Capítulo 32 El cuerpo dividido
Maia dejó el móvil en el camerino y salió al escenario sin él.
Fue un gesto pequeño.
Ridículo, casi.
Pero al hacerlo sintió una especie de alivio físico, como si hubiera dejado una pulsera demasiado apretada sobre la mesa. El teléfono quedó boca abajo junto al espejo, entre una brocha de maquillaje y una botella de agua a medio terminar. No vibró. O si vibró, ella no lo escuchó.
Eso era lo importante.
En el escenario, la luz de ensayo todavía estaba encendida a medias.
Había técnicos moviéndose en silencio, una escalera metálica al fondo, marcas de cinta en el suelo y un abrigo olvidado sobre una butaca de la primera fila.
Sofía no había llegado. Valeria estaba hablando con producción en la entrada lateral, una carpeta contra el pecho y esa cara de paciencia agresiva que Maia ya conocía demasiado bien.
Maia caminó hasta el centro del escenario.
Respiró.
Sin móvil, su cuerpo pareció ocupar otro tipo de presente.
No era paz. No era libertad completa. Era apenas un intervalo. Pero le servía.
Subió la pierna derecha sobre la primera marca, dejó que el peso cayera, revisó el apoyo, no como paciente ni como obediencia a Noa, sino como bailarina. Su cuerpo le pertenecía. Eso era algo que necesitaba recordarse con más frecuencia.
No había vuelto a ver a Noa desde el coche.
Habían pasado tres días.
Tres días no eran nada.
Tres días eran demasiado.
Noa había escrito poco. Mensajes correctos, medidos, casi cuidadosos: ¿Cómo fue el ensayo?, Espero que descanses, No quiero invadir, Estoy aquí. Frases que, en otro momento, quizá le habrían parecido un avance. Ahora le producían una irritación nueva.
Estoy aquí.
¿Dónde?
¿En qué parte?
¿En el despacho entre pacientes? ¿En la cama con Sofía sin tocar el móvil? ¿En una frase enviada cuando era seguro escribir? ¿En un coche a dos calles del teatro durante diez minutos?
Maia no quería una respuesta todavía.
Pero empezaba a cansarse de que la pregunta siempre encontrara la forma de volver a ella.
—¿Calentando o invocando algo? —preguntó Valeria desde el lateral.
Maia giró.
—Las dos cosas.
Valeria caminó hacia el escenario con la carpeta bajo el brazo.
—Sofía viene en quince. Le surgió una llamada con patrocinio.
—¿Producción sobrevivió?
—Producción nunca sobrevive. Se reproduce.
Maia sonrió.
Valeria subió al escenario y dejó la carpeta sobre una silla. La miró un segundo. Después miró hacia el camerino.
—Dejaste el móvil.
Maia siguió moviendo el tobillo.
—Sí.
—¿A propósito?
—Sí.
Valeria no dijo nada.
Maia bajó el pie y la miró.
—No necesito una ovación.
—No iba a darte una.
—Tu silencio sonó bastante elocuente.
Valeria cruzó los brazos.
—Estoy intentando no aplaudir conductas básicas.
Maia soltó una risa pequeña.
Era la primera vez en días que la broma no traía debajo una cuchilla.
—Gracias por tu contención.
—Me cuesta.
Maia volvió a moverse, haciendo una secuencia lenta de brazos y torso. Valeria se quedó a un lado, observándola sin esa tensión desesperada de las semanas anteriores.
—¿Estás bien? —preguntó al fin.
Maia no respondió enseguida.
No quería mentir.
Tampoco quería convertir cada pausa en confesión.
—Estoy cansándome de esperar —dijo.
Valeria sostuvo la carpeta contra el pecho.
—Bien.
Maia la miró.
—¿Bien?
—Sí.
—Podrías fingir menos alivio.
—Podría. Pero estamos probando la honestidad mínima, ¿no?
Maia aceptó el golpe con una sonrisa cansada.
—No digo que se terminó.
—No pensé que lo dijeras.
—Digo que no quiero estar pendiente de cuándo ella puede inventar una hora.
Valeria bajó la mirada.
—Eso sí me alegra.
Maia tragó saliva.
—Me duele igual.
—Claro que te duele.
—No quiero que parezca que no me importa.
Valeria se acercó un poco más.
—No tienes que demostrar dignidad fingiendo indiferencia. Eso es otra trampa.
Maia se quedó quieta.
La frase la alcanzó en un lugar exacto.
Valeria siguió, más suave:
—Puedes quererla y aun así cansarte. Puedes extrañarla y aun así no correr cuando te llama. Puedes estar metida hasta el cuello en algo y todavía decidir que no vas a hundirte de cualquier manera.
Maia bajó la vista al suelo marcado con cinta.
—Eso suena demasiado sensato para mí.
—Lo sé. Me preocupa estar madurando.
Maia rió, pero los ojos se le humedecieron un poco.
Valeria fingió no verlo.
Ese también era un cuidado.
—Además —añadió—, si vas a arruinarte la vida, al menos hazlo con buena postura.
Maia levantó la cabeza.
—Eso sonó a Noa.
Valeria hizo una mueca.
—Retiro todo.
Las dos sonrieron.
La luz cambió de pronto. Un técnico desde la cabina probó un foco lateral que cayó sobre Maia como una línea dorada. Valeria miró hacia arriba.
—Sofía va a odiar ese ángulo.
—¿Por qué?
—Porque es bonito de una manera demasiado obvia.
Maia miró su propia sombra sobre el suelo.
—A mí me gusta.
—Por eso Sofía lo va a odiar.
Desde la platea, una voz dijo:
—Sofía puede escucharos.
Maia y Valeria giraron a la vez.
Sofía había entrado sin que la vieran. Llevaba el abrigo sobre los hombros, un café en una mano y el cuaderno en la otra. Su expresión era de cansancio, pero también de humor.
Valeria bajó del escenario.
—Estábamos defendiendo la libertad estética.
—Estabais equivocándoos con entusiasmo.
Sofía dejó el café en una butaca y miró a Maia.
—¿Calentaste?
—Sí.
—¿Sin teléfono?
Maia se quedó inmóvil.
Valeria también.
Sofía no pareció darle más importancia. Señaló con el lápiz la mesa del camerino, invisible desde allí pero conocida por todas.
—Milagro generacional. Nadie muere por separarse del aparato quince minutos.
Valeria soltó el aire de forma casi imperceptible.
Maia sonrió.
—Estoy probando cosas nuevas.
—Bien. Prueba también no romperte antes del estreno.
—Haré lo posible.
Sofía subió al escenario.
La cercanía de Sofía ya no era inocua para Maia. No porque Sofía hubiera cambiado, sino porque Maia ya no podía recibirla sin saber todo lo que había detrás. Esa era la crueldad de la mentira: no convertía a Sofía en enemiga; la volvía más difícil de mirar.
Sofía se acercó a ella y ajustó con dos dedos la dirección de su hombro.
—Aquí. No entres desde la protección. Entra desde la decisión.
Maia sostuvo la respiración.
El contacto fue mínimo. Profesional. Limpio.
Dolio igual.
—Así —dijo Sofía.
Maia corrigió.
—Mejor.
Sofía se apartó y miró hacia la cabina.
—Desde la escalera.
La música empezó.
Maia dejó que el cuerpo hiciera lo que sabía hacer. Subió, giró, cayó, sostuvo. No pensó en el móvil dentro del camerino. No pensó en si Noa había escrito. No pensó en Sofía y Noa fuera de Madrid. O no quiso.
Bailó con una concentración distinta.
Menos desesperada.
Sofía lo notó.
—Eso es nuevo —dijo al detenerla.
Maia respiraba fuerte.
—¿Qué?
—No estás pidiendo permiso, pero tampoco estás peleando con todo.
Valeria miró a Maia desde el lateral.
Maia sostuvo la mirada de Sofía.
—Quizá me cansé de pelear con todo.
Sofía sonrió apenas.
—Eso, si es cierto, puede ser muy útil.
—Para la obra.
—Para ti primero. Después para la obra.
La frase quedó suspendida.
Maia sintió un impulso incómodo de llorar. No lo hizo. Se limpió el sudor de la frente y asintió.
—Otra vez.
Sofía la observó un segundo más.
—Otra vez.
Cuando terminó el ensayo, Maia volvió al camerino.
El móvil seguía boca abajo sobre la mesa.
Había tres notificaciones.
Dos del grupo de producción.
Una de Noa.
Maia se sentó frente al espejo.
No abrió el mensaje enseguida.
Se quitó una horquilla, después otra. El cabello cayó sobre sus hombros. Se desmaquilló con movimientos lentos, casi ceremoniales. Valeria entró detrás de ella, dejó una botella de agua sobre la mesa y se apoyó en la pared.
—No voy a preguntar.
—Me estás mirando como si preguntaras.
—Estoy mirando profesionalmente.
Maia tomó el móvil.
Noa había escrito hacía una hora.
Noa: Hoy pensé en ir al teatro.
Maia leyó la frase.
Sintió el golpe.
No respondió.
Valeria miró su expresión.
—¿Mala noticia?
Maia le pasó el teléfono.
Valeria dudó un segundo antes de tomarlo. Leyó el mensaje y lo devolvió.
—Qué frase tan cómoda.
Maia soltó una risa seca.
—Sí.
—“Pensé en ir” tiene todo el drama del gesto sin el riesgo del gesto.
Maia dejó el móvil sobre la mesa.
—Eso pensé.
Valeria se cruzó de brazos.
—¿Y qué vas a hacer?
Maia miró su reflejo.
La marca de maquillaje salía con dificultad en la línea de los ojos. Se frotó demasiado fuerte y la piel quedó roja.
—No correr hacia una frase.
Valeria no sonrió, pero su rostro se suavizó.
—Bien.
Maia tomó el móvil otra vez.
Escribió:
Maia: Pensarlo no es venir.
Lo envió.
Noa respondió cuatro minutos después.
Noa: Lo sé.
Maia miró esas dos palabras.
Antes, ese lo sé le habría parecido una forma de cuidado. Ahora le pareció insuficiente.
Escribió:
Maia: No quiero acostumbrarme a vivir de intenciones.
Esta vez Noa no respondió enseguida.
Maia dejó el móvil boca abajo.
Valeria seguía allí, en silencio.
—¿Dije demasiado? —preguntó Maia.
—No.
—¿Muy duro?
—No.
Maia cerró los ojos.
—Me cuesta no sentir que estoy pidiendo.
Valeria se acercó y le apoyó una mano en el hombro.
—No estás pidiendo. Estás marcando dónde empieza tu cansancio.
Maia dejó salir el aire.
—Qué horrible frase.
—Sí. Pero bastante útil.
Maia cubrió la mano de Valeria con la suya.
No fue un abrazo. No era todavía un regreso completo a la amistad anterior. Pero fue contacto. Fue reconocimiento.
—Gracias —dijo Maia.
Valeria apretó apenas.
—Come algo.
—Valeria.
—La dignidad también necesita cena.
Maia rió.
—Bien.
—Pan. Proteína. Algo que no sea naranja existencial.
—Prometo intentarlo.
—Promete lograrlo.
—Qué exigente.
—Siempre.
Al otro lado de Madrid, Noa leyó el mensaje de Maia sentada en el coche, frente al centro.
No quiero acostumbrarme a vivir de intenciones.
La frase no tenía adornos.
Noa la leyó una vez.
Luego otra.
Le dolió más que un reproche largo porque no intentaba herirla. Era una línea. Una línea clara, trazada por Maia desde un lugar que Noa reconoció con una mezcla de respeto y miedo.
Maia se estaba cansando.
No de quererla.
De esperarla.
Noa apoyó el móvil sobre el volante.