Capítulo 31 La compensación #3
Había dormido. A ratos. Había sentido a Sofía cerca, la casa quieta, el cuerpo cansado después de una noche real. Había descansado en una vida que seguía siendo suya.
Sofía besó su espalda a través del jersey.
—Gracias por venir.
Noa apoyó una mano sobre las de ella.
—Gracias por traerme.
Sofía soltó una risa suave.
—Eso sonó como si te hubiera secuestrado.
Noa miró el móvil sobre la mesa.
Boca abajo.
—Quizá lo necesitaba.
Sofía la abrazó un poco más fuerte.
—Quizá.
Cuando volvieron a Madrid, el día ya estaba avanzado.
Noa dejó a Sofía en el teatro. Sofía tenía que revisar un ajuste con el equipo antes del ensayo de la tarde. Se despidieron en la puerta lateral, con un beso breve que Sofía alargó un poco más.
—Luego nos vemos en casa —dijo.
—Sí.
Sofía le tocó la cara.
—Estuviste bien conmigo.
La frase la atravesó.
Noa no supo responder.
Sofía sonrió, interpretando el silencio como pudor.
—No pongas esa cara. Es un cumplido.
—Gracias.
Sofía entró al teatro.
Noa se quedó en el coche.
A través del parabrisas vio la puerta cerrarse. Pensó en Maia dentro, quizá en el escenario, quizá en el camerino, quizá con Valeria. Pensó en entrar. No tenía motivo. No tenía derecho. No tenía coartada.
Encendió el coche.
Condujo hasta el centro.
No escribió.
Maia vio a Sofía llegar.
Estaba en el lateral del escenario, calentando con una banda elástica. Sofía entró con la bufanda azul, el rostro descansado y esa luz discreta de quien ha salido de la ciudad por unas horas y ha vuelto con algo recompuesto.
Maia supo.
No por una prueba concreta.
Por la calma.
Sofía la saludó desde la platea.
—Buenos días, Maia.
—Buenos días.
Sofía se acercó.
—¿Cómo fue anoche?
La pregunta era sobre el ensayo.
Maia lo sabía.
—Bien. Valeria cerró antes de que nos rebeláramos.
Sofía sonrió.
—Milagro. ¿Cuerpo?
Maia tuvo que respirar antes de contestar.
—Bien.
Sofía la observó.
—Hoy no quiero que fuerces. Vamos a trabajar precisión.
—De acuerdo.
Sofía le tocó brevemente el brazo al pasar, un gesto de dirección, de confianza, de cercanía profesional.
Maia sintió el contacto como un peso.
Valeria, desde el otro lado del escenario, la miró.
Maia no apartó la vista.
No necesitaba que Valeria le explicara lo que ya había visto: Sofía había vuelto de una noche con Noa y no venía rota. Venía tranquila. Quizá incluso feliz.
Eso dolía de una forma distinta.
Porque no había villana.
Porque no había relación muerta.
Porque Noa no estaba escapando de un incendio.
Estaba encendiendo otro dentro de una casa que todavía tenía luz.
A media tarde, Maia recibió un mensaje.
Noa: Estoy en el centro.
Maia miró la pantalla.
Esperó otro mensaje.
No llegó.
Noa no pidió verla.
Noa no explicó dónde había estado.
Solo dejó ese dato.
Maia escribió:
Maia: Estoy en el teatro.
Lo envió.
Dos ubicaciones.
Dos vidas.
Ninguna puerta abierta.
Noa respondió:
Noa: Lo sé.
Maia sostuvo el móvil.
La frase podía significar demasiadas cosas.
Que sabía porque Sofía estaba allí. Que sabía porque conocía su horario. Que sabía porque una parte de su cabeza seguía en Maia aunque su cuerpo hubiera dormido con otra mujer. Que sabía porque la geografía clandestina ya no necesitaba mapas.
Maia bloqueó el teléfono.
No respondió.
En el centro, Noa miró la pantalla hasta que se apagó.
No insistió.
Esa fue su forma de respeto.
O de cobardía.
Ya no siempre sabía distinguir.
Esa noche, cada una volvió a su casa.
Sofía se durmió temprano, agotada por la jornada. Noa se quedó despierta en la cocina, con un vaso de agua entre las manos, mirando la nada.
Maia se sentó en el suelo de su apartamento, con la espalda contra el sofá, y comió una naranja. Esta vez entera. Gajo por gajo. Sin esperar que el móvil vibrara.
Valeria le escribió:
Valeria: ¿Cenaste algo que no sea fruta decorativa?
Maia miró la naranja a medio comer.
Respondió:
Maia: Técnicamente no.
Valeria: Te odio.
Maia sonrió.
Maia: Yo también.
Valeria: Eso no era una declaración afectiva.
Maia: La mía sí.
Valeria no respondió enseguida.
Luego escribió:
Valeria: Come pan.
Maia dejó el móvil sobre el suelo.
Se levantó.
Buscó pan.
Y mientras lo cortaba en la cocina, pensó que quizá eso también era una forma de salvar algo: no la gran verdad, no la reparación imposible, no el amor limpio que ya no estaba disponible, sino pequeños actos torpes para no perder del todo a quienes todavía estaban cerca.
En otra cocina, Noa abrió el segundo cajón de su cómoda antes de acostarse.
La camiseta de Maia seguía allí.
La tocó con dos dedos.
No la sacó.
No la olió.
No hizo nada dramático.
Solo comprobó que existía.
Después cerró el cajón y volvió al dormitorio.
Sofía dormía de lado, con una mano extendida hacia el espacio vacío de Noa.
Noa se acostó y tomó esa mano.
En el apartamento de Maia, el móvil seguía sin nuevos mensajes de Noa.
Maia apagó la luz.
Esa noche nadie cruzó la ciudad.
Nadie inventó una alarma.
Nadie esperó en un coche.
Pero el sistema siguió funcionando en silencio.
Porque la compensación no había detenido la clandestinidad.
La había vuelto más compleja.
Más triste.
Más real.