Capítulo 31 La compensación #2
—Esto era lo que quería.
Noa acarició su cabello.
—¿Fuego pequeño?
—Que no estuvieras pensando en irte.
La mano de Noa se detuvo apenas.
Sofía no levantó la cabeza.
—No lo digo mal.
Noa miró el fuego.
—Lo sé.
—Solo… a veces siento que estás a punto de levantarte incluso cuando estás sentada.
Noa cerró los ojos.
La frase tenía la precisión accidental de las personas que aman.
—Perdón.
—Te dije que no quiero perdones.
—Lo sé.
Sofía se incorporó y la miró.
La luz del fuego le marcaba el rostro con una calidez suave. Parecía cansada, hermosa, más vulnerable lejos del teatro.
—Quiero que me digas si estás mal.
Noa sostuvo su mirada.
La verdad completa estuvo allí, al alcance de la boca.
No salió.
—Estoy confundida conmigo —dijo.
Era una verdad parcial.
Sofía la escuchó con seriedad.
—¿Por el trabajo?
Noa tragó saliva.
—Por muchas cosas.
Sofía dejó la copa en el suelo y se acercó.
—Puedes no tener todo ordenado conmigo.
La frase le hizo daño.
Noa levantó una mano y le tocó la mejilla.
—No mereces que yo sea difícil.
Sofía sonrió apenas.
—Demasiado tarde. Te elegí hace siete años.
Noa rió sin fuerza.
Sofía la besó.
Noa respondió con una necesidad que al principio fue ternura y después se volvió otra cosa: una forma de aferrarse, de estar allí con toda la intensidad posible, de intentar que el cuerpo reparara algo que la palabra no podía tocar.
Sofía lo recibió.
Noa sintió su respiración cambiar, sus manos buscarla, la familiaridad de un deseo construido durante años. No había misterio en muchos gestos, pero había memoria. Y la memoria también podía encender.
Subieron al dormitorio sin prisa.
La casa crujía con el viento. Afuera, el pueblo estaba casi en silencio. En la habitación, Sofía desabrochó la camisa de Noa con una calma que no tenía nada que ver con la urgencia de Maia y, justamente por eso, le dolió. Era otro idioma. No peor. No menos real.
Otro.
Noa besó a Sofía como si pudiera entregarle esa noche entera sin grietas.
Por momentos lo consiguió.
Por momentos olvidó la camiseta escondida en el cajón, la naranja sobre la barra de Maia, los diez minutos en el coche, el mensaje no enviado. Por momentos solo estuvo Sofía: su cuerpo bajo el suyo, su mano en la nuca, su voz diciendo su nombre en una forma que ninguna otra persona usaba.
Después, cuando Sofía se quedó dormida contra ella, Noa permaneció despierta mirando la sombra de las vigas en el techo.
No había culpa ruidosa.
Eso la asustó más.
Había una calma triste.
El móvil seguía abajo, en el abrigo.
Noa no bajó a buscarlo.
En Madrid, Maia ensayó hasta tarde.
Trabajó bien. No brillante. Bien. Sofía no estaba en el teatro durante la noche; había dejado indicaciones y confiado el cierre a Valeria y al asistente de dirección.
La ausencia de Sofía se sintió distinta para cada una.
Para el equipo, era una rareza cómoda. Para Valeria, un respiro.
Para Maia, una ironía difícil de tragar.
Sofía estaba fuera con Noa.
No lo sabía con certeza, pero lo sabía.
Noa había dicho que estaría desconectada.
Maia no era ingenua.
A las diez y media, Valeria cerró la carpeta.
—Ya está. Nos vamos antes de que alguien decida que el arte exige una lesión colectiva.
El elenco celebró con cansancio.
Maia recogió sus cosas en silencio.
Valeria se acercó.
—¿Cenas?
Maia la miró.
La invitación fue pequeña. Casi torpe. Pero era una invitación.
—Sí.
Fueron a un bar cercano. No hablaron de Noa durante los primeros veinte minutos. Hablaron de una bailarina que había perdido una rodillera, de la escena de grupo, de una crítica que había salido sobre otra obra y que Sofía había leído con desprecio absoluto.
Maia comió.
De verdad.
Valeria lo notó, pero no hizo comentario hasta que Maia dejó el tenedor.
—Esto sí cuenta como cenar.
Maia sonrió.
—No lo arruines felicitándome.
—No prometo nada.
El silencio que siguió fue más amable.
Después Valeria preguntó:
—¿Hoy estás sola?
Maia sostuvo el vaso.
—Sí.
Valeria asintió.
—Bien.
Esta vez no sonó cruel.
Sonó cansado.
Maia miró hacia la ventana del bar. La calle estaba húmeda, las luces de los coches pasaban estiradas sobre el asfalto.
—Creo que se fue con ella —dijo.
Valeria no preguntó quién.
—¿Te lo dijo?
—No.
—¿Entonces?
—Lo sé.
Valeria apoyó los codos en la mesa.
—¿Y qué haces con eso?
Maia soltó una risa breve.
—Cenar contigo, aparentemente.
Valeria la miró.
Por primera vez en días, la tristeza no le endureció la cara.
—Podría ser peor.
—Muchísimo peor.
Valeria levantó su vaso.
—Por las opciones menos peores.
Maia chocó el suyo.
—Por eso.
No arreglaron nada.
Pero cenaron.
Y esa noche, al volver a casa, Maia no miró el móvil hasta después de ducharse.
No había mensajes de Noa.
Eso dolió.
También la dejó respirar.
A la mañana siguiente, Noa bajó antes que Sofía.
La casa rural estaba helada fuera de la cama. Se puso el jersey de la noche anterior y fue a la cocina en silencio. Preparó café con una cafetera antigua que protestó durante todo el proceso. Mientras esperaba, vio su abrigo en la silla.
El móvil estaba dentro.
Noa lo tomó.
Tenía varios mensajes del centro, uno de Mateo y ninguno de Maia.
Abrió el chat de Maia.
Nada.
Sintió una punzada de algo que no quiso llamar decepción porque no tenía derecho a pedir nada.
Escribió:
Noa: Buenos días.
Se quedó mirando esas dos palabras.
Eran pequeñas.
Ridículas después de una noche fuera con Sofía.
Las borró.
El suelo de madera crujió detrás de ella.
Sofía apareció en la puerta, envuelta en una manta, con el cabello revuelto.
—Me abandonaste con el frío.
Noa bloqueó el móvil y lo dejó sobre la mesa.
—Estoy haciendo café.
Sofía miró la cafetera.
—Eso parece una negociación diplomática.
—Va perdiendo.
Sofía se acercó por detrás y la abrazó, apoyando la mejilla en su espalda.
—Dormí bien.
Noa cerró los ojos.
—Me alegro.
—¿Tú?
Noa miró la ventana empañada.
—Sí.
No fue del todo mentira.