El nuevo plano Capítulo 31 La compensación
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Capítulo 31 La compensación

Sofía propuso escaparse antes de que Noa encontrara otra forma de mentir.

Estaban desayunando en la cocina, un sábado gris, con la calefacción encendida y la casa todavía en ese desorden amable de las mañanas sin horario urgente.

Sofía llevaba una camiseta vieja de Noa y el cabello recogido de cualquier manera.

Tenía una tostada en una mano y el móvil en la otra, revisando algo con el ceño fruncido.

Noa la miraba desde el otro lado de la mesa.

Había dormido poco.

No por Maia esa vez.

Por no escribirle.

La noche anterior, después del coche cerca del teatro, Noa había vuelto a casa y había encontrado a Sofía despierta, sentada en la cama con un libro abierto sobre las piernas.

Sofía había levantado la vista y le había sonreído con esa confianza cansada que a Noa le desarmaba más que cualquier sospecha.

Noa se había acostado junto a ella.

No había tocado el móvil.

No había escrito a Maia.

Tampoco había dormido bien.

—Tengo una idea —dijo Sofía.

Noa levantó la vista de su café.

—Eso suele ser peligroso.

—Esta es buena.

—Peor.

Sofía le lanzó una miga de pan.

—Estoy hablando en serio.

—Te escucho.

Sofía dejó el móvil sobre la mesa y se inclinó hacia adelante.

—El lunes después del ensayo puedo cancelar una reunión. Tú podrías mover lo que tengas por la tarde. Nos vamos a algún lugar cerca. Una noche. Nada heroico. Una casa rural, una chimenea falsa si hace falta, comida caliente y nadie diciendo “escena de grupo” o “sistema de alarmas”.

Noa sostuvo la taza entre las manos.

Una noche.

La frase se abrió en su cabeza como una puerta con dos direcciones.

Una noche con Sofía.

Una noche fuera de Madrid.

Una noche sin el centro como coartada, sin teatro como excusa, sin Maia al alcance de un mensaje breve.

Sofía la observaba con una esperanza pequeña, casi doméstica.

—¿Qué? —preguntó—. ¿Es una locura?

Noa negó.

—No.

—Pero estás haciendo cara de plan estratégico.

—Estoy pensando.

—Eso es lo que dije.

Noa sonrió apenas.

Sofía estiró una pierna bajo la mesa y le tocó el pie con el suyo.

—Noa.

—¿Sí?

—Te extraño.

La frase no llegó con reproche. Llegó con sencillez, como una mano puesta sobre la mesa.

Noa sintió que algo se le cerraba en el pecho.

—Estoy aquí.

Sofía la miró.

—A veces sí.

Noa bajó la vista hacia el café.

El silencio que siguió no fue dramático. Sofía no se levantó, no cruzó los brazos, no le pidió explicaciones. Solo permaneció allí, con la tostada a medio comer y una vulnerabilidad tranquila en el rostro.

Eso la hizo más difícil de mirar.

—Perdón —dijo Noa.

—No quiero que me pidas perdón.

—¿Qué quieres?

Sofía tardó un momento.

—Que vengas conmigo. Aunque sea una noche.

Noa levantó la mirada.

Sofía no estaba reclamando una batalla. Estaba pidiendo una pausa. Un pedazo de la relación que todavía existía y que, de pronto, necesitaba ser tocado para no sentirse lejano.

Noa asintió.

—Vamos.

La sonrisa de Sofía apareció despacio.

—¿Sí?

—Sí.

—¿Sin revisar agenda durante cuarenta minutos?

—Voy a revisar agenda durante veinte.

—Concedido.

Sofía se levantó, rodeó la mesa y se sentó sobre las piernas de Noa con una falta de ceremonia que pertenecía a años de confianza. Noa la recibió con una mano en la cintura.

—Te amo cuando eres razonable —dijo Sofía.

Noa cerró los ojos un segundo.

La frase le cayó en el cuerpo como una caricia y una acusación.

—Qué específico.

—También te amo cuando no lo eres, pero me irrita más.

Noa sonrió.

Sofía la besó.

Al principio fue un beso breve, de agradecimiento. Después Noa lo sostuvo un poco más. Sofía respondió enseguida, con esa facilidad conocida que no tenía que construirse. Su mano subió a la nuca de Noa. La cocina, el café, la tostada, el sábado gris: todo se volvió cercano.

Noa la besó como si quisiera compensar una ausencia que Sofía aún no sabía nombrar.

Sofía se apartó apenas.

—Ahora sí estás aquí.

Noa no respondió.

Volvió a besarla.

El lunes llegó con una claridad fría.

Noa no escribió a Maia por la mañana. Tampoco al mediodía. Trabajó desde temprano, reorganizó dos pacientes, firmó informes, discutió con una aseguradora y le pidió a Mateo que cubriera el cierre del centro.

Mateo la miró como si le hubiera hablado en otro idioma.

—¿Perdón?

—Necesito que cierres tú el lunes.

—¿Tú estás pidiendo salir antes?

—Sí.

—¿Necesito llamar a emergencias?

Noa no levantó la vista de la agenda.

—No dramatices.

—No estoy dramatizando. Estoy presenciando un hecho histórico.

—Mateo.

Él se apoyó contra el marco de la puerta.

—¿Es por Sofía?

Noa levantó la mirada.

La pregunta la tomó desprevenida, quizá porque no venía con sospecha, sino con normalidad. Mateo sabía que Sofía existía. Que Noa tenía una vida fuera del centro. Que, aunque a veces pareciera imposible, había una casa, una pareja, una historia.

—Sí —dijo Noa.

Mateo asintió.

—Bien.

—¿Bien?

—Sí. Bien. Te viene bien recordar que tienes algo además de este edificio.

Noa cerró la agenda.

—No sabes lo que dices.

—Casi nunca. Pero a veces acierto por cansancio.

Noa quiso responder algo sarcástico, pero no le salió.

Mateo la miró un segundo más.

—Disfruta.

La palabra le resultó insoportable.

—Gracias.

Cuando Mateo se fue, Noa tomó el móvil.

El chat de Maia seguía sin mensajes nuevos desde la noche del coche. Maia no había escrito. Noa tampoco.

Noa abrió la conversación.

Escribió:

Noa: Hoy no voy a poder verte.

Lo miró.

Era cierto.

También era incompleto.

Borró.

Escribió:

Noa: Me voy una noche fuera con Sofía.

Se quedó mirando la frase durante varios segundos.

No podía enviarla.

No porque fuera mentira, sino porque era verdad de una forma demasiado afilada. Maia no le había pedido informes. Noa no tenía por qué llevarle cada parte de su relación con Sofía como si fueran objetos sobre una mesa. La honestidad podía volverse crueldad si se usaba para aliviar la propia culpa.

Borró también.

Finalmente escribió:

Noa: Hoy voy a estar desconectada. Espero que el ensayo vaya bien.

Envió.

Maia leyó el mensaje en el camerino, sentada frente al espejo, con el cabello recogido y una línea de maquillaje todavía sin difuminar bajo un ojo.

Lo leyó una vez.

Luego otra.

Hoy voy a estar desconectada.

No preguntó por qué.

No quiso darle a Noa la oportunidad de decirlo con suavidad.

El cuerpo lo entendió antes que la cabeza. La frase tenía otro peso. No era un cierre de centro, ni un problema de horario, ni una noche imposible. Era una ausencia elegida.

Valeria entró con una carpeta en la mano.

—Sofía llega en diez. Producción está insoportable y yo estoy considerando iniciar una nueva vida en un país sin teatro.

Maia bloqueó el móvil.

—¿Cuál país?

—Uno donde la gente use hojas de cálculo con dignidad.

Valeria la miró.

—¿Qué pasó?

—Nada.

Valeria dejó la carpeta sobre la mesa.

—No tengo energía para esa palabra.

Maia respiró hondo.

—Noa no va a estar disponible hoy.

Valeria no preguntó “para qué”. No hizo falta.

—Bien.

Maia la miró.

—¿Bien?

—Sí.

—Eso sonó cruel.

—No era mi intención.

—Pero lo fue.

Valeria cerró los ojos un segundo.

—Perdón.

Maia se levantó.

—No, está bien. Supongo que debería ser bien.

—No estoy celebrando que te duela.

—Pero te alivia.

Valeria sostuvo su mirada.

—Sí.

La honestidad fue seca, pero limpia.

Maia asintió despacio.

—Gracias por no mentir.

Valeria dejó escapar una risa breve.

—Mira en qué nivel estamos: agradecer verdades mínimas.

Maia casi sonrió.

Después no.

Sofía entró al camerino con el cuaderno en la mano y una bufanda azul alrededor del cuello.

—¿Interrumpo algo?

Valeria tomó la carpeta de inmediato.

—Solo mi deseo de desaparecer.

—Eso no cuenta como algo. Eso es parte del contrato.

Sofía miró a Maia.

—¿Lista?

Maia se vio reflejada en el espejo: maquillaje a medias, cuerpo tenso, móvil boca abajo sobre la mesa.

—Sí.

Sofía la observó un segundo más, pero no preguntó.

—Hoy quiero trabajar limpio. Sin castigos. Sin probar resistencia por vanidad. La obra ya sabe que puedes sufrir, Maia. Ahora necesita que elijas dónde.

Valeria miró al suelo.

Maia sostuvo la mirada de Sofía.

—Entendido.

Pero no estaba segura de que fuera cierto.

Noa y Sofía salieron de Madrid poco después de las siete.

La casa rural estaba a menos de una hora, en un pueblo pequeño que Sofía había encontrado durante una pausa de ensayo y reservado antes de que Noa pudiera llenar la idea de condiciones.

No era especialmente lujosa. Tenía una chimenea pequeña, vigas de madera, una cocina antigua y una cama grande cubierta por una colcha gris.

Sofía entró primero y dejó la bolsa en el suelo.

—Mira. Una habitación que no contiene ni teatro ni centro.

Noa cerró la puerta detrás de ellas.

—Contiene una chimenea falsa.

Sofía giró hacia ella.

—No destruyas mi fantasía rural.

—Perdón.

—Además no es falsa. Es pequeña. Como mi paciencia.

Noa sonrió.

Sofía recorrió el lugar con curiosidad, tocando el respaldo de una silla, mirando por la ventana, abriendo un armario que no necesitaba abrir. Había algo casi juvenil en su entusiasmo. Noa la observó desde la entrada, con una mezcla de ternura y dolor.

Sofía no estaba intentando recuperar una relación perdida.

Estaba cuidando una relación que todavía creía viva de la misma forma.

Y lo estaba.

Esa era la trampa.

—Ven —dijo Sofía desde la cocina—. Hay vino.

—¿Lo trajiste tú?

—Por supuesto. No iba a confiarle nuestro descanso a la hospitalidad rural.

Noa dejó el abrigo sobre una silla y fue hacia ella.

Cocinaron juntas algo simple. Pan, queso, tomate, una sopa que la dueña de la casa había dejado preparada.

Sofía habló más de lo habitual. De la obra, sí, pero también de cosas pequeñas: una actriz que siempre perdía pendientes, Valeria discutiendo con un técnico como si estuviera en un juicio, Maia brillando en la escena de la escalera.

Noa bebió vino.

Escuchó.

Respondió.

No miró el móvil.

Lo había dejado en el abrigo, en la silla junto a la puerta, boca abajo y en silencio.

Durante un rato, lo consiguió.

Estar.

Sofía lo notó.

Después de cenar, se sentaron frente a la chimenea. El fuego era real, aunque discreto. Sofía apoyó la cabeza en el hombro de Noa y suspiró.