Capítulo 30 Los códigos #3
El aire de la noche le golpeó la cara. Caminó hasta la esquina sin mirar atrás. El coche de Noa estaba estacionado bajo un árbol, con las luces apagadas. Maia abrió la puerta del acompañante y entró.
Noa no la besó enseguida.
Eso fue casi peor.
Se miraron en la penumbra.
—Diez minutos —dijo Maia.
—Diez.
Noa parecía cansada. Tenía el cabello suelto, una bufanda oscura y esa tensión alrededor de la boca que Maia empezaba a reconocer como esfuerzo por no pedir más de lo que podía.
Maia apoyó la espalda contra el asiento.
—Hoy no tengo energía para una escena.
—No vine a hacer una.
—Bien.
El silencio ocupó el coche.
Fuera, la ciudad seguía. Un grupo cruzó riendo por la acera. Un taxi pasó demasiado rápido. En algún lugar cercano, alguien cerró una persiana metálica.
Noa dejó una mano sobre la palanca de cambios.
Maia la miró.
Después puso su mano encima.
El gesto fue pequeño.
No resolvió nada.
No pidió nada.
Noa giró la palma y entrelazó los dedos con los suyos.
Durante varios minutos solo estuvieron así.
Esa fue otra forma de clandestinidad: no tocarse con hambre porque no había tiempo, no hablar porque cualquier frase podía abrir demasiado, no besarse porque el beso podía arrastrarlas a un lugar al que ninguna podía ir esa noche. Solo las manos, en un coche oscuro, sosteniendo lo mínimo.
—Te extrañé ayer —dijo Noa.
Maia miró al frente.
—Yo también.
—Pero estuvo bien.
—Sí.
—Que no nos viéramos.
Maia apretó apenas sus dedos.
—Sí.
Noa giró hacia ella.
—Eso me molesta.
Maia sonrió apenas.
—A mí también.
Se miraron.
La tensión volvió, rápida, inevitable, casi injusta. Maia no quiso iniciar el beso. No porque no quisiera, sino porque sabía que si lo hacía iba a olvidar los diez minutos. Noa pareció entenderlo.
Se acercó igual.
Despacio.
Maia no se apartó.
El beso fue breve al principio. Después no. Maia soltó el aire contra su boca y Noa llevó una mano a su nuca. El coche se volvió demasiado pequeño. La noche demasiado corta. La distancia de un día demasiado larga.
Maia se separó primero.
—No.
Noa apoyó la frente contra la suya.
—Vale.
—No vale. Si dices vale así, parece que te estás muriendo.
Noa rió sin ganas.
—Estoy intentando ser adulta.
—No te sale natural.
—A ti tampoco.
Maia sonrió.
El móvil de Maia vibró.
Valeria.
Valeria: Sofía preguntó por ti. Dije que saliste a respirar. No me hagas arrepentirme.
Maia cerró los ojos.
Noa vio su expresión.
—Tienes que volver.
—Sí.
Ninguna se movió.
Maia guardó el móvil y miró a Noa.
—No quiero que Valeria siga haciendo esto.
—Lo sé.
—No. No lo sabes desde adentro.
Noa sostuvo su mirada.
—No.
—Está cansada.
—También Sofía empieza a notar cosas.
La frase salió baja.
Maia se quedó inmóvil.
—¿Qué cosas?
Noa miró el volante.
—Gestos. El móvil. No sé. Nada concreto.
Maia dejó caer la cabeza contra el asiento.
—Esto se está volviendo feo.
Noa no respondió enseguida.
Luego dijo:
—Sí.
La honestidad no alivió nada.
Pero evitó que la mentira creciera en ese minuto.
Maia la miró.
—Y aun así estoy aquí.
—Yo también.
—Eso no es consuelo.
—No.
Maia respiró hondo.
Después se inclinó y la besó una vez más. Corto. Firme. Como una forma de cerrar algo antes de que se desbordara.
—Tengo que irme.
Noa asintió.
Maia abrió la puerta.
Antes de salir, se detuvo.
—No me esperes hoy.
Noa la miró.
—Vale.
—Y no digas vale así.
Noa sonrió apenas.
—Está bien.
Maia salió del coche y volvió caminando hacia el teatro.
Noa la vio alejarse.
Esta vez no la siguió.
En el lateral del teatro, Valeria esperaba con una chaqueta en los brazos.
Maia se detuvo al verla.
—Gracias —dijo.
Valeria le dio la chaqueta.
—No me agradezcas.
Maia la tomó.
—Igual.
Valeria miró hacia la calle por donde Maia había vuelto.
No había nadie ya.
—Sofía está cerrando con iluminación. Te busca en cinco.
—Vale.
Valeria empezó a caminar hacia dentro, pero Maia la detuvo.
—Valeria.
Ella giró.
—No hoy.
Maia asintió.
—Solo quería decir que lo sé.
Valeria la miró.
—¿Qué sabes?
—Que esto te está costando.
Valeria sostuvo su mirada.
Por un segundo pareció a punto de decir algo duro.
No lo hizo.
—Entonces no me obligues a explicártelo todos los días.
Entró.
Maia se quedó un momento bajo la luz exterior del teatro, con la chaqueta en la mano y la boca todavía marcada por Noa.
Después volvió adentro.
Sofía estaba en el escenario, de espaldas, hablando con el jefe de iluminación. Cuando Maia entró, Sofía giró.
—¿Mejor el aire?
Maia sintió que la pregunta le atravesaba la piel.
—Sí.
Sofía asintió.
—Bien. Ven. Quiero probar una cosa contigo antes de irnos.
Maia subió al escenario.
La luz cayó sobre ella.
Valeria la miró desde el lateral.
Noa estaba a dos calles, dentro de un coche apagado.
Sofía levantó el lápiz.
—Desde el principio —dijo.
Maia respiró.
Volvió a bailar.
Esa noche, mientras subía la escalera metálica y se detenía en el tercer peldaño, entendió que la clandestinidad ya no era solo lo que ocurría fuera del teatro.
Había entrado con ella.
En la boca.
En la piel.
En la pausa exacta antes de moverse.
Y Sofía, desde la platea, miraba todo sin saber todavía qué parte de aquella verdad también la estaba hiriendo.