Capítulo 30 Los códigos #2
No fácil, exactamente. Nada lo era ya. Pero sí amable. Cocinaron juntas. Sofía cortó tomates demasiado grandes y Noa los volvió a cortar más pequeños cuando ella no miraba. Sofía la descubrió y la amenazó con expulsarla de la cocina.
—Eres incapaz de dejar una irregularidad en paz.
—Los tomates no se cocinan igual si tienen tamaños absurdos.
—Los tomates sienten tu desprecio.
—Los tomates deberían esforzarse más.
Sofía rió.
Noa la miró reír y sintió una ternura tan real que le dio miedo.
No pensó en Maia durante varios minutos.
Después pensó en el hecho de no haber pensado.
Y eso volvió a traerla.
Sofía le pasó una copa de vino.
—¿Dónde estabas?
Noa tomó la copa.
—Aquí.
Sofía entrecerró los ojos.
—Mentirosa.
Lo dijo jugando.
Noa sintió el golpe.
—Estaba pensando en el centro.
—Eso sí te lo creo.
Sofía se acercó, le tocó la mejilla y la besó.
Noa respondió.
No de forma exagerada. No para cubrir nada. Solo respondió. Eso le pareció, por momentos, una forma de descanso. Poder amar a Sofía sin estar siempre demostrando algo. Poder estar allí y dejar que la vida anterior siguiera siendo vida.
Después de cenar, se sentaron en el sofá. Sofía apoyó las piernas sobre las de Noa y abrió un cuaderno de notas. Noa leía un informe en la tablet. La televisión estaba encendida sin volumen.
Una escena normal.
Casi hermosa.
A las 23:04, el móvil de Noa vibró sobre la mesa.
Noa no lo tocó.
Sofía tampoco.
La vibración se apagó.
Unos segundos después, volvió a sonar.
Sofía levantó la vista del cuaderno.
—¿No vas a mirar?
Noa sintió que el cuerpo se le tensaba.
No sabía quién era.
Ese era el problema.
Podía ser Maia. Podía ser Mateo. Podía ser recepción. Podía ser cualquier cosa. Pero el miedo no respondía al remitente; respondía al gesto.
Tomó el móvil y lo miró.
Era Mateo.
Noa dejó escapar aire casi imperceptible.
—Mateo —dijo.
Sofía sonrió.
—Tu otra pareja.
Noa casi se ahogó con una risa.
—No digas eso.
—Pobre. Se merece reconocimiento por aguantarte.
Noa abrió el mensaje.
Mateo: Mañana primera sesión se movió a 10. Recepción ya avisó. No vengas a las 7 como si el edificio fuera a extrañarte.
Noa escribió:
Noa: Gracias.
Dejó el móvil en la mesa.
Sofía volvió al cuaderno.
Noa miró la pantalla apagada un segundo más.
Entonces llegó otro mensaje.
Esta vez sí era Maia.
Noa vio aparecer el nombre en la pantalla antes de poder bloquearla.
Maia: Cenaste?
El mensaje era mínimo.
Terriblemente doméstico.
Noa dejó el móvil quieto sobre la mesa.
Sofía no levantó la vista.
Noa podía no responder.
Podía esperar.
Podía dejar que el mensaje se perdiera entre otros.
Pero el nombre de Maia estaba allí, iluminado en la mesa de su casa, a menos de un metro de Sofía.
Noa tomó el teléfono.
Sofía siguió escribiendo en su cuaderno.
Noa abrió el chat, con el pulso más alto de lo que quería admitir.
Noa: Sí.
Maia respondió rápido.
Maia: Yo también. Pasta quemada, pero cuenta.
Noa sonrió.
Fue mínimo.
Pero Sofía levantó la vista.
—¿Qué dijo Mateo?
Noa bloqueó el móvil.
Demasiado rápido.
Otra vez.
Sofía la miró.
Noa sintió que la habitación entera se detenía en ese gesto.
—Nada —dijo—. Una tontería de horarios.
Sofía apoyó el bolígrafo sobre el cuaderno.
—¿Te hizo gracia una tontería de horarios?
Noa sostuvo la copa con más fuerza.
—Sí. Mateo puede ser gracioso cuando quiere.
Sofía no respondió enseguida.
Su expresión no cambió del todo. No hubo sospecha clara, ni acusación, ni pregunta directa. Pero algo se recogió en sus ojos. Una pequeña pieza moviéndose de lugar.
—Claro —dijo.
Volvió al cuaderno.
La escena normal siguió.
Pero ya no era la misma.
Noa dejó el móvil boca abajo en la mesa y no volvió a tocarlo.
A medianoche, Sofía se fue a dormir antes que ella.
—No tardes —dijo desde la puerta del dormitorio.
—Voy en un rato.
Sofía la miró.
Esa frase se había vuelto demasiado habitual.
—Vale.
Entró al cuarto.
Noa se quedó sola en el sofá, con el móvil boca abajo frente a ella.
Esperó unos minutos.
Luego lo tomó.
Maia había escrito otro mensaje.
Maia: Eso fue una pregunta tonta. Olvida.
Noa leyó la frase.
Escribió:
Noa: No fue tonta.
No envió.
Miró hacia el dormitorio.
Borró.
Escribió:
Noa: Sí cené. Con Sofía.
Lo miró.
Tampoco envió.
La honestidad, colocada así, parecía crueldad innecesaria.
Finalmente escribió:
Noa: Mañana quiero verte. No sé cómo todavía.
Envió.
Maia respondió después de un minuto.
Maia: Yo tampoco sé si puedo.
Noa apoyó el móvil contra los labios.
El deseo estaba allí, pero no solo. También estaba la tensión de los gestos, la vigilancia de Sofía, el cansancio de Valeria, el pequeño territorio que Maia había recuperado la noche anterior.
Noa escribió:
Noa: No quiero empujarte.
Maia respondió:
Maia: No estás empujando.
Luego:
Maia: Estás entrando por todas las rendijas. Es distinto.
Noa cerró los ojos.
No supo si sonreír o dolerse.
Noa: ¿Eso es malo?
Maia tardó más.
Maia: No siempre.
Noa leyó esas dos palabras varias veces.
Desde el dormitorio, Sofía dijo su nombre.
—¿Noa?
Noa bloqueó el móvil.
—Voy.
Se levantó.
Maia quedó en la pantalla apagada.
El viernes, la rendija fue un coche.
Noa no podía ir al apartamento de Maia. Sofía tenía cena con producción cerca de casa y podía volver a cualquier hora. Maia tampoco tenía margen: ensayo hasta tarde, Valeria especialmente atenta, cuerpo cansado.
Aun así, a las 22:31, Maia recibió un mensaje.
Noa: Estoy a dos calles del teatro. No para llevarte. Solo para verte diez minutos.
Maia leyó el mensaje en el camerino.
Valeria estaba junto a la puerta, guardando cosas en una bolsa. Sofía seguía en el escenario hablando con iluminación.
Maia levantó la vista.
Valeria la miró.
—¿Qué?
—Nada.
Valeria sostuvo su mirada.
Maia no mintió.
—Está cerca.
Valeria cerró la bolsa despacio.
—Claro.
—No voy a desaparecer.
—No me lo digas como si eso arreglara algo.
Maia guardó el móvil.
—Son diez minutos.
Valeria soltó una risa seca.
—Siempre son diez minutos hasta que dejan de serlo.
Maia bajó la mirada.
—Voy a salir a tomar aire.
Valeria la observó con una mezcla de tristeza y cansancio.
—Haz lo que quieras, Maia.
La frase sonó a permiso y a distancia al mismo tiempo.
Maia salió por la puerta lateral.