El nuevo plano Capítulo 34 La función previa
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Capítulo 34 La función previa

La primera función con público reducido fue un miércoles.

No era estreno. Sofía insistió en repetirlo tres veces durante la mañana, como si el nombre pudiera bajar la presión del día.

—No es estreno —dijo al equipo técnico.

—No es estreno —repitió a producción.

—No es estreno —le dijo a Valeria, que llevaba dos carpetas, un auricular colgado del cuello y una mirada de persona que ya había imaginado ocho formas distintas de incendiar el edificio.

Valeria la miró.

—Si lo dices una vez más, empieza a parecer un conjuro.

—Quizá lo es.

—Entonces funciona mal. Todo el mundo está histérico.

Sofía observó la platea vacía.

Las primeras filas estaban reservadas para personas de confianza: dos programadores culturales, una crítica amiga, alguien del equipo de patrocinio, tres bailarines invitados, dos técnicos externos, Alejandro y Noa.

No era una función oficial, pero tampoco era un ensayo más.

La obra iba a respirar por primera vez frente a ojos ajenos.

Eso cambiaba todo.

—¿Maia? —preguntó Sofía.

Valeria miró la hora.

—Camerino. Está tranquila.

Sofía la miró.

—¿Tranquila o peligrosa?

—Con Maia suele ser lo mismo.

Sofía sonrió apenas.

—Voy a verla.

Valeria asintió, pero no se movió.

Sofía notó algo.

—¿Qué?

—Nada.

—Valeria.

Valeria sostuvo la carpeta contra el pecho.

—Hoy no le metas más carga de la necesaria.

Sofía frunció levemente el ceño.

—No pensaba hacerlo.

—Ya lo sé. Te lo digo igual.

Sofía la observó un segundo.

Valeria llevaba días con un cansancio distinto. No el de producción. Ese era reconocible: rabia, café, ironía, eficiencia. Esto era otra cosa. Una tensión bajo la piel, una vigilancia silenciosa, una forma de mirar a Maia y luego apartar los ojos demasiado pronto.

—¿Hay algo que deba saber? —preguntó Sofía.

Valeria no respondió enseguida.

Ese segundo importó.

—Sobre la función, no —dijo al fin.

Sofía sostuvo su mirada.

—No pregunté solo por la función.

Valeria bajó los ojos hacia la carpeta.

—Hoy no, Sofía.

La frase fue suave.

Y extraña.

Sofía se quedó quieta.

Valeria se alejó antes de que pudiera preguntar más.

En el camerino, Maia estaba tranquila.

O algo parecido.

Sentada frente al espejo, con el maquillaje a medio hacer, movía el tobillo izquierdo en círculos lentos mientras observaba su propio reflejo. Tenía el cabello recogido con varias horquillas y una bata negra sobre el vestuario. No había música. No había móvil a la vista.

Sofía llamó dos veces antes de entrar.

—¿Se puede?

Maia giró.

—Sí.

Sofía entró y cerró la puerta detrás de ella. El camerino olía a polvo compacto, tela caliente y laca. Sobre la mesa había una botella de agua, un plátano intacto, cinta adhesiva, dos pinceles y una taza de café que alguien —Valeria, seguramente— había dejado allí.

Sofía miró la taza.

—¿Valeria volvió a llevarte café?

Maia siguió su mirada.

—Sí.

—Eso es buena señal.

Maia sonrió apenas.

—Depende del café.

Sofía se apoyó contra la mesa, frente a ella.

—¿Cómo estás?

—Bien.

—Maia.

Ella dejó de mover el tobillo.

—Estoy nerviosa.

—Eso se parece más a una respuesta.

—No es estreno.

Sofía sonrió.

—Te odio un poco.

Maia bajó la mirada, también sonriendo.

Durante unos segundos, la escena tuvo una normalidad casi cruel. Sofía frente a ella, cuidadosa, exigente, brillante. Maia sentada bajo las luces del camerino, con el cuerpo listo, con el corazón demasiado ocupado para una sola emoción.

Sofía tomó el plátano y se lo ofreció.

—Come.

Maia hizo una mueca.

—No tengo hambre.

—No te pregunté.

—Eso suena a Valeria.

—Hoy todas estamos a favor de que no te desmayes por estética.

Maia aceptó el plátano.

—Qué equipo tan invasivo.

—Es cariño organizado.

Maia peló la fruta con desgana.

Sofía la observó.

—Estás muy bien en la escalera.

Maia no levantó la mirada.

—Gracias.

—No lo digo para calmarte. Lo digo porque es verdad.

Maia comió un bocado.

Sofía siguió:

—Hay algo ahí que antes no estaba. Al principio todo era esfuerzo. Inteligente, disciplinado, pero esfuerzo. Ahora hay decisión. Incluso cuando parece que dudas, la duda tiene dirección.

Maia tragó despacio.

—Quizá aprendí a no esperar tanto permiso.

Sofía sonrió.

—Eso me gusta.

Maia sostuvo el plátano entre los dedos.

La frase le dolió por su limpieza.

Sofía no sabía.

Sofía veía algo verdadero en escena y lo nombraba con generosidad. No sabía que parte de esa decisión nacía de la grieta, de la espera, del deseo, de la necesidad de recordarse a sí misma antes de quedar reducida a una puerta que Noa abría cuando podía.

—Tú lo viste antes —dijo Maia.

Sofía inclinó la cabeza.

—¿Qué cosa?

Maia levantó la mirada.

—Que podía llegar hasta aquí.

Sofía no respondió enseguida.

Después sonrió, sin vanidad.

—Vi una posibilidad. Tú hiciste el trabajo.

Maia sintió un nudo en la garganta.

—No todos miran así.

Sofía la observó con una atención más profunda.

—¿Así cómo?

Maia tuvo que elegir con cuidado.

—Como si algo valiera la pena antes de estar completo.

Sofía se quedó quieta.

Algo en esa frase la alcanzó más allá de la escena.

—Es una de las pocas cosas útiles de dirigir —dijo al fin—. Ver antes. A veces una se equivoca, pero cuando no, vale la pena.

Maia bajó la mirada.

—Gracias.

Sofía se apartó de la mesa.

—No me agradezcas antes de bailar. Me pone supersticiosa.

Maia sonrió.

—De acuerdo.

Sofía fue hacia la puerta.

Antes de salir, se detuvo.

—No te protejas demasiado hoy.

Maia la miró.

—¿No?

—No. Pero tampoco te ofrezcas entera. El público no merece tanto en una previa.

Maia soltó una risa breve.

—Eso es muy generoso de tu parte.

—Soy una directora amable.

—Valeria no estaría de acuerdo.

—Valeria vive para no estar de acuerdo.

Sofía abrió la puerta.

En el pasillo, la esperaba Valeria.

Las dos se miraron.

Sofía no dijo nada.

Pero la pregunta seguía allí.

Valeria la sintió.

Y por primera vez tuvo miedo de no poder sostener mucho más la respuesta.

Noa llegó doce minutos antes de que empezara la función.

No llegó tarde. Eso era importante. Había salido del centro con tiempo, había dejado a Mateo a cargo del cierre y había rechazado una llamada que podía esperar. Aparcó cerca del teatro, se quedó unos segundos dentro del coche y miró la fachada iluminada.

No había escrito a Maia.

Tampoco a Sofía.

Sofía sabía que iba. La había invitado semanas atrás, antes de que todo empezara a tener esta forma. Noa había aceptado entonces como pareja, como apoyo, como parte natural de la vida de Sofía. Ahora la misma invitación pesaba de otra manera.

Entró por la puerta principal.

Alejandro la vio desde el vestíbulo y levantó una mano.

—Rivas.

Noa se acercó.

Alejandro llevaba un abrigo largo y una bufanda demasiado elegante para la temperatura real.

—Has venido sola —dijo.

—Sofía está adentro.

—Me refería a tu escolta de seriedad.

—La dejé en el coche.

Alejandro sonrió.

Luego la observó un segundo más.

—Estás distinta.

Noa cerró los ojos un instante.

—Si una persona más me dice eso, voy a empezar a cobrar.

—Podrías. Te financiaría el centro.

Noa tomó el programa de mano que ofrecía una chica de producción.

En la portada estaba el título de la obra. Debajo, el nombre de Sofía como directora. El nombre de Maia aparecía en la lista del reparto principal.

Noa pasó el pulgar por el papel sin darse cuenta.

Alejandro lo vio.

No dijo nada enseguida.

—¿Cómo va todo? —preguntó.

—Bien.

—Qué palabra más antipática.

—La uso para evitar conversaciones.

—Lo sé. Por eso la odio.

Noa miró hacia la entrada de la sala.

—¿Entramos?

Alejandro no se movió.

—Noa.

Ella giró.

—¿Qué?

Él bajó la voz.

—El otro día, en el bar, te dije algo sobre saber a quién puedes romper mientras improvisas.

Noa sostuvo su mirada.

—Lo recuerdo.

—Bien.

—¿Hay una segunda parte?

—Sí. A veces no basta con saberlo.

Noa apretó el programa entre los dedos.

—Alejandro.

—No voy a preguntar. No quiero saber detalles. Pero si una obra empieza a tener más tensión fuera del escenario que dentro, alguien siempre termina leyendo mal el libreto.

Noa sintió frío.

—No sabes nada.

—Nunca dije que supiera. Dije que miro.

La palabra quedó entre los dos.

Miro.

Todo el mundo miraba últimamente.

Sofía, Valeria, Mateo, Alejandro.

Como si la mentira hubiese dejado de ser invisible y solo siguiera funcionando porque nadie se atrevía aún a nombrarla.

La puerta de la sala se abrió.

Valeria apareció en el vestíbulo, buscando a alguien de producción. Vio a Noa. Se detuvo apenas.

La mirada que le dirigió no fue de reproche abierto.

Fue peor.

Fue de cansancio.

Noa sostuvo esa mirada un segundo.

Valeria la apartó primero y siguió caminando.

Alejandro también lo vio.

—Interesante —murmuró.

Noa no respondió.

Entraron.

Sofía estaba de pie junto a la platea, dando instrucciones al equipo. Cuando vio a Noa, su expresión se suavizó.

—Viniste.

—Claro.

Noa se acercó y la besó en la mejilla.

Sofía la sostuvo un segundo por el brazo.

—Gracias.

—No digas eso.

—Hoy sí.

Sofía parecía tensa, pero luminosa. La previa la tenía en ese estado particular: todo el cuerpo atento, los ojos vivos, el cansancio convertido en precisión. Noa la miró y sintió una admiración que no había disminuido con nada.

Sofía era brillante.

Eso no era una idea.

Era un hecho.

—Va a salir bien —dijo Noa.

Sofía hizo una mueca.

—No digas esas frases. El teatro castiga la confianza.

—Entonces va a salir.

—Eso es aceptable.

Noa sonrió.

Sofía la miró un segundo más.

Había algo en su expresión, una pregunta que no terminaba de formarse. Noa sintió el impulso de tocarla, de sostenerla, de quedarse dentro de esa versión de la vida donde ella era simplemente la pareja de Sofía antes de una función importante.

Lo hizo.

Le tomó la mano.

Sofía bajó la mirada a sus dedos entrelazados.

Después volvió a mirarla.

Sonrió.

La sonrisa fue pequeña.

Real.

—Tengo que ir —dijo.

—Lo sé.

Sofía apretó su mano y se alejó hacia la cabina.

Noa se sentó junto a Alejandro en la cuarta fila.

La sala empezó a llenarse.

Luces bajas.

Murmullos.

Programas de mano abriéndose.

Noa miró hacia el escenario vacío.

En algún lugar detrás del telón, Maia estaba preparándose.

Maia no supo que Noa había llegado hasta que Valeria se lo dijo.