Capítulo 29 La amiga que sabe #3
—Desde que trabajo con Mateo.
Sofía sonrió, pero un segundo tarde.
—Pobre Mateo. Lo usas para todo.
La frase no llevaba sospecha abierta.
Pero quedó.
Noa dejó el móvil sobre el escritorio.
Boca abajo.
No lo miró.
Sofía tampoco.
El momento siguió, pero ya no igual. Sofía habló de la obra, de un problema con la escenografía, de la posibilidad de que la escalera fuera demasiado fría visualmente. Noa respondió. Hizo preguntas. Escuchó. Besó a Sofía antes de que se fuera.
Todo correcto.
Todo casi normal.
Cuando Sofía salió del centro, Noa cerró la puerta del despacho y tomó el móvil.
Tenía dos mensajes de Maia.
Maia: Valeria está rara conmigo.
El segundo:
Maia: No rara. Cansada.
Noa se sentó.
Durante un momento no supo qué le preocupaba más: el dolor de Maia, la posición de Valeria o el gesto que Sofía acababa de ver.
Escribió:
Noa: ¿Qué pasó?
Maia respondió casi enseguida.
Maia: Nada que no supieras que iba a pasar.
Noa leyó la frase.
Tenía razón.
Todo lo que estaba ocurriendo había estado escrito en la primera mentira. No con detalle, no con nombres exactos, pero sí en estructura. Valeria cansándose. Sofía empezando a notar gestos. Maia sintiendo la espera. Noa volviéndose hábil, luego descuidada, luego hábil otra vez.
Noa: Quiero verte.
Maia tardó.
Maia: Hoy no.
Noa cerró los ojos.
Maia escribió otro mensaje.
Maia: Hoy necesito recordar que tengo vida aunque tú no vengas.
Noa dejó el móvil sobre la mesa.
La frase le dolió más porque no era castigo.
Era Maia intentando sostenerse.
Esa noche, Maia salió con Valeria después del ensayo.
No fue un plan grande. Un bar pequeño cerca del teatro, mesas altas, música baja, gente de producción en otra esquina.
Valeria aceptó ir porque Sofía insistió en que ambas necesitaban comer algo que no viniera de una máquina.
Sofía no fue; tenía llamada con un posible patrocinador y prometió alcanzarlas si terminaba temprano, aunque las dos sabían que no iba a ocurrir.
Al principio hablaron poco.
Valeria pidió cerveza. Maia pidió vino. Compartieron patatas bravas y una tortilla que Valeria calificó de “correcta, sin alma, como casi todo lo que pretende agradar a todos”.
Maia sonrió.
—Extrañaba tus críticas gastronómicas.
—Mis críticas gastronómicas son un servicio público.
—Lo sé.
El silencio volvió, pero menos duro.
Maia bebió un poco de vino.
—No la vi hoy.
Valeria la miró.
—No te pregunté.
—Ya sé.
—No tienes que informarme cada movimiento.
—No estoy informando.
—¿Entonces?
Maia apoyó el vaso sobre la mesa.
—Estoy intentando decirte algo sin convertirte en mi confesionario.
Valeria respiró.
—Eso sería una novedad.
Maia aceptó el golpe.
—Hoy le dije que no.
Valeria no respondió enseguida.
—¿Porque querías o porque yo estaba enojada?
Maia pensó.
—Las dos cosas.
—Eso al menos suena honesto.
—Necesitaba… no sé. Respirar sin esperarla.
Valeria bajó la vista a la cerveza.
—Eso me alegra.
—No lo parece.
—Porque también me da pena.
Maia la miró.
Valeria se encogió de hombros.
—No soy de piedra. Te veo. Sé que te pasa algo fuerte. Sería más fácil si pudiera pensar que estás siendo estúpida y nada más.
—A ratos estoy siendo estúpida.
—Sí. Pero no nada más.
Maia sintió una ternura triste.
—No quiero que dejes de quererme.
Valeria levantó la vista.
—Entonces deja de portarte como si quererme significara aguantar cualquier cosa.
Maia asintió.
—Estoy intentando.
—Bien.
—Voy tarde.
—Muchísimo.
Por primera vez en días, las dos sonrieron al mismo tiempo.
No arregló nada.
Pero algo respiró.
A las doce, Maia llegó sola a su apartamento.
Noa no había escrito de nuevo.
Maia se quitó los zapatos en la entrada, dejó la chaqueta sobre una silla y fue a la cocina. Había una naranja en el frutero. Una de las que Noa había llevado.
La tomó.
La peló sin cuidado.
La comió de pie, junto a la barra.
El móvil estaba en la mesa.
No vibró.
Maia se obligó a no tocarlo.
Al otro lado de Madrid, Noa estaba en la cama con Sofía.
Sofía dormía de espaldas, algo poco habitual. Noa la miró durante un rato. Pensó en el gesto del móvil en el despacho, en esa fracción de segundo en que había puesto la pantalla boca abajo demasiado rápido. Sofía lo había visto. Quizá lo olvidaría. Quizá no.
Noa tomó el teléfono.
El chat de Maia seguía abierto.
El último mensaje era de ella: Hoy necesito recordar que tengo vida aunque tú no vengas.
Noa escribió:
Noa: Lo entiendo.
No envió.
Miró a Sofía.
Borró el mensaje.
Apagó el móvil.
Se acostó boca arriba.
Por primera vez desde que todo había empezado, no buscó una forma inmediata de acercarse a Maia ni de compensar con Sofía. Se quedó quieta en medio de la cama, sin tocar a ninguna, sintiendo cómo la distancia también podía ser una forma de consecuencia.
En el apartamento de Maia, la cáscara de naranja quedó sobre la barra como una espiral rota.
Maia se lavó las manos, apagó la luz de la cocina y fue al dormitorio.
Durmió sola.
No bien.
Pero sola.
Y esa noche, en la geografía clandestina que habían construido, ese pequeño territorio recuperado le pareció casi una victoria.