El nuevo plano Capítulo 29 La amiga que sabe #2
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Capítulo 29 La amiga que sabe #2

Valeria no dijo nada.

El ensayo avanzó durante casi dos horas.

Maia bailó bien. Demasiado bien para lo poco que había dormido, demasiado bien para el peso que llevaba en la cabeza.

Sofía la exigió con inteligencia, ajustando sin herir, empujando sin romper.

Valeria trabajó a un lado, eficiente, silenciosa, más lejana de lo habitual.

En una pausa, Maia revisó el móvil.

Noa había escrito.

Noa: Hoy tengo tarde imposible. Quería saber cómo estabas.

Maia leyó el mensaje sin sonreír.

La parte de ella que todavía estaba en la habitación con Valeria quiso guardar el móvil.

La parte de ella que recordaba la mañana con Noa quiso responder de inmediato.

Escribió:

Maia: Ensayando.

Noa respondió:

Noa: ¿Dolor?

Maia cerró los ojos.

Casi rió.

Casi se enfadó.

Casi extrañó cuando esa pregunta era la única que podía doler.

Maia: No preguntes por eso.

Noa tardó más.

Noa: Perdón. Costumbre.

Maia miró hacia Sofía, que hablaba con iluminación.

Después hacia Valeria, que fingía revisar la tableta.

Maia: Estoy bien.

No era verdad del todo.

Pero era lo único que podía escribir en ese momento.

Noa leyó el mensaje en su despacho.

Mateo estaba sentado frente a ella, explicando algo sobre los horarios de la semana siguiente. Noa tenía el móvil apoyado boca abajo sobre el escritorio, pero lo había girado apenas cuando vibró.

Mateo dejó de hablar.

—¿Estoy interrumpiendo?

Noa bloqueó la pantalla.

—No.

—Mentira.

—Mateo.

—No hace falta que me digas qué pasa. De hecho, prefiero que no me lo digas si va a obligarme a tener una opinión. Pero estás aquí sin estar.

Noa se frotó los ojos.

—Estoy escuchando.

—No. Estás funcionando.

La palabra cayó con una precisión molesta.

Noa lo miró.

Mateo no sonrió.

—Y tú eres muy buena funcionando. Eso no significa que estés bien.

—No necesito que me analices.

—No te analizo. Te trabajo al lado desde hace años. Es peor.

Noa apartó la carpeta.

—¿Qué quieres?

Mateo respiró.

—Que no rompas cosas que después no puedas reparar solo porque ahora todavía no se oyen crujir.

Noa se quedó quieta.

—No sabes de qué hablas.

—Probablemente sé menos de lo necesario y más de lo que me conviene.

Noa sostuvo su mirada.

Mateo se levantó.

—Los horarios están en la carpeta. Revisalos cuando vuelvas a estar en el edificio.

Salió sin cerrar del todo la puerta.

Noa miró el móvil.

No respondió a Maia.

No porque no quisiera.

Porque no supo qué decir que no empeorara algo.

Esa tarde, Sofía salió del teatro antes de lo habitual y pasó por el centro sin avisar.

Noa estaba en la sala de reuniones, revisando un informe con dos preparadores. La vio desde el pasillo de cristal antes de que Sofía la viera a ella. Por un segundo el cuerpo se le tensó con una reacción absurda, como si Sofía hubiera entrado en un lugar donde podía encontrar algo.

Pero no había nada.

Solo trabajo.

Mesas.

Pantallas.

Una vida perfectamente defendible.

Sofía levantó la mano al verla.

Noa salió de la sala.

—¿Qué haces aquí?

Sofía le dio un beso breve en los labios.

—Qué recibimiento más romántico.

—No, perdón. Me sorprendiste.

—Tenía una reunión cerca y terminé antes. Pensé en pasar a saludarte.

Noa sonrió.

—Me alegra.

Sofía la miró con atención.

—¿Sí?

—Sí.

Noa la besó otra vez, esta vez con más intención.

Sofía pareció relajarse. Apoyó una mano en su brazo.

—No puedo quedarme mucho. Solo quería verte un momento.

Noa sintió una ternura profunda y cruel.

—Ven.

La llevó a su despacho.

El búnker.

La palabra le cruzó la cabeza con una ironía amarga.

Allí había empezado parte de todo. Allí Maia había entrado una noche para hablar de límites.

Allí Noa había abierto una ficha que no debía volver a mirar.

Allí había escrito y borrado mensajes. Y ahora Sofía estaba allí, dejando el bolso sobre una silla, mirando los libros de biomecánica, los planos del centro, una taza de café fría.

—Siempre parece que aquí vas a operar a alguien o declarar una guerra —dijo Sofía.

—A veces es lo mismo.

Sofía sonrió.

Se acercó a la ventana interior desde donde se veía parte de la sala funcional.

—Nunca entiendo cómo puedes trabajar con tanta gente moviéndose abajo.

Noa se quedó detrás de ella.

—Me ayuda.

—¿A controlar el mundo?

—Un poco.

Sofía giró, divertida.

—Por lo menos lo admites.

Noa la miró.

El deseo de la noche anterior con Maia seguía en su cuerpo como una línea secreta.

Pero Sofía estaba allí, frente a ella, real, cercana, con los ojos cansados y la boca suave.

Noa la amaba. No como una frase de defensa.

No como un argumento. La amaba en esa escena concreta: Sofía en su despacho, molestándola por su obsesión, trayendo un pedazo de vida compartida a mitad del día.

Eso no la salvaba.

La hundía más.

Noa se acercó y la besó.

Sofía respondió enseguida, sorprendida pero cálida. El beso tuvo algo de hambre y algo de refugio. Noa la sostuvo por la cintura. Sofía soltó una respiración suave contra su boca.

—Definitivamente estás rara —murmuró.

Noa apoyó la frente en la suya.

—¿Otra vez?

—Ahora no me quejo.

Noa sonrió.

Sofía le acarició el cuello.

—¿Estás conmigo?

La pregunta no parecía sospechosa.

Parecía íntima.

Eso la hizo peor.

Noa sostuvo su mirada.

—Sí.

La palabra salió firme.

Y en ese instante fue verdad.

Sofía la besó de nuevo.

Noa cerró los ojos.

Durante unos segundos consiguió estar allí. Completa, o casi. Con la mujer que había elegido durante siete años. Con su olor conocido, su mano en su nuca, su forma de besarla como si todavía hubiera tiempo para todo.

El móvil de Noa vibró sobre el escritorio.

Una vez.

Sofía no se apartó.

El móvil volvió a vibrar.

Sofía rió contra su boca.

—Tu centro te reclama.

Noa abrió los ojos.

La pantalla estaba boca arriba.

Desde donde estaba, Sofía podía verla si giraba un poco la cabeza.

Noa lo hizo antes de pensar: tomó el móvil y lo puso boca abajo.

El gesto fue pequeño.

Demasiado rápido.

Sofía lo notó.

No dijo nada enseguida.

Noa sintió que algo en el aire cambiaba apenas.

—Perdón —dijo—. Es una mala costumbre.

Sofía la miró.

—¿Desde cuándo escondes malas costumbres?

Noa sostuvo su sonrisa.