El nuevo plano Capítulo 28 Geografía clandestina #3
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Capítulo 28 Geografía clandestina #3

—No lo sé, Maia. Ese es el problema. No quiero soltarte. Pero tampoco quiero ser la habitación donde dejas lo que no puedes llevarle a ella.

Maia sintió que algo se le quebraba un poco.

—No eres eso.

—A ratos sí.

El silencio que siguió fue largo.

Desde el escenario llegó la voz de Sofía, llamando a alguien de iluminación. Su nombre atravesó la puerta cerrada como una prueba.

Valeria tomó su tableta.

—Tengo que trabajar.

—Vale.

Antes de salir, se detuvo.

—Y no. No voy a decirle nada.

Maia cerró los ojos.

—Valeria…

—No lo digo por ti.

Valeria abrió la puerta.

—Lo digo porque no quiero destruir una obra en medio del ensayo. No confundas eso con permiso.

Se fue.

Maia se quedó sola frente al espejo.

Tenía un resto de maquillaje bajo el ojo y una marca apenas visible en el cuello, cubierta por el borde de la camiseta. Se miró durante varios segundos.

No parecía una villana.

Eso era casi peor.

Parecía ella misma.

Una mujer de veintiocho años, con una carrera que empezaba a levantarse, una amiga que se cansaba de cargar silencio, una directora que seguía confiando en su talento y una mujer que llegaba por las noches con naranjas, pan, mentiras y una forma de tocarla que la dejaba sin aire.

El móvil vibró.

Maia no lo tomó enseguida.

Lo dejó sonar sobre la mesa.

Cuando finalmente miró, era Noa.

Noa: ¿Te veo hoy?

Maia miró la puerta por donde Valeria acababa de salir.

Después el espejo.

Después el mensaje.

Escribió:

Maia: Hoy no.

Noa tardó.

Noa: ¿Está todo bien?

Maia apoyó el móvil sobre la mesa sin responder.

No.

No estaba todo bien.

Pero tampoco estaba todo mal.

Esa era la trampa.

Esa noche, Noa se quedó en casa.

Sofía cocinó pasta. Noa abrió una botella de vino. Hablaron de la obra, de la reunión con producción, de un posible viaje corto después del estreno si sobrevivían a diciembre. Sofía estaba animada, cansada, hermosa. Se quitó los zapatos bajo la mesa y apoyó los pies sobre los de Noa.

—Tenemos que irnos unos días cuando esto termine —dijo.

Noa giró la copa entre los dedos.

—Sí.

—Nada ambicioso. Una casa con chimenea, comida decente y cero gente diciendo “tenemos un problema de agenda”.

—Suena bien.

—¿Te estás riendo de mi sueño doméstico?

—No.

Sofía la miró con los ojos entornados.

—Te conozco.

Noa sintió el golpe silencioso de esa frase.

Sofía creía conocerla.

Y la conocía.

Eso era lo terrible.

Noa dejó la copa, se levantó y rodeó la mesa. Sofía la miró venir con sorpresa. Noa se inclinó y la besó. Sofía soltó una risa breve, luego la sostuvo por la cintura.

—¿Qué hice para merecer este entusiasmo?

—Nada.

—Qué respuesta tan halagadora.

Noa apoyó la frente en la suya.

—Quería besarte.

Sofía se suavizó.

—Entonces sigue.

Noa siguió.

Durante un rato, la casa fue casa.

Sofía fue Sofía.

Noa intentó quedarse entera allí.

Lo consiguió por momentos.

Eso también empezaba a formar parte de la mentira: no solo fingir con Sofía, sino no fingir del todo.

Ser capaz de besarla de verdad y, aun así, pensar más tarde en Maia.

Ser capaz de desearla y, aun así, guardar otra camiseta en un cajón.

Ser capaz de planear una escapada después del estreno mientras una parte de ella ya conocía el camino nocturno hasta otro apartamento.

A las 23:16, cuando Sofía estaba en el baño lavándose los dientes, Noa miró el móvil.

No había respuesta de Maia.

Abrió el chat.

Escribió:

Noa: Quiero verte aunque hoy no pueda.

Lo miró.

No lo envió.

Sofía salió del baño.

Noa bloqueó la pantalla.

—¿Vienes? —preguntó Sofía desde la puerta del dormitorio.

Noa levantó la vista.

—Sí.

Dejó el móvil sobre la mesilla.

Boca abajo.

En el apartamento de Maia, el teléfono vibró a medianoche.

Valeria.

Valeria: ¿Comiste?

Maia miró el mensaje desde la cama.

Ese cuidado mínimo le hizo más daño que cualquier reproche.

Respondió:

Maia: Sí.

Era mentira.

Valeria escribió:

Valeria: Mientes fatal cuando no tienes ganas.

Maia sonrió con tristeza.

Maia: Comí media naranja.

Valeria: Eso no es cenar. Eso es decorar una enfermedad.

Maia soltó una risa.

Luego los ojos se le llenaron de lágrimas sin aviso.

No lloró mucho. Apenas lo suficiente para que la pantalla se volviera borrosa.

Valeria escribió otro mensaje.

Valeria: No estoy dejando de quererte. Estoy intentando no dejar de quererme a mí.

Maia leyó la frase varias veces.

Después apoyó el móvil contra el pecho.

Esa noche no respondió a Noa.

Noa tampoco volvió a escribir.

La geografía clandestina siguió existiendo igual.

No necesitaba presencia constante para crecer.

Crecía en las rutas que una no tomaba, en los mensajes que otra borraba, en la ropa escondida, en las preguntas que Valeria tragaba, en los besos que Sofía recibía sin saber qué intentaban compensar.

Crecía en la manera en que Maia decía no y aun así dejaba el móvil cerca.

En la forma en que Noa aprendía a no tocarlo estando en la cama con Sofía, pero lo miraba apenas Sofía se dormía.

Crecía porque ya no era un accidente.

Era un sistema.

Y como todos los sistemas bien construidos, empezó a funcionar incluso cuando ninguna de las dos estaba segura de querer que funcionara.