Capítulo 28 Geografía clandestina #2
Se levantó y fue a la cocina. Bebió agua directamente del vaso de la noche anterior. En la barra todavía quedaban migas del pan que Noa había llevado el día anterior. Maia las miró con una irritación absurda.
No era una mujer que esperara.
Se lo repitió mientras limpiaba la barra.
No era una mujer que se quedara mirando el teléfono, calculando si otra persona podía o no podía escribirle.
Tenía una carrera, una obra, un cuerpo que volvía a responder, una ciudad que todavía no terminaba de pertenecerle pero donde ya sabía perderse.
No necesitaba convertir su noche en la sombra de la disponibilidad de Noa.
Aun así, cuando el móvil vibró a las 00:43, fue hacia él demasiado rápido.
Era un correo de producción.
Maia se quedó mirando la pantalla.
Después se rió sola.
No con alegría.
Con fastidio.
El miércoles, Noa no escribió hasta las cuatro de la tarde.
Maia estaba en el teatro, sentada en el suelo del escenario con las piernas estiradas, revisando una secuencia mentalmente. Sofía estaba en platea, hablando con iluminación. Valeria discutía con alguien por teléfono cerca de la puerta lateral.
El mensaje llegó sin sonido. Maia lo vio por la luz de la pantalla.
Noa: Hoy no puedo inventar nada antes de las diez.
Maia leyó la frase.
Esta vez no sonrió de inmediato.
Maia: Qué frase horrible.
Noa respondió rápido.
Noa: Sí.
Luego:
Noa: La escribí y me di cuenta tarde.
Maia miró hacia la platea.
Sofía estaba inclinada sobre el plano de luces, concentrada, hermosa en su elemento, con el cabello recogido y el lápiz entre los dedos. Valeria terminó la llamada y miró a Maia desde lejos.
Maia bajó la vista.
Maia: No quiero ser algo que inventas.
Noa tardó.
Noa: No lo eres.
Maia no respondió.
No quería entrar en esa conversación. No en medio del teatro, no con Sofía a veinte metros, no con Valeria mirándola como si pudiera leer cada palabra desde el otro lado del escenario.
Guardó el móvil.
Sofía levantó la cabeza.
—Maia, desde la diagonal. Quiero ver la entrada antes de que cambiemos luz.
—Sí.
Maia dejó el teléfono dentro de su bolsa y se puso de pie.
Bailó con rabia.
No fue una rabia sucia ni descontrolada. Fue una energía limpia, concentrada, que le atravesó la espalda y le dio filo a cada giro. Sofía lo notó enseguida. Valeria también.
Al terminar, el escenario quedó en silencio.
Sofía bajó el lápiz.
—Eso.
Maia respiraba fuerte.
—¿Eso qué?
Sofía sonrió apenas.
—Eso que haces cuando dejas de pedir permiso.
La frase volvió.
Maia sintió un golpe de ironía tan perfecto que casi se rió.
Valeria no.
Valeria la miró desde el lateral con una tristeza seca.
Esa noche Noa llegó a las 22:18.
Maia abrió la puerta con el rostro serio.
—No digas que no soy algo que inventas —dijo antes de que Noa pudiera hablar.
Noa se quedó en el umbral.
—Está bien.
—No lo digas si después tienes que inventar horarios, sistemas, alarmas, cierres y cualquier otra cosa para venir.
Noa asintió.
No se defendió.
Eso desarmó parte de la irritación de Maia.
—Hoy escribiste horrible —añadió.
—Lo sé.
—Muy horrible.
—Sí.
Maia abrió la puerta un poco más.
—Entra antes de que decida hacerte redactar una disculpa.
Noa entró.
No trajo comida esa vez. Trajo una botella de vino y una bolsa pequeña con naranjas.
Maia miró la bolsa.
—¿Naranjas?
—Dijiste que las de abajo eran malas.
—Dije eso una vez.
—Lo recordé.
Maia tomó la bolsa.
—Qué molesta eres cuando recuerdas cosas.
—Me esfuerza mucho no usarlo en mi defensa.
Maia la miró.
Noa levantó las manos.
—No lo haré.
Maia dejó las naranjas sobre la mesa.
—Bien.
Esa noche no fue intensa desde el primer minuto.
Fue más lenta.
Más peligrosa por eso.
Bebieron vino sentadas en el suelo, con la espalda apoyada contra el sofá, porque Maia dijo que el sofá era demasiado formal si se usaba correctamente. Noa peló una naranja con una concentración ridícula y Maia se burló de la precisión con que separaba la cáscara en una sola tira.
—¿Haces todo así?
—No.
—Mientes.
—Algunas cosas las hago peor.
Maia le quitó un gajo de naranja de la mano.
—Me cuesta imaginarlo.
Noa la miró.
—Ayer casi te escribo mientras Sofía dormía al lado.
Maia dejó de masticar.
La frase no había salido con intención de dramatizar. Salió como una confesión pequeña, extraña, casi doméstica dentro del desastre.
—¿Y por qué no lo hiciste?
—Se despertó.
Maia sostuvo su mirada.
—Ah.
—No llegué a escribir nada.
—Pero querías.
—Sí.
Maia bajó la vista a la naranja.
No dijo que eso estaba mal. No dijo que no lo hiciera. No dijo que la hacía sentir elegida o usada. Durante un momento se permitió recibir la información en toda su contradicción: Noa en la cama con Sofía, pensando en ella. Era horrible. También era íntimo. La forma exacta del daño.
—No me cuentes esas cosas si esperas que yo sea razonable —dijo al fin.
Noa tragó saliva.
—No espero eso.
Maia la miró.
—Menos mal.
Dejó la copa en el suelo y se acercó.
No hubo discusión.
No esa noche.
Hubo una naranja a medio pelar sobre la mesa, dos copas de vino en el suelo y Noa recibiendo el beso de Maia como si hubiera pasado días sin aire.
Maia la besó con rabia al principio, sí, pero la rabia no duró.
Se transformó en otra cosa. En hambre. En una ternura áspera. En el alivio de dejar de hablar.
Noa la sostuvo por la cintura y Maia se sentó sobre sus piernas.
—No hagas frases feas mañana —murmuró contra su boca.
—No.
—Ni eficientes.
—Tampoco.
—Ni me digas que no soy un invento mientras inventas media ciudad.
Noa apoyó la frente en la suya.
—Voy a intentar hacer que haya menos que inventar.
Maia se apartó apenas.
—Eso no sé si puedes prometerlo.
—No lo estoy prometiendo.
—Bien.
—Lo estoy intentando.
Maia la miró un segundo más.
Luego bajó la boca a su cuello.
—Entonces intenta callada.
Noa obedeció.
La clandestinidad también tuvo momentos así: no solo camas, no solo urgencia, no solo culpa al borde de la puerta. Tuvo vino barato, naranjas dulces, ropa arrugada en el suelo, mensajes mal escritos, frases que herían y besos que no las reparaban pero las suspendían un rato.
Tuvo mañanas en que Noa devolvía una camiseta lavada y se llevaba otra sin darse cuenta.
Tuvo tardes en que Maia encontraba una marca en su piel y elegía un cuello alto para el ensayo.
Tuvo noches en coche, aparcadas en calles sin belleza, hablando veinte minutos porque no daba tiempo a más.
Tuvo una vez en que Noa pasó por la panadería que Maia defendía, compró dos bollos y no fue a verla; solo le dejó una bolsa colgada del pomo de la puerta con un mensaje: No tuve tiempo. Me acordé igual.
Maia leyó ese mensaje tres veces.
Luego se comió los dos bollos de pie en la cocina, furiosa y conmovida.
El jueves, Valeria explotó en voz baja.
No fue un escándalo. Valeria no tenía ese tipo de vulgaridad cuando el dolor era real. Esperó a que Sofía saliera a hablar con producción, cerró la puerta del camerino y miró a Maia con una calma peligrosa.
—Necesito que me digas una cosa.
Maia estaba sentada frente al espejo, quitándose maquillaje.
—Valeria.
—Una cosa.
Maia dejó el algodón sobre la mesa.
—Dime.
Valeria respiró.
—¿Estoy cubriéndote sin saber que te estoy cubriendo?
Maia se quedó quieta.
—No.
—No respondas rápido.
—No.
—¿Segura?
—Nunca te pedí que mintieras por mí.
—No hace falta que me lo pidas.
La frase cayó con un peso distinto.
Valeria apoyó las manos en el respaldo de una silla.
—Cuando Sofía pregunta si estás rara, yo digo que estás cansada.
Cuando producción pregunta por cambios de horario, yo acomodo cosas sin preguntar demasiado.
Cuando te veo mirando el móvil en medio de un ensayo, miro hacia otro lado.
Cuando noto que algo pasó, me trago la pregunta porque si la hago, voy a saber más.
Maia bajó la mirada.
—Eso también es cubrirte.
—No quiero que hagas eso.
—Ya lo hago.
Maia cerró los ojos.
—Lo siento.
Valeria soltó una risa seca.
—Estoy empezando a odiar esa frase.
—No sé qué quieres que diga.
—No quiero que digas nada. Quiero que entiendas que ser tu amiga no me vuelve invisible.
Maia levantó la vista.
Valeria tenía los ojos brillantes, pero la voz firme.
—Sofía confía en mí. Confía en ti. Nos dio esta obra, Maia. Nos abrió una puerta enorme. Y yo estoy todos los días al lado de esa puerta, viendo cómo entran y salen cosas que no debería saber.
Maia tragó saliva.
—No quería meterte en esto.
—Pero estoy.
—Lo sé.
—No. No sé si lo sabes de verdad. Creo que sabes que me duele, pero todavía te sirve que me quede cerca.
El golpe fue limpio.
Maia no se defendió.
Porque era cierto.
Parte de ella necesitaba a Valeria cerca. No como cómplice explícita, sino como testigo amable, como alguien que todavía la mirara y pudiera decirle que no se había convertido en una persona irreconocible. Eso era injusto. Y cómodo. Y profundamente humano.
—Tienes razón —dijo.
Valeria pareció cansarse de golpe.
—No quería tenerla.
Maia se levantó.
—¿Quieres que me aleje?
Valeria negó con la cabeza, rápida, casi irritada.
—No seas dramática.
Maia casi sonrió, pero no pudo.
—Entonces dime qué hago.
—No lo sé.
Valeria se pasó una mano por el cabello.