Capítulo 28 Geografía clandestina
Noa aprendió a mentir con menos palabras.
Al principio había necesitado estructuras completas: problemas del sistema, revisión de alarmas, mantenimiento de suelo, informes que se alargaban, llamadas de Mateo, pacientes complicados. Mentiras con cuerpo administrativo, capaces de sostenerse si alguien las empujaba un poco.
Después descubrió que bastaba con menos.
Llego tarde. No me esperes. Tengo cierre en el centro. Te llamo cuando salga.
La eficacia de esas frases le produjo una inquietud fría.
No porque fueran brillantes, sino porque sonaban normales.
Pertenecían a su vida. Sofía las recibía dentro de una rutina que ya existía antes de Maia: los horarios largos de Noa, la obsesión por resolver problemas, la manera en que el centro invadía cenas, domingos, madrugadas.
Noa no había inventado una vida falsa.
Había abierto una habitación secreta dentro de la verdadera.
Eso era peor.
El lunes, a las 19:12, escribió desde su despacho:
Noa: ¿Ensayo hasta qué hora?
Maia respondió nueve minutos después.
Maia: Hasta que Sofía decida que merecemos seguir viviendo.
Noa sonrió antes de poder evitarlo.
Había gente todavía en el centro. Mateo estaba abajo con un paciente. Recepción cerraba en veinte minutos. Desde su ventana, Noa veía la sala funcional iluminada, las máquinas limpias, la superficie del espejo donde había tocado a Maia fuera de horario.
Escribió:
Noa: Eso no responde.
Maia: 22:00, quizá.
Noa: ¿Después?
Maia tardó.
Maia: Después tengo hambre, sueño y poca dignidad.
Noa: Puedo ayudar con una de esas cosas.
Maia: Espero que no sea la dignidad.
Noa apoyó la espalda contra la silla. La risa le salió baja, sola. Luego miró hacia la puerta del despacho, como si alguien pudiera haber escuchado el tono exacto de su silencio.
No respondió enseguida.
Dejó el móvil boca abajo.
A los treinta segundos volvió a tomarlo.
Noa: Paso por tu casa a las 22:40.
Maia escribió:
Maia: No preguntaste si podía.
Noa: ¿Puedes?
Maia: Sí.
Luego:
Maia: Me gusta más cuando finges menos eficiencia.
Noa miró la pantalla con una ternura incómoda.
Noa: Estoy intentando.
Maia: Intenta trayendo pan.
Noa guardó el móvil justo cuando Mateo apareció en la puerta.
—¿Traer pan ahora es parte del rendimiento deportivo?
Noa levantó la vista.
Mateo la miraba con los brazos cruzados y una carpeta bajo el brazo. No parecía haber leído nada. No necesitaba. A veces Noa pensaba que Mateo había desarrollado una inteligencia específica para detectar aquello que ella no decía.
—¿Desde cuándo escuchas conversaciones ajenas?
—Desde que te ríes sola en el despacho como una villana con vida emocional.
Noa extendió la mano.
—Dame la carpeta.
Mateo no se la dio.
—¿Vas a salir tarde otra vez?
—Sí.
—¿Centro?
—Sí.
Mateo inclinó la cabeza.
La palabra quedó en el aire.
Noa sostuvo su mirada.
—¿Necesitas algo más?
—Sí. Que no conviertas mi nombre en coartada si no estoy implicado.
Noa no contestó.
Mateo dejó la carpeta sobre la mesa.
—No sé qué estás haciendo —dijo—. Y estoy intentando no saberlo antes de tiempo. Pero si algún día alguien me pregunta dónde estabas, no quiero descubrir que ya me habías puesto en una historia sin avisarme.
La precisión de la frase le incomodó más que un reproche.
—No lo haré.
Mateo la observó un segundo.
—Eso espero.
Se fue.
Noa se quedó mirando la puerta.
No había usado su nombre todavía.
No directamente.
Pero había usado el centro. La alarma. El suelo. Los horarios. Había usado la confianza de Sofía en su trabajo y la paciencia de Mateo con su obsesión profesional. La mentira empezaba a tener demasiadas paredes prestadas.
Aun así, a las 22:37 estaba aparcando cerca del edificio de Maia con una barra de pan en el asiento del copiloto.
Maia abrió con ropa de ensayo y el cabello recogido a medias. Tenía ojeras, una marca de maquillaje mal retirada cerca del pómulo y los pies descalzos.
Noa levantó el pan.
—Intento ser menos eficiente.
Maia miró la bolsa.
—No trajiste mantequilla.
—No estaba en las instrucciones.
—Muy eficiente de tu parte.
Noa entró.
Maia cerró la puerta y la besó antes de decir nada más.
A veces ya era así.
No siempre había conversación antes. No siempre había una escena que justificara el encuentro.
Algunas noches se abrían con la boca de Maia sobre la suya, con Noa dejando el abrigo en cualquier silla, con la risa breve de una cuando tropezaban con una esquina, con el cuerpo retomando algo que había quedado suspendido la vez anterior.
No era menos íntimo por repetirse.
Al contrario.
La repetición empezaba a construir un idioma.
El pan quedó sobre la barra. La bolsa cayó al suelo.
Noa terminó sentada en el sofá con Maia sobre sus piernas, todavía con el pantalón de ensayo y la piel fría de la calle.
Maia olía a teatro: polvo, sudor limpio, tela, algo floral del jabón que usaban en camerinos.
Noa había empezado a reconocer ese olor con una precisión que no se atrevía a nombrar.
—Hoy bailaste —dijo contra su cuello.
—Qué observación brillante.
—Distinto.
Maia se apartó apenas.
—No me viste.
—Lo noto igual.
Maia la miró.
La frase podría haber sonado arrogante en otra persona.
En Noa sonaba peligrosamente cierta. Noa notaba cosas: el modo en que Maia entraba en una habitación después de un ensayo bueno, la forma en que apoyaba el pie cuando había forzado de más, la tensión de sus hombros cuando Sofía había exigido algo que la dejaba expuesta.
Maia le tocó la boca con el pulgar.
—No hagas de mi cuerpo una sala de lectura.
—Intento no hacerlo.
—Intenta mejor.
Noa la mordió suavemente.
Maia rió.
Después dejó de reír.
La noche siguió hacia el dormitorio sin dramatismo, como si ese pasillo ya las reconociera.
Noa se supo de memoria el crujido de una tabla, la silla donde Maia dejaba ropa limpia, el vaso de agua en la mesilla, la fotografía de Oporto, el lugar exacto donde la luz de la calle dibujaba una franja sobre la pared.
En menos de dos semanas, el apartamento de Maia había empezado a tener zonas de Noa.
Una camiseta negra de Noa, doblada en el segundo cajón de la cómoda de Maia. Una horquilla escondida en un bolso viejo. Una taza rota que Maia decía reservar para gente importante. Una barra de pan comprada camino a la mentira. Una ruta de coche que Noa ya tomaba sin mirar el mapa.
La geografía de lo clandestino no apareció de golpe.
Se hizo por repetición.
El martes no se vieron.
Noa pasó la noche con Sofía.
Cenaron tarde. Sofía preparó arroz con verduras porque decía que era lo único que podía cocinar sin convertirlo en una tragedia. Noa cortó el pan en la tabla y Sofía la observó desde la cocina con una sonrisa cansada.
—Estás rara otra vez.
Noa no levantó la vista.
—Últimamente esa es tu frase favorita.
—Porque últimamente tú eres mi persona rara favorita.
Noa sonrió.
Sofía se acercó por detrás y le rodeó la cintura.
—¿Qué te pasa?
—Nada grave.
—Eso no es una respuesta.
—Estoy cansada.
—Eso tampoco.
Noa dejó el cuchillo sobre la tabla y giró hacia ella.
Podía besarla para no responder. Lo supo antes de hacerlo. Lo supo y aun así lo hizo.
Sofía la recibió con una sorpresa cálida. Noa apoyó las manos en su cintura y la atrajo. El beso creció en la cocina, entre el arroz apagado y el pan a medio cortar. Sofía soltó una risa contra su boca.
—¿Otra vez esto?
—¿Te quejas?
—No. Estoy documentando un fenómeno.
Noa besó su cuello.
—No lo documentes.
Sofía cerró los ojos.
—Me gusta.
La frase fue pequeña, doméstica, feliz.
A Noa le dolió.
Pero no se apartó.
Esa noche también hubo deseo. Noa no pudo usar la excusa de la obligación, ni la del deber, ni la de la costumbre.
Sofía le gustaba. Su cuerpo conocido le gustaba.
La manera en que decía su nombre después de siete años todavía le movía algo real.
La vida con Sofía no estaba muerta. No era un decorado vacío donde Noa actuaba para sostener una mentira.
Ese era el centro insoportable de todo.
Noa podía amar una casa y, aun así, querer escapar hacia otra puerta.
Después, cuando Sofía se durmió con una mano sobre su abdomen, Noa miró el techo.
El móvil estaba en la mesilla.
Boca abajo.
No lo tocó durante casi diez minutos.
Luego lo tomó con cuidado, bajó el brillo y abrió el chat de Maia.
No había mensajes nuevos.
Noa escribió:
Noa: Estás despierta?
Lo borró.
Escribió:
Noa: Mañana?
Lo borró también.
Sofía se movió a su lado.
Noa dejó el móvil de inmediato.
Sofía abrió los ojos apenas.
—¿Qué haces?
Noa sintió el golpe en el pecho.
—Nada. Miré la hora.
Sofía murmuró algo incomprensible y volvió a acomodarse contra ella.
Noa permaneció inmóvil.
El móvil parecía arder sobre la mesilla.
No volvió a tocarlo.
En el otro lado de Madrid, Maia sí estaba despierta.
Tenía el teléfono sobre el pecho y una pierna doblada bajo la manta. Valeria le había escrito hacía media hora.
Valeria: ¿Estás en casa?
Maia había respondido:
Maia: Sí.
Valeria: ¿Sola?
Maia había mirado la pantalla durante varios segundos antes de contestar.
Maia: Sí.
Valeria no respondió de inmediato.
Después escribió:
Valeria: Odio tener que preguntar eso.
Maia cerró los ojos.
No supo qué decir.
La amistad con Valeria no se había roto.
Eso habría sido más sencillo. Seguían compartiendo café, ensayos, taxis, quejas sobre producción, comentarios feroces sobre directores de fotografía que usaban bufandas ridículas.
Valeria seguía acomodándole el cronograma, avisándole cuándo Sofía estaba de buen humor, llevándole una botella de agua sin que Maia la pidiera.
Pero algo había cambiado.
Valeria ya no preguntaba todo.
A veces miraba a Maia como si eligiera no saber más. Como si cada detalle nuevo fuera una piedra que tendría que cargar en silencio dentro del teatro.
Maia escribió:
Maia: No tienes que preguntarme.
Valeria respondió:
Valeria: Ese es el problema. Que sí.
Maia dejó el móvil a un lado.