Capítulo 27 La mañana después #2
El beso tenía sabor a café fuerte y a sueño. Noa se dejó arrastrar. Sus manos subieron por las piernas de Maia, por la piel desnuda, hasta la cintura. Maia le pasó los brazos por el cuello. Durante unos segundos, la mañana dejó de ser transición y volvió a ser cuerpo.
Noa se apartó apenas.
—Tengo que irme en algún momento.
—En algún momento, sí.
—Maia.
—No estoy discutiendo.
Noa la miró.
Maia le tocó el rostro.
—No lo arruines corriendo antes de correr.
La frase fue suave, casi perezosa. No tenía reproche. Por eso Noa la obedeció.
Se quedaron así un rato más, Maia sentada sobre la encimera, Noa entre sus piernas, las tazas enfriándose al lado.
Hablaron de cosas sin importancia: de una vecina que ponía música horrible los domingos, de una panadería cerca que Maia defendía con más pasión de la necesaria, de una gira en Lisboa donde había perdido una maleta y terminó bailando con ropa prestada.
Noa se descubrió riendo más de lo previsto.
No era una risa de escape.
Era risa.
Eso la inquietó cuando lo notó.
A las ocho y media, el día ya no permitió más indulgencias.
Noa fue al dormitorio a vestirse del todo. Maia la siguió y se apoyó contra el marco de la puerta, observándola con la taza en la mano.
—Tu camisa sigue siendo un desastre.
—Gracias por el informe textil.
—Puedo prestarte una.
Noa la miró.
Maia señaló una silla donde había varias prendas dobladas.
—No va a combinar con tu cara de directora de centro, pero quizás eso sea sano.
Noa tomó una camiseta negra de manga larga.
—¿Esta?
—Esa es mía.
—Todas son tuyas.
—Esa me gusta.
Noa la dejó.
Maia suspiró, divertida, y se acercó. Tomó la camiseta y se la puso en las manos.
—Era una forma de decir que la cuides.
Noa la sostuvo.
La tela tenía olor a detergente y a Maia.
—La voy a devolver.
—No dije cuándo.
Noa levantó la vista.
Maia sonrió apenas.
Noa se cambió de camiseta, dejando la camisa doblada dentro del bolso. La prenda de Maia le quedaba algo suelta en los hombros y demasiado informal para su día. Maia la miró con satisfacción.
—Mejor.
—Pareces demasiado contenta.
—Lo estoy.
—¿Porque estoy usando tu ropa?
—Porque te queda bien algo que no elegiste tú.
Noa se acercó.
—Eso es una crítica profunda a mi vida.
—Es una crítica superficial a tu armario. No te emociones.
Noa la besó.
Esta vez fue breve. De despedida, aunque ninguna de las dos quisiera llamarlo así.
En la puerta, Noa se puso el abrigo.
Maia no estaba descalza ahora; se había puesto unos calcetines gruesos, uno gris y otro azul oscuro. Noa bajó la mirada.
—Tus calcetines no combinan.
—Mi vida tampoco.
Noa sonrió.
Después la sonrisa se volvió algo más lento.
—Voy a llamarte.
—Lo sé.
—No por costumbre.
—Noa.
—Ya. No explico.
Maia asintió, satisfecha.
Noa abrió la puerta, pero antes de salir se giró.
—Me gustó despertar aquí.
Maia sostuvo la taza contra el pecho.
—A mí también.
La frase quedó pequeña.
Suficiente.
Noa salió.
El pasillo estaba frío. La mañana de Madrid tenía ese gris claro de los días que todavía no terminaban de decidirse. Noa bajó las escaleras con la camiseta de Maia bajo el abrigo y el cuerpo lleno de una memoria que no podía ducharse del todo.
En el coche, antes de arrancar, miró el móvil.
Había un mensaje nuevo de Sofía.
Sofía: No te llamo porque imagino que estarás conduciendo o peleando con el sistema. Tengo reunión a las diez. Después hablamos. Te quiero.
Noa apoyó la cabeza contra el respaldo.
La camiseta de Maia le rozaba la piel.
Escribió:
Noa: Voy camino a casa. Te llamo antes de que entres.
Envió.
Luego llamó.
Sofía respondió al tercer tono, con ruido de calle de fondo.
—Hola, superviviente.
Noa cerró los ojos.
—Hola.
—¿Dormiste algo?
Noa miró el edificio de Maia por el retrovisor.
—Un poco.
—Tienes voz rara.
—Es temprano.
—Para ti siempre es temprano hasta el segundo café.
Noa sonrió sin fuerza.
—Puede ser.
Sofía suspiró.
—Ayer fue un buen ensayo. Me quedé pensando en Maia. Hay algo que se abrió ahí. No sé cómo explicarlo.
Noa apretó los dedos alrededor del volante.
—Me dijiste.
—Sí, pero hoy lo tengo más claro. Está menos protegida. Como si hubiese dejado de pedir permiso para moverse.
Noa miró la entrada del edificio.
Maia no estaba allí. La puerta estaba cerrada. Todo parecía normal.
—Eso es bueno —dijo.
—Es buenísimo. También me da miedo que se pase de rosca. Ya sabes cómo es. Parece que si algo la atraviesa, lo usa todo en escena.
Noa tragó saliva.
—Sí.
—Bueno, no te robo más. Dúchate, come algo decente y no mates a Mateo si te hace un comentario sarcástico.
—No prometo nada.
Sofía rió.
Ese sonido, tan conocido, tan suyo, entró en el coche con una calidez que no pedía permiso.
—Te quiero —dijo Sofía.
Noa cerró los ojos.
—Yo también.
Cortó.
Durante unos segundos no arrancó.
La mañana seguía avanzando. La gente cruzaba la calle con bolsas, mochilas, cafés, vidas enteras sin saber que Noa estaba detenida frente a un edificio ajeno, usando una camiseta que no era suya y volviendo a una casa donde otra mujer la esperaba sin sospechar el tamaño exacto de la ausencia.
Noa encendió el coche.
Al llegar a casa, se quitó el abrigo en la entrada y fue directa al baño. Antes de meterse en la ducha, se miró al espejo.
La camiseta de Maia seguía allí.
Negra, sencilla, ajena.
Noa la tocó con los dedos.
Podía lavarla. Podía esconderla. Podía devolverla ese mismo día para no dejar rastros.
En lugar de eso, se la quitó con cuidado y la guardó en el segundo cajón de su cómoda, debajo de una pila de ropa de deporte que Sofía nunca tocaba.
Luego se duchó.
El agua le bajó por el cuerpo y no borró nada.
A media tarde, Sofía volvió antes de lo previsto.
Noa estaba en la cocina, preparando café, con otra camiseta puesta y el pelo todavía húmedo de una segunda ducha innecesaria. Sofía entró dejando el bolso en una silla y fue directo hacia ella.
—Cancelaron la segunda reunión —dijo—. Milagro administrativo.
Noa sonrió.
—Bien.
Sofía se acercó y le rodeó la cintura.
—¿Bien nada más? Pensé que te alegraría verme.
—Me alegra.
Noa la besó.
Lo hizo antes de pensarlo demasiado. Quizá para evitar una pregunta. Quizá porque el cuerpo todavía estaba demasiado despierto. Quizá porque Sofía estaba allí, real, cálida, con su olor de calle y perfume suave, y Noa no había dejado de quererla por haber amanecido en otra cama.
El beso sorprendió a Sofía.
Luego la hizo sonreír.
—Vaya.
Noa apoyó las manos en su cintura.
—¿Qué?
—Últimamente estás… no sé.
—¿Qué?
Sofía la estudió.
No con sospecha.
Con una mezcla de curiosidad y placer.
—Más aquí cuando estás aquí.
Noa sintió que la frase le rozaba una zona peligrosa.
—¿Eso es malo?
Sofía negó.
—No.
La besó otra vez, más despacio.
Noa respondió.
Esta vez no fue una coartada limpia. Tampoco fue inocente.
Fue una forma confusa de aferrarse a la vida que todavía tenía, de confirmar que Sofía no era una casa vacía ni una costumbre agotada.
Sofía era deseo también, pero un deseo con historia, con sábanas conocidas, con siete años de formas aprendidas.
Noa la llevó hacia la mesa de la cocina.
Sofía soltó una risa baja contra su boca.
—¿Qué te pasa, Rivas?
Noa no supo responder.
Sofía le acarició la nuca.
—No importa.
La besó otra vez.
Y Noa, con la camiseta de Maia escondida en el cajón del dormitorio y las manos de Sofía en su cuello, entendió que el problema no era que estuviera dejando de amar una vida para entrar en otra.
El problema era mucho peor.
Estaba aprendiendo a vivir en las dos.
Esa noche, cuando Sofía se durmió temprano en el sofá con la cabeza sobre sus piernas, Noa acarició su cabello en silencio.
El móvil estaba sobre la mesa.
Boca abajo.
No lo tocó.
Pero pensó en Maia.
En su cocina.
En sus calcetines distintos.
En la forma en que había dicho: Mi vida tampoco.
Sofía se movió dormida y buscó su mano.
Noa se la dio.
No había dos vidas.
Se lo había dicho ya.
Había una sola, partida con precisión.
Y esa mañana, al despertar con Maia, Noa había entendido algo que ya no podría fingir que ignoraba: algunas mentiras no solo destruyen.
También construyen lugares donde una empieza a querer quedarse.