El nuevo plano Capítulo 25 La luz de Sofía #2
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Capítulo 25 La luz de Sofía #2

Había llegado doce minutos tarde, algo tan poco habitual que Valeria la recibió en el pasillo con una ceja levantada y un comentario preparado. Pero Sofía pasó junto a ella con una sonrisa que la desarmó.

—Ni una palabra.

Valeria caminó a su lado.

—No dije nada.

—Lo estabas pensando en voz alta.

—Eso es un talento.

—Es una amenaza.

Valeria notó algo en su cara. Una luz distinta, un resto de intimidad, quizá. Durante un segundo no supo qué era. Después prefirió no saber. Tenía suficientes verdades desagradables en la cabeza.

En el escenario, Maia calentaba sola.

Cuando Sofía entró en la platea, Maia levantó la vista.

Hubo una fracción de segundo.

Nada más.

Pero a Valeria le alcanzó para ver cómo Maia registraba algo. El cabello de Sofía todavía un poco húmedo. La camisa puesta con prisa. Una marca tenue de rubor en el cuello. La sonrisa cansada, no solo de trabajo.

Maia volvió a mirar al suelo.

Valeria también lo vio.

Y por primera vez sintió una punzada de rabia hacia Maia.

No porque Sofía fuera su mejor amiga. No lo era.

Sofía era su jefa, una mujer cercana, brillante, exigente, alguien que había confiado en ellas de una forma que les había abierto una puerta enorme.

Pero Valeria estaba allí, en medio de la platea, viendo cómo la mentira empezaba a manchar incluso cosas que no le pertenecían.

Maia hizo una secuencia de movilidad.

Perfecta.

Demasiado perfecta.

Sofía dejó la carpeta sobre una butaca y aplaudió una vez para llamar al elenco.

—Vamos desde la entrada de Maia al segundo acto. Hoy quiero precisión, pero no rigidez. Si la escena respira como una máquina, no sirve. Necesito cuerpo vivo.

Maia cerró los ojos un segundo.

Cuerpo vivo.

Otra frase contra ella.

Se colocó en su marca.

La luz bajó.

El escenario se transformó.

Sofía hablaba desde la platea con una claridad que volvía posible lo imposible. Ajustaba ritmos, limpiaba intenciones, corregía entradas sin humillar, exigía más porque veía más. Maia la escuchaba y sentía el doble filo de esa escucha: admiración y deuda.

Cuando empezó la música, entró tarde.

No mucho.

Lo suficiente para que Sofía la detuviera.

—No esperes tanto.

Maia se quedó inmóvil.

—Creí que querías que esperara la luz.

—Quiero que esperes la luz, no que le pidas permiso.

Valeria levantó la vista de la tableta.

Maia asintió.

—Otra vez.

Repitieron.

Esta vez entró bien.

La escena avanzó. Maia dejó que el cuerpo encontrara el suelo, que la pierna absorbiera, que la respiración guiara.

Bailar, por unos minutos, la sacó de sí misma.

No de la culpa. No del deseo. De la necesidad de decidir qué era primero.

En escena no había tiempo para ordenar la moral.

Había que caer, sostener, girar, mirar, respirar.

Sofía la detuvo en el final.

—Eso. Ahí hay algo.

Maia respiraba agitada.

—¿Qué?

Sofía subió al escenario con el cuaderno en la mano. Se acercó hasta quedar frente a ella, observándola con esa atención que no era la de Noa y que, aun así, también tocaba.

—No estás pidiendo que el cuerpo responda. Estás confiando en que va a hacerlo.

Maia sostuvo su mirada.

El comentario era artístico.

También era insoportable.

—Se siente distinto —dijo.

—Se ve distinto.

Sofía sonrió, breve y limpia.

—Estás en un lugar muy bueno, Maia. No lo pierdas por querer entenderlo demasiado.

Maia sintió que la frase le atravesaba la piel.

No lo pierdas.

Valeria bajó la mirada a la tableta.

No podía seguir mirando.

Durante la pausa, Maia salió al pasillo lateral.

Valeria la siguió.

—No ahora —dijo Maia, sin girarse.

—No iba a decir nada.

Maia se detuvo y la miró.

—Eso tampoco es verdad.

Valeria cruzó los brazos.

—No sé qué decir sin sonar como alguien que no soy.

—Entonces no digas nada.

—Eso estoy intentando. Me cuesta.

Maia apoyó la espalda contra la pared.

El pasillo olía a madera, polvo y cables calientes. Desde el escenario llegaban voces apagadas.

—La viste —dijo Maia.

Valeria no fingió.

—Sí.

Maia cerró los ojos.

—No sé qué quieres que haga con eso.

—Yo tampoco.

—No estoy orgullosa.

—Ya lo sé.

—No me mires como si estuviera disfrutando hacerle daño.

Valeria bajó la voz.

—No me preocupa que lo disfrutes. Me preocupa que por momentos lo olvides.

Maia abrió los ojos.

La frase dolió porque venía de alguien que la conocía.

—No lo olvido.

—Cuando estás con ella, sí.

Maia no respondió.

Valeria suavizó apenas la voz.

—Y quizá tiene que pasar. No sé. No soy ninguna santa ni tengo autoridad para hacer de tribunal.

Pero yo estoy aquí todos los días, Maia.

La veo a ella dejándose la vida por esta obra.

Te veo a ti bailar como si algo te hubiera abierto el cuerpo.

Y sé demasiado. Eso me está empezando a hacer sentir… mal.

La última palabra salió pobre, insuficiente.

Maia la entendió igual.

—No quiero perderte —dijo.

Valeria desvió la mirada.

—Entonces no me conviertas en parte de esto.

—No lo haré.

—Ya lo hiciste un poco.

El silencio se volvió áspero.

Maia aceptó el golpe.

—Perdón.

Valeria negó con la cabeza.

—No sé qué hacer con ese perdón todavía.

Desde la platea, Sofía llamó:

—¡Maia! ¿Vamos?

Maia se apartó de la pared.

Valeria la detuvo con una mano en el brazo.

—Baila bien.

Maia la miró, sorprendida por la frase.

Valeria apretó apenas.

—No le debes a Sofía tu castigo. Le debes tu trabajo.

Maia tragó saliva.

—Sí.

Volvió al escenario.

Esa tarde bailó mejor que nunca.

Sofía lo vio.

Valeria también.

Y Maia, por primera vez, entendió que el deseo no solo la estaba rompiendo.

También la estaba encendiendo en escena.

Eso era lo más injusto.

A las nueve y media, Noa recibió un mensaje.

Estaba en casa, sentada frente al portátil, intentando trabajar mientras Sofía seguía en el teatro. Había cenado poco y mal. Había abierto tres informes y escrito la misma frase dos veces. El bolso viejo, con la horquilla de Maia escondida dentro, estaba en el armario del vestidor.

El móvil vibró.

Maia: Hoy bailé bien.

Noa miró la pantalla.

Sonrió antes de poder evitarlo.

Noa: ¿Bien de verdad o bien como cuando mientes para que no pregunte por tu pierna?

La respuesta llegó casi enseguida.

Maia: Bien como cuando Sofía se queda callada y baja el lápiz.

Noa sintió el nombre como una presión.

Pero no arruinó el mensaje.

No esa vez.

Noa: Entonces fue muy bien.

Maia tardó un poco.

Maia: Sí.

Después:

Maia: Creo que me vio.

Noa se incorporó.

Noa: ¿Quién?

Maia: Valeria. No algo concreto. A mí.

Noa apoyó el móvil sobre la mesa y respiró.

No escribió de inmediato. Si lo hacía, saldría una solución, una estrategia, una forma de ordenar lo inordenable.

Maia agregó:

Maia: No necesito que arregles nada.

Noa cerró los ojos.

La conocía.

La estaba conociendo.

Esa diferencia empezaba a importarle demasiado.

Noa: Entonces no lo haré.

Esperó.

Luego escribió:

Noa: Pero quiero verte.

Maia respondió:

Maia: Hoy no.

Noa sintió una punzada de frustración.

La aceptó.

Noa: Está bien.

Maia tardó.

Maia: No lo dije para castigarte.

Noa: Lo sé.

Maia: Lo dije porque si voy hoy, voy a olvidar demasiado fácil lo que Valeria me dijo.

Noa leyó la frase varias veces.

No le gustó.

La respetó.

Noa: Entonces quédate.

La respuesta de Maia llegó después de casi un minuto.

Maia: Eso fue decente.

Noa casi sonrió.

Noa: Intento sorprender.

Maia: No abuses.

Noa miró la pantalla con una ternura que no supo dónde colocar.

Sofía llegó a casa a las once pasadas.

Entró agotada, brillante, con esa energía de ensayo bueno que ni el cansancio lograba apagar del todo. Dejó el bolso en una silla y fue directo a la cocina.

—Hoy Maia estuvo impresionante —dijo, abriendo la nevera—. No impresionante de “por fin no se rompe”. Impresionante de verdad.

Noa cerró el portátil.

—¿Sí?

Sofía sacó una botella de agua y bebió directamente de ella.

—Hay algo nuevo. No sé si es confianza, rabia, deseo de vivir, vaya una a saber. Pero está ahí. En escena se nota cuando alguien deja de protegerse.

Noa no pudo contestar.

Sofía se apoyó contra la encimera.

—Me da orgullo verla así. Después de cómo llegó, ¿sabes? Con esa pierna a medias, esa cara de no querer necesitar ayuda. Y ahora… no sé. Está apareciendo.

Noa sintió que el pecho le dolía.

Está apareciendo.

Sí.

Maia estaba apareciendo.

También en ella.

—Hiciste un buen trabajo con ella —dijo Sofía.

La frase entró como una cuchilla limpia.

Noa sostuvo su mirada.

—No fui solo yo.

—No te hagas la humilde, que te queda raro.

Noa intentó sonreír.

Sofía se acercó, la rodeó por el cuello y la besó en la mejilla, cerca de la boca.

—Gracias por eso.

Noa cerró los ojos.

Sofía no sabía qué estaba agradeciendo.

O quizá sí, pero no del modo correcto.

—De nada —dijo Noa.

La mentira no estaba en las palabras.

Estaba en todo lo que dejaban afuera.

Esa noche, cuando Sofía se durmió, Noa permaneció despierta mirando el techo.

No escribió a Maia.

Maia no escribió.

En otro punto de Madrid, Maia estaba probablemente acostada, con el cuerpo cansado de bailar y de contenerse.

Valeria quizá estaría en su apartamento, furiosa y leal, intentando decidir cuánto de una amistad podía sostener sin traicionarse.

Sofía dormía a su lado, respirando tranquila después de un día en que su obra había crecido.

Noa pensó en la horquilla escondida.

En la camilla.

En la boca de Maia.

En el beso de Sofía en la cocina.

No había dos vidas.

Esa era la mentira más cómoda.

Había una sola.

Y ella estaba aprendiendo a partirla con una precisión cada vez más peligrosa.