El nuevo plano Capítulo 25 La luz de Sofía
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Capítulo 25 La luz de Sofía

Noa encontró la horquilla en el bolsillo del pantalón antes de meterlo al cesto de la ropa.

La sostuvo entre los dedos.

Era absurda. Demasiado pequeña para tener tanto peso. Una pieza de metal negro que podía pertenecer a cualquiera, que no probaba nada por sí misma, que no tenía olor ni nombre ni culpa visible.

Aun así, no la tiró.

La dejó sobre el lavabo mientras se duchaba.

Después la miró otra vez al salir, envuelta en una toalla, con el cabello mojado y la piel todavía tibia.

Sofía seguía dormida en la habitación. Había llegado tarde, agotada, y aun así la había besado en el sofá con esa confianza sencilla que Noa no lograba dejar de responder.

Noa abrió el cajón del baño.

El primer impulso fue guardarla allí, entre pinzas, gomas y objetos sin importancia. Pero el cajón era compartido. Sofía podía abrirlo en cualquier momento. Sofía podía encontrarla y preguntar de quién era. Noa podía inventar una respuesta. La facilidad de esa posibilidad le dio asco.

Cerró el cajón.

Fue al vestidor y guardó la horquilla en el bolsillo interior de un bolso viejo que casi nunca usaba.

El gesto fue rápido.

Práctico.

Repulsivo.

Cuando volvió a la cocina, Sofía estaba de pie frente a la cafetera, con una camiseta grande y los ojos entrecerrados.

—Hay días en que despertarse es una falta de respeto —dijo.

Noa se detuvo en la puerta.

La luz de la mañana le caía a Sofía sobre un hombro desnudo. Tenía el cabello revuelto, una marca de almohada en la mejilla y esa vulnerabilidad doméstica que no mostraba en el teatro. Noa sintió ternura. Real. Inmediata.

Fue hacia ella y la abrazó por detrás.

Sofía se sorprendió apenas, luego apoyó una mano sobre las de Noa.

—Buenos días a ti también.

Noa besó su hombro.

Sofía cerró los ojos.

—¿Estás cariñosa o necesitas algo?

—¿No puedo estar cariñosa?

—Puedes. Pero normalmente a esta hora te comunicas con monosílabos y café.

Noa volvió a besarla, esta vez más cerca del cuello.

Sofía soltó una risa baja.

—Rivas.

—¿Qué?

—Tengo ensayo.

—Lo sé.

Sofía giró dentro del abrazo hasta quedar frente a ella. La miró con curiosidad, quizá con gusto, quizá con una pregunta todavía sin forma.

—Estás rara.

Noa no se apartó.

—Me lo has dicho varias veces.

—Porque es verdad.

—Quizá estoy cansada de que siempre tengamos prisa.

La frase salió más dulce de lo que Noa esperaba.

No era mentira.

Tampoco era inocente.

Sofía la miró un momento. Después le tocó la cara con una suavidad que Noa sintió en un lugar demasiado hondo.

—Yo también.

Noa la besó.

Esta vez no fue un beso de paso ni de casa ni de despedida.

Fue un beso buscado. Noa lo inició con una decisión que sorprendió a Sofía lo suficiente para que su respiración cambiara.

La taza de café quedó olvidada sobre la encimera.

Sofía respondió, primero con una sonrisa contra su boca, luego con una entrega más cálida, más despierta.

Noa cerró los ojos.

El cuerpo hizo algo terrible: reconoció a Sofía.

No como obligación. No como coartada solamente. Como una mujer que conocía desde hacía siete años, cuyo peso, sabor y ritmo le pertenecían a una parte antigua de su vida.

Y, al mismo tiempo, la memoria de Maia se filtró por debajo. No como comparación. Como incendio.

Noa intensificó el beso.

Sofía apoyó ambas manos en su cintura.

—Noa —murmuró, medio riendo—. De verdad tengo que irme.

—Cinco minutos.

—Eso nunca significa cinco minutos contigo.

Noa apoyó la frente en la suya.

—Entonces diez.

Sofía la miró, divertida y con algo más suave detrás.

—¿Qué te pasa?

Noa quiso decir nada.

Quiso decir te extraño.

Quiso decir perdóname, pero no tenía derecho a pedir perdón por algo que Sofía aún no sabía que dolía.

Dijo:

—Quiero estar contigo.

Sofía dejó de sonreír.

No por sospecha.

Por ternura.

—Ven aquí.

La llevó hacia el dormitorio de la mano.

Noa la siguió.

No lo hizo solo para tapar. Esa fue la parte que más tarde no pudo perdonarse del todo.

Había deseo también allí, una intimidad real, un amor que no se había evaporado porque otra mujer hubiera encendido una zona distinta de su cuerpo.

Sofía no era una mentira. Sofía era una verdad que Noa estaba traicionando con otra.

Eso era mucho peor.

Más tarde, mientras Sofía se duchaba deprisa y protestaba desde el baño porque iba a llegar tarde, Noa se quedó sentada en el borde de la cama.

La sábana estaba desordenada.

La casa seguía en pie.

La horquilla de Maia estaba escondida en un bolso.

Sofía abrió la puerta del baño envuelta en una toalla.

—Si Valeria me asesina por llegar tarde, dile que morí feliz pero irresponsable.

Noa sonrió.

—Lo diré.

Sofía se acercó y la besó rápido en los labios.

—Esta noche no me esperes. Va a ser largo.

La coartada volvió a aparecer.

Pero esta vez Noa no sintió alivio.

Sintió la complejidad exacta de su propia vida cerrándose alrededor.

—Vale —dijo.

Sofía la miró un segundo.

—¿Estás bien?

Noa le sostuvo la mirada.

—Sí.

Sofía le tocó la mejilla.

—Qué mentirosa eres cuando dices eso.

Lo dijo jugando.

Noa sonrió.

La frase quedó.

Maia llegó al teatro con una horquilla menos.

Lo notó frente al espejo del camerino, cuando intentó recogerse el cabello y los dedos buscaron la pieza que siempre guardaba en el bolsillo pequeño de la mochila.

No estaba. Revisó el fondo, la cremallera interior, el neceser, el bolsillo lateral donde acumulaba vendas, caramelos y recibos arrugados. Nada.

Se quedó quieta.

Una horquilla negra, común, insignificante.

En cualquier otro día habría tomado otra del estuche y listo. Pero esa mañana la ausencia tenía una forma precisa: la camilla del centro, la luz baja, Noa inclinada sobre ella, la respiración contenida en el hueco entre dos besos.

Maia cerró la mochila.

No necesitaba preguntarse dónde estaba.

La había perdido en el gimnasio.

O Noa la había encontrado.

O ambas cosas.

Sonrió sin querer.

Después la sonrisa se le borró.

El camerino olía a maquillaje, tela húmeda y café de máquina. En la silla junto al espejo había una camiseta limpia, un pantalón de ensayo y el libreto técnico con marcas de Sofía en lápiz rojo. En la página abierta se leía una indicación subrayada: esperar la luz antes de entrar.

Maia tocó la frase con dos dedos.

Esperar.

Últimamente todo parecía estar escrito contra ella.

—¿Vas a hablar con el papel o vas a vestirte?

Valeria apareció en la puerta con dos vasos de café y cara de haber dormido menos de lo recomendable.

Llevaba pantalón negro, camisa blanca y una tableta bajo el brazo.

Tenía treinta años y una manera de entrar en las habitaciones como si todas estuvieran a punto de incendiarse y ella ya hubiera decidido por dónde evacuar.

Maia tomó uno de los vasos.

—Buenos días también para ti.

—No sé quién inventó los buenos días, pero seguro no producía teatro.

Valeria entró y cerró la puerta con la cadera.

Durante un segundo solo la miró.

Maia sintió esa mirada como una mano en el hombro.

—¿Qué? —preguntó.

—Nada.

—Eso nunca es nada contigo.

Valeria dejó la tableta sobre la mesa.

—Estás distinta.

Maia bebió café para ganar tiempo. Estaba horrible, como casi todo el café del teatro, pero cumplía una función moral: mantener a la gente viva y con algo que hacer con las manos.

—Estoy cansada.

—No empieces con esa palabra.

Maia bajó el vaso.

—Entonces estoy viva.

—Eso tampoco me tranquiliza demasiado.

Maia miró el espejo. En el reflejo, Valeria estaba detrás de ella, apoyada contra la mesa, con los brazos cruzados. No tenía la expresión de quien venía a juzgar. Eso lo hacía más difícil. Venía como amiga. Como la única persona que sabía lo suficiente para no poder fingir del todo.

—No quiero hablar ahora —dijo Maia.

—Bien. Yo tampoco.

Maia giró hacia ella.

—¿Entonces?

Valeria levantó una mano.

—Solo voy a decir una cosa y después voy a seguir fingiendo que mi trabajo consiste en evitar que producción destruya mi voluntad de vivir.

Maia esperó.

Valeria bajó la voz.

—No me preocupa que desees a Noa.

Maia sostuvo el vaso con más fuerza.

—Valeria.

—Me preocupa que empieces a creer que, porque el deseo es real, el resto se vuelve menos real.

Maia no respondió.

—Sofía viene tarde —continuó Valeria—. Me escribió desde el coche. Me dijo que arrancara con el repaso técnico si no llegaba a tiempo. Igual ya había dejado instrucciones desde anoche, porque, por supuesto, la mujer puede dirigir incluso cuando no está.

Maia miró la puerta cerrada del camerino.

Valeria no remató con crueldad. No necesitaba.

—Eso también existe —dijo.

Maia miró el café.

—Lo sé.

—Lo sé. Por eso te lo digo.

—¿Porque soy idiota?

—Porque eres mi amiga.

La frase quedó entre ellas sin protección.

Maia levantó la vista.

Valeria tenía los ojos cansados. No enojados todavía. Cansados de una forma más triste: como quien ve venir algo y sabe que no puede detenerlo sin romper otra cosa.

—No te estoy soltando —dijo Valeria—. Pero no me hagas sentir que para cuidarte tengo que ensuciarme todos los días un poco más.

Maia dejó el café sobre la mesa.

—No quiero eso.

—Ya lo sé.

—No quiero meterte en medio.

—Ya estoy en medio.

Maia cerró los ojos.

—Perdón.

—No me pidas perdón todavía. Guárdalo. Nos va a hacer falta más adelante.

La ironía llegó débil, pero llegó. Maia casi sonrió.

Valeria se apartó de la mesa y tomó la tableta.

—Ahora vístete. Si Sofía entra y te ve teniendo una crisis con un café malo, voy a tener que inventar una explicación con lenguaje técnico y estoy demasiado cansada para eso.

—Eso sería cubrirme.

—Eso sería logística.

Maia la miró.

—Gracias.

Valeria abrió la puerta.

Antes de salir, se detuvo.

—Y Maia.

—¿Sí?

—Si hoy ella te escribe, no respondas en medio del ensayo.

Maia bajó la mirada.

Valeria vio la respuesta sin que Maia dijera nada.

—Por favor.

La puerta se cerró.

Maia se quedó sola con el café, el espejo y la horquilla que faltaba.

En el teatro, Sofía dirigió como si el cansancio no existiera.